Quiero votar por un progresista

 

¿Será que algún día tendré la chance de votar por alguien así?

Hace unos días tuve ocasión de ver “The Special Relationship”, un filme de HBO que explora las idas y vueltas de la relación entre Tony Blair y Bill Clinton, en la segunda mitad de la década pasada. La película es interesante y ciertamente recomendable para aquellos interesados en comprender ese período particular de la historia, si bien maquilla muchos hechos con fines taquilleros. Pero hay una escena en particular que llamo mi atención.

Dennis Quaid (interpretando al Bill Clinton mas tejano que haya visto en mi vida) se aproxima a Michael Sheen (que interpreta a Tony Blair por tercera vez, y de manera brillante una vez más) y le dice que, con ambos en el poder, la centroizquieda progresista tiene la oportunidad más grande de su historia: pueden, de hacer las cosas bien, ganar la confianza del pueblo americano y británico, y perpetuar a sus partidos por casi dos décadas en el poder, creando una alianza transatlántica destinada a promover los intereses del pueblo y la defensa de los principios liberales de respeto a la dignidad del individuo que lleve a la humanidad a una verdadera era de progreso.

En esa escena se reflejó el momento cúspide del pensamiento progresista de centroizquierda (el fenómeno Obama es un caso aislado. Clinton fue mucho más revolucionario). Una filosofía de pensamiento que, con sus fallas, pudo y debió haber llevado al mundo a un lugar mejor. Pudo ser el turning point. Pudo ser el fin del neoliberalismo, de los magnates de wall street, de las petroleras todopoderosas, del redneckismo americano.

Luego vino Mónica Lewinski, la “elección” presidencial estadounidense del 2000, el apoyo de Blair a la Guerra de Bush… y en fin, el resto es historia. Pero ese no es el punto.

Cuando acabó la película, me puse a pensar lo increíble que hubiera sido ser adulto en esa época y tener la opción de votar por el partido de un Bill Clinton o de un Tony Blair.

Pero luego me puse a pensar que, aunque hubiera sido adulto en los noventas, no hubiese sido posible. Que yo, como peruano, nunca he tenido la opción de votar por un candidato progresista de verdad. Y me dio cólera.

Ahora, antes de que el lector caiga en la trampa ideológica latinoamericana, empecemos por definir qué es lo que yo (en realidad, yo y el resto del mundo civilizado) entiende por progresismo.

Para mí, el progresismo es social-democracia. Es una idea de gobierno donde el Estado, ante todo, se enfoca en el ser humano, en su progreso y su bienestar. Es creer en que el ser humano es, ante todo, libre. Y que esa libertad debe ser ejercida con la mínima regulación necesaria posible, sin perder la sensibilidad y el sentido del humanismo, e incluso respetando el derecho de los conservadores a ser conservadores, escuchando atentos sus opiniones, porque al fin y al cabo, de cuando en cuando le aciertan a algo.

 Para mí, el progresismo es una ideología que no defiende la economía de mercado, ni tampoco la condena. La acepta como algo inevitable, como una manifestación más de la naturaleza individualista del ser humano. Algo que no tiene polaridad moral, que no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Es una ideología que reconoce la necesidad de un sector privado fuerte, libre, innovador y creador de riqueza, pero al mismo tiempo está advertido de su inherente egoísmo, y de que, como todo fenómeno colectivo, requiere ser dirigido, manipulado incluso, para favorecer el bien común. Y que, cuando se infla demasiado, cuando adquiere demasiada influencia y empieza a privilegiar excesivamente a unos pocos en detrimento del resto, requiere ser regulado, amarrado, cohibido incluso. Como un caballo veloz, que gana carreras, pero de cuyas riendas hay que tirar cuando quiere llevarnos a donde no queremos ir.

Ser progresista es creer que todo el mundo tiene derecho a tener un techo sobre su cabeza. Uno que no se venga abajo en el primer temblor, y que, eventualmente- y realistamente- pueda tras una vida de trabajo duro, llegar a convertirse en propiedad de la persona que bajo este techo vive.

Ser progresista es creer que toda persona que se enferma debe tener la certeza de que tendrá la misma oportunidad de curarse que cualquier otra persona en la sociedad, y que es deber del Estado garantizar esa condición, por encima de cualquier posición ideológica.

Ser progresista es creer que todo el mundo, llegado a una edad, tiene derecho a retirarse a su hogar, a gozar de sus hijos y sus nietos con una pensión decente, sin tener que andar mendigando en el transporte público para conseguir dinero para comprar medicamentos.

Ser progresista es creer que toda persona tiene derecho a un empleo fijo, que le reporte un ingreso decente y que le permita vivir en tranquilidad. Que sea consciente, primero, de que no se puede inventar empleos por las puras, pero tampoco se puede dejar el tema a la entera satisfacción del mercado, que tenderá siempre a desfavorecer al que aporta trabajo y a inclinarse por quien aporta capital. Y segundo, que un empleo no es solo un medio de producción de la empresa, también es, desde una perspectiva nacional, un fin en sí mismo, y que mantener una economía con altos índices de empleo, o porque no incluso con pleno empleo, es mucho más importante que mantener una economía con altos índices de crecimiento que se evaporan en los bolsillos de dos o tres magnates.

Ser progresista es creer que los trabajadores tienen derecho a unirse en sindicatos para exigir la defensa de sus derechos, y que es un acto de verdadero terrorismo socioeconómico el impedirlo. Al mismo tiempo, es ser consciente de que todo cuerpo sindical, al igual que cualquier otro gremio – profesional o no – jamás será imparcial y no se le puede otorgar más poder del que puede manejar.

Ser progresista es creer que si por los vaivenes del ciclo económico, una persona pierde su empleo, debe mañana poder abrir el periódico y empezar a buscar otro con natural ansiedad, pero con la total certeza de que su Gobierno: (i) es el primer interesado en que consiga otro empleo y que es gran parte del propósito de su existencia establecer un sistema donde pueda encontrarlo pronto: y (ii) jamás permitirá que no se le contrate por su apariencia, su raza, su género, su religión, su orientación sexual o, peor incluso, su acento al hablar español. Y que éste es un principio que exige absoluta prioridad, y que debe ser atendido con la más absoluta urgencia, en medio de la sociedad cuasi colonial en la que vivimos y con la que no nos queremos enfrentar.

Todo esto, claro, puede considerarse universal a todas las ideologías liberales, de derecha a izquierda. Pero aquí viene el quid de la cuestión: ser progresista implica creer que muchas personas, a pesar de haber trabajado honestamente sin quebrar la ley y de haber cumplido con sus deberes ciudadanos, nunca podrán, por las desigualdades que son inherentes a una economía de mercado, generar la suficiente riqueza personal para asegurarse todos estos derechos, y que por ello, el Estado debe intervenir en su rol redistribuidor, y asegurarse a través de políticas fiscales y sociales claramente definidas y substancialmente razonables, de que las ganancias producidas por la economía nacional vayan, primero y ante todo, a garantizar estos derechos para todos.

La manera en que el Estado asume esos compromisos se refleja en una necesidad de mantener una fuerte presencia en el día a día de la nación, reteniendo un estricto control de los servicios públicos esenciales, pues esta es la única manera de garantizar esos servicios para todos genuinamente, y manteniendo un sistema educativo, de seguridad social y previsional gratuito, de calidad, universal e incondicional, fuera de otras alternativas que puedan existir – siempre y cuando no existan jamás en detrimento de los ciudadanos más desfavorecidos.

Todo esto requiere, casi siempre, de una carga tributaria personal alta (más alta sin duda de la que tenemos ahora, que sigue siendo bastante baja para estándares mundiales) y, sobretodo, escalonada. Una escala tributaria donde los ricos, les guste o no, pagan más que los pobres – y ese pago representa, de alguna manera, su derecho de piso: es el precio que el Estado le cobra al sistema capitalista, y a aquellos que lucran de él, por arrendarle la economía nacional, y que se destina a una redistribución sustentable.

Asimismo, requiere también de una política económica orientada al bienestar social, que observe responsablemente pero no se obsesione con los indicadores macroeconómicos, y que tampoco tenga como objetivo final, sino solo como medio, el mantener un superávit fiscal. Que sea consciente que al largo plazo, nada se gana con un saldo fiscal que termine guardado en las arcas y nos haga salir en los periódicos, mientras la gente muere de hambre.

Finalmente, debo también mencionar que ser progresista es creer que, solo después de todo lo anterior, se debe también velar por el derecho que tienen los empresarios y los generadores de riqueza a un retorno por una inversión diligente y exitosa, porque éste también es un derecho, y un buen progresista, siempre, siempre defiende los derechos de TODOS, sin acepción alguna.

Cuando pienso en esto me acuerdo de los líderes que, en mi tiempo, defienden – con sus defectos, si, pero los defienden – estos principios. Me acuerdo de Angela Merkel, de Rodrigues Zapatero, de Lula e incluso de Obama. Recuerdo también a aquellos que hace no mucho se retiraron y en el legado inmediato que dejaron, personas como los mencionados Bill Clinton y Tony Blair y también Corazón Aquino en Filipinas, o Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile. Me pongo a pensar, por último, en verdaderos héroes del progresismo, en líderes que cambiaron sus países para siempre, como Franklin Roosevelt o Clement Atlee.

Y esos son solo los jefes de gobierno y/o Estado. Hay muchos nombres más que podría mencionar, que me han conmovido por su determinación, su persistencia, por representar verdaderamente el ideal de un luchador progresista en tan diversas áreas del quehacer humano.

Estoy hablando, por ejemplo, de la pasión del canadiense Tommy Douglas (a quien he querido honrar como inspiración de esta diatriba poniendo su foto en el encabezado), precursor del mejor sistema de seguridad social en el mundo, y de la incomparable generosidad del Doctor Jonas Salk, cuyo desprendimiento, cuya negativa a enriquecerse a costa del bien común, llevó al mundo a erradicar la polio. Estoy hablando del gigante Martin Luther King, Jr., un hombre que me hace orgulloso de ser protestante.

Estoy hablando de Madiba, el gran Nelson Mandela, un hombre que derroto el racismo, nos enseño el valor del perdón y la reconciliación y cambió el mundo por ello.

Eso es ser progresista. Lo demás es demagogia (Cristina), egolatría (Hugo) y, en algunos casos, franca estupidez (Evo).

Miro a estos íconos del progresismo, y luego, volteo a mirar el escenario político local.

Qué deprimente.

El próximo año son las elecciones presidenciales en Perú. Y en época electoral, todo el mundo quiere pintarse como progresista. Eso empeora las cosas. Lo encuentro sumamente irritante. Primero, porque me parece un insulto a la inteligencia de quince millones de peruanos. Segundo, porque me parece un flagrante abuso de la ignorancia de por lo menos otros quince millones de peruanos. Y tercero, porque siento que me están sacando cachita, que se están burlando de mi sueño de votar por un verdadero progresismo.

¿Ustedes dicen ser progresistas?

¿Ustedes, políticos de antaño, Lucho, Alan, Lourdes, con sus aburridísimos balconazos, su ridículamente improvisadas páginas de facebook , sus discursos belaundísticos que parecen haber sido redactados en los años setenta y esa irritante paranoia que los lleva a echarle a Fujimori – al triste, preso, acabado y viejo Fujimori, más cerca de la senilidad que del poder – la culpa de todos sus errores?

 ¿Ustedes, movimientos regionales y nuevos partidos, con esa orfanidad ideológica, esa falta de contenido que ustedes tratan de pintar como algo bueno escondiéndola detrás de esa palabrita ridícula: “independiente”? ¿Y los menores entre ustedes, con su medio por ciento, su uno por ciento, arrastrándose a la siguiente elección, un poco más y aliándose con Hitler con tal de tener una chance de seguir vivo?

¿Tú, Ollanta, con el mismo discurso robótico y redundante, mientras insistes fútilmente en fingir que nada ha cambiado en cinco años, cuando sabes bien que no es así?

 ¿Tú, Alejandro, que llegaste a tener los márgenes más bajos de popularidad que cualquier otro presidente en la historia latinoamericana y te salvaste de la vacancia más por la vergüenza colectiva que representaba sacar a otro presidente (al fin y al cabo no estamos en Ecuador) que por tus propios méritos?

¿Tú, Susana, que decepcionaste a todos los que alguna vez creímos en ti, aliándote con quien sea con tal de salir electa, que primero te besuqueaste con la izquierda radical y ahora hablas de tomar whisky con Toledo? ¿No te das cuenta la obsesión por el poder que esta actitud demuestra, y que veo tratas de esconder detrás de esa pinta de tía buena gente, mitad Sarah Palin, mitad Ingrid Betancourt?

¿Tu, Keiko, que crees que tu familia tiene un derecho dinástico a liderar tu partido e incluso el país, al punto tal que ni siquiera te das cuenta lo egocéntrico que suena que denominen a tu ideología con tu apellido?

¿Y ustedes, sobretodo ustedes, los mas hipócritas de todos, ustedes los revoltosos sindicalistas, comunistas y extremistas, que malogran todo evento adonde asisten? ¿Ustedes y sus banderitas rojas, sus lobbys sindicales, y esa expresión de violencia, de venganza y de odio que marca todo lo que hacen?

¿Ustedes y esas ideas retrógradas, que nadie, nadie en el mundo entero – salvo por un par de parias internacionales – defiende, que siguen queriendo mentirle asquerosamente a un pueblo desesperado que los escucha, con tal de ganarse un cargo público y meterse unos cuantos miles de soles al bolsillo?

Sé que estoy siendo duro. Durísimo, en realidad. Sé que suena a que estoy borrando de un plumazo a toda la sociedad política peruana, de la extrema izquierda a la extrema derecha y del extremo conservador al extremo liberal. Sé que muy probablemente hay excelentes intenciones en muchas de estas personas. Tampoco pienso cuestionar su integridad a la ligera.

Pero tengo que decirlo: estoy harto de ustedes. Estoy harto de que vivan para el momentum político, de que vivan mudando de propósito con cada elección, de que sus discursos sean tan artificiales y tan poco sinceros, de que se rodeen de personas a quienes les importa un bledo el país, y, sobretodo, sobretodo y sobretodo, de su arrogancia, de su forma de hacer política y de su falta de desprendimiento.

Me enferma, por ejemplo, ver a Fuerza Social hablando como si fuera un gran partido político establecido por ganar una alcaldía provincial sin casi ningún distrito, cuando es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente que sus votantes votaron contra “la derecha” y no por Susana Villarán y muchos menos por un partido político. Esa actitud me hace acordar a los titulares del Bocón cada vez que la selección gana un partido sin significado: la exageración total de los logros menores es el reflejo más puro de la propia mediocridad.

Esas son las cosas que tanto me decepcionan de los candidatos que tenemos hoy. Que prefieren ser políticos a ser líderes y que están más interesados en construir su propio ego, en bautizar escaleras con su nombre, que en construir un país. Que encarnan la mediocridad, en todos su sentidos. Mediocridad ideológica, mediocridad partidaria, mediocridad democrática, mediocridad de propuestas, mediocridad de planificación. Mediocridad del alma, al final. Mediocridad de amor por el Perú.

No, yo no quiero votar por ninguno de estos políticos. No, yo quiero votar por un progresista el próximo año.

Quiero votar por un hombre o una mujer inteligente, respaldado por un partido de verdad, que trabaje con los sindicatos, mejore las condiciones laborales y se preocupe por moderar la agresión natural de las empresas.

Quiero un candidato que se niegue a entrar a otro inútil debate dogmático sobre si debemos aplicar una economía de mercado o no. Que nos diga, convincentemente, que esa es una cuestión zanjada.

Quiero un candidato que sea firme y pragmático, que reconozca que los empresarios están allí para hacer dinero y que, por su naturaleza, atropellarán a quien sea con tal de enriquecerse. Quiero que les ponga un pare, que tenga el criterio y la razonabilidad para decirles que lucren, pero hasta cierto punto. Y que pasado ese punto, les diga simplemente que no es negocio para nosotros y que se pueden ir.

Y quiero que ese candidato sea lo suficientemente carismático e inteligente como para convencer, tanto a nuestra población de votar por él, como al sector productivo de nuestro país que su elección no quiere decir que habrán extremismos ni expropiaciones masivas, ni revoluciones sanguinarias. Un candidato que logre vencer al aparato de intimidación y terror que tanto la derecha como la falsa izquierda tan eficazmente utilizan para secuestrar nuestros votos.

En suma, un candidato que gobierne al Perú con un muy necesitado sentido del juego limpio y un criterio básico de bien colectivo. Por sobretodo, quiero votar por un líder de verdad. No un caudillo ególatra, ni un outsider improvisado, ni un “independiente” (¡Dios, como si no tener partido ni ideología fuera algo bueno!) sin contenido. Un líder de verdad, con ideas de verdad, un partido de verdad, una agenda a futuro de verdad, y ante todo, una visión de un gobierno que gira alrededor de una idea y no de sí mismo.

Quiero votar por el progresismo, asi pierda, así sea por votar una vez, tan sólo una vez, por quien yo quiero y no por quien las circunstancias dictan que debo. 

Pero no veo progresistas en el Perú.

¿Dónde estás, mi príncipe azul, mi mujer maravilla progresista? Ya no te tardes más en llegar.

Una respuesta a Quiero votar por un progresista

  1. […] estoy decepcionado con el resultado. Hace unos meses, me animé a publicar en este mismo blog mi sueño de un gobierno progresista para el Perú. Un gobierno, si quieren llamarlo así, […]

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