Copenhagen y el Multipolarismo: Algunos Comentarios

diciembre 29, 2009

Mi co-autor, Ronald Cross, plantea la hipótesis de que el COP-15 en Copenhagen fracasó porque el mundo se ha vuelto ya multipolar. Evidentemente estoy de acuerdo con que en el mundo de hoy ya no hay un solo foco de poder. Pero me dejó pensando la pregunta de si fue este aparente exceso de opiniones el que causó la debacle ambiental que presenciamos en Dinamarca. En otras palabras, ¿habría existido un Protocolo de Copenhagen este año si es que Brasil, India, China, Sudáfrica y Rusia no hubiesen estado allí con el poder suficiente para frenar las negociaciones con sus puntos de vista aparentemente insalvables?

Afirmar lo anterior implicaría que podamos ser capaces de demostrar que el Protocolo de Kyoto fue posible porque el unilateralismo así lo permitió. Sin embargo, si retrocedemos hasta las arduas negociaciones de Kyoto en 2004, no fue Estados Unidos, la potencia mundial, la que lideró el empuje pro Kyoto; todo lo contrario, fueron Japón y la Unión Europea quienes, luego de un largo tira y afloja con Rusia, lograron convencerla de firmar el pacto (sí, la “heroína” detrás de Kyoto fue la Madre Rusia). Pero incluso los propios rusos no eran nada entusiastas con respecto al protocolo: Andrei Illarinov, asesor del entonces Presidente Putin en el tema, describió a Kyoto nada más y nada menos que como un “Auschwitz Económico”. Sólo con la promesa europea de no vetar el ingreso de Rusia a la OMC y la opción de Rusia de poder utilizar sus ratings de 1990 para medir sus metas en reducciones de carbono fue que se logró aprobar Kyoto; un tratado negociado durante el auge de la hegemonía estadounidense, pero que no exigía nada a países emergentes como China e India, cuyas economías contribuyen enormemente al calentamiento global; que no contaba con la participación del principal contaminante del planeta -Estados Unidos- cuya economía era responsable por más del 36% de los gases de invernadero en el mundo, y que permitía, en esencia, que Rusia se aprovechara de tecnicismos para que sus metas de reducción de emisiones sean bastante generosas.

No. El unilateralismo no nos salvó del monóxido de carbono y el multipolarismo tampoco va a condenarnos. Otra es la explicación –al menos en mi opinión- para la catástrofe de Copenhagen.

Sucede pues que los Estados, como todo esfuerzo humano colectivo, son creados para un fin. El fin, por supuesto, es proteger a sus ciudadanos de las amenazas que enfrentan tanto en el ámbito interno como el internacional. Y así, en el ámbito internacional, la mejor forma de lograr este objetivo es evitar que las demás naciones tengan los medios necesarios para inducir al gobierno a perseguir conductas o favorecer escenarios contrarios a lo que en política internacional llamamos interés nacional. De esta forma, todos los Estados buscan siempre ser más ricos y más poderosos que sus vecinos y desean contar con los medios necesarios para proteger este poder y esta riqueza. En esencia, los Estados son competitivos y egoístas, favoreciendo casi siempre la alternativa que reporte mayores beneficios a cada uno.

Con algo de suerte los Estados reaccionarán a tiempo para evitar una crisis climática importante

Es precisamente este sistema internacional de egoísmo y competencia el que nos ha permitido alcanzar –de una u otra manera- todos los avances que han existido en el escenario internacional desde la antigüedad hasta nuestros días. Negarlo es querer tapar el sol con un dedo e ignorarlo no puede sino llevarnos errores de tamaña importancia.

En el tema del cambio climático, sin embargo, este sistema que por tanto tiempo nos ha ayudado, se vuelva patas arriba. Los Estados saben (o tienen los medios para saber) que el cambio climático es una amenaza seria a su supervivencia; a su poder y riqueza mismas; es decir, es una amenaza a su interés más básico. Sin embargo, mientras los beneficios de actuar hoy no se sentirán sino hasta tres o cuatro décadas (y serán en su mayoría beneficiosos en cuanto a que se tratará de cosas que “no pasarán” y que por lo tanto los votantes no se percatarán de ellas), los costos se sentirán hoy mismo y repercutirán al corto plazo precisamente en esta carrera internacional por ver quién alcanza mayor poder y mayor riqueza en la escena internacional.

En efecto, quien firme un protocolo en diciembre 2010 estará más seguro de aquí a cuarenta años, pero probablemente estará frenando (o sentirá que está frenando) su crecimiento económico de aquí a cinco o seis. De otro lado, quien no lo firme, tal vez corra el riesgo de ver sus ciudades inundadas de aquí a cuatro décadas, pero verá un comentario económico más favorable en el próximo reporte Standard & Poor’s. Es más, incluso quien firme un protocolo el 2010, verá empeñado su éxito futuro a la condición de que todos los demás Estados implicados firmen el pacto también, y ante la incertidumbre frente a las intenciones de sus vecinos, es probable que un grupo de los Estados que sí deseen un nuevo Kyoto, desistan de ratificarlo por miedo a ser los únicos que trabajan mientras los demás se aprovechan de su buena voluntad.

Así pues, nuestros Estados simplemente no están diseñados para enfrentar este tipo de problemas. Nuestros Estados –al menos la mayoría- funcionan en base a elecciones que ocurren cada cuatro o cinco años. Muchas veces los Estados requieren de beneficios al corto plazo y tienen tasas de descuento relativamente altas, en el sentido de que prefieren pocas ganancias hoy, a muchas ganancias mañana. Pedirle a nuestros Estados que abandonen este esquema es demasiado complicado, incluso para Al Gore.

Es verdad que el multipolarismo crea problemas (por ejemplo, el desagradable rol que cumplieron Venezuela y Sudán en el debate se debió en gran medida al apoyo Chino que pudo desestabilizar cualquier intento estadounidense por ponerlos en orden), pero como señala Moisés Naim, el multilateralismo tiene soluciones prácticas que incluso han sido ya empleadas en casos como el involucramiento del G20 en la crisis económica.

La respuesta, en mi opinión, no está en los múltiples polos de poder, sino que está, para nuestra mala suerte, incluso un paso más atrás, en el sistema mismo. Tristemente, el reto más grande de nuestros días, es al mismo tiempo un reto para el que no hemos evolucionado todavía. Es un fenómeno que con cada año que pasa está más cerca de la adaptación forzosa que de la prevención armónica. Tal vez, con un poco de suerte, podremos reaccionar al problema antes de que sea demasiado tarde. Pero, si alguna dura lección me deja Copenhagen, es que, en el ámbito internacional, algunas cosas pueden cambiar, pero otras no…

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Las duras lecciones de Copenhague

diciembre 27, 2009

Debo confesar que la moda verde que se apoderó de los medios de comunicación en los últimos dos años me convenció incluso a mi de que la XV Cumbre de las Naciones Unidas para el Cambio Climático de Copenhague sería un inusual éxito del compromise político, un sincero intento global por frenar uno de los problemas más complejos que enfrenta la sociedad moderna. En lugar de eso, todos (incluyéndome) recibimos nuestra amarga dosis de hard politics. El sistema de cooperación internacional volvió a fracasar, a mostrarnos lo incapaz que es de lograr compromisos sacrificiales de parte de las naciones del globo sin que existan beneficios tangibles a cambio.  Y nos dejó apenas de consuelo un papelucho débil, sin apellido ni significado, que no refleja más que la frívola realidad: la prioridad de todo estado, antes que nada, es asegurarse los mejores prospectos posibles de crecimiento económico, con calentamiento global o sin él.

Desde el punto de vista climático, Copenhague nos deja pocas lecciones de valor.

La principal, quizá, es que la comunidad internacional aún es en muchos puntos inmune a la retórica moralista: poco o nada se va a lograr con protestas y presión mediática. Los últimos dos años han visto una escalada monumental en los intentos de los medios de comunicación y la sociedad civil para presionar por mayores compromisos políticos para combatir el cambio climático. Al Gore incluso se convirtió en la primera persona en recibir un Oscar y un premio nobel de la paz por lo mismo – ¡y en el lapso de un año, faltaba más!

Aún así, la presión social ha fracasado. ¿Por qué? Porque en el mundo moderno, no sirve de nada protestar con la voz. Hay que protestar con la billetera. Y es ahí donde todos nos hemos quedado cortos. Mientras no dejemos de comprar autos con motores enormes, dejemos las luces encendidas en las casas y avalemos la deforestación comprando madera sin certificar, estaremos apoyando, sino con nuestra voz con nuestros billetes, a los lobbies industriales que detienen los esfuerzos contra el cambio climático. Si queremos lograr un cambio, lo que se requiere para hacer sentir nuestra protesta no es abrir la boca, sino cerrar la billetera. El problema, naturalmente, es que eso es harto difícil.

La otra lección que nos deja Copenhague es que el sistema de cap & trade parece destinado a perjudicarnos más que a ayudarnos. El caso de Rusia, como hace unos días reportó el NY Times, es sumamente preocupante: ¿Qué pasa si toda esta encantadora idea de los bonos de carbono termina generando un jugoso mercado? ¿Qué hacemos si se vuelve económicamente viable comprar el derecho a contaminar?  Personalmente, creo que el sistema puede traer beneficios. Pero habrá que introducir cambios sino queremos capitalizar la contaminación.

¿Y en política exterior? Bueno, pues ahí también hay un par de lecciones duras que debemos apreciar en Copenhague.

Para empezar, se ha ido al garete nuestro optimismo por un mundo multipolar. ¿Recuerdan cuando, a finales del 2008, los politólogos hablaban sonrientes del fin de la unilateralidad estadounidense y el comienzo de un mundo de potencias en balance? Pues bueno, ahora todos hemos descubierto que eso tiene sus desventajas.

No se equivoquen: Copenhague fracasó porque el mundo de hoy es multipolar.

Copenhague fracasó porque Brasil, China, India y Sudáfrica le dieron al mundo una macabra dosis de realpolitik al más puro estilo Richard Nixon. La sinergia ocasionada por la cooperación de estas cuatro naciones, que forman parte del bloque de economías emergentes que ha empezado a ganar protagonismo en la esfera internacional, fue suficiente para resistir cualquier presión de Estados Unidos, y de paso, marginar totalmente a la Unión Europea. Su agenda saboteadora ha sido tan evidente que, apenas terminado el COP 15, el Ministro de Asuntos Ambientales de India, Jairam Ramesh, reportó a su Parlamento que “había tenido éxito en cumplir su mandato: defender los intereses de India y proteger el derecho a un rápido crecimiento económico de su país”. Y tampoco tuvo reparos en admitir que India, en forma conjunta con China, Sudáfrica y Brasil  “habían conformado un interesante cuarteto que solo crecerá en influencia en futuros años”. Kissinger debe sentirse orgulloso.

Si Obama hubiera sido presidente en los noventas, y hubiera tenido el respaldo político del que goza hoy en el Senado, estaríamos celebrando la base de un tratado vinculante que involucre reducciones  obligatorias, incluso para Estados Unidos y China. Lamentablemente, hoy por hoy semejante despliegue de voluntad política no es suficiente. Los países emergentes quieren terminar de emerger, y para ello necesitan contaminar la atmósfera – así son las cosas, y así van a quedarse, nos guste o no. Obama simplemente ha llegado demasiado tarde.

Irónicamente, ha sido la caída, y no el auge, del dominio de Estados Unidos, el que ha frustrado Copenhague. Y es el resurgimiento ruso el que puede terminar de colapsar el Protocolo de Kyoto, la única tenue (y moribunda) luz de nuestra lucha contra el calentamiento global.

Así están las cosas. Es casi como para sentir nostalgia por Bush.

Casi.