Igualdad religiosa en el Perú

El día de ayer, la comisión de constitución del Congreso de la República aprobó el proyecto de ley de la llamada “Ley de Igualdad Religiosa”, causando cierto revuelo en nuestra tradicionalmente conservadora clase política, que hace ya un tiempo observa con interés el rol cada vez más influyente de las minorías religiosas en los fueros políticos, ante el horror del establishment mediático, las incomodas intervenciones de la Iglesia Católica y los amenes y aleluyas de los evangélicos.

 Las reacciones no se han hecho esperar, y no han hecho más que resaltar la pintoresca intolerancia que caracteriza a la sociedad limeña en cuanto a diversidad religiosa se refiere: mientras el Consejo Episcopal Peruano se queja de que “no fueron consultados” (quizá eso sea porque no son una minoría religiosa, ¿no?),  el Pastor Humberto Lay (por quien siento una profunda admiración personal, valga la acotación) señala que la aprobación del proyecto de Ley por parte del Congreso “es una cuestión de justicia”. Y la redacción de El Comercio se traga las ganas de quemarnos a todos los evangélicos en una pira, Decet Romanum Pontificem, al ritmo de un padre nuestro y tres ave marías.

¿Existe igualdad religiosa en el Perú? La verdad, no. Puedo aceptar que hemos crecido en tolerancia religiosa.  ¿Pero igualdad, verdadera igualdad? No, la igualdad religiosa es un logro que nos es aún esquivo – aunque yo sinceramente dudo si es que, como sociedad, realmente estamos aspirando a ello.

En un plano general, si buscamos aspirar a una auténtica igualdad, tenemos que esforzarnos porque nuestra sociedad llegue a un mayor entendimiento de sus propios componentes religiosos.  Para empezar, ni siquiera existe en el Perú una comprensión realmente sólida del mapa religioso de nuestro país. Para mayor parcialidad, hablemos de los evangélicos (por si el lector no lo ha deducido aún, soy evangélico). En el Perú, según el último censo , 12,5% de la población nacional mayor de 12 años en este país profesa la religión “cristiano-evangélica”. Empezamos con los errores, porque el concepto de “cristiano-evangélico” es bastante ambiguo – ¿o realmente cree el INEI que es lo mismo un bautista conservador que un neopentecostal? Además, normalmente se hermana las confesiones evangélicas con movimientos completamente diferentes, como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o los Testigos de Jehová. Ni los medios, ni la clase política, ni siquiera considerables sectores de influencia académica son capaces de distinguir entre ellos.  Y eso sin mencionar que diarios de alta reputación como El Comercio y personajes tan distinguidos como el Obispo Cipriani siguen usando erradamente el término “evangelistas” para distinguirnos – por el amor de Dios (literalmente), es “evangélicos”.

 Si no aprendemos aún a reconocer con propiedad a la primera minoría religiosa del país, que incuestionablemente son los evangélicos, ¿Cómo podemos pretender que vamos a entender a las demás? ¿Cómo podemos pretender que estamos en capacidad de rescatar, promover y proteger el valor cultural de las creencias religiosas de comunidades en el interior del país?

Más allá de eso, la prueba más grande de que no existe una auténtica aspiración de lograr la igualdad religiosa en el Perú es que, cuando se promueven iniciativas como el Proyecto de Ley mencionado al inicio de este artículo, todo el mundo parece preocuparse más por sus implicancias sociales que por discutir concienzudamente sobre su contenido.

¿Sería este proyecto una buena ley?

 Sin duda tiene cosas positivas. Si, los bienes de las comunidades religiosas deben ser inembargables – claro está, siempre y cuando no se hayan dado en garantía, pues si prohibimos constituir gravámenes sobre inmuebles como los templos, nos estaríamos disparando en el pie si buscamos ampliarlos para albergar  a más devotos en el futuro.

 También estoy de acuerdo con que hay ciertas afectaciones tributarias que no guardan sentido con el fervor religioso. Una exoneración del impuesto predial y del impuesto a la renta, en ese sentido, me parece que está en orden – ahora bien, un efectivo control y un principio de razonabilidad son necesarios, o la religión terminará siendo otra excusa para lavar dinero.  Las afectaciones a las donaciones son groseramente inconstitucionales y tienen que desaparecer. El perfeccionamiento del actual registro de confesiones religiosas y la creación de un nuevo régimen de personería jurídica que sea propio al carácter extraordinario de las mismas son medidas necesarias  para ayudar al Estado a entender un poco mejor el panorama institucional de la realidad religiosa de las confesiones no católicas – y ayudará a las iglesias a crear mejores y más idóneos mecanismos de toma de decisiones, más acorde con su naturaleza eclesiástica.

 Pero  hay ciertos elementos en la ley que, con franqueza, dan la impresión de que se busca más obtener los mismos privilegios que los Católicos que establecer un régimen de igualdad partiendo de un principio secular:  la exoneración al impuesto a la propiedad vehicular, para ser sinceros, me parece que es ir muy lejos. Dicho impuesto se paga solo para vehículos nuevos, durante los primeros dos años. También se puede servir a Dios en carros de segunda mano.

 Además de ello, yo, particularmente, no estoy de acuerdo con complicar aún más las mentes de nuestros niños en el colegio con más clases de religión. La educación debe avanzar hacia una secularización, que implicará la abolición de las clases de religión y no una extensión de la enseñanza de sus principios dogmáticos. Para enseñar la Fe, están los padres, la escuela dominical y esas bonitas biblias con ilustraciones que sirven para leer a los niños por la noche. El colegio está para adquirir conocimientos humanos. En todo caso, quizá pueda satisfacerse dichas necesidades a través de planes extracurriculares en los colegios. Pero como parte de la currícula general, no.

Por último,  ¿exoneración del impuesto a la renta para los trabajadores religiosos? Permítanme discrepar: amados Pastores, yo también soy cristiano. Yo también sirvo a Dios en mi trabajo. Doctrinalmente, mis ingresos, al final del día, también provienen de la provisión de Nuestro Señor. Y yo pago impuestos. ¿Por qué ustedes no? Es un trabajo. “Al Cesar lo que es del Cesar…”. Ah, y no lo olviden, a pagarlos con gozo,  “porque Dios ama al dador alegre”.

Otros dispositivos simplemente flotan sin mayor base, como la multa de hasta tres UIT para quienes “impidan el libre ejercicio de la libertad religiosa” (¿?), o el listado de las actividades que con algo de arrogancia nos tomamos la libertad de decir que “no son religión”, como “los ritos maléficos y satánicos, o la adivinación”. La Ley no es el lugar para ese tipo de juicios – ese tipo de opiniones (que a un nivel espiritual, particularmente yo comparto) pertenecen al templo y el seminario, y no en los atrios del Congreso.

Más allá de este proyecto de ley , creo que la igualdad religiosa para las confesiones no católicas no se va a lograr aspirando, erróneamente, a tener los mismos privilegios que la Iglesia Católica. Seamos razonables: el 81,3% del país se confiesa católico. Es natural que ocupen un lugar primigenio en la esfera socio-religiosa. Mi impresión es que el Estado debe buscar redefinir en las próximas décadas su relación con la Iglesia Católica, avanzando hacia una mayor secularización y horizontalidad, de manera inteligente y gradual. No olvidemos, además, que ello pasaría por renegociar o incluso denunciar el Concordato de 1980 entre el Perú y el Estado del Vaticano, herencia de un gobierno militar que estaba ciego al progresismo cívico de la era. Nos guste o no, un Concordato es un tratado internacional y redefinir sus límites, por fuerza, va a ser harto complicado para el Estado.  

No se trata de que las demás confesiones se suban al carro. Se trata, en mi opinión al menos, de buscar  una manera elegante y socialmente aceptable de conseguir que la Iglesia Católica se baje del mismo. Muchos de nosotros (los no católicos, quiero decir) hemos denunciado los privilegios de la Iglesia Católica en repetidas ocasiones como algo inconsistente con una separación auténtica entre Iglesia y Estado ¿Cómo podríamos, entonces, sumarnos a ellos sin traicionar esos  principios?

Así que mi duda persiste – ¿realmente estamos aspirando, todos como sociedad, a una igualdad religiosa? ¿o es que seguimos inmersos en las pugnas y rivalidades clásicas que caracterizan la divergencia católico-protestante en Latinoamérica? Dios nos exige una respuesta sincera. El Estado no tendría por qué no hacer lo mismo.

Ronald Cross

Una respuesta a Igualdad religiosa en el Perú

  1. maritza dice:

    Me encanto esa visión académica sobre la igualdad religiosa.

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