La Promesa de Puerto España

Cuando en abril de este año, Barak Obama anunció desde Trinidad y Tobago el lanzamiento de una nueva política para América Latina, una en donde no existiesen socios mayores y socios menores, sino una relación de respeto mutuo, nunca pensó que mantener esa promesa resultaría tan complicado con tanta rapidez. 

Ya con el golpe de estado a Manuel Zelaya en Honduras, la política de Obama para con América Latina tuvo que distanciarse de la política del pasado, tomando partido por principios, y no por intereses de corto plazo. Obama tuvo que tomar la costosa decisión de distanciar a los halcones del neoconservatismo estadounidense a cambio de poder sustentar creíblemente el compromiso de Estados Unidos con la región y no con intereses específicos. Tomar el lado de Zelaya, e incluso detener los envíos de ayuda no humanitaria a una Honduras controlada por un gobierno partidario a las políticas liberales y enemigo de Hugo Chávez, sin duda ha de haber sido un nuevo sentimiento para los pasillos de la Casa Blanca, acostumbrados al simplismo del consenso de Washington y al pragmatismo del reaganismo. 

Empero, son los desarrollos de los últimos meses los que garantizan que cumplir la promesa de Puerto España será particularmente difícil para una Casa Blanca concentrada en asuntos internos mucho más apremiantes. 

Esta semana, por ejemplo, Obama renovó, por un año más, el embargo cubano, en contra de los deseos de la gran mayoría de latinos. Si bien el relajamiento de las políticas hacia los viajes a Cuba y el levantamiento de la suspensión (al menos en teoría) a la participación cubana en la OEA han sido posturas destinadas a reenganchar a Estados Unidos con Latinoamérica que han tenido moderado éxito para transmitir el mensaje de la nueva política, difícilmente podrá llegarse demasiado lejos con el embargo en pie. Sin embargo, diversos factores de política interna hacen parecer que la idea de levantarnos un día sin un embargo es bastante remota. 

Esta brecha entre lo que Estados Unidos puede ofrecer y lo que Latinoamérica espera será pues, al parecer, la constante de la política exterior de Obama hacia nuestra región. Existe pues una buena voluntad de Washington por ganarse a la región, pero ésta viene acompañada del convencimiento de que el capital diplomático que Estados Unidos desea invertir en América Latina para sustentar esta buena voluntad es limitado y que simplemente América Latina no es prioridad en un mundo en donde Irán está coqueteando con la opción de obtener armas nucleares, la Economía Mundial está en convalecencia y los Republicanos amenazan con bloquear cualquier reforma del sistema de salud estadounidense. 

Es curioso cómo, por ejemplo, un Estados Unidos que dice querer iniciar una nueva época, no está dispuesto a participar en el debate regional por las bases colombianas, siendo un actor principal en el asunto. Es como si en Europa del Este, fuesen Polonia y República Checa las que debiesen convencer a Rusia de aceptar un escudo de misiles en su patio delantero. Es más, la propia estrategia de las bases revela que Estados Unidos prefiere –por más que los gobiernos populistas de la región opinen lo contrario- no meterse en el debate ideológico por ver quién controla más capitales, el “Socialismo del Siglo XXI” o el “Neoliberalismo”. Poner 500 soldados en Colombia, además de perpetuar la fallida estrategia de la guerra contra las drogas, es una forma fácil y sencilla de advertir a Chávez que él puede hacer y hablar todo lo que desee, con tal de que lo haga sólo en su eje, porque en el vecino que importa –Colombia-, Washington tiene ya un pie de playa firme para dirigir su política para la región y pretende retenerlo luego del 2010.

 Y son precisamente las elecciones colombianas de 2010 las que probablemente representen el mayor reto hasta la fecha para la nueva política estadounidense. Ya en Colombia está todo listo para permitir a Uribe lanzarse a un tercer periodo presidencial que, vía una reforma constitucional, lo perpetraría en el poder con el fin “noble” de “salvar a Colombia de las FARC”.

¿Qué hará Washington? Tal vez esa sea la pregunta del millón. ¿Debiera apoyar a su principal aliado a pesar de que en la práctica está incurriendo en las mismas conductas que le son reprochadas a Chávez y Zelaya?, ¿o debiera distanciarse de una Colombia regida por un Uribe ansioso de poder, que ha traicionado los principios democráticos que Washington dice representar, incluso si eso favorece a su enemigo en Caracas?

Ciertamente la respuesta no es fácil y sin duda cualquiera sea el camino, acarreará poderosos costos y vociferantes respuestas de ira de uno u otro lado según se escoja uno u otro curso de acción. Sólo podemos esperar que la decisión que se tome, sea una que permita alcanzar el equilibrio necesario, entre el buen desempeño de las relaciones hemisféricas y el desarrollo y prosperidad de nuestra región. La promesa de Puerto España bien depende de ello.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: