La era de la incertidumbre

Se dice que vivimos una era de cambios – esto es solo parcialmente cierto. Mi opinión es que, en realidad, vivimos en una era de incertidumbre. Una era en donde la única certeza es la incógnita.

Hay muchas incógnitas en el horizonte, muchas preguntas excitantes para las que no existen respuestas concretas. ¿Qué pasará con el sistema económico mundial tras la crisis financiera internacional?  ¿Cómo enfrentaremos los retos que ya nos está empezando a plantear el cambio climático? ¿Qué rol cumplirán las llamadas “potencias emergentes” y cuanta influencia tendrán? ¿Cómo se planteará el nuevo mapa energético mundial y quiénes serán sus protagonistas? ¿Cuáles serán los desarrollos tecnológicos más influyentes del futuro y cuál será su impacto? ¿Cómo enfrentará la comunidad internacional la aún creciente amenaza del terrorismo internacional? ¿Cómo afectarán todos estos factores a las relaciones internacionales – y a la larga, a la humanidad entera?

Quizá la principal conclusión que podamos sacar de las incógnitas que nos plantea el futuro inmediato es que la globalización ha dotado a nuestro mundo, y a las relaciones internacionales, de un gran dinamismo. Todo está más entrelazado y, por ende, mucho más sensible al cambio. Esto se hizo palpable con el efecto dominó que tuvo la crisis financiera – el impacto de la crisis se hizo sentir globalmente casi en forma inmediata. Tan sólo semanas después de la caída de Bear Stearns, Islandia colapsó, los precios del petróleo cayeron al suelo, China detuvo su meteórico crecimiento y Grecia entró en conmoción social. Hoy Venezuela enfrenta el 2009 con un presupuesto recortado a la mitad e incluso en el Perú se toman medidas para enfrentar una crisis con cuyo origen los latinoamericanos tenemos poco o nada que ver.

Se ha argumentado mucho tanto a favor como en contra de la globalización. Semejante debate me parece un despropósito. La globalización no es un virus, ni una solución. Es el efecto de un mundo en ebullición tecnológica. No es ni buena ni mala – simplemente es inevitable: social, cultural y políticamente.

Nunca, en toda la historia de la humanidad, se ha podido evitar la aplastante corriente integradora de la tecnología – nada reduce mas las fronteras que los cambios tecnológicos. Ni todas las fábulas y mitos del mundo pudieron evitar, conforme la tecnología y las técnicas náuticas progresaron, que el viejo y el nuevo mundo se encontrasen. Nada pudo evitar tampoco, en los  siglos XV y XVI, que el conocimiento se imprimiese en libros como pan caliente y todo el mundo sacase sus propias conclusiones, causando un pandemónium que cambió para siempre al mundo. Nada pudo evitar, en los años ochenta, y conforme la tecnología avanzó, que tanto el Este cómo el Oeste descubrieran la corrupción e insostenibilidad de los gobiernos comunistas que, a la larga, cayeron. Nada podrá evitar tampoco, en pleno siglo XXI,  la integración internacional, en uno u otro sentido. Sólo podemos tratar de moldearla, de controlarla, de negociar sus avances y plantear una estratégica coherente para enfatizar sus ventajas y mitigar sus impactos negativos. Este es un punto que debemos tener en cuenta. Los estados deben encontrar caminos para renovar y fortalecer sus relaciones, en un marco sincero de cooperación, que no opaque la evidente realidad de la inevitable competencia que existe entre ellos y del balance del poder que siempre formará parte de nuestra identidad mundial. En eso, no tenemos opción – sin integración entre los países, sólo habrá colisión entre los mismos.

Otro efecto de los eventos de los últimos años es la creciente corriente entre los estudiosos de la Política Internacional de profetizar el advenimiento de un multipolarismo, tras dos décadas de absoluta hegemonía estadounidense. Y lo digo en esos términos porque, quienes defienden esta teoría, hablan del futuro multipolar casi como de una playa caribeña: un mundo democrático de delicados balances, donde las potencias emergentes (en particular, China, Rusia y Brasil) buscarán consolidar sus posiciones de fuerza en bloques continentales a través del appeasement y de ganarse el favor de sus socios menores – sus estados junior. El equilibrio de fuerzas permitirá, así, procesos de integración mejor estructurados, en donde la cooperación será mayor y las negociaciones serán más horizontales. El equilibrio de fuerzas favorecerá a la seguridad internacional y el comercio constante, en un plano de mayor equidad, garantizará el desarrollo. Despierten a Fourier. Díganle que sí se puede.

Yo discrepo. Un mundo multipolar tiene sus propios riesgos. Para empezar, el multipolarismo no es nada nuevo. ¿Se acuerdan de las santas alianzas de la edad moderna? O mejor aún, ¿de la guerra fría? El multipolarismo no suele enfrentar a las potencias regionales directamente – primero, favorece a que se alíen para consolidar un liderazgo aplastante en sus bloques. Pregúntenle a los afganos si es que realmente conviene estar bajo la seductora persecución de dos potencias continentales – para ellos el Gran Juego no tenía cuando acabar. África es otro escenario que ha sufrido las idas y venidas del multipolarismo, sobretodo en el siglo XIX, cambiando de colonizadores en ciclos de entre veinte y cincuenta años. Los efectos de sus constantes luchas por el poder han dejado un terrible impacto social en dichas naciones, con tribus que se enfrentan hoy por resentimientos sembrados por las potencias de ayer – como el caso del genocidio ruandés de 1994. Y Latinoamérica… ¿a alguien le queda dudas de que aún pagamos los platos rotos de los constantes conflictos entre Estados Unidos y la Unión Soviética por influir en nuestra región?

Mi intención no es, en ningún caso, defender el sistema hegemónico de Estados Unidos. Las acciones de Estados Unidos, en particular del gobierno de George W. Bush, son repelentes. Bush ascendió a la presidencia y gobernó, en muchos casos, reclamando autoridad como un cristiano evangélico – un enviado por Dios. Yo soy cristiano evangélico, y me siento personalmente afectado por el triste testimonio que George Bush ha dejado. Su talante agresivo no refleja en nada los principios que un “estado cristiano” (si es que tal cosa existe), debería tener. Su unilateralismo, su instinto vengativo, que llevó al plano internacional, su desaprensión por el Derecho Internacional, y por último, la falta de criterio de su gobierno en regulación y política interna, han sido fatales para el mundo entero. Estados Unidos hoy parece más un eco del antiguo testamento que la ciudad en la cima de una montaña que nadie puede esconder, de la cual tan tiernamente habló Jesús en los evangelios.

 

Nunca ha sido Estados Unidos tan impopular.  Pero tampoco nunca ha estado la comunidad internacional más desesperada por cambiar de sistema, por sacudirse de la vieja bruja del norte. Correr y permitir un multipolarismo exacerbado, solo por huir de la hegemonía americana, puede tener un alto precio. Rusia se está armando, China también. No cuestiono que sus intenciones, en estos momentos, no son bélicas. Pero eso puede cambiar – y Rusia ya ha demostrado que no tiene ningún reparo en extender su “zona de influencia”, como tan delicadamente lo puso Sergei Lavrov el año pasado, hacia Normandía. Si vamos a caminar hacia un multipolarismo, hay que hacerlo con cuidado – con la prudencia y el recato de quien sabe que vive tiempos tensos – tiempos, como he mencionado, de mucha incertidumbre.

 

Ronald Cross

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