El futuro incierto de la Unión Europea

 ¿A quién llamo, cuando quiero hablar con los europeos?

La famosa pregunta que se planteó Henry Kissinger hace más de treinta años, sigue estando vigente hoy: más de cuarenta años después de la fundación de la Unión Europea, al continente más desarrollado del mundo le sigue costando horrores ser un bloque en lugar de simplemente actuar como uno. Y los latinoamericanos estamos particularmente interesados en ver cómo se desarrolla el proyecto paneuropeo, pues como detestamos ser innovadores, probablemente vamos a esperar a que ellos resuelvan sus problemas antes de dedicarnos a resolver los nuestros.

 Nadie disputa los éxitos del sistema de integración de la Unión Europea, sobre todo en términos de comercio exterior. Sin embargo, la realidad es que siguen existiendo hilos sueltos y muchos temas pendientes con miras a que Europa consolide ese sueño federal que todos sabemos alberga, por más que se niegue a confesarlo.

¿Quién manda en Europa? Si le han preguntado a mi estimado amigo y coautor Alonso Gurmendi, seguro les ha dicho que es Alemania. Pero no es verdad, al menos no en el sentido en que se piensa. 

Es verdad que Alemania siempre ha sido el motor de la integración europea. Es la economía más fuerte del bloque, y por su posición geopolítica es el llamado a expandir su influencia en Europa del Este y liderar el deterrence europeo contra el adversario de toda la vida: Rusia. Pero Alemania se ha visto muy desgastada por su fracaso en lidiar con el euroescepticismo del Reino Unido y por el usualmente impredecible comportamiento de sus aliados naturales, Francia e Italia. Tampoco ha tenido éxito en encontrar aliados en otros países grandes, como España, que ha preferido lidiar con sus propios problemas antes que con los de Europa.  Menos aún con sus demás pares occidentales, como Holanda o Bélgica, que insisten en demostrar su tradicional desconfianza por todo lo que viene del otro lado del Rin.

A causa de ello, Angela Merkel ha fracasado en lograr los dos grandes objetivos de su política exterior, fijados por su administración cuando asumió el gobierno en el 2005: impulsar a la OTAN  a la europeización y reducir la influencia norteamericana en las relaciones entre Europa y Moscú. Para colmo, el fracaso de la constitución europea y los continuos entrampamientos que engloba la ratificación del tratado de Lisboa, con el Partido Conservador en el Reino Unido insistiendo en la necesidad de un referéndum para ratificarlo, parecen señalar que los intentos alemanes por federalizar la unión han generado más fricción que consenso. Así que son malos días para ser un eurófilo alemán.

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Obama parece correr detrás de Brown, Merkel y Sarkozy – un muy alegórico ejemplo de los esfuezos emprendidos por la diplomacia americana para recuperar la confianza de sus aliados en Europa – y de paso, alejarlos de Rusia.
 

La crisis económica, por otro lado, ha develado los trapitos sucios del sistema comunitario. Islandia ha sido prácticamente abandonada tras sucumbir al colapso financiero, aún a pesar de haber seguido todas las reglas, incluyendo mantener un déficit fiscal inferior al 3%. Polonia, junto a ocho otros miembros de la UE, sostuvieron una mini cumbre por separado de la UE el pasado febrero, argumentando que no se estaba tomando en cuenta su posición en la estrategia económica de la UE hacia el futuro. Incluso empiezan a escucharse voces disidentes, como la de la República Checa, que hoy parece más preocupada por que el fenómeno de integración se haga más lento en lugar de más dinámico.

Por otro lado, viejos problemas que parecían haberse superado hoy están resurgiendo. La inmigración musulmana a Europa Occidental, para empezar, se ha vuelto un tema delicado cuando se considera la idea de admitir a Turquía en la Unión. Francia ha manifestado abiertamente sus objeciones, preocupada por el problema que hoy enfrenta para integrar a las minorías de inmigrantes musulmanas a la sociedad francesa, que solo se agravaría si Turquía fuese admitida. El gobierno de Merkel, por otro lado, se mantiene ambivalente, sopesando las contradicciones de una decisión que iría en línea con su ideal expansionista de la UE, pero que representaría un considerable riesgo de conmoción social interna en un país que hoy por hoy ya tiene graves problemas para controlar la inmigración turca. Tal es el dilemma  de los alemanes, que incluso han ensayado la idea de una “relación especial, pero sin admisión” con Turquía. Ah, y el Reino Unido, por supuesto, no duda en apoyar la candidatura. Faltaba más – lo que sea con tal de debilitar la influencia del eje franco-alemán. El juego no ha cambiado: el mismo ajedrez que jugaron Churchill y De Gaulle hace sesenta años, y Bismarck y la Reina Victoria hace cien, se juega hoy, con sistema de integración o sin él.

Pero lo más preocupante, es la apatía de los propios ciudadanos comunitarios. Un rápido vistazo al clima electoral en Europa demuestra que los ciudadanos siguen más interesados en la política local que en los asuntos comunitarios: son los asuntos nacionales, y nos los que tienen que ver con las normas comunitarias, los que dominan la campaña durante las elecciones al Parlamento Europeo. Y el porcentaje de personas que acuden a votar, en lugar de crecer, disminuye: del impresionante 65% en la primera elección en 1979, cayó a menos del 30% en las elecciones del 2004. Y las proyecciones dicen que este año descenderá aún más.  Como explica Timothy Garton Ash en su editorial del Guardian, “los europeos votan mediante su decisión de no votar”.

¿Hacia adonde va Europa entonces? Es una pregunta interesante. Mucho dependerá del resultado de las elecciones alemanas de setiembre, y de las elecciones parlamentarias que ya se vienen en el Reino Unido – esas de las que Gordon Brown desea tan desesperada como fútilmente escapar, pero que, después de la crisis política de gastos reportados por los MPs al Parlamento, es inevitable tendrán lugar antes de fin de año.

¿Por qué? Pues, porque ante la ambivalencia franco-italiana y el hermetismo del gobierno de Rodriguez Zapatero en España, los dos grandes rivales europeos de los últimos dos siglos son los únicos con posiciones claras sobre el futuro europeo. Por lo que, curiosamente, el futuro de la UE dependerá en gran medida de la capacidad de británicos y alemanes de llegar a un acuerdo – o de convencer a los demás que no le hagan caso al otro.

Eso si, no importa cuál sea el futuro de Europa, si de algo estamos seguros, es que muchos estarán expectantes: Medvedev y Putin urdirán oscuros planes, mientras miran con ambición como se desenvuelven los hechos. Obama se mantendrá atento, con una extraña mezcla de esperanza, cautela y temor… y nosotros, los latinoamericanos, como no nos queda de otra, trataremos de ser optimistas. Porque, al fin y al cabo, si los miembros de la UE, que durante décadas han dictado el modelo de integración que tanto y tan ciegamente nos hemos empeñado en seguir, no son capaces de resolver sus problemas, nosotros podemos ir olvidándonos de la integración.

Una respuesta a El futuro incierto de la Unión Europea

  1. Alonso Gurmendi dice:

    Tu post me deja una clara conclusión con la que estoy de acuerdo: Si bien es verdad que la integración tiene características propias de cooperación y le da a las normas de carácter trasnacional una característica que otras normas internacionales jamás podrán soñar con tener: coerción centralizada; es también verdad que, contrario a lo que se piensa, las reglas del juego no desaparecen por el simple hecho de firmar un Tratado de Integración. La pugna de intereses persiste y es difícil que los Estados terminen inclinándose por perder excesivas cantidades de soberanía a favor del sueño europeizante.

    Esa conclusión me hace pensar que estoy en lo correcto cuando miro con escepticismo las propuestas de que algún día podremos llegar efectivamente al sueño Kantiano de la Paz Perpetua o al ideal liberal del Estado Mundial. La Unión Europea es sin duda el mejor ejemplo, pero hasta Maastricht tiene sus límites.

    Lo mismo es aplicable al proceso de integración andino. Lo que nos impide avanzar más con el Pacto de Cartagena (con nuestra pequeña imitación de la Unión Europea) son precisamente los intereses estatales, en donde Bolivia y Ecuador quieren restringir el comercio a través de un arancel alto, Colombia quiere mantener una tasa de aranceles medianamente alta que le permita proteger su industria, pero sin desincentivar el comercio y el Perú quiere mantener los aranceles lo más bajos posibles.

    Ahora bien, esto no quiere decir que yo crea que los procesos de integración estén destinados a fracazar o que le ha llegado la hora a Bruselas (o Lima). Simplemente creo que no puede entenderse un proceso integracionista asumiendo a priori que los Estados tienen una tendencia inherente a preferir la integración. El juego de intereses y el balance de poder siempre priman y la integración sólo podrá avanzar en tanto respete estas reglas.

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