Cuando el Gato no caza ratones: Política y Desarrollo en Sudamérica

junio 25, 2009

“Neoliberalismo”, “Socialismo del Siglo XXI”, “dictadura ultraizquierdista populista”, Sudamérica está repleta de nombres, de “-ismos”; de todos y cada uno de los –ismos imaginables, salvo, como diría Oscar Arias, del único que importa: pragmatismo. 

Tenemos doscientos años de repúblicas empecinadas en perder oportunidades y en seguir libros santos al pie de la letra y directo al fracaso. Sean los Siete Ensayos o El Misterio del Capital, la verdad es que hace doscientos años que todo se mantiene; nada cambia, seguimos siendo pobres, luchando entre nosotros por ver si el “neoliberalismo salvaje” es o no mejor que “el sindicalismo-populismo”, cuando lo que importa, al final, ya no importa: el gato no caza ratones, ¡pero sí araña y vaya que come! 

Derecha e Izquierda; Liberal y Conservador. Estos debates interminables que acaparan los titulares todos los días al final terminan siendo intrascendentes, incluso profundamente contradictorios ¿o acaso podríamos comparar a nuestra derechista Lourdes Flores con el derechista Rush Limbaugh?, ¿o quizás a nuestro izquierdista Ollanta Humala con el izquierdista Barack Obama? Como dijera alguna vez Mark Twain, “los principios en realidad sólo tienen fuerza cuando uno tiene el estómago lleno” ¿Realmente qué importa si es que podemos ubicar una propuesta en uno u otro lado del espectro si es que, al fin y al cabo, funciona, si es que, al fin y al cabo, le alivia un poco la vida a los pobres del país? 

Dejémonos pues de falsos profetas y caballeros quiméricos. El mundo real no puede ser salvado con recetas paporreteadas de hace 100 ó 50 años. El Perú en este momento no necesita ni neoliberales ni socialistas del siglo XXI; necesita líderes, y de los buenos. Lastimosamente, empero, crear líderes, es algo que nuestros pueblos no han sabido hacer muy bien en los últimos siglos. Uno no puede sino asombrarse pensando en los increíbles “y sis” de nuestra Historia. “¿Y si en lugar de un Bolívar, hubiésemos tenido un Lincoln?”; “¿y si en lugar de un La Mar, hubiésemos tenido un Washington?”; “¿si en lugar de un Prado, un Churchill?”; “¿si en lugar de un Velasco, un Pedro el Grande?” No los tuvimos y pagamos el costo. 

Pero ahora, en este confundido nuevo milenio, en donde las crisis vienen del norte y el progreso es Made in Vietnam, hay nuevos vientos en el aire, nuevas oportunidades ajenas a las reglas de antaño. ¿Por qué es que entonces seguimos hablando como si en Varsovia aún hubiese un Lech Walesa y no un Lech Kaczynski, como si en Estados Unidos hubiese un Roosevelt y no un Obama? 

En este nuevo mundo, ya no hay derechas ni izquierdas, no hay “neoliberales” ni “socialistas”. Hay simplemente quienes proponen ideas serias y quienes no. Hay personas en quienes podemos confiar y personas en las que no. Hay, en términos simples, política populista y política responsable; política que sirve y política que no. 

Cerrar las fronteras al comercio, perderle el respeto a la propiedad privada y pretender que el Estado supla al privado en la actividad económica es política que no sirve. Creer a ciegas en el mercado sin regulación, le cueste a quien le cueste, pierda quien pierda, es también política que no sirve. Y no es que no sirva porque sea mala, en Suecia el Estado es un gran proveedor de servicios y de alta calidad y en Estados Unidos los mercados han llevado al país a ser la primera potencia mundial. Es política que no sirve porque aquí, en Perú, en Bolivia, en Ecuador, en Paraguay, lejos de las páginas de libros escritos en Washington y Moscú, esos enfoques no tienen ningún sentido. 

Como todo en el Perú, nuestro camino al desarrollo necesita un poco de Inga y de Mandinga, un poco de sazón peruana y bastante ajicito. No más de estas doctrinas de rajatabla empolvadas y mecánicas. Necesitamos desarrollo “Made in Peru”. Pero para eso, necesitamos también a las personas indicadas, personas que no sólo sepan, sino que entiendan; porque ¿de qué sirve una librería de dos pisos y un diploma Ivy League si al fin y al cabo el regulado es un campesino pobre de Tayacaja o un indígena ashwar de San Martín?

Necesitamos una buena mezcla en el gobierno, tanto de los que saben como de los que entienden y encargarnos de diseñar verdaderas políticas de Estado, diseñadas a prueba de soroche, pero dignas de Capitol Hill. Y para esto, se necesita a los mejores. No más políticas de austeridad, esa es política que no sirve (¿o realmente esperamos que un funcionario que gane S/.5,000.00 regule a un gerente que gane US$50,000.00?). No más debates muertos en el Congreso, esa es también política inservible (¿o realmente esperamos que el desarrollo surja por generación espontánea del cadáver de las buenas intenciones de uno y otro bando?). No más divisiones ni distanciamientos. Todos somos peruanos y todos buscamos lo mismo. No más autosabotaje. Esa es política que sí sirve.

Ya es tiempo de darnos cuenta de que hoy, este día, no puede ser más otra oportunidad desperdiciada. El país (derecha e izquierda reunidas) necesita darse cuenta de que la decisión que tomemos este día, aquí y ahora, puede de una vez por todas responder la eterna pregunta de Zavalita, cerrar el libro y sacarnos del hoyo, o puede simplemente ser una página más de nuestra enorme catedral, llena de gatos que no cazan y de leyes que no sirven.

Alonso Gurmendi Dunkelberg

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Dime de donde vienes y te diré cuanto te cobro: Las categorías universitarias

junio 23, 2009

Hace mucho tiempo era un sueño para una persona de una clase no privilegiada poder acceder a la educación que solo los “ricos” podían acceder. Las universidades, comprometidas con la labor social de brindar educación a toda la población sin discriminación alguna, han cambiado el anticuado y defectuoso sistema de la “Categoría Única” por un sistema de categorización que hoy en día permite a todo limeño acceder a una educación universitaria y obtener un título profesional.

El Sistema de Categorías ha revolucionado el acceso a la educación universitaria, pero a pesar de todas sus ventajas, sigue teniendo varios defectos que deberían mejorarse:

En principio, este sistema es una adaptación del Sistema de Tributación Nacional que podemos definir como un “dime cuanto ganas y te diré cuanto te cobro”, lo cual es absolutamente lógico.

El Sistema de Categorías esta basado en un concepto similar, pero su punto de partida no es el sueldo del padre de familia, sino el colegio del cual proviene el estudiante, y ahí esta el principal problema. Es así, que según la lógica común, se sobreentiende que si un padre pudo pagar un colegio categoría B, este estará en la misma posibilidad de pagar una pensión universitaria categoría B. El Sistema funciona bien, pero ocurren varios supuestos que escapan del control de algunas universidades en este “Dime de donde vienes y te diré cuanto te cobro”.

Uno de los principales supuestos es el de los alumnos becados. Muchos alumnos que están en un colegio categoría B o C están becados, lo cual implica que no se aplica el supuesto de “tu padre puede pagar el colegio” sino que estudian en esa institución en base a merito o ayuda económica.

El mismo supuesto es aplicable en el caso de hermanos. Algunos colegios B o C otorgan a los padres una ayuda económica cuando tienen a dos o más hijos estudiando en la misma institución. Una vez que ambos llegan a la universidad esta ayuda desaparece.

Es también común el supuesto del padre que hace un esfuerzo excesivo por poner a sus hijos en un colegio de buena categoría a través de préstamos o adelantos. La capacidad de pago del padre no es equitativa a la categoría del colegio, pero esto tampoco es tomado en cuenta.

Pero también ocurre el supuesto inverso, muchos alumnos deben dejar el colegio categoría B o C por problemas académicos o de conducta y terminan en un colegio de menor categoría los últimos años. Esto no significa que el padre no pueda pagar una categoría alta pero igual se les aplica una categoría menor a la que en verdad tiene la posibilidad de pagar.

También ocurre lo mismo con el caso de las personas adineradas de provincia. Los mejores colegios de provincia no están en la misma categoría que los de Lima, aunque la educación que ambos ofrecen puede ser bastante similar. Pero igual, en base a ese supuesto, las personas que vienen de provincia, a pesar que puedan tener una capacidad económica superior, pagan el equivalente a una categoría baja. Esto tampoco esta contemplando el supuesto de “qué es lo que tu papá puede pagar”.

Así como estos casos hay muchos otros casos individuales o comunes que día a día se ven en las universidades y escapan del sistema. La buena noticia, es que muchas de estas universidades ofrecen alternativas para solucionar estos problemas, como la recategorización o la solicitud de becas crédito o facilidades económicas. Pero la posibilidad de que se aplique un sistema similar que acarrearía menos defectos sigue latente.

¿Sería posible que al momento de matricularse en una institución universitaria uno deba presentar una declaración jurada con los ingresos anuales del padre de familia o persona encargada del pago, o una copia de su declaración de impuesto a la renta? Es posible. También es posible que la pensión universitaria este basada en una deducción porcentual igual (X %) para todos. Es decir, que se le aplique al sueldo de cada padre un X % y el resultado del mismo sería la pensión. Algunos pagarían mucho más, otros, mucho menos, pero el sistema sería más equivalente y mucho más similar al Sistema de Tributación Nacional.

Pero creo que antes de crear nuevos sistemas y de cambiar las cosas, la principal solución es reforzar estos mecanismos como la recategorización, las facilidades o las becas, eliminando el exceso de barreras burocráticas y otorgando a más personas este derecho a estudiar pagando una pensión justa. Si actualmente existen universidades, especialmente las de mayor prestigio, que ofrecen estas facilidades, ¿por qué no todas las demás siguen este ejemplo?

Gustavo A. Taboada Dusek


Carta Abierta al Estudiantazgo Limeño

junio 22, 2009

Recuerdo que aproximadamente hace un año, los autores de este blog asistimos a una reunión con alumnos universitarios extranjeros de ciencia política y dentro de los diversos temas que conversamos estuvo el del involucramiento político de los jóvenes en la sociedad peruana. Nosotros estuvimos de acuerdo en afirmar que por lo general el sector estudiantil del sector A y B peruano, el sector “hijo de los líderes”, no es de hacer propuestas ni protestas ni demostraciones pacíficas. No hay una marcha de los cuatro suyos organizada por la Universidad de Lima o la UPC. Las pocas marchas estudiantiles que tenemos son monopolio de San Marcos (que tiene en muchos casos una agenda particular) y el resto, no son para nada estudiantiles, sino sindicales. La CGTP y la CTP se han convertido en pequeños proxys políticos para lograr ejercer presión en un país en donde la vida política es sinónimo de bajeza.

¿Realmente está representada la opinión de la juventud peruana en las marchas de estos rivales sindicales? ¿Realmente la mitad del Perú pide la vacancia de la Presidencia y la otra mitad aplaude su desempeño a toda costa? En un país que en promedio tiene 29 años, ¿dónde están los jóvenes? O, mejor dicho, ¿dónde estamos los jóvenes?, ¿qué queremos?, ¿qué pedimos?, ¿dónde está nuestra “Butter Rebellion”, nuestra “marcha del 68”, nuestras “protestas de Tiananmen”? No tenemos, pero deberíamos tenerlas.

Vivimos en un país que crece a un ritmo exuberante. El único país económicamente exitoso en Sudamérica en este momento. Podemos decir con confianza que si la economía sudamericana crecerá algo este año, será por méritos peruanos. Tenemos un tesoro entre manos y hay muchos piratas en el vecindario. Estamos al borde de perderlo todo, de arruinarlo una vez más y de permitir que nos lo arruinen desde adentro y desde afuera, pero seguimos pensando que nuestro papel como jóvenes recién empieza estando frente a una balota el 2011 votando una vez más por el mal menor. Bromeamos con ello, lo sabemos, en el fondo nos aterra, pero no nos movemos.

Tenemos un sistema universitario decadente. La Comisión Sota hace 8 años que concluyó que “la Universidad ha pasado a ser en lo fundamental, una institución productora de profesionales, o más exactamente de títulos devaluados”. No tenemos investigación, no tenemos excelencia académica ni un profesorado dedicado a tiempo completo. Tenemos un sistema que atenta contra nuestros intereses más directos y sin embargo todo continúa en paz; no hay reclamos, no hay marchas. La única manifestación política en los pabellones universitarios de alto vuelo es “¿y con este profesor lees mucho o es al toque nomás?” ¡¿Por qué?!

Estamos rodeados de problemas, de malas salidas, de malas leyes y peores propuestas. Tenemos un sistema de transporte público absolutamente decadente, una capital abarrotada de tráfico, un sistema de regionalización mal planteado, un sector salud empecinado en el reciclaje, un sistema carcelario que viola las nociones más fundamentales de derechos humanos, una policía extrañada de su rol y un Congreso que no representa ni al 1% de la juventud de nuestro país; y sin embargo, todo sigue igual. No hay protestas, no hay propuestas, no hay nada. No nos interesa. No es nuestro problema (¡pero sí lo es!).

¿Quién es nuestro Yon Goicochea? ¿Quién nos lidera? ¿Quién nos agrupa y nos dirige? ¿Acaso nadie? Y si es así, ¿cómo sabemos qué queremos? ¿O es que acaso es más sencillo sentarnos en nuestros sillones los domingos a las 8 y rogar por que el Cuarto Poder del Estado nos supla en nuestro rol de Zoon Politikón? “Deja que las cosas pasen” nos dice la tele y nosotros, fieles zombies, acatamos. Dan “Gossip Girl” al rato. No hay tiempo para reclamar.

Sucede, sin embargo, que cuando nos lo proponemos, logramos grandes cosas. El 15 de agosto de 2008 era increíble ver cómo surgían pequeños focos de ayuda para los damnificados; todos planificados, organizados y llevados a cabo gracias a pequeños grupos de estudiantes, jóvenes que simplemente tenían un carro y una maletera grande; líderes, del tipo que hoy tanto necesitamos.

¿Por qué entonces no podemos marchar, proponer, protestar, sin tener que ser víctimas del sindicalismo y el radicalismo? ¿Por qué no podemos ofrecer salidas, ejercer presión, liderar la opinión pública? Tenemos un tesoro entre las manos. Tenemos tanto qué decir. Tenemos tantos privilegios para hacerlo ¿Dónde estamos hoy que tanto nos necesita el (nuestro!) Perú?

Si piensan como yo, si no están de acuerdo con el trabajo de nuestros políticos, si piensan que nuestros futuros candidatos se equivocan y que el camino de los ladrillos de oro se está poniendo cada vez más parco, y que cada vez más nos tientan a un desvío, tal vez sea el momento de decir “aquí estamos, queremos esto, necesitamos aquello”. Somos un grupo relativamente homogéneo, podemos ponernos de acuerdo, podemos alzar nuestra voz. No tenemos que salir marchando con bombos y matracas a la Plaza de Armas cantando “si no hay solución…”, pero enviar una que otra cadena a nuestros amigos una vez al mes no puede ser la única acción política que tomemos en nuestra vida. Nuestro país nos necesita, probablemente mucho más de lo que muchos de nosotros necesitemos a nuestro país. “Si sale Humala, me voy del Perú”. Ese no puede seguir siendo más nuestro credo. ¿Dónde está nuestro coraje?, ¿nuestras ganas de ver al Perú en alto, campeón mundial, hub central, potencia regional? Las tenemos. Están ahí. No nos olvidemos que aún están ahí.

Pero si piensan que estas líneas son hipócritas, que yo no hago más que ustedes por mi país y que, como ustedes, me siento los domingos a las 8 a ver Cuarto Poder y mando de vez en cuando una que otra cadena esperando calmar con eso mi angustia y mi sentido de peruanidad, pues tal vez tengan razón. Pero si el primer paso para curar la adicción es reconocer que tengo un problema, pues admito que lo tengo. Soy un joven peruano y nunca en mi vida le he mandado una carta a un congresista. Nunca en mi vida he marchado por las calles. Nunca he participado en una junta vecinal. Nunca he visitado Puno. Nunca he volcado mis esfuerzos más allá de este blog. Siempre me he quedado en el casi lo hago.

Pero donde uno falla, dos pueden triunfar. Y donde dos fallan, tres pueden ganar. Así, poco a poco, hasta que erradiquemos nuestra adicción apolítica y nos demos cuenta de que hoy, más que nunca, el Perú, nuestro Perú, nos necesita. Si me ven tan hipócrita y adicto como el resto, consideren este el primero de mis doce pasos.

Alonso Gurmendi


Luz y agua gratis para el pueblo: Los pueblos jovenes y la ilegalidad

junio 14, 2009

Como en muchas cuidades de latinoamerica, la ilegalidad esta a la vuelta de la esquina, Lima no es la excepción. El fenomeno de los pueblos jovenes “Shanty towns” afecta a la gran mayoria de paises subdesarrollados, yo se los  presento desde mi prespectiva.

En Lima, no hay mes que pase que no escuchemos en las noticias o veamos en los titulares, que se crean pueblos jóvenes y se realizan invasiones infringiendo los derechos de propiedad, y quedando los invasores impunes. El fenómeno de las invasiones se propaga a lo largo de todo nuestro territorio y no hay peruano que no lo haya vivido en carne propia o escuchado de un familiar o conocido cercano.  Por ello, no es ajeno a nosotros escuchar noticias como esta: ¨250 personas tomaron un cerro y permanecieron en él por cerca de un mes”. Los invasores que toman y forman posteriormente los pueblos jóvenes, carecen de títulos de propiedad. Sin embargo, gracias a la prescripción (adquisición de la propiedad bajo por el paso del tiempo) o a la benevolencia de algún alcalde se terminan haciendo dueños legítimos de la tierra ajena. Apostando al paso del tiempo, el control sobre la propiedad y la impunidad, se viene siguiendo el proceso de adquisición de tierra a la inversa.

Los invasores dejan por tanto de utilizar la manera ¨ formal ¨, por así llamarla, para obtener el título de propiedad de un terreno por medio de la invasión, práctica ilegal que dominan[1]. Con el fenómeno de migración del campo a la cuidad, Lima se ha ido atestando de pueblos jóvenes y de gente que busca un lugar dónde vivir sin importar el medio. Desde 1930 con el primer pueblo joven, Leticia, la práctica de utilizar la prescripción para luego de una apropiación ilícita volverse dueño legítimo no ha sido ajena a nuestro país. De esta manera, en vez de recurrir a la manera ¨ formal ¨ se ha vuelto costumbre la invasión de terrenos, su apropiación y posteriormente la obtención da la titularidad sobre la tierra. Así, se vuelve titular del terreno, no el dueño de la tierra, sino el que primero construye en él y espera el tiempo necesario para volverse propietario legítimo. Ha llegado a crecer a tal punto esta sociedad informal que muchas veces la sociedad  formal se ve inmersa en ella y siguen sus prácticas. Probablemente porque es más rápido, más simple, pero erróneo, tal como ocurrió en varias playas del sur, que son productos de invasiones, al igual que los pueblos jóvenes.

¿Es correcto que el derecho regule esta práctica común que se ha vuelto costumbre? Se ha creado ya un antecedente tan fuerte, que incluso luego del incumplimiento de la ley, ésta se use a disposición del invasor y le sirve para regularizar su situación.  Este uso inadecuado de la ley, generador de actos ilícitos, que es aprovechado de la mejor manera por los invasores debe ser solucionado. No es posible que aquellos que en un primer momento se encuentran fuera de la ley y van en contra de ella, luego la utilicen, (prescripción), para tornarse los propietarios legítimos de una tierra donde lo único que poseen es una construcción precaria edificada en ella. Asimismo, se llega a un mundo de ilegalidad donde el dueño del terreno termina siendo despojado de sus derechos legítimamente obtenidos, que pasan a manos del invasor, el que queda sin sanción alguna. Estas irregularidades han hecho que el desalojo, sea la excepción y la invasión exitosa, la regla. De la misma manera,  la inexistencia de pagos en retribución por la invasión generada es escasa.

De un acto ilícito, la toma de la propiedad ajena, una especie de usurpación, se terminan formado pueblos enteros que hoy en día cuentan con comité vecinal, asociaciones internas y losas deportivas, todo sobre terreno invadido como ocurrió con la actual Pamplona (considerado entre los pueblo jóvenes mas grandes de Lima). Este acto de informalidad, de ilegalidad, no debe quedar impune. Se ve día a día que pasado cierto tiempo, el gobierno concede prerrogativas y otorga titularidades en un afán por ganar popularidad en los sectores más pobres socavando la ley y otorgando más razones para que se sigan realizando estas invasiones ilícitas. De este modo, el derecho que busca dar a cada uno lo suyo y regular la vida en sociedad, se utiliza de manera inadecuada y se vuelve un medio para volver lo que en un principio fue ilegítimo en algo totalmente formal.

La informalidad generada en parte por el fenómeno de la migración, deja de lado a gran parte de la población y crea una sociedad que vive prácticamente en paralelo a la sociedad ¨ formal ¨. Poseen sus propias reglas, sus propia ¨ leyes ¨ basada en su mayoría en la costumbre, ¨ Si él lo hizo, porque yo no , si nadie dice nada; porque no tener conexiones clandestinas, porque no comprar piratería, porque no ¨ bambear ¨ productos, porque no invadir terrenos ajenos”. Por más que no se respeta la sociedad, y no hay problema alguno en invadir terrenos ajenos, las propias reglas de la sociedad alterna si son respetadas, su propia ¨ ley ¨ se respeta. En los pueblos jóvenes nadie invade a nadie, la propiedad se respeta, pero al tercero, al externo a esta realidad, si se le puede perjudicar. ¿Cómo hacer para que esta sociedad informal, que por mas de estar inserta en la cuidad y que se rige bajo sus propias reglas, interioricen el derecho y decidan acatarlo?

Es difícil convencer a las personas que ya están acostumbrados a realizar este tipo de actos, que decidan seguir las normas impuestas por la sociedad de la que están marginadas. Pero, la solución no es bajo ningún motivo facilitarles la posesión ilegal y otorgarles título de propiedad para regularizar su situación. Se necesita un acercamiento a todas aquellas personas que se encuentren marginadas, que incluso viven en la ilegalidad total; no tiene documentación, no tiene propiedades y muchas veces son ciudadanos de una nación a la cual no pertenecen.  Por más que la informalidad se está convirtiendo en la mayoría [2] y ya no es una minoría reducida como era en un inicio, las invasiones deben parar. No podemos dejar que esta práctica de la ilegalidad siga aconteciendo.

Igualmente, seria recomendable buscar la inserción de estas personas marginadas a la legalidad, generar  programas de desarrollo urbano donde la persona tenga la posibilidad de regularizar su situación y obtener acceso a una vivienda a bajo precio; programas tales como techo propio o las residenciales. La solución es , luchar contra la ilegalidad, demostrar que los precedentes que se vienen siguiendo no son los adecuados y que existen maneras de adquirir propiedad sin tener que recurrir a medios ilícitos. No se puede menoscabar la ley que constituyen un pilar fundamental para nuestra sociedad y por lo tanto se debe erradicar la mala concepción que el que invade tiene la posibilidad de volverse dueño de algo que no le pertenece.

Sebastian M. Elias Sardiña


[1] Existen bandas de hampones especialistas en invasiones, con grupos de invasores predeterminados, fuerzas policiales de se lado, e incluso abogados que aseguran el proceso de adquisición de los terrenos invadidos.

[2] ¨a través de invasiones o adquisiciones ilegales de terrenos se han formado barrios que constituyen el 42.6% de las viviendas de Lima¨- SOTO, Hernando. El otro sendero. Instituto Libertad y Democracia. Lima, 2001.


Una Propuesta de Reforma para el Congreso Peruano

junio 2, 2009

El artículo 93 de la Constitución Peruana señala que los congresistas “representan a la Nación” y “no están sujetos a mandato imperativo”. En otras palabras, un Congresista nos representa a todos a la vez y no está obligado a votar de la forma en que le indiquen sus electores directos.

Una primera lectura del artículo nos podría llevar a pensar que no tiene nada de malo. A fin de cuentas, los congresistas nos representan y hacen leyes para todos, pensando en todos. Ellos son, después de todo, los “Padres de la Patria”. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que hay algo que no funciona bien con este sistema. Yo quiero plantear una alternativa distinta.

En época de elecciones, los peruanos estamos acostumbrados a votar por una lista regional y a marcar en un cuadradito los números de nuestros dos candidatos favoritos dentro de esa lista. Con eso, nos quedamos tranquilos con que hemos cumplido con nuestra “obligación” cívica, y finalmente, nos dedicamos los siguientes 5 años a lamentarnos de por qué nuestra elección resultó en última instancia tan mala (pero obvio, sin jamás echarnos la culpa a nosotros mismos!).

El problema es que en este sistema, como dije, los congresistas que resultan electos representan “a la Nación”. Cada uno de ellos nos representa a todos y, por extensión, a nadie. Tomemos, por ejemplo, mi caso. En las elecciones anteriores yo voté para el Congreso por un partido que no alcanzó un solo escaño. En el sistema actual ¿quién me representa? ¿Estoy realmente en condiciones de sentir que mis intereses son representados? La ley me dice que no. El Congreso y los congresistas, incluso en el supuesto de que mi candidato hubiese salido elegido, no me representan a mí; sino a todos los peruanos. ¿Será tal vez por eso que me siento tan poco representado en mi propio Congreso?

Hace poco, por ejemplo, vi un comercial en la televisión que pregonaba cómo el Congreso estaba “con el pueblo” porque había pasado un par de leyes “para paliar el efecto de la crisis”. Estas leyes eran la liberalización de la CTS y la exoneración del pago de AFP de las gratificaciones. Ambas son leyes a las que me opongo abiertamente y sin embargo son comercializadas como logros. De igual forma, estoy completamente a favor de la bicameralidad, la renovación por tercios del Congreso, el fin de las políticas de austeridad y la flexibilización del régimen laboral. Sin embargo, sinceramente dudo que este Congreso, logre los consensos suficientes o tenga la voluntad política para pasar estas leyes, que en el fondo son las que me harían sentir que mi opinión y mí forma de ver la realidad del Perú tienen un lugar y son importantes en el Congreso.

Mi intención es proponer un sistema que cambie eso y que nos haga directamente partícipes de nuestro propio sistema democrático. Después de todo, ¿cuántos de nosotros hemos agarrado el teléfono para llamar a un congresista a pedirle que ponga determinado tema en la agenda del pleno?, ¿o enviado un mail a alguna bancada exigiendo más acción en alguna promesa incumplida?, ¿o, en todo caso, tenido la oportunidad de reunirnos con aquella persona a quien nosotros pusimos en el poder y a quien mantenemos día a día con nuestros impuestos?

Congreso Peruano

Congreso Peruano

Yo creo, que para que nuestro Congreso sea realmente representativo y sea realmente responsable por sus actos, deberíamos cambiar el sistema mediante el que escogemos a nuestros representantes.

En mi opinión, en lugar de elegir de una lista fija a un grupo de 5 ó 6 personas que nos representen “a todos los limeños” o “a todos los cuzqueños” o incluso “a todos los peruanos”, deberíamos dividir el país en diversos distritos electorales (algo similar a las constituencies de los países anglosajones) y que cada distrito tenga una elección para escoger un único representante.

Por ejemplo, si tomamos la Región de Ica como ejemplo, podríamos fácilmente dividirla en sus 5 provincias (Chincha, Ica, Pisco, Palpa y Nazca) y que cada una tenga 1 Congresista que las represente.

Claro que no todas las fronteras políticas constituirían fronteras electorales y los distritos electorales no necesariamente tendrían que coincidir con las provincias. Lima (entendida como Lima Provincias, Lima Metropolitana y el Callao) tendría, obviamente, más distritos electorales que provincias y/o distritos, teniendo en cuenta su población. Loreto, en cambio, tendría menos distritos electorales que provincias.

Con un sistema inteligente, incluso, no habría que variar la actual distribución de cupos congresales. Ica podría seguir teniendo 4 (digamos que unimos Palpa con Nazca para efectos electorales) y que Lima pueda seguir teniendo 35 representantes, cada uno representando a alguna zona electoral determinada (por ejemplo, un representante para cada provincia y el resto repartidos entre los distritos de Lima y Callao). Bajo este sistema, por lo tanto, los habitantes de un distrito electoral imaginario en “Miraflores-Barranco-San Isidro” podrían tener un representante que vele por sus intereses al igual que podría existir un representante que vele por los intereses de Paucartambo, en Cuzco. Ambos representantes tendrían visiones muy distintas de los mismos temas y deberían representar a sus distritos electorales según su real saber y entender.

Aquí sin embargo empieza el tema más espinoso: ¿Cómo manejar el tema del mandato imperativo? ¿Deberíamos permitirlo? ¿O es mejor alguna variante? Yo creo que la idea no es que el Congresista no tenga voz propia y que no pueda tener una posición personal de los temas, pero debe haber un balance entre las promesas que hizo en la campaña y el respeto a la decisión de la mayoría que lo eligió por un lado y el feedback que pueda recibir de sus votantes del otro.

En mi opinión, por lo tanto, los congresistas de cada distrito electoral deberían mantener las líneas de comunicación con sus distritos respectivos totalmente abiertas, sea por correo, teléfono o incluso viajando a reunirse con ellos y poder consensuar una “política común” de su distrito. Elector y Elegido podrían conversar y llegar a un punto medio que sería el que el congresista defendería. Así, por ejemplo, supongamos que en un hipotético distrito “Surco-San Borja-Surquillo-La Molina-Ate” que me represente en el Congreso, gana una mayoría de izquierda que favorece leyes como las de la CTS y las Gratificaciones que mencioné antes. En ese caso, él debería hacer conocida su opinión durante la campaña y luego cumplir su promesa luego de ganar, pero yo debería estar en todo mi derecho de pedir una reunión con este congresista y ofrecerle mi punto de vista, sentarme con él un momento y tratar de llegar a un punto consensuado en donde de repente no toda la CTS sea liberada, por ejemplo.

Este feedback haría que nuestra democracia crezca, madure y se vuelva mucho más inclusiva y participativa; algo que, así como están las cosas, sólo puede ser bueno.

Alonso Gurmendi
Foto: Centro de Prensa del Congreso de la República