De Platón, Aristóteles y el Estado de Derecho en el Perú

Muchas veces cuando conversamos sobre el Perú terminamos haciendo una lista inacabable de las cosas que se necesitan. Algunos dicen “¡educación!”; otros dicen “¡plata!”; otros dicen “¡salud!”; en fin, la lista nunca acaba y por lo general una cosa siempre es requisito de la otra.

Tomemos por ejemplo el caso del transporte público ¿qué es más importante?, ¿que los policías no coimeen o que los conductores de combis no se pasen la luz roja?, ¿que el Estado financie la construcción de mejores vías públicas o que se encargue de renovar el parque automotor?

Al final siempre parece que los problemas nunca tienen solución. ¿Para qué subir las multas si los policías coimean porque no tienen plata? ¿Para qué pagarles más a los policías si igual no hacen cumplir la ley? ¿Para qué trabajar en reformar al policía si el problema son los conductores? ¿Para qué enseñar educación vial si el problema al final son las terribles pistas? No hay suficiente dinero para todos los problemas y arreglar uno solo no basta para solucionar el problema.

¿Existe algún punto de inicio? ¿Podemos realmente empezar por algún lado o estamos condenados al círculo vicioso de los problemas sin solución?

Aristóteles decía que las cosas están compuestas por una sustancia que no cambia y un sinnúmero de accidentes. Si al objeto se le quitan todos los accidentes, veremos la sustancia. Es decir que si a mi carro le quitamos el color rojo, la forma de la carrocería, la marca, el forro de los asientos, etc., llegaremos a su sustancia, aquello que lo hace ser un carro y no una cuatrimoto.

Si aplicamos la misma lógica al problema del Perú y su aparente incapacidad de alcanzar el desarrollo, deberíamos llegar a su sustancia, aquello que hace al Perú “subdesarrollado” y no “desarrollado”.

Saquemos entonces los problemas del tránsito, los malos congresistas, los políticos deshonestos, la falta de gestión en los gobiernos regionales, las leyes ineficientes, la prensa irresponsable… ¿Qué queda?

Pensando sobre esto, me tope hace poco con una conferencia brindada en Berkeley por Stephen Breyer, Vocal de la Corte Suprema de Estados Unidos. En esta Conferencia, Breyer hablaba sobre independencia judicial y citó tres ejemplos para demostrar como había cambiado Estados Unidos a lo largo de los años.

El primer ejemplo que mencionó fue el de las Reubicaciones Indígenas en Estados Unidos en la época del Presidente Andrew Jackson (1830s). En esta época, el Presidente de la Corte Suprema, el Juez Marshall, dictaminó que las tierras de los Cherokee les pertenecían a ellos y que el gobierno no podía expulsarlos a las reservas indígenas al oeste del Missisipi. A esto Andrew Jackson respondió infamemente “John Marshall ha tomado su decisión, ¡ahora a ver que trate de ejecutarla!”. Jackson llevó al ejército a Georgia y expulsó por la fuerza a los Cherokee, en contra de la decisión de la Corte Suprema.

El segundo ejemplo que contó Breyer tuvo lugar 127 años más tarde, en Little Rock, Arkansas. Allí, la Corte Suprema había decidido que 9 alumnos afroamericanos tenían derecho a estudiar en una universidad “para blancos”. El Gobernador de Arkansas, Orval Faubus, envió a la Guardia Nacional de Arkansas para impedir el ingreso de los estudiantes al centro de estudios, incumpliendo la sentencia de la Corte. En respuesta, sin embargo, el Presidente Eisenhower envió a la División Aérea 101, la misma que 12 años antes había desembarcado en Normandía, y llevó de la mano a los jóvenes para que ingresen a la universidad.

Finalmente, Breyer relató la historia del caso Bush v. Gore de 2000, que decidió las elecciones presidenciales a favor de George W. Bush. Breyer insistió en lo impopular que fue la decisión, “lo sé, ¡yo emití una opinión discordante!” bromeó. “Pero al final, lo importante es que la gente aceptó la decisión por mas que no estuviera de acuerdo con ella. No hubo protestas ni revueltas en las calles. En otro país sí las habría habido”.

Yo creo que es ahí donde está nuestra sustancia. Nosotros somos Andrew Jackson. Somos Orval Faubus. Aún no somos Al Gore.

¿Y qué es eso que nos falta que nos hace diferentes? Los entendidos lo llaman Estado de Derecho, pero, ¿qué es el Estado de Derecho? Pues bien, Estado de Derecho es que las personas reconozcan que la norma existe por algo y que no debo cumplirla porque hay o no hay un policía cerca, sino porque es mi deber hacerlo. Dura lex, sed lex, dirían los romanos.

Estado de Derecho es entonces lograr que las personas interioricen el sistema de normas no como un estorbo que les impide hacer lo que quieren ni como una oportunidad de ser más vivo que el tonto acatador de reglas, sino de ver al Derecho y las normas que de él emanan como el resultado del pacto ficticio que todos en algún momento firmamos, al reconocer que mejor estamos con un gobierno que nos reconozca ciertos derechos a cambio de ciertas obligaciones.

Es verdad que el Estado no siempre cumple su parte del trato y que muchas veces estamos mejor funcionando fuera del sistema (creando capital muerto como diría Hernando de Soto), pero esa no es una excusa para tirar la toalla. Muchas veces por ejemplo escucha uno cómo los taxistas dicen “no se puede respetar a un policía que me pide coimas” y usan esa frase como disculpa para su soborno. Pero en realidad respetar al policía implica hacerlo incluso cuando el propio policía no se respeta a sí mismo. “Dado que yo sí respeto al policía, no le daré una coima y prefiero mi multa”. Si no puede eliminarse la demanda, eliminemos la oferta.

Sé que algunos ya me estarán tildando de idealista, que mi teoría depende de que mágicamente desaprendamos los últimos 180 años de nuestra cultura y cosas por el estilo. En cierto sentido tienen razón, estoy partiendo de una situación complicada, ofreciendo una solución improbable para un problema imposible. Pero sólo lo hago porque creo que el cambio que buscamos no va a venir sólo desde Palacio. El gobierno no puede autocurarse de un día para otro, porque nosotros somos el gobierno. El cambio también viene –por más cliché que suene- de nosotros mismos. No ofrezco una salida fácil, tampoco realista; ofrezco simplemente una verdad: que el desarrollo no es sólo mercados y dinero, sino también una actitud.

Sé también que mi hipótesis será criticada por abstracta, que no tiene cómo ponerse en práctica, que pretendo que la gente cambie hacia un ideal inexistente. Para contrarrestar este argumento ofrezco un camino compuesto por dos ideas:

La primera viene de Platón. Él solía decir que la justicia no es, como comúnmente se cree, dar a cada uno lo suyo, sino, todo lo contrario, que cada uno haga lo que tiene que hacer.

Más allá de si ésta es realmente la definición de justicia, es importante destacar la relevancia de este principio de hacer cada uno lo suyo. Lo contrario, esperar que a cada uno se le dé lo suyo, lleva a la displicencia, a exigir y no a hacer, a esperar que el Estado nos dé nuestro pedazo de pescado en lugar de aprender a pescar. Digamos entonces que por lo menos es eficiente socialmente que cada uno haga lo suyo, que si alguien va a hacer algo, que lo haga de la mejor manera posible. Que nuestro mejor esfuerzo nos permita ser de los mejores en lo que hagamos. Si no es así, no lo hagamos. No importa lo que uno haga con tal de que lo haga para ser el mejor. Ser el mejor barrendero, ser el mejor taxista, ser el mejor comerciante, ser el mejor empresario, el mejor inversionista, ser el mejor presidente; ese es el verdadero espíritu que nutre el desarrollo de los pueblos.

El otro principio es más reciente y se refiere a la teoría del imperativo categórico de Kant: “Actúa de tal manera que el máximo de tu conducta pueda ser usado como ley universal”. Esto significa que uno debe actuar de tal forma que si todos actuaran como uno, el mundo sería un mejor lugar. Es decir que ser “el mejor” no es hacer algo a costa de los demás, sino es hacer algo que sea bueno para los demás y para mí. Es verdad que en el fondo es una idea irrealizable, pero en la medida de lo posible, es una guía muy útil para el comportamiento.

Se trata de un principio moral erga omnes, aplicable a todos para con todos. Implica ser empático, implica poner luces intermitentes al cambiar de carril para avisar al otro, implica dejar que las personas mayores se sienten en los asientos reservados de las combis, implica no botar desperdicios tóxicos en los ríos de los campesinos.

Estos dos principios son el verdadero esqueleto detrás del crecimiento económico que nos llevarán a dar el primer gran paso desde el cual podremos luego dar el salto al desarrollo social. Si logramos interiorizar estos principios, si logramos crear un verdadero Estado de Derecho y cambiarnos a nosotros mismos, tal vez podamos finalmente cambiar a nuestro país.

Alonso Gurmendi

3 respuestas a De Platón, Aristóteles y el Estado de Derecho en el Perú

  1. el comentario estuvo buenisimo estoy de acuerdo con todo lo que escribistes

  2. beatriz dice:

    estoy de acuerdo con el comentario estuvo buenisimo

  3. Federico Leiva dice:

    Creer que somos idealistas no es exactamente ser irreal, a donde se quiere llegar no esta lejos de nosotros, somos nosotros los que nos alejamos, si cada persona al creer en lo que escribes trataran de dar ese primer paso, no tendríamos en duda cual es el verdadero estado de derecho; debo comenzar por respetar el derecho de mis compañeros, y tratar de expandir esta idea, pero si le contagió solo a uno, él podría continuar…………!

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