Las duras lecciones de Copenhague

Debo confesar que la moda verde que se apoderó de los medios de comunicación en los últimos dos años me convenció incluso a mi de que la XV Cumbre de las Naciones Unidas para el Cambio Climático de Copenhague sería un inusual éxito del compromise político, un sincero intento global por frenar uno de los problemas más complejos que enfrenta la sociedad moderna. En lugar de eso, todos (incluyéndome) recibimos nuestra amarga dosis de hard politics. El sistema de cooperación internacional volvió a fracasar, a mostrarnos lo incapaz que es de lograr compromisos sacrificiales de parte de las naciones del globo sin que existan beneficios tangibles a cambio.  Y nos dejó apenas de consuelo un papelucho débil, sin apellido ni significado, que no refleja más que la frívola realidad: la prioridad de todo estado, antes que nada, es asegurarse los mejores prospectos posibles de crecimiento económico, con calentamiento global o sin él.

Desde el punto de vista climático, Copenhague nos deja pocas lecciones de valor.

La principal, quizá, es que la comunidad internacional aún es en muchos puntos inmune a la retórica moralista: poco o nada se va a lograr con protestas y presión mediática. Los últimos dos años han visto una escalada monumental en los intentos de los medios de comunicación y la sociedad civil para presionar por mayores compromisos políticos para combatir el cambio climático. Al Gore incluso se convirtió en la primera persona en recibir un Oscar y un premio nobel de la paz por lo mismo – ¡y en el lapso de un año, faltaba más!

Aún así, la presión social ha fracasado. ¿Por qué? Porque en el mundo moderno, no sirve de nada protestar con la voz. Hay que protestar con la billetera. Y es ahí donde todos nos hemos quedado cortos. Mientras no dejemos de comprar autos con motores enormes, dejemos las luces encendidas en las casas y avalemos la deforestación comprando madera sin certificar, estaremos apoyando, sino con nuestra voz con nuestros billetes, a los lobbies industriales que detienen los esfuerzos contra el cambio climático. Si queremos lograr un cambio, lo que se requiere para hacer sentir nuestra protesta no es abrir la boca, sino cerrar la billetera. El problema, naturalmente, es que eso es harto difícil.

La otra lección que nos deja Copenhague es que el sistema de cap & trade parece destinado a perjudicarnos más que a ayudarnos. El caso de Rusia, como hace unos días reportó el NY Times, es sumamente preocupante: ¿Qué pasa si toda esta encantadora idea de los bonos de carbono termina generando un jugoso mercado? ¿Qué hacemos si se vuelve económicamente viable comprar el derecho a contaminar?  Personalmente, creo que el sistema puede traer beneficios. Pero habrá que introducir cambios sino queremos capitalizar la contaminación.

¿Y en política exterior? Bueno, pues ahí también hay un par de lecciones duras que debemos apreciar en Copenhague.

Para empezar, se ha ido al garete nuestro optimismo por un mundo multipolar. ¿Recuerdan cuando, a finales del 2008, los politólogos hablaban sonrientes del fin de la unilateralidad estadounidense y el comienzo de un mundo de potencias en balance? Pues bueno, ahora todos hemos descubierto que eso tiene sus desventajas.

No se equivoquen: Copenhague fracasó porque el mundo de hoy es multipolar.

Copenhague fracasó porque Brasil, China, India y Sudáfrica le dieron al mundo una macabra dosis de realpolitik al más puro estilo Richard Nixon. La sinergia ocasionada por la cooperación de estas cuatro naciones, que forman parte del bloque de economías emergentes que ha empezado a ganar protagonismo en la esfera internacional, fue suficiente para resistir cualquier presión de Estados Unidos, y de paso, marginar totalmente a la Unión Europea. Su agenda saboteadora ha sido tan evidente que, apenas terminado el COP 15, el Ministro de Asuntos Ambientales de India, Jairam Ramesh, reportó a su Parlamento que “había tenido éxito en cumplir su mandato: defender los intereses de India y proteger el derecho a un rápido crecimiento económico de su país”. Y tampoco tuvo reparos en admitir que India, en forma conjunta con China, Sudáfrica y Brasil  “habían conformado un interesante cuarteto que solo crecerá en influencia en futuros años”. Kissinger debe sentirse orgulloso.

Si Obama hubiera sido presidente en los noventas, y hubiera tenido el respaldo político del que goza hoy en el Senado, estaríamos celebrando la base de un tratado vinculante que involucre reducciones  obligatorias, incluso para Estados Unidos y China. Lamentablemente, hoy por hoy semejante despliegue de voluntad política no es suficiente. Los países emergentes quieren terminar de emerger, y para ello necesitan contaminar la atmósfera – así son las cosas, y así van a quedarse, nos guste o no. Obama simplemente ha llegado demasiado tarde.

Irónicamente, ha sido la caída, y no el auge, del dominio de Estados Unidos, el que ha frustrado Copenhague. Y es el resurgimiento ruso el que puede terminar de colapsar el Protocolo de Kyoto, la única tenue (y moribunda) luz de nuestra lucha contra el calentamiento global.

Así están las cosas. Es casi como para sentir nostalgia por Bush.

Casi.

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