¿Qué es realmente el liberalismo?

julio 10, 2009

Hace ya una década que en América Latina convivimos con la retórica incendiaria de ciertos gobiernos populistas. Desde ese entonces, liberalismo –o más bien, neoliberalismo, como ha sido apodado- ha pasado a ser casi una mala palabra en la jerga hemisférica. El liberalismo ha sido acusado de ser una doctrina “vendepatria”, saqueadora de recursos naturales y herramienta del “imperio”; se ha dicho que engendra el belicismo, que causa genocidios y explota al pueblo; que destruye valores, hogares y trabajos; que es, en buena cuenta, casi casi, creación del mismo diablo. 

Y, sin embargo, pocas han sido las ocasiones en donde estos, sus más encarnizados enemigos, se han tomado el tiempo de explicar exactamente qué es este concepto que tanto odio les genera. ¿Qué es exactamente el liberalismo? Y, tal vez más importante, ¿es realmente tan terrible? 

Ya he dejado en claro que no creo en derechas ni izquierdas (y parece que no estoy solo en eso), sino que, en cambio, creo en buenas y malas ideas, por lo que espero no tomen estas líneas como una defensa ideológica ni nada por el estilo; este es un honesto intento por plasmar en papel (o bits) un conjunto de buenas ideas a las que creo no se les ha hecho justicia en la opinión popular. Estando a dos años de las siguientes elecciones, consideren esto un bienintencionado granito de arena, destinado a proveer a los peruanos con toda la información posible antes de que tomen la decisión más importante del lustro. 

¿Qué es liberalismo? La premisa básica detrás del concepto del pensamiento liberal no es –para sorpresa de muchos, estoy seguro- el lucro desenfrenado, sino más bien la idea de que todos tenemos derecho a las mismas oportunidades; que los hombres nacen todos iguales y dotados de ciertos derechos básicos, como la vida, la libertad y la propiedad, que en última instancia se resumen en el derecho a perseguir la felicidad y, como diría Jeremy Bentham, esta premisa implica, por definición, que si hemos de buscar la mejor forma de lograr que la mayor cantidad de personas pueda lograr la felicidad, es mejor un sistema que nos permita a cada uno decidir nuestro propio camino, frente a otro que nos diga qué camino hemos de seguir. 

Trasladando esta lógica al pensamiento económico, el liberalismo plantea que todos somos buenos para hacer algo y malos para hacer otras cosas y que, asimismo, tenemos derecho a acceder a los mejores productos al menor precio posible. Esta es pues precisamente la lógica detrás de un Tratado de Libre Comercio: Si los peruanos somos buenos cultivando espárragos, no tiene sentido que sembremos arroz y si en otro país son mejores cultivando arroz, no tiene sentido que siembren espárrago. Así, produciendo nuestros espárragos y comprando su arroz (y viceversa) tanto aquí como allá; todos, comeremos más rico y más barato. 

La lógica opuesta es la del proteccionismo, que busca proteger al productor de arroz caro y poco competitivo en desmedro del espárrago; elevar los aranceles al arroz y cuidar al productor peruano, con la esperanza de levantar así a la industria nacional. Aquí comeremos arroz caro y allá comerán espárrago amargo. 

Se critica al liberalismo con la lógica de que dañará al productor de arroz, que tendrá que aprender a sembrar espárrago (¡nadie nunca se preocupa de dañar al consumidor, que a fin de cuentas, somos todos!). Sin embargo para eso hay dos respuestas. En primer lugar, no todo lo bueno es barato y no todo lo barato es más demandado. Imaginemos, por ejemplo, que entra al Perú maíz barato de Estados Unidos a un precio mucho menor que el choclo local. En teoría, la gente debería inclinarse a comprar maíz sobre choclo, ¿no? Pero, ¿qué sucede si el productor local vende su choclo caro, pero lo vende de mayor calidad, con granos más grandes, mejor sabor y, a fin de cuentas, bien peruano? ¿No podría acaso competir con el maíz chiquito del norte?, me gustaría creer que sí. 

La segunda respuesta es ya económica. Si somos mejores produciendo espárrago que sembrando arroz, dedicarnos a aquello que mejor hacemos implica, por lo general, obtener mayores ingresos globales (el mercado mundial siempre va a demandar más espárragos que lo que el mercado local va a demandar en arroz). Si este excedente es suficiente para poder compensar a aquellos que van a salir perjudicados con el sistema, eso quiere decir que, en su conjunto, la sociedad sale mejor parada cambiando arroz por espárrago que con el status quo. Me explico: comprar arroz peruano es caro y le cuesta mucho al ciudadano común, en el agregado, ese es un costo significativo. Si imaginamos que hay 50 productores de arroz en el país y que el cambio y la capacitación de arroz a espárrago (o la actividad alternativa que sea) va a costarles un promedio de 500 soles a cada uno (para efectos didácticos estoy, obviamente, siendo simplista), pues entonces con una ganancia global de 25,000 soles producto de la exportación de espárragos, el Estado podría asumir los costos de estas personas (que son, después de todo, una minoría) y ayudarlos en el proceso de transición. Algunos pierden, muchos ganan y, con lo que ganan, ayudan al que pierde; eso, sino justo, es por lo menos eficiente. 

Pero incluso si concedemos que habrán perjudicados que no podrían ser ayudados porque simplemente serán despedidos o algo por el estilo, el liberalismo es compatible con mecanismos de prevención como la CTS (hoy mal aplicada) y otros que permiten proteger a las personas en el proceso de transición entre un empleo y otro, de tal forma que se mantenga el dinamismo económico, en lugar de, como plantea el populismo, proteger los puestos de trabajo, por más que conservarlos ya no tenga sentido. 

Ahora, no pretendo con esto justificar a ningún político ni a ninguna administración en particular. Lo que muchas veces presenciamos día a día en el Perú es una especie de remedo tercermundista de un liberalismo mal entendido, tan falible como el socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que un remedo tercermundista (y bastante populista) de un socialismo mal entendido. Sucede, sin embargo, que cuando los principios liberales funcionan, se generan Inglaterras, Francias y Singapures, mientras que, cuando el Socialismo del Siglo XXI funciona, se generan Coreas del Norte, Iranes y Zimbabues. 

No planteo tampoco una propuesta absoluta. El socialismo funciona muy bien en ciertas partes de Europa mientras que el liberalismo lo hace también en Estados Unidos. A fin de cuentas, nadie impide que, como en Chile, Brasil y tantos otros lugares, los principios liberales puedan ser sazonados y, por qué no, perfeccionados con políticas distributivas “de izquierda” siempre que, obviamente, sean serias.

Yo creo, como ya he dicho, en el gato que caza ratones. Y para cazar ratones, en mi opinión, necesitamos partir de estos principios liberales que nadie explica y pocos aplican bien. Perfeccionados, los mismos pueden ser precisamente el eslabón perdido en la cadena del desarrollo que todos los peruanos comprometidos –tanto de derecha como de izquierda- buscamos hace casi 190 años.

Así que espero que, en dos años, frente a las urnas, no votemos por nombres ni retórica, sino por estos principios e ideas, sea donde fuere que los encontremos.

Alonso Gurmendi

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Igualdad religiosa en el Perú

julio 3, 2009

El día de ayer, la comisión de constitución del Congreso de la República aprobó el proyecto de ley de la llamada “Ley de Igualdad Religiosa”, causando cierto revuelo en nuestra tradicionalmente conservadora clase política, que hace ya un tiempo observa con interés el rol cada vez más influyente de las minorías religiosas en los fueros políticos, ante el horror del establishment mediático, las incomodas intervenciones de la Iglesia Católica y los amenes y aleluyas de los evangélicos.

 Las reacciones no se han hecho esperar, y no han hecho más que resaltar la pintoresca intolerancia que caracteriza a la sociedad limeña en cuanto a diversidad religiosa se refiere: mientras el Consejo Episcopal Peruano se queja de que “no fueron consultados” (quizá eso sea porque no son una minoría religiosa, ¿no?),  el Pastor Humberto Lay (por quien siento una profunda admiración personal, valga la acotación) señala que la aprobación del proyecto de Ley por parte del Congreso “es una cuestión de justicia”. Y la redacción de El Comercio se traga las ganas de quemarnos a todos los evangélicos en una pira, Decet Romanum Pontificem, al ritmo de un padre nuestro y tres ave marías.

¿Existe igualdad religiosa en el Perú? La verdad, no. Puedo aceptar que hemos crecido en tolerancia religiosa.  ¿Pero igualdad, verdadera igualdad? No, la igualdad religiosa es un logro que nos es aún esquivo – aunque yo sinceramente dudo si es que, como sociedad, realmente estamos aspirando a ello.

En un plano general, si buscamos aspirar a una auténtica igualdad, tenemos que esforzarnos porque nuestra sociedad llegue a un mayor entendimiento de sus propios componentes religiosos.  Para empezar, ni siquiera existe en el Perú una comprensión realmente sólida del mapa religioso de nuestro país. Para mayor parcialidad, hablemos de los evangélicos (por si el lector no lo ha deducido aún, soy evangélico). En el Perú, según el último censo , 12,5% de la población nacional mayor de 12 años en este país profesa la religión “cristiano-evangélica”. Empezamos con los errores, porque el concepto de “cristiano-evangélico” es bastante ambiguo – ¿o realmente cree el INEI que es lo mismo un bautista conservador que un neopentecostal? Además, normalmente se hermana las confesiones evangélicas con movimientos completamente diferentes, como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o los Testigos de Jehová. Ni los medios, ni la clase política, ni siquiera considerables sectores de influencia académica son capaces de distinguir entre ellos.  Y eso sin mencionar que diarios de alta reputación como El Comercio y personajes tan distinguidos como el Obispo Cipriani siguen usando erradamente el término “evangelistas” para distinguirnos – por el amor de Dios (literalmente), es “evangélicos”.

 Si no aprendemos aún a reconocer con propiedad a la primera minoría religiosa del país, que incuestionablemente son los evangélicos, ¿Cómo podemos pretender que vamos a entender a las demás? ¿Cómo podemos pretender que estamos en capacidad de rescatar, promover y proteger el valor cultural de las creencias religiosas de comunidades en el interior del país?

Más allá de eso, la prueba más grande de que no existe una auténtica aspiración de lograr la igualdad religiosa en el Perú es que, cuando se promueven iniciativas como el Proyecto de Ley mencionado al inicio de este artículo, todo el mundo parece preocuparse más por sus implicancias sociales que por discutir concienzudamente sobre su contenido.

¿Sería este proyecto una buena ley?

 Sin duda tiene cosas positivas. Si, los bienes de las comunidades religiosas deben ser inembargables – claro está, siempre y cuando no se hayan dado en garantía, pues si prohibimos constituir gravámenes sobre inmuebles como los templos, nos estaríamos disparando en el pie si buscamos ampliarlos para albergar  a más devotos en el futuro.

 También estoy de acuerdo con que hay ciertas afectaciones tributarias que no guardan sentido con el fervor religioso. Una exoneración del impuesto predial y del impuesto a la renta, en ese sentido, me parece que está en orden – ahora bien, un efectivo control y un principio de razonabilidad son necesarios, o la religión terminará siendo otra excusa para lavar dinero.  Las afectaciones a las donaciones son groseramente inconstitucionales y tienen que desaparecer. El perfeccionamiento del actual registro de confesiones religiosas y la creación de un nuevo régimen de personería jurídica que sea propio al carácter extraordinario de las mismas son medidas necesarias  para ayudar al Estado a entender un poco mejor el panorama institucional de la realidad religiosa de las confesiones no católicas – y ayudará a las iglesias a crear mejores y más idóneos mecanismos de toma de decisiones, más acorde con su naturaleza eclesiástica.

 Pero  hay ciertos elementos en la ley que, con franqueza, dan la impresión de que se busca más obtener los mismos privilegios que los Católicos que establecer un régimen de igualdad partiendo de un principio secular:  la exoneración al impuesto a la propiedad vehicular, para ser sinceros, me parece que es ir muy lejos. Dicho impuesto se paga solo para vehículos nuevos, durante los primeros dos años. También se puede servir a Dios en carros de segunda mano.

 Además de ello, yo, particularmente, no estoy de acuerdo con complicar aún más las mentes de nuestros niños en el colegio con más clases de religión. La educación debe avanzar hacia una secularización, que implicará la abolición de las clases de religión y no una extensión de la enseñanza de sus principios dogmáticos. Para enseñar la Fe, están los padres, la escuela dominical y esas bonitas biblias con ilustraciones que sirven para leer a los niños por la noche. El colegio está para adquirir conocimientos humanos. En todo caso, quizá pueda satisfacerse dichas necesidades a través de planes extracurriculares en los colegios. Pero como parte de la currícula general, no.

Por último,  ¿exoneración del impuesto a la renta para los trabajadores religiosos? Permítanme discrepar: amados Pastores, yo también soy cristiano. Yo también sirvo a Dios en mi trabajo. Doctrinalmente, mis ingresos, al final del día, también provienen de la provisión de Nuestro Señor. Y yo pago impuestos. ¿Por qué ustedes no? Es un trabajo. “Al Cesar lo que es del Cesar…”. Ah, y no lo olviden, a pagarlos con gozo,  “porque Dios ama al dador alegre”.

Otros dispositivos simplemente flotan sin mayor base, como la multa de hasta tres UIT para quienes “impidan el libre ejercicio de la libertad religiosa” (¿?), o el listado de las actividades que con algo de arrogancia nos tomamos la libertad de decir que “no son religión”, como “los ritos maléficos y satánicos, o la adivinación”. La Ley no es el lugar para ese tipo de juicios – ese tipo de opiniones (que a un nivel espiritual, particularmente yo comparto) pertenecen al templo y el seminario, y no en los atrios del Congreso.

Más allá de este proyecto de ley , creo que la igualdad religiosa para las confesiones no católicas no se va a lograr aspirando, erróneamente, a tener los mismos privilegios que la Iglesia Católica. Seamos razonables: el 81,3% del país se confiesa católico. Es natural que ocupen un lugar primigenio en la esfera socio-religiosa. Mi impresión es que el Estado debe buscar redefinir en las próximas décadas su relación con la Iglesia Católica, avanzando hacia una mayor secularización y horizontalidad, de manera inteligente y gradual. No olvidemos, además, que ello pasaría por renegociar o incluso denunciar el Concordato de 1980 entre el Perú y el Estado del Vaticano, herencia de un gobierno militar que estaba ciego al progresismo cívico de la era. Nos guste o no, un Concordato es un tratado internacional y redefinir sus límites, por fuerza, va a ser harto complicado para el Estado.  

No se trata de que las demás confesiones se suban al carro. Se trata, en mi opinión al menos, de buscar  una manera elegante y socialmente aceptable de conseguir que la Iglesia Católica se baje del mismo. Muchos de nosotros (los no católicos, quiero decir) hemos denunciado los privilegios de la Iglesia Católica en repetidas ocasiones como algo inconsistente con una separación auténtica entre Iglesia y Estado ¿Cómo podríamos, entonces, sumarnos a ellos sin traicionar esos  principios?

Así que mi duda persiste – ¿realmente estamos aspirando, todos como sociedad, a una igualdad religiosa? ¿o es que seguimos inmersos en las pugnas y rivalidades clásicas que caracterizan la divergencia católico-protestante en Latinoamérica? Dios nos exige una respuesta sincera. El Estado no tendría por qué no hacer lo mismo.

Ronald Cross