La suerte está echada

junio 15, 2011

humala

El pueblo ha hablado, nos guste o no.

Bueno, al fin se acabo. Después de casi dos años de continua campaña política, de muchas acusaciones, pocas propuestas y aún menos debate, el Perú ha elegido a Ollanta Humala como Presidente de la República.

La suerte está echada, y está bien. Este proceso, y no solo me refiero al resultado, nos ha pintado muy bien como país. Ha sido un justo reflejo de la sociedad que como nación hemos construido: una sociedad partida, fragmentada. Un país compuesto por dos grandes grupos: los que prosperan y los que se empobrecen. Esa es la lección última que nos ha dejado, no solo el quinquenio de García, sino toda la trayectoria moderna del Perú democrático, desde la renuncia de Fujimori por fax en noviembre del 2000 hasta hoy.

Yo estoy decepcionado con el resultado. Hace unos meses, me animé a publicar en este mismo blog mi sueño de un gobierno progresista para el Perú. Un gobierno, si quieren llamarlo así, izquierdista – pero ante todo moderado, humanista, liberal y social demócrata. En lugar de eso, tendré – tendremos, mejor dicho – que conformarnos con Ollanta Humala. Que decepción.

No es que me haya causado ninguna simpatía la candidatura de Keiko Fujimori. No sentí la más mínima pena de ver a su movimiento perder y la verdad es que incluso me causaría satisfacción si esta derrota electoral marca el fin del Fujimorismo: un movimiento, para mí, retrógrada. Dinástico. Un movimiento de personas y no de ideas. Que Kenji Fujimori – por el sólo hecho de apellidarse Fujimori – haya sido el congresista más votado, es un triste monumento a nuestra adicción caudillista. Un símbolo de porque el Fujimorismo nunca debe renacer.

Pero si, voté por Keiko igual. O al menos lo hubiera hecho si es que me hubieran dejado votar aquí en mi nuevo hogar en Panamá. Casi con repugnancia, pero lo habría hecho.

Y es que votar por el señor Humala me resultó imposible. No habría sabido por qué diablos estoy votando. No se puede votar por alguien que cambia cuatro veces de plan de gobierno. He ahí mi mayor preocupación: hemos elegido Presidente a alguien cuya entera filosofía política se reduce a decir lo que sea con tal de ganar. Y ahora, lógicamente, no sabemos que esperar.

Porque con un Plan de Gobierno que de estatista, carente de todo análisis técnico y que hacía referencias a la lucha de clases evolucionó a convertirse casi en un ensayo de Milton Friedman, y con un equipo de trabajo que termino incluyendo a personalidades tan políticamente incompatibles como Kurt Burneo y Javier Diez Canseco, Ollanta Humala rompió todos los records del cinismo político. Sólo le faltó prometer clasificar al Mundial de Fútbol. Y si la campaña duraba dos semanas más, probablemente hubiera jurado sobre una Biblia que lejos de clasificar, lo ganaríamos.

Hemos elegido Presidente a un ex militar con modestos estudios académicos (lo escuche mencionar el otro día que tiene una maestría en ciencias políticas – sabe Dios de donde), sin ninguna experiencia en el sector público y sin ningún logro importante en el mundo privado. Eso es lo que más me duele. En una sociedad que se queja tanto de que su clase política no es más que una tira de corruptos dedicados a los faenones con los amigos, un club al que se entra por contactos y por “carnet partidario” en lugar de por desempeño, hemos demostrado ser unos hipócritas. A la hora de la hora, hemos sido los primeros en negar la meritocracia.

¿Por qué? ¿Por qué hemos elegido a Ollanta Humala a la Presidencia de la República?

No quiero desmerecer su carrera militar, por si acaso. Ollanta Humala peleó contra el terrorismo en la primera línea. Ha combatido por protegernos. Nadie cuestiona eso. Todo hombre que arriesga su vida por su país – por nosotros – como él lo hizo, merece nuestra gratitud y el reconocimiento de su valentía y entrega. Todos le agradecemos por eso. Pero discúlpenme, eso no basta para ser Presidente.

¿Por qué un militar inexperimentado en la administración del Estado, con antecedentes, por lo menos, de insurrecto (algunos lo consideran golpista), sin ninguna formación académica o profesional en gobierno y sin la más mínima experiencia en el servicio público acabo siendo Presidente?

¿Será por sus cualidades personales – su carisma, oratoria, talante y personalidad? Pues la verdad no. Ollanta Humala no sobresale como político. No es un buen orador (incluso un orador tan torpe como Toledo parecía ponerlo nervioso en el primer debate). No tiene mucho carisma. Ni siquiera refleja el talante o el autoritarismo arrogante del clásico presidente militar. Es más, wikileaks lo pinta como un saco largo. Me lo imagino haciéndose el loco, escondiéndose detrás del periódico cada vez que Nadine se molesta por alguna travesura de sus hijas.

A pesar de la tenaz insistencia en compararlos, Ollanta Humala no es Hugo Chávez. No tiene su presencia, ni su don de líder. Es inconcebible imaginarlo dando los largos discursos que da el Presidente venezolano, cuando no puede ni sostener su tono de voz en un debate por quince minutos. Es más, sus asesores confían tan poco en su dominio de escena, que en el primer debate lo obligaron a leer todo de un papel. ¿Se imaginan a Hugo Chávez leyendo de un papel? No hay manera.

No, Ollanta Humala no es ningún caudillo popular. Nuestro Presidente Electo es un invento de las masas. Es un personaje totalmente idealizado por un sector de la población que quiere ver una especie de Ramón Castilla que este no es. El 31.8% que voto por él en primera vuelta, voto no sólo por el desordenado enjambre de promesas populistas que planteó, sino también, digamos, por un amor quijotesco. Ven a una dulcinea de los pobres, cuando Ollanta Humala es más una Alondra de los ricos. Y mi impresión inicial es que muy pronto verán la realidad, y se verán amargamente decepcionados.

Aún así, la elección de Humala no es la única cosa que encuentro decepcionante de esta elección. Como a muchos, me pareció una patada en el hígado tener que decidir entre él y la candidata de un movimiento político que prostituyó y desmanteló al país hace apenas una década.

¿Cómo acabamos decidiendo entre los dos candidatos más resistidos por la población en general?

¿En qué lugar del mundo puede pasar una cosa así?

Y es que aún más frustrante es enfrentar la realidad de que Ollanta Humala ha sido elegido Presidente cuando más del 43% del país ¡voto en primera vuelta por una alternativa radicalmente diferente a la suya! ¡Votó por candidaturas que lo consideraban un candidato apocalíptico!

Habrá mucho tiempo para analizar las razones por las cuales el voto de centro en el Perú se fragmentó de esa manera, pero hay un primer punto que al menos a mí me queda claro debe dejarnos una lección importante: por la salud de nuestro sistema político, debemos dejar de celebrar las elecciones parlamentarias en forma paralela a las presidenciales.

Muchos culpan de egoísmo a los candidatos. La culpa es de “PPKeiko”, “del borracho de Toledo” de Lucho “en segunda vuelta gano yo” Castañeda. Pero el problema es más profundo y sistémico que ese.

Ninguno de los tres podía realistamente retirarse así nomás. Lanzarse a la Presidencia de la República es caro. Montar una campaña electoral requiere dinero, y ese dinero normalmente se consigue de los candidatos al Congreso. Cada uno de ellos aporta a la campaña presidencial a cambio de recibir su cuota particular de publicidad en la propaganda del Partido. En algunos partidos – en todos los partidos en realidad – se utilizan los espacios de la lista de postulantes al Congreso como meros mecanismos de financiamiento. Los números, efectivamente, se venden al mejor postor.

Eso genera, en primer lugar, una campaña electoral atrofiante. Simplemente, son demasiadas personas buscando publicidad al mismo tiempo. En esta última elección tuvimos a diez candidatos presidenciales y alrededor de 1,300 candidatos al Congreso peleándose cada esquina y cada intersección del país por poner su cártel publicitario. Los peruanos tendemos a ver la elección presidencial como más importante que la Parlamentaria, por lo que los candidatos al Congreso terminan opacados por ésta, y no tienen los espacios mediáticos ni el tiempo suficiente para explicar sus propuestas. Y aun cuando consiguen el espacio y el tiempo, simplemente, no consiguen captar suficientemente nuestra atención. Estamos volcados a la carrera presidencial, condicionados por nuestro republicanismo presidencialista a prestarle mayor atención. ¿Y los candidatos al Congreso? Pues le rezan a los santos que les ayuden a treparse a la ola del “voto de arrastre”: los votos de las personas que se simplifican la vida y votan para el Congreso por la lista de su candidato presidencial de preferencia.

Así es como terminamos eligiendo a los esperpentos que elegimos. Y después acabamos con Congresos que compiten con Manuel Burga en popularidad.

Esta es una cuestión crucial, pues nos genera un segundo problema que afecto muy directamente esta elección: tener una elección parlamentaria paralela a la presidencial le quita capacidad de maniobra a las campañas presidenciales. Endeudados moral y económicamente con sus candidatos al Congreso, los candidatos presidenciales no pueden formar alianzas libremente, ni renunciar a su candidatura, debido a la fuerte presión interna que reciben de sus candidatos al Congreso para continuar en carrera, pues la renuncia de un candidato presidencial implicaría la pérdida del “voto arrastrado” que describimos anteriormente.

Una reforma electoral que cause que las elecciones presidenciales sean intercaladas y no simultáneas – al menos parcialmente (la renovación por tercios es una alternativa que se ha aplicado con relativo éxito en nuestro país antes) – podría ser muy útil para evitar esta problemática en el futuro. Además, le otorgaría al Congreso un dinamismo mayor, y los pondría bajo una lupa propia. Los congresistas tendrían que montar campañas propias, desarrollar relaciones más cercanas con sus electores y priorizar los intereses de sus regiones (es decir, tendrían que hacer lo que se supone que deben hacer), en lugar de simplemente identificarse con el caudillo del partido e intentar aprovechar su arrastre de votos. Además, nos permitiría a los peruanos elegir más concienzudamente a los integrantes del Congreso, en lugar de tener que hacerlo casi “de taquito”, con nuestra atención puesta en la campaña presidencial.

Volvamos, sin embargo, al análisis de la realidad de hoy. ¿Hay algo peor que ver a los partidos de centro, a 40% de los votos del país, suicidarse de la manera en que lo hicieron en primera vuelta?

Sí, hay algo peor: continuar divididos. Eso sería el acabose: que ante un gobierno radical acabemos con una oposición dividida, que se diluya a sí misma en sus propias diferencias politiqueras. Que 40% de personas hayan terminado votando por nada. Mucho cuidado con eso: hay muchos elementos en el gobierno electo que están decididos a patear monumentalmente el tablero del desarrollo peruano. Y una oposición divida les daría la oportunidad perfecta para mandar todo al diablo.

La tercera gran decepción de esta campaña fue, sin duda, que nos sirvió de amargo recordatorio de que la discriminación y la intolerancia siguen arraigados en nuestra sociedad. La facilidad con la que, sobre todo en segundo vuelta, los seguidores de ambas candidaturas lanzaban insultos terribles contra el otro bando, resulta triste. Más triste aún es que lo percibamos como algo normal – que la agresión se haya vuelto una herramienta política más. Y ya es patético que sigamos sin superar la primitiva idea de que quien no vota como nosotros es automáticamente o un inmoral, o un vendepatria, o un imbécil.

Necesitamos dejar de pensar en términos del “voto digno” o del “voto inteligente”. Ninguno existe. Lo único que existe es el voto. Y el voto no debe adjetivarse, porque ningún derecho humano debería tener adjetivos. Tenemos derecho a votar como queremos y por las razones que queramos sin ser agredidos por ello. Que esta sea la última vez que la gente insulta el voto del otro en lugar de tratar de convencerlo del suyo.

Necesitamos, también, dejar de acusar de corrupción a todo el mundo sin pruebas. Nos hemos vuelto una sociedad paranoica, traumada. Hemos perdido la noción de que acusar a alguien de corrupto es algo muy serio. Lo hemos vuelto un calificativo al paso, un adjetivo que se suelta a la ligera. Leí por ahí que en esta campaña, la palabra “corrupción” fue pronunciada casi el doble de veces que la palabra “pobreza”. Necesitamos dejar eso atrás.

Pero sobretodo, necesitamos dejar de pensar que el origen o la raza de una persona hacen diferencia en ella. Que en pleno año 2011, haya una amplia reacción en internet de parte de un sector significativo de la población echándole la culpa “a los indios” y “los cholos ignorantes” es patético. Siempre habrá uno que otro tipejo idiota soltando un comentario desubicado aislado. Pero este no es nuestro caso. Mucha gente en Facebook dejo salir todo el racismo que, detrás de una mascará de political correctnes, aún conserva dentro. Por el bien del país, esto tiene que ser erradicado. La sociedad civil debería mostrarse más agresiva en contra de todo tipo de intolerancia y discriminación.

Y no es sólo de un lado. Burlarse de los “limeñitos” y echarnos a todos en el mismo saco, asumiendo que Lima es una especie de country club gigante, está tan mal como andar publicando en Facebook apurados planes de “exilio” en Miami. A todas esas personas que se llenan la boca diciendo que Lima vive de espaldas a provincias y que le importa poco el resto, les recuerdo que existen millones de limeños que trabajan duro en la capital solo para enviar remesas a sus familiares en provincias. Y más allá de eso, que fueron cientos de miles los limeños que salieron a las calles a protestar contra el Fujimorismo en los noventa y recuperar la democracia que les permite publicar en sus blogs con libertad de conciencia.

No empeoremos las cosas convirtiendo esta etapa postelectoral en una fiesta de acusaciones y culpas. En una carrera entre “nosotros” y “ellos”. No partamos más al país. Si marchamos hacia algo tan desconocido e impredecible como un gobierno nacionalista, hagámoslo, al menos, juntos.


VOTEN POR PPK, PERO ES UN VOTO PERDIDO

marzo 16, 2011

Les guste o no

PPK
Para otra será, gringo

No creo que vaya a hacerme popular con esta contribución, pero la realidad es que, lejos de entusiasmarnos, las últimas encuestas publicadas por la PUCP e IPSOS APOYO básicamente deberían terminar de convencernos que Pedro Pablo Kuczynski no tiene chances de salir elegido Presidente de la República en las siguientes elecciones.

No me malinterpreten. Personalmente, pienso votar por PPK. Si ustedes me pidieran por quien les aconsejaría votar, les diría que voten por PPK.

No quisiera caer en la hipocresía de decir que voy a votar por PPK porque tiene las mejores propuestas y el mejor plan de gobierno (en un ejercicio de sinceridad, reconocería que de los que he leído, el de Luis Castañeda es el mejor, aunque no he leído – ni pienso leer – el de Fuerza 2011). Creo que su plan de gobierno, si bien está llamativamente presentado, es simplón y resume muchas ideas sin mayor trasfondo técnico. No es que lo culpe por eso. Una elección presidencial no se trata realmente de quien tiene las mejores propuestas e ideas. Seamos sinceros: solo un puñado de personas en el Perú tienen la formación y el conocimiento técnico suficiente para poder entender y evaluar bien algo tan complejo y comprehensivo como un plan de gobierno presidencial de cinco años.

Yo tengo una formación universitaria completa y me considero una persona bastante instruida, y tengo que confesar que no tengo la menor idea de cómo evaluar si una propuesta sobre, digamos, electrificación rural o control de la inflación, es buena o no. Simplemente, no tengo el conocimiento técnico. Y sea honesto: usted tampoco.

Sin duda, todos tenemos una obligación cívica de leer el plan de gobierno de nuestro candidato y, dentro de nuestras posibilidades, ver si nos parece coherente y si guarda sentido. Pero en gran medida, una elección presidencial se trata de confiar en la persona y en el partido o partidos que la apoyan.

Cuando PPK empezó a conformar su alianza, vi muchos elementos positivos. Me gustó la idea de tener a Alianza por el Progreso ahí: un partido con orígenes regionales, que se ha consolidado en el norte y que tiene autoridad moral para hablar de descentralización. Me gustó que Restauración Nacional se plegara, ofreciendo solvencia moral a través de Humberto Lay, y una genuina preocupación por los más necesitados, que deviene de su trasfondo evangélico. Me gusto la presencia de Yehude Simon, que a pesar de haber manejado muy mal la crisis de Bagua, hizo un gran trabajo en Lambayeque y es alguien a quien nadie puede acusar de solo trabajar por los ricos. Tener a PPK de cabeza era sumarle sensatez económica y excelencia técnica a una alianza ideológicamente bien orientada. Que bacán.

Luego PPK metió al PPC y, para mi gusto, malogró un poco el cuadro. ¿Qué tiene que ver el PPC con movimientos claramente de izquierda, como Restauración Nacional o el Partido Humanista? Sigo sin entender bien que es lo que el PPC puede aportar ahí institucionalmente. Seguro, hay gente honesta y bien intencionada en el PPC. Pero es un partido de perfil bastante derechista, con un liderazgo que se niega a conectar con la juventud (los discursos de Lourdes Flores son sacados de los sesentas) y que tiene mucha resistencia en provincias.

Tampoco me gustó el nombre: Alianza por el Gran Cambio. ¿Cuál gran cambio? Ese es un error de enfoque. El gran cambió en el Perú se logro en las dos décadas pasadas: primero derrotando al terrorismo (mérito de TODOS los peruanos y no de Fujimori simplemente) y consolidando un sistema económico que, aunque sigue siendo injusto, al menos ya tiene sentido, y luego consolidando una democracia – desnutrida aún y con instituciones en pañales, pero democracia al fin. Los peruanos deberíamos estar orgullosos de esos logros y verlos como la base de lo que sea que construyamos para el futuro. Son logros de todos los peruanos y deberían servir como un factor de unidad para todos. Me disgusta que todos los partidos quieran pintar un pasado totalmente repelente, casi vergonzoso, y con eso negarnos a todos los peruanos la posibilidad de sentirnos unidos a través de él.

Aún así, pienso votar por PPK. Pues, como dije, una elección presidencial es una cuestión de confianza. Y yo confío en el gringo: es un tipo brillante, con una educación que cualquiera envidiaría, con mucha experiencia en el sector público, con contactos en el exterior y que no tiene problemas en trabajar con otros partidos o aceptar buenas ideas de otras personas si es por el bien del país.

En un país de paranoicos, donde las personas están predispuestas a ver corrupción adonde sea que miren, su candidatura es una bocanada de aire fresco: PPK ya es rico. Si quisiera hacer plata, tiene a su alcance muchas maneras de hacerlo mucho más sencillas y rentables. Su círculo político goza también de una reputación bastante aceptable, salvo por algunas denuncias contra Cesar Acuña y el escándalo Cataño contra Lourdes Flores (que en el fondo era mucho más una llamarada de campaña que otra cosa).

Varios de los que lo acompañan me generan buena espina también. Confío en Humberto Lay, a quien admiro mucho personalmente. Y aunque no diría que confío en ellos, creo que Yehude Simón y Gaby Pérez del Solar, entre otros, merecen una oportunidad de demostrar lo que pueden hacer por el Perú en un eventual gobierno.

Así que sí, PPK cuenta con mi voto.

Pero no va a ganar las elecciones. No tiene la más mínima chance.

La encuestas que algunos quieren pintar como una prueba del gran fenómeno PPK, no solo señalan que gringo acumula solo entre 4% y 7% en los sectores D y E, también reflejan que actualmente es el candidato más resistido: Apoyo señala que 68% de la población dice que probablemente no votaría por él, mientras que el 56% enfatiza que definitivamente no lo haría. Ni Ollanta Humala o Keiko Fujimori causan tantos anticuerpos como el gringo. Eso, en mi opinión, se trae abajo el argumento de que PPK no sube más porque la gente “no lo conoce”.

Por otro lado, en la encuesta de Apoyo, la única que discrimina entre los cinco niveles socioeconómicos (NSE) – la de la PUCP agrupa niveles en tres estamentos – PPK registra una espectacular subida en el NSE A, saltando de 26% al 51%. En el NSE B, sube de 11% a 17%. En el C, del 7% al 11%. En el D, se mantiene en 4%, y como ya mencionamos, en el E subió de 1% a 4%. No hay punto de comparación entre el tamaño de las escaladas, así que una cosa es cierta: PPK sí es el candidato de los ricos.

El otro factor aquí es la trepada del cuco electoral: así es, Ollanta Humala está camino a pelear con Keiko Fujimori el pase a la segunda vuelta. Eso, en mi opinión, causará un inminente descenso de Castañeda Lossio (como dijimos antes, nunca tuvo realmente chances de ganar la elección) al cuarto lugar, y una migración de votos “pro-sistema” hacia Alejandro Toledo y Keiko Fujimori.

Si Humala sigue subiendo y amenaza con pasar a la segunda vuelta, todos esos votantes de los NSE A y B que hoy respaldan a PPK pasarán, recuerden esto, a votar tácticamente, para asegurar una segunda vuelta entre candidatos razonables para ellos. En realidad, las últimas encuestas debieron hacer sonreír a Alejandro Toledo, que se beneficiará más que Keiko Fujimori de ello. PPK, lo más probable es que ya haya tocado techo.

Mi voto, eso sí, no estará entre esos. Basta ya de votar por el menos peor, de votar a ganador. Que importa si mi voto es un voto perdido. Se irá para PPK.


¿Quiénes se benefician con el fin de las encuestas?

marzo 3, 2011

La controversial decisión del Jurado Nacional de Elecciones, anunciada el viernes pasado, de exigir a las encuestadoras que presenten el nombre, DNI y dirección de las personas encuestadas supone el último capítulo de la telenovela electoral.

Aunque una tener discusión sobre los méritos de dicha decisión resulta atractivo, creo que sería también un ejercicio totalmente ideológico.

Los hechos son que, no importa cuán a favor de la medida estén algunos votantes de los sectores  B y A que leen y comentan en El Comercio, es bastante evidente, para toda persona informada, que si las encuestadoras exigieran el nombre, DNI y dirección a los encuestados, los resultados de las encuestas se verían seriamente perjudicados en los sectores D, E y entre los votantes de mayor edad, sea por temor o incluso en algunos casos por desconocer su número de DNI (no es tan común en estos sectores, sobre todo en zonas rurales, que las personas lleven su DNI consigo todo el tiempo o incluso que se sepan su número de memoria).

La reacción de las encuestadoras tampoco sorprende a nadie, mucho menos al JNE y los partidos políticos. Todos sabían que la única conclusión que esta medida iba a tener era detener la publicación de encuestas por un tiempo.

Es simple: más allá del impacto estadístico que la medida tendría en los resultados de las encuestas, es un riesgo demasiado grande para las encuestadoras arriesgarse a ser sancionadas por el JNE por presentar encuestas con errores. No tienen forma de verificar que los encuestados les estén diciendo la verdad, salvo que pidan ver los DNI, y como ya dijimos, no todo el mundo lleva el suyo consigo. Haciendo números, simplemente no sale a cuenta tomar el riesgo. Así que prefieren callarse hasta que cambie la norma y dejar que la población, en su ansiedad, presione al JNE a hacer lo único que tiene sentido.

Sobre ese punto, los próximos días van a ser muy interesantes. ¿Podemos los peruanos vivir sin encuestas? ¿Podemos los peruanos, en la era del twitter, de wikipedia y de google, vivir realmente sin saber que está pasando cuando está a nuestro alcance saberlo?

Lo dudo. Los peruanos, como todos los seres humanos, somos demasiado curiosos. Queremos saber lo que está pasando, y queremos saberlo ya. Por esa razón, dudo mucho que pasen muchos días sin que empiecen a circular encuestas “no oficiales” que crezcan cada vez más en popularidad. Al final, no creo que el JNE tenga más opción que levantar la restricción.

Por mientras, resulta interesante preguntarse ¿A quién le conviene que no se publiquen las encuestas?

Muchos señalan que a quien le conviene es al Gobierno. Puede ser. Las encuestas muestran que el Apra tendrá que luchar muy duro para pasar la valla electoral. Eso genera una impresión general de debilidad, y los peruanos nos enamoramos sólo de los fuertes, un trauma remanente de los múltiples regímenes autoritarios que hemos tenido que vivir. Encuestas que muestran al Apra languideciendo pueden volverlo una opción menos atractiva, y distraer la atención de los indecisos hacia los partidos más fuertes.

Por otro lado, el Apra tiene un voto muy sólido, que tiende a consolidarse siempre hacia el final de la campaña. El Apra siempre empieza de atrás en las encuestas, y va subiendo poco a poco, en la medida que los votantes que son apristas de corazón van tomando conciencia de la inminencia de las elecciones.

Además, la valla electoral es solo del 5 por ciento. Para un partido organizado a nivel nacional, 5 por ciento es realmente muy poco. No hay que olvidarse que los apristas sacaron 20 por ciento en el Congreso en las elecciones de 1990, después del desastroso primer gobierno de García. Y esta vez lo han hecho bastante mejor que entonces.

En ese sentido, no creo que ningún experto apostaría en contra de que el Apra pase la valla electoral. Tampoco creo que la dirigencia aprista vea necesaria una medida como esta para lograrlo. Además, saben que existe un riesgo de que esto juegue en su contra, pues la tendencia obvia va a ser que las personas vean en esta medida la mano del gobierno. El peruano es paranoico. Es el trauma de los vladivideos. El siempre piensa que el gobierno es todopoderoso, y que está detrás de todo, conspirando y manipulando perversamente nuestra realidad. El Apra sabe eso.

Los que realmente se benefician de esto son las candidatos medianos que no guardan relación con el gobierno: PPK, Ollanta  Humala y Lucho Castañeda. Ellos son los únicos que se pueden beneficiar: tienen una base de votantes y de campaña decente, que los hace atractivos como alternativas a los candidatos establecidos (Alejandro Toledo y Keiko Fujimori). Además, la población no los percibe como capaces de influenciar al JNE, así que quedan libres del efecto “son unos corruptos que están manipulando la elección”.

Lucho Castañeda…. Bueno, todos sabemos que Lucho Castañeda no va a ganar la elección. Simplemente, no tiene lo que se necesita. Tiene demasiados obstáculos. Ha sido alcalde de Lima (cuando entenderán los políticos que no se puede llegar a Palacio desde la Municipalidad, por más que estén a 50 metros de distancia), es percibido como un burgués débil, no tiene carisma, no tiene discurso, no tiene un partido de verdad detrás y, a pesar de su astuta decisión de incorporar a Cambio 90, tampoco tiene como crecer en provincias. Viene bajando en las encuestas hace un tiempo y seguirá bajando. Y personalmente, creo que ni aunque mañana Keiko Fujimori y Alejandro Toledo muriesen por un aneurisma o algo así, conseguiría salir electo. Así que dudo que sea él el que termine ganando con la ausencia de encuestas.

Eso nos deja a quizá los dos polos más opuestos de esta elección: Ollanta Humala y PPK.

A primera vista, uno pensaría que Ollanta esta mejor posicionado para beneficiarse. El disfruta del llamado voto oculto (aunque ahora se lo reparte con Keiko Fujimori) y muchas más personas se identifican con él, un hombre de rasgos mestizos con un pasado familiar muy arraigado en el Perú y una hoja de servicios al país factible de ser percibida por la población, que con PPK, un hombre de rasgos anglos, que si bien tiene un pasado político fuerte en el país, es percibido como un pituco extranjero con un apellido que menos del cinco por ciento de la población puede escribir.

Aún así, PPK también tiene como aprovecharse de las circunstancias. Su voto es mucho más flexible que el de Ollanta y no genera tantos anticuerpos como el ex teniente coronel.  Además, la ausencia de encuestas va a impactar mucho más en zonas urbanas, entre gente acostumbrada a seguir las noticias, que por su perfil estaría más inclinada a votar por un empresario con criterio económico como PPK, por más que no lo vean como uno de los suyos, que por un militar gritón como Humala, que es como el “Comandante” aún es percibido le guste o no.

Humala, además, tiene su base en el voto rural, que es el sector donde mayor capacidad de penetración tiene, y donde tiene que pelearle los votos a Keiko. Y en las zonas rurales, la gente probablemente ni se haya enterado de que ya no se van a publicar encuestas. No están acostumbrados a verse afectados por ellas de cualquier manera. La brecha informativa campo-ciudad hace que este segmento de la población permanezca convenientemente aislado, más sensible a ser cautivado por los discursos autoritarios de fujimoristas y humalistas. La ausencia de encuestas no va a tener aquí el más mínimo impacto.

Por su parte, PPK no tiene esperanza de sacar muchos votos en zonas rurales. Por ende, no está invirtiendo mucho en sacar allí grandes resultados. Creo que ha tratado de compensar eso aliándose con Humberto Lay, a fin de atraer un porcentaje de los votos de evangélicos, que en los sectores C, D y E llegan al 20% de la población, una maniobra inteligente. El, por mientras, se ha concentrado en captar el voto urbano de provincias, que es donde al fin y al cabo se gana la elección y donde creo, coincidentemente, mayor impacto va a tener la ausencia de encuestas.

El tiempo dirá quién sale ganando.

UPDATE (03/03/2011): El Jurado Nacional de Elecciones, tal como era de esperarse, decidió dar marcha atrás en su decisión, permitiendo el retorno de las encuestas públicas. Habiendo durado la suspensión tan poco tiempo, es imposible medir los efectos que esta hubiera tenido en el electorado.

Aún así, creo relevante comentar brevemente dos  ocurrencias interesantes relacionadas al tema.

La primera es la reacción de Alejandro Toledo a la decisión inicial del JNE, la cual me pareció bastante imprudente. Una de las grandes lecciones que nos va a dejar esta elección, es que a pesar de los diferentes progresos que nuestra democracia ha tenido en estos años, seguimos sufriendo de una terrible crisis de confianza en nuestras instituciones. Es preocupante que tantas personas reaccionen con tanta paranoia cada vez que algo sucede en el escenario político, buscando al corrupto detrás de cada idea y la cortina de humo detrás de cada imprevisto. Ese temor no nos deja crecer como sociedad, no nos deja crecer como democracia. Convierte la relación del pueblo con el Estado en un incómodo divorcio entre dos esposos que no confían el uno en el otro pero se ven forzados a vivir bajo el mismo techo por el bien de la familia.

En ese sentido, los actores políticos importantes, como Alejandro Toledo, deberían ser más responsables a la hora de acusar a la ligera a funcionarios públicos de cometer un fraude electoral y de denunciar una manipulación política de instituciones tan importantes para la democracia como el Jurado Naciones de Elecciones. Incluso en la calentura natural de un proceso electoral, hay líneas que no deben cruzarse, por el bien del país. Minar la democracia lanzando torpedos a sus pilares institucionales por el solo hecho de hacer ruido es una de esas líneas. El hecho de que acuse una conspiración del gobierno para enturbiar las elecciones sin ninguna prueba es, por lo menos para mí, una demostración de la poca importancia que el ex presidente le otorga a construir una confianza mayor en las instituciones del país. De todos los candidatos, el Doctor Toledo es el que más ha atacado y denunciado, sin prueba alguna, al actual Gobierno de todo cuanto se le ha ocurrido. Su insistencia en apuntar a Palacio de Gobierno y gritar que ahí vive el cuco sin mas pruebas que su propia suspicacia me resulta irritante. Solo por eso, no contará con mi voto este 10 de abril. Eso a pesar de lo que considero fue una bastante buena gestión en su primer mandato

Lo segundo es el crecimiento de PPK y Ollanta Humala en las encuestas. Un fenómeno extraño, considerando que estamos a poco más de un mes de las elecciones, una etapa en la que normalmente los tres primeros consolidan sus porcentajes y los candidatos de media tabla empiezan a derrumbarse. Sin entrar a considerar a los candidatos en sí, me parece positivo que ambos hayan crecido, pues es, al menos en parte, testimonio de que la población no se está dejando influenciar por las encuestas en decidir su voto y no está viendo la elección como una especie de carrera en la que hay que apostar al mejor caballo (sé que Alan García no es candidato, así que no estoy siendo sarcástico, por si acaso. El hecho de que los peruanos, cada vez en mayor número, estemos mostrándonos decididos a votar por quien nosotros consideramos mejor, sin importar su ubicación en las encuestas, es en sí, un paso adelante en la lucha por la consolidación de una democracia real.


Quiero votar por un progresista

noviembre 3, 2010

 

¿Será que algún día tendré la chance de votar por alguien así?

Hace unos días tuve ocasión de ver “The Special Relationship”, un filme de HBO que explora las idas y vueltas de la relación entre Tony Blair y Bill Clinton, en la segunda mitad de la década pasada. La película es interesante y ciertamente recomendable para aquellos interesados en comprender ese período particular de la historia, si bien maquilla muchos hechos con fines taquilleros. Pero hay una escena en particular que llamo mi atención.

Dennis Quaid (interpretando al Bill Clinton mas tejano que haya visto en mi vida) se aproxima a Michael Sheen (que interpreta a Tony Blair por tercera vez, y de manera brillante una vez más) y le dice que, con ambos en el poder, la centroizquieda progresista tiene la oportunidad más grande de su historia: pueden, de hacer las cosas bien, ganar la confianza del pueblo americano y británico, y perpetuar a sus partidos por casi dos décadas en el poder, creando una alianza transatlántica destinada a promover los intereses del pueblo y la defensa de los principios liberales de respeto a la dignidad del individuo que lleve a la humanidad a una verdadera era de progreso.

En esa escena se reflejó el momento cúspide del pensamiento progresista de centroizquierda (el fenómeno Obama es un caso aislado. Clinton fue mucho más revolucionario). Una filosofía de pensamiento que, con sus fallas, pudo y debió haber llevado al mundo a un lugar mejor. Pudo ser el turning point. Pudo ser el fin del neoliberalismo, de los magnates de wall street, de las petroleras todopoderosas, del redneckismo americano.

Luego vino Mónica Lewinski, la “elección” presidencial estadounidense del 2000, el apoyo de Blair a la Guerra de Bush… y en fin, el resto es historia. Pero ese no es el punto.

Cuando acabó la película, me puse a pensar lo increíble que hubiera sido ser adulto en esa época y tener la opción de votar por el partido de un Bill Clinton o de un Tony Blair.

Pero luego me puse a pensar que, aunque hubiera sido adulto en los noventas, no hubiese sido posible. Que yo, como peruano, nunca he tenido la opción de votar por un candidato progresista de verdad. Y me dio cólera.

Ahora, antes de que el lector caiga en la trampa ideológica latinoamericana, empecemos por definir qué es lo que yo (en realidad, yo y el resto del mundo civilizado) entiende por progresismo.

Para mí, el progresismo es social-democracia. Es una idea de gobierno donde el Estado, ante todo, se enfoca en el ser humano, en su progreso y su bienestar. Es creer en que el ser humano es, ante todo, libre. Y que esa libertad debe ser ejercida con la mínima regulación necesaria posible, sin perder la sensibilidad y el sentido del humanismo, e incluso respetando el derecho de los conservadores a ser conservadores, escuchando atentos sus opiniones, porque al fin y al cabo, de cuando en cuando le aciertan a algo.

 Para mí, el progresismo es una ideología que no defiende la economía de mercado, ni tampoco la condena. La acepta como algo inevitable, como una manifestación más de la naturaleza individualista del ser humano. Algo que no tiene polaridad moral, que no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Es una ideología que reconoce la necesidad de un sector privado fuerte, libre, innovador y creador de riqueza, pero al mismo tiempo está advertido de su inherente egoísmo, y de que, como todo fenómeno colectivo, requiere ser dirigido, manipulado incluso, para favorecer el bien común. Y que, cuando se infla demasiado, cuando adquiere demasiada influencia y empieza a privilegiar excesivamente a unos pocos en detrimento del resto, requiere ser regulado, amarrado, cohibido incluso. Como un caballo veloz, que gana carreras, pero de cuyas riendas hay que tirar cuando quiere llevarnos a donde no queremos ir.

Ser progresista es creer que todo el mundo tiene derecho a tener un techo sobre su cabeza. Uno que no se venga abajo en el primer temblor, y que, eventualmente- y realistamente- pueda tras una vida de trabajo duro, llegar a convertirse en propiedad de la persona que bajo este techo vive.

Ser progresista es creer que toda persona que se enferma debe tener la certeza de que tendrá la misma oportunidad de curarse que cualquier otra persona en la sociedad, y que es deber del Estado garantizar esa condición, por encima de cualquier posición ideológica.

Ser progresista es creer que todo el mundo, llegado a una edad, tiene derecho a retirarse a su hogar, a gozar de sus hijos y sus nietos con una pensión decente, sin tener que andar mendigando en el transporte público para conseguir dinero para comprar medicamentos.

Ser progresista es creer que toda persona tiene derecho a un empleo fijo, que le reporte un ingreso decente y que le permita vivir en tranquilidad. Que sea consciente, primero, de que no se puede inventar empleos por las puras, pero tampoco se puede dejar el tema a la entera satisfacción del mercado, que tenderá siempre a desfavorecer al que aporta trabajo y a inclinarse por quien aporta capital. Y segundo, que un empleo no es solo un medio de producción de la empresa, también es, desde una perspectiva nacional, un fin en sí mismo, y que mantener una economía con altos índices de empleo, o porque no incluso con pleno empleo, es mucho más importante que mantener una economía con altos índices de crecimiento que se evaporan en los bolsillos de dos o tres magnates.

Ser progresista es creer que los trabajadores tienen derecho a unirse en sindicatos para exigir la defensa de sus derechos, y que es un acto de verdadero terrorismo socioeconómico el impedirlo. Al mismo tiempo, es ser consciente de que todo cuerpo sindical, al igual que cualquier otro gremio – profesional o no – jamás será imparcial y no se le puede otorgar más poder del que puede manejar.

Ser progresista es creer que si por los vaivenes del ciclo económico, una persona pierde su empleo, debe mañana poder abrir el periódico y empezar a buscar otro con natural ansiedad, pero con la total certeza de que su Gobierno: (i) es el primer interesado en que consiga otro empleo y que es gran parte del propósito de su existencia establecer un sistema donde pueda encontrarlo pronto: y (ii) jamás permitirá que no se le contrate por su apariencia, su raza, su género, su religión, su orientación sexual o, peor incluso, su acento al hablar español. Y que éste es un principio que exige absoluta prioridad, y que debe ser atendido con la más absoluta urgencia, en medio de la sociedad cuasi colonial en la que vivimos y con la que no nos queremos enfrentar.

Todo esto, claro, puede considerarse universal a todas las ideologías liberales, de derecha a izquierda. Pero aquí viene el quid de la cuestión: ser progresista implica creer que muchas personas, a pesar de haber trabajado honestamente sin quebrar la ley y de haber cumplido con sus deberes ciudadanos, nunca podrán, por las desigualdades que son inherentes a una economía de mercado, generar la suficiente riqueza personal para asegurarse todos estos derechos, y que por ello, el Estado debe intervenir en su rol redistribuidor, y asegurarse a través de políticas fiscales y sociales claramente definidas y substancialmente razonables, de que las ganancias producidas por la economía nacional vayan, primero y ante todo, a garantizar estos derechos para todos.

La manera en que el Estado asume esos compromisos se refleja en una necesidad de mantener una fuerte presencia en el día a día de la nación, reteniendo un estricto control de los servicios públicos esenciales, pues esta es la única manera de garantizar esos servicios para todos genuinamente, y manteniendo un sistema educativo, de seguridad social y previsional gratuito, de calidad, universal e incondicional, fuera de otras alternativas que puedan existir – siempre y cuando no existan jamás en detrimento de los ciudadanos más desfavorecidos.

Todo esto requiere, casi siempre, de una carga tributaria personal alta (más alta sin duda de la que tenemos ahora, que sigue siendo bastante baja para estándares mundiales) y, sobretodo, escalonada. Una escala tributaria donde los ricos, les guste o no, pagan más que los pobres – y ese pago representa, de alguna manera, su derecho de piso: es el precio que el Estado le cobra al sistema capitalista, y a aquellos que lucran de él, por arrendarle la economía nacional, y que se destina a una redistribución sustentable.

Asimismo, requiere también de una política económica orientada al bienestar social, que observe responsablemente pero no se obsesione con los indicadores macroeconómicos, y que tampoco tenga como objetivo final, sino solo como medio, el mantener un superávit fiscal. Que sea consciente que al largo plazo, nada se gana con un saldo fiscal que termine guardado en las arcas y nos haga salir en los periódicos, mientras la gente muere de hambre.

Finalmente, debo también mencionar que ser progresista es creer que, solo después de todo lo anterior, se debe también velar por el derecho que tienen los empresarios y los generadores de riqueza a un retorno por una inversión diligente y exitosa, porque éste también es un derecho, y un buen progresista, siempre, siempre defiende los derechos de TODOS, sin acepción alguna.

Cuando pienso en esto me acuerdo de los líderes que, en mi tiempo, defienden – con sus defectos, si, pero los defienden – estos principios. Me acuerdo de Angela Merkel, de Rodrigues Zapatero, de Lula e incluso de Obama. Recuerdo también a aquellos que hace no mucho se retiraron y en el legado inmediato que dejaron, personas como los mencionados Bill Clinton y Tony Blair y también Corazón Aquino en Filipinas, o Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile. Me pongo a pensar, por último, en verdaderos héroes del progresismo, en líderes que cambiaron sus países para siempre, como Franklin Roosevelt o Clement Atlee.

Y esos son solo los jefes de gobierno y/o Estado. Hay muchos nombres más que podría mencionar, que me han conmovido por su determinación, su persistencia, por representar verdaderamente el ideal de un luchador progresista en tan diversas áreas del quehacer humano.

Estoy hablando, por ejemplo, de la pasión del canadiense Tommy Douglas (a quien he querido honrar como inspiración de esta diatriba poniendo su foto en el encabezado), precursor del mejor sistema de seguridad social en el mundo, y de la incomparable generosidad del Doctor Jonas Salk, cuyo desprendimiento, cuya negativa a enriquecerse a costa del bien común, llevó al mundo a erradicar la polio. Estoy hablando del gigante Martin Luther King, Jr., un hombre que me hace orgulloso de ser protestante.

Estoy hablando de Madiba, el gran Nelson Mandela, un hombre que derroto el racismo, nos enseño el valor del perdón y la reconciliación y cambió el mundo por ello.

Eso es ser progresista. Lo demás es demagogia (Cristina), egolatría (Hugo) y, en algunos casos, franca estupidez (Evo).

Miro a estos íconos del progresismo, y luego, volteo a mirar el escenario político local.

Qué deprimente.

El próximo año son las elecciones presidenciales en Perú. Y en época electoral, todo el mundo quiere pintarse como progresista. Eso empeora las cosas. Lo encuentro sumamente irritante. Primero, porque me parece un insulto a la inteligencia de quince millones de peruanos. Segundo, porque me parece un flagrante abuso de la ignorancia de por lo menos otros quince millones de peruanos. Y tercero, porque siento que me están sacando cachita, que se están burlando de mi sueño de votar por un verdadero progresismo.

¿Ustedes dicen ser progresistas?

¿Ustedes, políticos de antaño, Lucho, Alan, Lourdes, con sus aburridísimos balconazos, su ridículamente improvisadas páginas de facebook , sus discursos belaundísticos que parecen haber sido redactados en los años setenta y esa irritante paranoia que los lleva a echarle a Fujimori – al triste, preso, acabado y viejo Fujimori, más cerca de la senilidad que del poder – la culpa de todos sus errores?

 ¿Ustedes, movimientos regionales y nuevos partidos, con esa orfanidad ideológica, esa falta de contenido que ustedes tratan de pintar como algo bueno escondiéndola detrás de esa palabrita ridícula: “independiente”? ¿Y los menores entre ustedes, con su medio por ciento, su uno por ciento, arrastrándose a la siguiente elección, un poco más y aliándose con Hitler con tal de tener una chance de seguir vivo?

¿Tú, Ollanta, con el mismo discurso robótico y redundante, mientras insistes fútilmente en fingir que nada ha cambiado en cinco años, cuando sabes bien que no es así?

 ¿Tú, Alejandro, que llegaste a tener los márgenes más bajos de popularidad que cualquier otro presidente en la historia latinoamericana y te salvaste de la vacancia más por la vergüenza colectiva que representaba sacar a otro presidente (al fin y al cabo no estamos en Ecuador) que por tus propios méritos?

¿Tú, Susana, que decepcionaste a todos los que alguna vez creímos en ti, aliándote con quien sea con tal de salir electa, que primero te besuqueaste con la izquierda radical y ahora hablas de tomar whisky con Toledo? ¿No te das cuenta la obsesión por el poder que esta actitud demuestra, y que veo tratas de esconder detrás de esa pinta de tía buena gente, mitad Sarah Palin, mitad Ingrid Betancourt?

¿Tu, Keiko, que crees que tu familia tiene un derecho dinástico a liderar tu partido e incluso el país, al punto tal que ni siquiera te das cuenta lo egocéntrico que suena que denominen a tu ideología con tu apellido?

¿Y ustedes, sobretodo ustedes, los mas hipócritas de todos, ustedes los revoltosos sindicalistas, comunistas y extremistas, que malogran todo evento adonde asisten? ¿Ustedes y sus banderitas rojas, sus lobbys sindicales, y esa expresión de violencia, de venganza y de odio que marca todo lo que hacen?

¿Ustedes y esas ideas retrógradas, que nadie, nadie en el mundo entero – salvo por un par de parias internacionales – defiende, que siguen queriendo mentirle asquerosamente a un pueblo desesperado que los escucha, con tal de ganarse un cargo público y meterse unos cuantos miles de soles al bolsillo?

Sé que estoy siendo duro. Durísimo, en realidad. Sé que suena a que estoy borrando de un plumazo a toda la sociedad política peruana, de la extrema izquierda a la extrema derecha y del extremo conservador al extremo liberal. Sé que muy probablemente hay excelentes intenciones en muchas de estas personas. Tampoco pienso cuestionar su integridad a la ligera.

Pero tengo que decirlo: estoy harto de ustedes. Estoy harto de que vivan para el momentum político, de que vivan mudando de propósito con cada elección, de que sus discursos sean tan artificiales y tan poco sinceros, de que se rodeen de personas a quienes les importa un bledo el país, y, sobretodo, sobretodo y sobretodo, de su arrogancia, de su forma de hacer política y de su falta de desprendimiento.

Me enferma, por ejemplo, ver a Fuerza Social hablando como si fuera un gran partido político establecido por ganar una alcaldía provincial sin casi ningún distrito, cuando es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente que sus votantes votaron contra “la derecha” y no por Susana Villarán y muchos menos por un partido político. Esa actitud me hace acordar a los titulares del Bocón cada vez que la selección gana un partido sin significado: la exageración total de los logros menores es el reflejo más puro de la propia mediocridad.

Esas son las cosas que tanto me decepcionan de los candidatos que tenemos hoy. Que prefieren ser políticos a ser líderes y que están más interesados en construir su propio ego, en bautizar escaleras con su nombre, que en construir un país. Que encarnan la mediocridad, en todos su sentidos. Mediocridad ideológica, mediocridad partidaria, mediocridad democrática, mediocridad de propuestas, mediocridad de planificación. Mediocridad del alma, al final. Mediocridad de amor por el Perú.

No, yo no quiero votar por ninguno de estos políticos. No, yo quiero votar por un progresista el próximo año.

Quiero votar por un hombre o una mujer inteligente, respaldado por un partido de verdad, que trabaje con los sindicatos, mejore las condiciones laborales y se preocupe por moderar la agresión natural de las empresas.

Quiero un candidato que se niegue a entrar a otro inútil debate dogmático sobre si debemos aplicar una economía de mercado o no. Que nos diga, convincentemente, que esa es una cuestión zanjada.

Quiero un candidato que sea firme y pragmático, que reconozca que los empresarios están allí para hacer dinero y que, por su naturaleza, atropellarán a quien sea con tal de enriquecerse. Quiero que les ponga un pare, que tenga el criterio y la razonabilidad para decirles que lucren, pero hasta cierto punto. Y que pasado ese punto, les diga simplemente que no es negocio para nosotros y que se pueden ir.

Y quiero que ese candidato sea lo suficientemente carismático e inteligente como para convencer, tanto a nuestra población de votar por él, como al sector productivo de nuestro país que su elección no quiere decir que habrán extremismos ni expropiaciones masivas, ni revoluciones sanguinarias. Un candidato que logre vencer al aparato de intimidación y terror que tanto la derecha como la falsa izquierda tan eficazmente utilizan para secuestrar nuestros votos.

En suma, un candidato que gobierne al Perú con un muy necesitado sentido del juego limpio y un criterio básico de bien colectivo. Por sobretodo, quiero votar por un líder de verdad. No un caudillo ególatra, ni un outsider improvisado, ni un “independiente” (¡Dios, como si no tener partido ni ideología fuera algo bueno!) sin contenido. Un líder de verdad, con ideas de verdad, un partido de verdad, una agenda a futuro de verdad, y ante todo, una visión de un gobierno que gira alrededor de una idea y no de sí mismo.

Quiero votar por el progresismo, asi pierda, así sea por votar una vez, tan sólo una vez, por quien yo quiero y no por quien las circunstancias dictan que debo. 

Pero no veo progresistas en el Perú.

¿Dónde estás, mi príncipe azul, mi mujer maravilla progresista? Ya no te tardes más en llegar.


¿Qué es realmente el liberalismo?

julio 10, 2009

Hace ya una década que en América Latina convivimos con la retórica incendiaria de ciertos gobiernos populistas. Desde ese entonces, liberalismo –o más bien, neoliberalismo, como ha sido apodado- ha pasado a ser casi una mala palabra en la jerga hemisférica. El liberalismo ha sido acusado de ser una doctrina “vendepatria”, saqueadora de recursos naturales y herramienta del “imperio”; se ha dicho que engendra el belicismo, que causa genocidios y explota al pueblo; que destruye valores, hogares y trabajos; que es, en buena cuenta, casi casi, creación del mismo diablo. 

Y, sin embargo, pocas han sido las ocasiones en donde estos, sus más encarnizados enemigos, se han tomado el tiempo de explicar exactamente qué es este concepto que tanto odio les genera. ¿Qué es exactamente el liberalismo? Y, tal vez más importante, ¿es realmente tan terrible? 

Ya he dejado en claro que no creo en derechas ni izquierdas (y parece que no estoy solo en eso), sino que, en cambio, creo en buenas y malas ideas, por lo que espero no tomen estas líneas como una defensa ideológica ni nada por el estilo; este es un honesto intento por plasmar en papel (o bits) un conjunto de buenas ideas a las que creo no se les ha hecho justicia en la opinión popular. Estando a dos años de las siguientes elecciones, consideren esto un bienintencionado granito de arena, destinado a proveer a los peruanos con toda la información posible antes de que tomen la decisión más importante del lustro. 

¿Qué es liberalismo? La premisa básica detrás del concepto del pensamiento liberal no es –para sorpresa de muchos, estoy seguro- el lucro desenfrenado, sino más bien la idea de que todos tenemos derecho a las mismas oportunidades; que los hombres nacen todos iguales y dotados de ciertos derechos básicos, como la vida, la libertad y la propiedad, que en última instancia se resumen en el derecho a perseguir la felicidad y, como diría Jeremy Bentham, esta premisa implica, por definición, que si hemos de buscar la mejor forma de lograr que la mayor cantidad de personas pueda lograr la felicidad, es mejor un sistema que nos permita a cada uno decidir nuestro propio camino, frente a otro que nos diga qué camino hemos de seguir. 

Trasladando esta lógica al pensamiento económico, el liberalismo plantea que todos somos buenos para hacer algo y malos para hacer otras cosas y que, asimismo, tenemos derecho a acceder a los mejores productos al menor precio posible. Esta es pues precisamente la lógica detrás de un Tratado de Libre Comercio: Si los peruanos somos buenos cultivando espárragos, no tiene sentido que sembremos arroz y si en otro país son mejores cultivando arroz, no tiene sentido que siembren espárrago. Así, produciendo nuestros espárragos y comprando su arroz (y viceversa) tanto aquí como allá; todos, comeremos más rico y más barato. 

La lógica opuesta es la del proteccionismo, que busca proteger al productor de arroz caro y poco competitivo en desmedro del espárrago; elevar los aranceles al arroz y cuidar al productor peruano, con la esperanza de levantar así a la industria nacional. Aquí comeremos arroz caro y allá comerán espárrago amargo. 

Se critica al liberalismo con la lógica de que dañará al productor de arroz, que tendrá que aprender a sembrar espárrago (¡nadie nunca se preocupa de dañar al consumidor, que a fin de cuentas, somos todos!). Sin embargo para eso hay dos respuestas. En primer lugar, no todo lo bueno es barato y no todo lo barato es más demandado. Imaginemos, por ejemplo, que entra al Perú maíz barato de Estados Unidos a un precio mucho menor que el choclo local. En teoría, la gente debería inclinarse a comprar maíz sobre choclo, ¿no? Pero, ¿qué sucede si el productor local vende su choclo caro, pero lo vende de mayor calidad, con granos más grandes, mejor sabor y, a fin de cuentas, bien peruano? ¿No podría acaso competir con el maíz chiquito del norte?, me gustaría creer que sí. 

La segunda respuesta es ya económica. Si somos mejores produciendo espárrago que sembrando arroz, dedicarnos a aquello que mejor hacemos implica, por lo general, obtener mayores ingresos globales (el mercado mundial siempre va a demandar más espárragos que lo que el mercado local va a demandar en arroz). Si este excedente es suficiente para poder compensar a aquellos que van a salir perjudicados con el sistema, eso quiere decir que, en su conjunto, la sociedad sale mejor parada cambiando arroz por espárrago que con el status quo. Me explico: comprar arroz peruano es caro y le cuesta mucho al ciudadano común, en el agregado, ese es un costo significativo. Si imaginamos que hay 50 productores de arroz en el país y que el cambio y la capacitación de arroz a espárrago (o la actividad alternativa que sea) va a costarles un promedio de 500 soles a cada uno (para efectos didácticos estoy, obviamente, siendo simplista), pues entonces con una ganancia global de 25,000 soles producto de la exportación de espárragos, el Estado podría asumir los costos de estas personas (que son, después de todo, una minoría) y ayudarlos en el proceso de transición. Algunos pierden, muchos ganan y, con lo que ganan, ayudan al que pierde; eso, sino justo, es por lo menos eficiente. 

Pero incluso si concedemos que habrán perjudicados que no podrían ser ayudados porque simplemente serán despedidos o algo por el estilo, el liberalismo es compatible con mecanismos de prevención como la CTS (hoy mal aplicada) y otros que permiten proteger a las personas en el proceso de transición entre un empleo y otro, de tal forma que se mantenga el dinamismo económico, en lugar de, como plantea el populismo, proteger los puestos de trabajo, por más que conservarlos ya no tenga sentido. 

Ahora, no pretendo con esto justificar a ningún político ni a ninguna administración en particular. Lo que muchas veces presenciamos día a día en el Perú es una especie de remedo tercermundista de un liberalismo mal entendido, tan falible como el socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que un remedo tercermundista (y bastante populista) de un socialismo mal entendido. Sucede, sin embargo, que cuando los principios liberales funcionan, se generan Inglaterras, Francias y Singapures, mientras que, cuando el Socialismo del Siglo XXI funciona, se generan Coreas del Norte, Iranes y Zimbabues. 

No planteo tampoco una propuesta absoluta. El socialismo funciona muy bien en ciertas partes de Europa mientras que el liberalismo lo hace también en Estados Unidos. A fin de cuentas, nadie impide que, como en Chile, Brasil y tantos otros lugares, los principios liberales puedan ser sazonados y, por qué no, perfeccionados con políticas distributivas “de izquierda” siempre que, obviamente, sean serias.

Yo creo, como ya he dicho, en el gato que caza ratones. Y para cazar ratones, en mi opinión, necesitamos partir de estos principios liberales que nadie explica y pocos aplican bien. Perfeccionados, los mismos pueden ser precisamente el eslabón perdido en la cadena del desarrollo que todos los peruanos comprometidos –tanto de derecha como de izquierda- buscamos hace casi 190 años.

Así que espero que, en dos años, frente a las urnas, no votemos por nombres ni retórica, sino por estos principios e ideas, sea donde fuere que los encontremos.

Alonso Gurmendi


Igualdad religiosa en el Perú

julio 3, 2009

El día de ayer, la comisión de constitución del Congreso de la República aprobó el proyecto de ley de la llamada “Ley de Igualdad Religiosa”, causando cierto revuelo en nuestra tradicionalmente conservadora clase política, que hace ya un tiempo observa con interés el rol cada vez más influyente de las minorías religiosas en los fueros políticos, ante el horror del establishment mediático, las incomodas intervenciones de la Iglesia Católica y los amenes y aleluyas de los evangélicos.

 Las reacciones no se han hecho esperar, y no han hecho más que resaltar la pintoresca intolerancia que caracteriza a la sociedad limeña en cuanto a diversidad religiosa se refiere: mientras el Consejo Episcopal Peruano se queja de que “no fueron consultados” (quizá eso sea porque no son una minoría religiosa, ¿no?),  el Pastor Humberto Lay (por quien siento una profunda admiración personal, valga la acotación) señala que la aprobación del proyecto de Ley por parte del Congreso “es una cuestión de justicia”. Y la redacción de El Comercio se traga las ganas de quemarnos a todos los evangélicos en una pira, Decet Romanum Pontificem, al ritmo de un padre nuestro y tres ave marías.

¿Existe igualdad religiosa en el Perú? La verdad, no. Puedo aceptar que hemos crecido en tolerancia religiosa.  ¿Pero igualdad, verdadera igualdad? No, la igualdad religiosa es un logro que nos es aún esquivo – aunque yo sinceramente dudo si es que, como sociedad, realmente estamos aspirando a ello.

En un plano general, si buscamos aspirar a una auténtica igualdad, tenemos que esforzarnos porque nuestra sociedad llegue a un mayor entendimiento de sus propios componentes religiosos.  Para empezar, ni siquiera existe en el Perú una comprensión realmente sólida del mapa religioso de nuestro país. Para mayor parcialidad, hablemos de los evangélicos (por si el lector no lo ha deducido aún, soy evangélico). En el Perú, según el último censo , 12,5% de la población nacional mayor de 12 años en este país profesa la religión “cristiano-evangélica”. Empezamos con los errores, porque el concepto de “cristiano-evangélico” es bastante ambiguo – ¿o realmente cree el INEI que es lo mismo un bautista conservador que un neopentecostal? Además, normalmente se hermana las confesiones evangélicas con movimientos completamente diferentes, como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o los Testigos de Jehová. Ni los medios, ni la clase política, ni siquiera considerables sectores de influencia académica son capaces de distinguir entre ellos.  Y eso sin mencionar que diarios de alta reputación como El Comercio y personajes tan distinguidos como el Obispo Cipriani siguen usando erradamente el término “evangelistas” para distinguirnos – por el amor de Dios (literalmente), es “evangélicos”.

 Si no aprendemos aún a reconocer con propiedad a la primera minoría religiosa del país, que incuestionablemente son los evangélicos, ¿Cómo podemos pretender que vamos a entender a las demás? ¿Cómo podemos pretender que estamos en capacidad de rescatar, promover y proteger el valor cultural de las creencias religiosas de comunidades en el interior del país?

Más allá de eso, la prueba más grande de que no existe una auténtica aspiración de lograr la igualdad religiosa en el Perú es que, cuando se promueven iniciativas como el Proyecto de Ley mencionado al inicio de este artículo, todo el mundo parece preocuparse más por sus implicancias sociales que por discutir concienzudamente sobre su contenido.

¿Sería este proyecto una buena ley?

 Sin duda tiene cosas positivas. Si, los bienes de las comunidades religiosas deben ser inembargables – claro está, siempre y cuando no se hayan dado en garantía, pues si prohibimos constituir gravámenes sobre inmuebles como los templos, nos estaríamos disparando en el pie si buscamos ampliarlos para albergar  a más devotos en el futuro.

 También estoy de acuerdo con que hay ciertas afectaciones tributarias que no guardan sentido con el fervor religioso. Una exoneración del impuesto predial y del impuesto a la renta, en ese sentido, me parece que está en orden – ahora bien, un efectivo control y un principio de razonabilidad son necesarios, o la religión terminará siendo otra excusa para lavar dinero.  Las afectaciones a las donaciones son groseramente inconstitucionales y tienen que desaparecer. El perfeccionamiento del actual registro de confesiones religiosas y la creación de un nuevo régimen de personería jurídica que sea propio al carácter extraordinario de las mismas son medidas necesarias  para ayudar al Estado a entender un poco mejor el panorama institucional de la realidad religiosa de las confesiones no católicas – y ayudará a las iglesias a crear mejores y más idóneos mecanismos de toma de decisiones, más acorde con su naturaleza eclesiástica.

 Pero  hay ciertos elementos en la ley que, con franqueza, dan la impresión de que se busca más obtener los mismos privilegios que los Católicos que establecer un régimen de igualdad partiendo de un principio secular:  la exoneración al impuesto a la propiedad vehicular, para ser sinceros, me parece que es ir muy lejos. Dicho impuesto se paga solo para vehículos nuevos, durante los primeros dos años. También se puede servir a Dios en carros de segunda mano.

 Además de ello, yo, particularmente, no estoy de acuerdo con complicar aún más las mentes de nuestros niños en el colegio con más clases de religión. La educación debe avanzar hacia una secularización, que implicará la abolición de las clases de religión y no una extensión de la enseñanza de sus principios dogmáticos. Para enseñar la Fe, están los padres, la escuela dominical y esas bonitas biblias con ilustraciones que sirven para leer a los niños por la noche. El colegio está para adquirir conocimientos humanos. En todo caso, quizá pueda satisfacerse dichas necesidades a través de planes extracurriculares en los colegios. Pero como parte de la currícula general, no.

Por último,  ¿exoneración del impuesto a la renta para los trabajadores religiosos? Permítanme discrepar: amados Pastores, yo también soy cristiano. Yo también sirvo a Dios en mi trabajo. Doctrinalmente, mis ingresos, al final del día, también provienen de la provisión de Nuestro Señor. Y yo pago impuestos. ¿Por qué ustedes no? Es un trabajo. “Al Cesar lo que es del Cesar…”. Ah, y no lo olviden, a pagarlos con gozo,  “porque Dios ama al dador alegre”.

Otros dispositivos simplemente flotan sin mayor base, como la multa de hasta tres UIT para quienes “impidan el libre ejercicio de la libertad religiosa” (¿?), o el listado de las actividades que con algo de arrogancia nos tomamos la libertad de decir que “no son religión”, como “los ritos maléficos y satánicos, o la adivinación”. La Ley no es el lugar para ese tipo de juicios – ese tipo de opiniones (que a un nivel espiritual, particularmente yo comparto) pertenecen al templo y el seminario, y no en los atrios del Congreso.

Más allá de este proyecto de ley , creo que la igualdad religiosa para las confesiones no católicas no se va a lograr aspirando, erróneamente, a tener los mismos privilegios que la Iglesia Católica. Seamos razonables: el 81,3% del país se confiesa católico. Es natural que ocupen un lugar primigenio en la esfera socio-religiosa. Mi impresión es que el Estado debe buscar redefinir en las próximas décadas su relación con la Iglesia Católica, avanzando hacia una mayor secularización y horizontalidad, de manera inteligente y gradual. No olvidemos, además, que ello pasaría por renegociar o incluso denunciar el Concordato de 1980 entre el Perú y el Estado del Vaticano, herencia de un gobierno militar que estaba ciego al progresismo cívico de la era. Nos guste o no, un Concordato es un tratado internacional y redefinir sus límites, por fuerza, va a ser harto complicado para el Estado.  

No se trata de que las demás confesiones se suban al carro. Se trata, en mi opinión al menos, de buscar  una manera elegante y socialmente aceptable de conseguir que la Iglesia Católica se baje del mismo. Muchos de nosotros (los no católicos, quiero decir) hemos denunciado los privilegios de la Iglesia Católica en repetidas ocasiones como algo inconsistente con una separación auténtica entre Iglesia y Estado ¿Cómo podríamos, entonces, sumarnos a ellos sin traicionar esos  principios?

Así que mi duda persiste – ¿realmente estamos aspirando, todos como sociedad, a una igualdad religiosa? ¿o es que seguimos inmersos en las pugnas y rivalidades clásicas que caracterizan la divergencia católico-protestante en Latinoamérica? Dios nos exige una respuesta sincera. El Estado no tendría por qué no hacer lo mismo.

Ronald Cross


Cuando el Gato no caza ratones: Política y Desarrollo en Sudamérica

junio 25, 2009

“Neoliberalismo”, “Socialismo del Siglo XXI”, “dictadura ultraizquierdista populista”, Sudamérica está repleta de nombres, de “-ismos”; de todos y cada uno de los –ismos imaginables, salvo, como diría Oscar Arias, del único que importa: pragmatismo. 

Tenemos doscientos años de repúblicas empecinadas en perder oportunidades y en seguir libros santos al pie de la letra y directo al fracaso. Sean los Siete Ensayos o El Misterio del Capital, la verdad es que hace doscientos años que todo se mantiene; nada cambia, seguimos siendo pobres, luchando entre nosotros por ver si el “neoliberalismo salvaje” es o no mejor que “el sindicalismo-populismo”, cuando lo que importa, al final, ya no importa: el gato no caza ratones, ¡pero sí araña y vaya que come! 

Derecha e Izquierda; Liberal y Conservador. Estos debates interminables que acaparan los titulares todos los días al final terminan siendo intrascendentes, incluso profundamente contradictorios ¿o acaso podríamos comparar a nuestra derechista Lourdes Flores con el derechista Rush Limbaugh?, ¿o quizás a nuestro izquierdista Ollanta Humala con el izquierdista Barack Obama? Como dijera alguna vez Mark Twain, “los principios en realidad sólo tienen fuerza cuando uno tiene el estómago lleno” ¿Realmente qué importa si es que podemos ubicar una propuesta en uno u otro lado del espectro si es que, al fin y al cabo, funciona, si es que, al fin y al cabo, le alivia un poco la vida a los pobres del país? 

Dejémonos pues de falsos profetas y caballeros quiméricos. El mundo real no puede ser salvado con recetas paporreteadas de hace 100 ó 50 años. El Perú en este momento no necesita ni neoliberales ni socialistas del siglo XXI; necesita líderes, y de los buenos. Lastimosamente, empero, crear líderes, es algo que nuestros pueblos no han sabido hacer muy bien en los últimos siglos. Uno no puede sino asombrarse pensando en los increíbles “y sis” de nuestra Historia. “¿Y si en lugar de un Bolívar, hubiésemos tenido un Lincoln?”; “¿y si en lugar de un La Mar, hubiésemos tenido un Washington?”; “¿si en lugar de un Prado, un Churchill?”; “¿si en lugar de un Velasco, un Pedro el Grande?” No los tuvimos y pagamos el costo. 

Pero ahora, en este confundido nuevo milenio, en donde las crisis vienen del norte y el progreso es Made in Vietnam, hay nuevos vientos en el aire, nuevas oportunidades ajenas a las reglas de antaño. ¿Por qué es que entonces seguimos hablando como si en Varsovia aún hubiese un Lech Walesa y no un Lech Kaczynski, como si en Estados Unidos hubiese un Roosevelt y no un Obama? 

En este nuevo mundo, ya no hay derechas ni izquierdas, no hay “neoliberales” ni “socialistas”. Hay simplemente quienes proponen ideas serias y quienes no. Hay personas en quienes podemos confiar y personas en las que no. Hay, en términos simples, política populista y política responsable; política que sirve y política que no. 

Cerrar las fronteras al comercio, perderle el respeto a la propiedad privada y pretender que el Estado supla al privado en la actividad económica es política que no sirve. Creer a ciegas en el mercado sin regulación, le cueste a quien le cueste, pierda quien pierda, es también política que no sirve. Y no es que no sirva porque sea mala, en Suecia el Estado es un gran proveedor de servicios y de alta calidad y en Estados Unidos los mercados han llevado al país a ser la primera potencia mundial. Es política que no sirve porque aquí, en Perú, en Bolivia, en Ecuador, en Paraguay, lejos de las páginas de libros escritos en Washington y Moscú, esos enfoques no tienen ningún sentido. 

Como todo en el Perú, nuestro camino al desarrollo necesita un poco de Inga y de Mandinga, un poco de sazón peruana y bastante ajicito. No más de estas doctrinas de rajatabla empolvadas y mecánicas. Necesitamos desarrollo “Made in Peru”. Pero para eso, necesitamos también a las personas indicadas, personas que no sólo sepan, sino que entiendan; porque ¿de qué sirve una librería de dos pisos y un diploma Ivy League si al fin y al cabo el regulado es un campesino pobre de Tayacaja o un indígena ashwar de San Martín?

Necesitamos una buena mezcla en el gobierno, tanto de los que saben como de los que entienden y encargarnos de diseñar verdaderas políticas de Estado, diseñadas a prueba de soroche, pero dignas de Capitol Hill. Y para esto, se necesita a los mejores. No más políticas de austeridad, esa es política que no sirve (¿o realmente esperamos que un funcionario que gane S/.5,000.00 regule a un gerente que gane US$50,000.00?). No más debates muertos en el Congreso, esa es también política inservible (¿o realmente esperamos que el desarrollo surja por generación espontánea del cadáver de las buenas intenciones de uno y otro bando?). No más divisiones ni distanciamientos. Todos somos peruanos y todos buscamos lo mismo. No más autosabotaje. Esa es política que sí sirve.

Ya es tiempo de darnos cuenta de que hoy, este día, no puede ser más otra oportunidad desperdiciada. El país (derecha e izquierda reunidas) necesita darse cuenta de que la decisión que tomemos este día, aquí y ahora, puede de una vez por todas responder la eterna pregunta de Zavalita, cerrar el libro y sacarnos del hoyo, o puede simplemente ser una página más de nuestra enorme catedral, llena de gatos que no cazan y de leyes que no sirven.

Alonso Gurmendi Dunkelberg