El Mundo del Siglo XXI

A mediados de 2008, Richard Haas, Presidente del Council on Foreign Relations, publicó un artículo en Foreign Affairs titulado The Age of Non-Polarity, argumentando que el nuevo escenario mundial del Siglo XXI sería uno dominado no por uno, dos o varios estados, sino por docenas de actores en posesión y ejercicio de varias clases distintas de poder.

Para Haas, en el mundo de hoy ya no hay un foco único de poder ni está éste concentrado en un estado en particular. Todo lo contrario, en la actualidad, no sólo las organizaciones internacionales, milicias y grupos guerrilleros, corporaciones y ONGs comparten junto con los estados una gran cantidad de poder e influencia en las relaciones internacionales, sino que el poder estatal se encuentra difuminado en un sinnúmero de polos de poder, pasando por los seis principales de Estados Unidos, China, la Unión Europea, Japón, India y Rusia, y terminando en focos regionales como Brasil, México, Australia, Nigeria, Corea del Sur e Israel, entre otros; ninguna de estas fuerzas es capaz de dominar y controlar a la otra y todas se encuentran -sea por causa o consecuencia- inmersas en un convulsionado mundo del nuevo milenio, que busca ansiosamente redescubrir y reubicar sus cimientos.

Llámesele multi o no-polaridad, Haas tiene razón. El escenario mundial de hoy es uno radicalmente distinto a cualquier otro que haya podido estudiarse en la Historia humana y representa un verdadero reto para los estados que la protagonizan.

BRICs y P3En un sistema bipolar, como el que existió durante la Guerra Fría, ambas superpotencias se moderan la una a la otra. La destrucción mutua asegurada (Mutual Assured Destruction o MAD) sirve como un disuasor efectivo para las grandes confrontaciones y el riesgo de un conflicto mundial, si bien siempre latente y a veces demasiado cercano, es menor que en periodos de multipolaridad como el que caracterizó a las primeras décadas del siglo XX. Piénsese sino en cómo las superpotencias de 1968 fueron capaces de superar una crisis tan sombría como la de los misiles cubanos, mientras que las alianzas de 1914 no pudieron superar en lo más mínimo un desencadenante tan trivial como el asesinato de un Archiduque.

Así, durante la Guerra Fría, las Proxy Wars o Guerras de Satélites como las de Corea o Vietnam, en donde las grandes potencias luchan a través de representantes menores en conflictos de alcance local o en el peor de los casos regional, fueron una especie de tubo de escape a través de las cuales Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron desaguar sus tensiones sin tener que enfrentarse entre sí.

En un sistema unipolar como el que surgió con la caída del Muro de Berlín y el desplome final del comunismo en Rusia, en cambio, no existe ningún freno efectivo a los caprichos y deseos de la superpotencia, que termina fungiendo un rol de Policía Internacional en casi completo control del resto de estados. Si bien la unipolaridad puede traer como consecuencia la alienación de una gran parte del mundo y la ira de muchos como consecuencia de la impunidad que goza en la práctica el hegemón, tampoco es un sistema que se caracterice por grandes conflictos y guerras mundiales. En efecto, se trata más de un sistema de conflictos regionales, muchas veces relacionados con los intereses y preferencias de la superpotencia y sus aliados, como por ejemplo sucedió en la Primera Guerra del Golfo o los bombardeos aliados en Bosnia y Kosovo.

Un sistema multi o no-polar en cambio, trae consigo el peligro de conflicto, y más aún en estas épocas en que muchos de los poseedores del poder político han cesado de tener las clásicas restricciones de los Estados: un grupo terrorista o un movimiento revolucionario no tiene que mantener una reputación dentro de la comunidad internacional que le obligue a comportarse de determinada manera con miras a poder funcionar y satisfacer sus necesidades comerciales y estratégicas. Ellos, como quedó demostrado en septiembre de 2001, simplemente buscan sus objetivos sin importar las consecuencias.

Prueba de la inestabilidad de un sistema multi o no-polar, es que desde el 11 de septiembre en adelante, los caprichos usualmente impunes de la superpotencia están siendo imitados por países de mucha menor relevancia con las mismas consecuencias (o inexistencia de ellas). Casos como las incursiones israelíes en Líbano (2006) y Gaza (2009), o de Turquía en el Kurdistán Iraquí (2007), Rusia en Georgia (2008), o incluso Colombia en Ecuador (2008) son prueba de que Estados Unidos está perdiendo la capacidad de ordenar a sus amigos y controlar a sus rivales, en un escenario que cada vez se está volviendo más y más violento.

Ahora bien, no debemos interpretar esto como que el mundo se acerca a un escenario similar al que existía en 1914. Hoy en día el sistema internacional es distinto y cuenta con un sinnúmero de mecanismos políticos, diplomáticos e incluso militares que vuelven la posibilidad de un conflicto a gran escala bastante improbable. La cuestión del ius ad bellum del siglo XXI, es decir, el uso válido de la fuerza en las relaciones internacionales, no gira en torno a la guerra entre estados. Más bien, hoy en día las grandes amenazas a la seguridad y los grandes debates en cuando al principio de no intervención se refiere, giran en base a las violaciones a los derechos humanos y los actores no-estatales.

En efecto, ya desde 1999, ad portas del nuevo milenio, con los bombardeos de Kosovo como banda sonora, empezó a discutirse la aparición de nuevas reglas para el régimen del uso de la fuerza; y a partir del 2001, con el incremento del poder relativo de los grupos no estatales, el debate simplemente ha alcanzado una magnitud sin precedentes: ¿viola realmente la Carta de la ONU el hecho de intervenir en un estado para detener groseras violaciones a los derechos humanos?, ¿es posible realizar una incursión armada en territorio ajeno en casos en que el país vecino alberga grupos terroristas hostiles en su territorio?, ¿es necesaria la autorización previa del Consejo de Seguridad en estos casos?, ¿constituye legítima defensa? Nunca antes ha habido tantas preguntas sin respuesta para un tema que supuestamente debería haber quedado zanjado y superado en 1945 (y por qué no, 1928).

El reto, por lo tanto, está en ver si el mundo -y en especial Estados Unidos- es capaz de entender el nuevo escenario y adecuar su comportamiento en función a éste. Políticas como las de la legítima defensa preventiva de la era Bush, son un ejemplo de cursos de acción negativos y reprochables en un escenario multi o no-polar, puesto que la única forma en la que un estado, incluido Estados Unidos, puede alcanzar sus intereses en un escenario como este, es a través del multilateralismo y la diplomacia. El recurso continuo a la fuerza como herramienta de política exterior en un sistema con tantos focos distintos de poder sólo puede llevar a la alienación y el distanciamiento, forzando a los distintos jugadores a encasillarse en pequeños bloques de poder hasta que la tolerancia o la paciencia se les acabe.

Alonso Gurmendi
Fotos: (arriba) Gobierno Federal EE.UU.
           (abajo) www.kremlin.ru

2 respuestas a El Mundo del Siglo XXI

  1. […] de que el COP-15 en Copenhagen fracasó porque el mundo se ha vuelto ya multipolar. Evidentemente estoy de acuerdo con que en el mundo de hoy ya no hay un solo foco de poder. Pero me dejó pensando la pregunta de si […]

  2. […] el mundo que habitamos está cada vez más tendiente hacia el multipolarismo: En 2008, Rusia invadió Georgia sin mayores consecuencias y hace no mucho, América Latina, el […]

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