En la esquina nos bajamos

Alguna vez escuché a un amigo mío decir que Lima debería dejar de llamarse a sí misma “la ciudad de los Reyes”, y empezar a llamarse “la ciudad de las combis”. Lo que ha llegado a sorprenderme es que a una buena parte de los limeños ese tipo afirmaciones les causan gracia. Son los bohemios modernos de nuestra incipiente sociedad intelectual, que se empeña en identificar en nuestro caótico sistema de transporte urbano, un “pintoresco reflejo” de nuestra sociedad. La combi se ha convertido en ícono de nuestra cultura- un símbolo de la criollada, de la viveza, de la huachafada limeña.

Poco a poco, los bohemios de Lima se han enamorado de las combis. Les han dedicado blogs en internet, han creado mitos urbanos en torno a ellas e incentivado a los ciudadanos de a pie a sentir un falso orgullo por su “subcultura”, impulsándonos por doquier a encariñarnos con el pintoresco carácter de sus chóferes y a reconocer el valor cultural de las pregonas de los cobradores.

Y perdonen, pero, con todo respeto, es patético.

No existe nada de cultural en la absurda desorganización de nuestro sistema de transporte urbano. Lo único que existe es un caos generalizado, causado por la falta de regulación y de voluntad municipal por atender el problema.

Para empezar, no existe una apropiada regulación de rutas, y mucho menos un control efectivo de las mismas. La idea de rutas que cubran 40 o 50 kilómetros a lo largo de avenidas y calles en zonas residenciales muestra una completa falta de diligencia en el diseño del fluido de tráfico. Tenemos que echar al tacho este esquema, y diseñar rutas cortas e integradas, donde los transeúntes puedan circular en forma rápida a través de diversos trasbordos para llegar a su destino. Esto aligera el tráfico, y lo hace más fluido – en rutas más cortas, el tiempo que toma trasladarse de un punto dado a otro es más corta y por ende mas predecible, haciendo posible el sueño de millones de limeños: saber a qué hora exacta va a pasar el bendito carro. Por último, hace que el control de las unidades sea más eficiente, dado que los vehículos cubren un área menor, y tienen un menor nivel de desgaste.

Los limeños no podemos aceptar que esto sea lo mejor que puedan ofrecernos nuestras autoridades para transportarnos

Segundo, ¿Cómo podemos permitir que existan las combis? No, las combis tienen que morir. No hay alternativa, si es que queremos salvar a nuestra ciudad del apocalipsis urbano. Las combis nunca representarán una forma económicamente eficiente de transporte urbano – son demasiado pequeñas, y no pueden acomodar los suficientes pasajeros, sin cuyas tarifas no se puede financiar un sistema ordenado, para sostener los costos en mantenimiento y la operación. Evidentemente (aunque para nuestras autoridades aparentemente no es tan evidente….), en una combi no se puede ir parado – no hay suficiente altura para hacerlo de una forma segura, y tampoco hay suficiente espacio para acomodar a los pasajeros sin perturbar a los que están ya sentados. Además, la estrechez de la cabina implica riesgo para las usuarios – el poco espacio hace peligroso el bajar y subir del vehículo, especialmente para las personas mayores, las personas con discapacidad y las mujeres embarazadas (no señores, pegar un sticker que diga asiento reservado no es suficientemente para dar atención preferente a quiénes, por ley, lo merecen). Por último, desde una perspectiva de flujo de vehículos, representan un despropósito – ¿Por qué tener cinco combis para acomodar a sesenta pasajeros, cuando puedes acomodar a los mismos sesenta en dos buses? Eso solo incrementa la cantidad de vehículos en las calles, causando mayores atoros en intersecciones, y multiplicando el tiempo de espera de las unidades en los paraderos para recoger pasajeros. Todos pierden con las combis: se tienen que ir.

Tercero, la necesidad de un sistema de transporte masivo no puede seguir siendo postergada. Que en una ciudad de semejante magnitud, las personas no tengan una alternativa de transporte rápido no tiene perdón de Dios (ni debería tenerlo de los electores). Aplaudo la iniciativa de insistir con la construcción de la Línea 1 del Tren Eléctrico, aún a pesar de que el concurso para otorgarlo en concesión haya quedado desierto. Me pregunto, sin embargo, ¿Qué pasa con las otras 6 líneas diseñadas? ¿Aguardaremos eternamente para otorgarlas en concesión? ¿Existe realmente voluntad política para ponerlas en operación? ¿O será que alguien hace cálculos políticos con un tema tan urgente como este?.

Me inclino por lo último. Ese es el gran problema de nuestra ciudad: aquí nadie quiere ser alcalde, todos quieren ser presidente. Y nadie te va a elegir presidente porque arregles el problema del transporte urbano: por ende, a patearlo a la siguiente generación. Repase la lista de alcaldes que Lima ha tenido en las últimas décadas – absolutamente todos han postulado, posteriormente, sea a la presidencia o a la vice presidencia de la República. ¿Y la Municipalidad de Lima? No es, pues, más que un trampolín político – un mero medio administrativo para alcanzar un trabajo que es, en naturaleza, completamente diferente al de un alcalde. Por ende, nuestros últimos alcaldes han priorizado siempre temas de mayor rédito político al inmediato plazo – han llenado nuestra ciudad de escaleras y lozas deportivas, han aparecido en múltiples actividades de beneficencia y otorgado cientos de amnistías a eternos deudores municipales. Y con eso pretenden meterse al bolsillo, no al vecino de hoy, sino al votante de mañana. Incluso, han tenido el descaro de hacer campaña en otras ciudades con programas municipales – no, no es que esté mal que un programa como el hospital de la solidaridad se expanda a nivel nacional, es simplemente que eso no tiene porque hacerlo la Municipalidad de Lima, ni debería el alcalde de Lima estar gastando esfuerzos en hacerse popular en otras ciudades, cuando en Lima hay suficientes problemas como para mantenerlo ocupado un buen tiempo.

El otro gran problema es nuestro fracaso en entender las verdaderas causas del problema. Muchos gastan sus energías culpando a los choferes y cobradores de micro. Que este artículo sirva para su reivindicación, que me permita salir en defensa de los trabajadores de transporte público – las personas más odiadas de nuestra ciudad. No, los choferes y cobradores no tienen la culpa de que el Estado permita la existencia de un sistema que los obliga a tener que hacer lo que sea para alcanzar una cuota al final del día, o arriesgarse a no comer. Tampoco tienen la culpa de tener que llevarse el peso de la irritación de los limeños contra el sistema, porque los responsables reales no dan la cara. Nadie identifica a los verdaderos mafiosos: los dueños de las empresas de transporte urbano. Esa sarta de abusadores que se llevan dinero fácil al bolsillo torciendo las normas, maltratando al usuario y explotando a sus empleados, ante la impasible mirada de la Municipalidad, el MTC y las autoridades en general. Los intocables empresarios de transporte, que se han aprendido todas las triquiñuelas para nunca responder por los accidentes de tránsito, y para librarse de pagar las multas (sobre ese punto, hace unas semanas expuse en el IPDD que las multas en transporte público deberían ser impuestas a la empresa de transportes y no al chófer). Ellos son los enemigos. Es a ellos a los que hay que declararles una guerra sin cuartel.

Sé que al leer este artículo surgirán los escépticos de siempre – los que digan que es muy caro o que los transportistas son demasiado poderosos. Incluso dentro del mismo IPDD, mis estimados coautores me han levantado la ceja en santa incredulidad por más de uno de estos temas. Además, siempre están los racistas que piensan que es un tema de raza (imbéciles siempre sobran). En ese caso, al menos apliquemos la Ley, al menos hagamos lo que deberíamos estar haciendo. Seamos más rígidos con los temas de rutas – si, son un desastre, pero es incluso peor cuando permitimos que no se sigan. Si vamos a llenar las calles de policías de tránsito (que es una falacia, porque jamás resolverán el problema solos), al menos démosles los poderes suficientes como para que puedan sancionar a quienes incumplen las normas más básicas, como el quedarse por cinco o seis minutos en un solo paradero. O mejor aún: saquemos a los policías de tránsito de los micros, vistámoslos de civil, y trepémoslos a los micros – que sigan la ruta de incógnita, detecten las infracciones que se cometan, y pongan las multas del caso. Sería mucho más eficiente que hacer sonar silbatos inútilmente en los paraderos. Pongámonos fuertes y expliquemos de una vez que toda esquina no es paradero. En fin, hay tanto que se puede hacer, que o no cuesta nada o cuesta muy poco.

Pero no nos conformemos con eso. Dejemos de ser esclavos de nuestros prejuicios. Se puede tener algo mejor – algo mucho mejor. Santiago lo tiene, Bogotá lo tiene… hasta Quito lo tiene. No hay que ser una potencia económica para tener un sistema de transporte decente. Es cuestión de negarse a aceptar lo inaceptable – de mirar a la cara a todos esos mafiosos del negocio del transporte, a todos los hampones del sistema y a los especuladores presidenciales de la Municipalidad y decirles de frente que ya estuvo bueno, que la ciudad ya ha tomado su decisión, y que en la esquina, todos nos bajamos.

Escrito por Ronald Cross

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