Felicitaciones AENU Perú: TOP 10 del Mundo

abril 14, 2011

Política, Diplomacia y Desarrollo, blog del Centro de Investigaciones de AENU Perú desea felicitar al Equipo de Debate de AENU Perú, “Peruvian Universities” por haber sido rankeado entre las 10 mejores delegaciones internacionales de Modelo de Naciones Unidas del mundo por Bestdelegate.com. Es, sin lugar a duda, un verdadero honor para esta institución y para el país.

Los Editores.


¿Qué es realmente el liberalismo?

julio 10, 2009

Hace ya una década que en América Latina convivimos con la retórica incendiaria de ciertos gobiernos populistas. Desde ese entonces, liberalismo –o más bien, neoliberalismo, como ha sido apodado- ha pasado a ser casi una mala palabra en la jerga hemisférica. El liberalismo ha sido acusado de ser una doctrina “vendepatria”, saqueadora de recursos naturales y herramienta del “imperio”; se ha dicho que engendra el belicismo, que causa genocidios y explota al pueblo; que destruye valores, hogares y trabajos; que es, en buena cuenta, casi casi, creación del mismo diablo. 

Y, sin embargo, pocas han sido las ocasiones en donde estos, sus más encarnizados enemigos, se han tomado el tiempo de explicar exactamente qué es este concepto que tanto odio les genera. ¿Qué es exactamente el liberalismo? Y, tal vez más importante, ¿es realmente tan terrible? 

Ya he dejado en claro que no creo en derechas ni izquierdas (y parece que no estoy solo en eso), sino que, en cambio, creo en buenas y malas ideas, por lo que espero no tomen estas líneas como una defensa ideológica ni nada por el estilo; este es un honesto intento por plasmar en papel (o bits) un conjunto de buenas ideas a las que creo no se les ha hecho justicia en la opinión popular. Estando a dos años de las siguientes elecciones, consideren esto un bienintencionado granito de arena, destinado a proveer a los peruanos con toda la información posible antes de que tomen la decisión más importante del lustro. 

¿Qué es liberalismo? La premisa básica detrás del concepto del pensamiento liberal no es –para sorpresa de muchos, estoy seguro- el lucro desenfrenado, sino más bien la idea de que todos tenemos derecho a las mismas oportunidades; que los hombres nacen todos iguales y dotados de ciertos derechos básicos, como la vida, la libertad y la propiedad, que en última instancia se resumen en el derecho a perseguir la felicidad y, como diría Jeremy Bentham, esta premisa implica, por definición, que si hemos de buscar la mejor forma de lograr que la mayor cantidad de personas pueda lograr la felicidad, es mejor un sistema que nos permita a cada uno decidir nuestro propio camino, frente a otro que nos diga qué camino hemos de seguir. 

Trasladando esta lógica al pensamiento económico, el liberalismo plantea que todos somos buenos para hacer algo y malos para hacer otras cosas y que, asimismo, tenemos derecho a acceder a los mejores productos al menor precio posible. Esta es pues precisamente la lógica detrás de un Tratado de Libre Comercio: Si los peruanos somos buenos cultivando espárragos, no tiene sentido que sembremos arroz y si en otro país son mejores cultivando arroz, no tiene sentido que siembren espárrago. Así, produciendo nuestros espárragos y comprando su arroz (y viceversa) tanto aquí como allá; todos, comeremos más rico y más barato. 

La lógica opuesta es la del proteccionismo, que busca proteger al productor de arroz caro y poco competitivo en desmedro del espárrago; elevar los aranceles al arroz y cuidar al productor peruano, con la esperanza de levantar así a la industria nacional. Aquí comeremos arroz caro y allá comerán espárrago amargo. 

Se critica al liberalismo con la lógica de que dañará al productor de arroz, que tendrá que aprender a sembrar espárrago (¡nadie nunca se preocupa de dañar al consumidor, que a fin de cuentas, somos todos!). Sin embargo para eso hay dos respuestas. En primer lugar, no todo lo bueno es barato y no todo lo barato es más demandado. Imaginemos, por ejemplo, que entra al Perú maíz barato de Estados Unidos a un precio mucho menor que el choclo local. En teoría, la gente debería inclinarse a comprar maíz sobre choclo, ¿no? Pero, ¿qué sucede si el productor local vende su choclo caro, pero lo vende de mayor calidad, con granos más grandes, mejor sabor y, a fin de cuentas, bien peruano? ¿No podría acaso competir con el maíz chiquito del norte?, me gustaría creer que sí. 

La segunda respuesta es ya económica. Si somos mejores produciendo espárrago que sembrando arroz, dedicarnos a aquello que mejor hacemos implica, por lo general, obtener mayores ingresos globales (el mercado mundial siempre va a demandar más espárragos que lo que el mercado local va a demandar en arroz). Si este excedente es suficiente para poder compensar a aquellos que van a salir perjudicados con el sistema, eso quiere decir que, en su conjunto, la sociedad sale mejor parada cambiando arroz por espárrago que con el status quo. Me explico: comprar arroz peruano es caro y le cuesta mucho al ciudadano común, en el agregado, ese es un costo significativo. Si imaginamos que hay 50 productores de arroz en el país y que el cambio y la capacitación de arroz a espárrago (o la actividad alternativa que sea) va a costarles un promedio de 500 soles a cada uno (para efectos didácticos estoy, obviamente, siendo simplista), pues entonces con una ganancia global de 25,000 soles producto de la exportación de espárragos, el Estado podría asumir los costos de estas personas (que son, después de todo, una minoría) y ayudarlos en el proceso de transición. Algunos pierden, muchos ganan y, con lo que ganan, ayudan al que pierde; eso, sino justo, es por lo menos eficiente. 

Pero incluso si concedemos que habrán perjudicados que no podrían ser ayudados porque simplemente serán despedidos o algo por el estilo, el liberalismo es compatible con mecanismos de prevención como la CTS (hoy mal aplicada) y otros que permiten proteger a las personas en el proceso de transición entre un empleo y otro, de tal forma que se mantenga el dinamismo económico, en lugar de, como plantea el populismo, proteger los puestos de trabajo, por más que conservarlos ya no tenga sentido. 

Ahora, no pretendo con esto justificar a ningún político ni a ninguna administración en particular. Lo que muchas veces presenciamos día a día en el Perú es una especie de remedo tercermundista de un liberalismo mal entendido, tan falible como el socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que un remedo tercermundista (y bastante populista) de un socialismo mal entendido. Sucede, sin embargo, que cuando los principios liberales funcionan, se generan Inglaterras, Francias y Singapures, mientras que, cuando el Socialismo del Siglo XXI funciona, se generan Coreas del Norte, Iranes y Zimbabues. 

No planteo tampoco una propuesta absoluta. El socialismo funciona muy bien en ciertas partes de Europa mientras que el liberalismo lo hace también en Estados Unidos. A fin de cuentas, nadie impide que, como en Chile, Brasil y tantos otros lugares, los principios liberales puedan ser sazonados y, por qué no, perfeccionados con políticas distributivas “de izquierda” siempre que, obviamente, sean serias.

Yo creo, como ya he dicho, en el gato que caza ratones. Y para cazar ratones, en mi opinión, necesitamos partir de estos principios liberales que nadie explica y pocos aplican bien. Perfeccionados, los mismos pueden ser precisamente el eslabón perdido en la cadena del desarrollo que todos los peruanos comprometidos –tanto de derecha como de izquierda- buscamos hace casi 190 años.

Así que espero que, en dos años, frente a las urnas, no votemos por nombres ni retórica, sino por estos principios e ideas, sea donde fuere que los encontremos.

Alonso Gurmendi


Igualdad religiosa en el Perú

julio 3, 2009

El día de ayer, la comisión de constitución del Congreso de la República aprobó el proyecto de ley de la llamada “Ley de Igualdad Religiosa”, causando cierto revuelo en nuestra tradicionalmente conservadora clase política, que hace ya un tiempo observa con interés el rol cada vez más influyente de las minorías religiosas en los fueros políticos, ante el horror del establishment mediático, las incomodas intervenciones de la Iglesia Católica y los amenes y aleluyas de los evangélicos.

 Las reacciones no se han hecho esperar, y no han hecho más que resaltar la pintoresca intolerancia que caracteriza a la sociedad limeña en cuanto a diversidad religiosa se refiere: mientras el Consejo Episcopal Peruano se queja de que “no fueron consultados” (quizá eso sea porque no son una minoría religiosa, ¿no?),  el Pastor Humberto Lay (por quien siento una profunda admiración personal, valga la acotación) señala que la aprobación del proyecto de Ley por parte del Congreso “es una cuestión de justicia”. Y la redacción de El Comercio se traga las ganas de quemarnos a todos los evangélicos en una pira, Decet Romanum Pontificem, al ritmo de un padre nuestro y tres ave marías.

¿Existe igualdad religiosa en el Perú? La verdad, no. Puedo aceptar que hemos crecido en tolerancia religiosa.  ¿Pero igualdad, verdadera igualdad? No, la igualdad religiosa es un logro que nos es aún esquivo – aunque yo sinceramente dudo si es que, como sociedad, realmente estamos aspirando a ello.

En un plano general, si buscamos aspirar a una auténtica igualdad, tenemos que esforzarnos porque nuestra sociedad llegue a un mayor entendimiento de sus propios componentes religiosos.  Para empezar, ni siquiera existe en el Perú una comprensión realmente sólida del mapa religioso de nuestro país. Para mayor parcialidad, hablemos de los evangélicos (por si el lector no lo ha deducido aún, soy evangélico). En el Perú, según el último censo , 12,5% de la población nacional mayor de 12 años en este país profesa la religión “cristiano-evangélica”. Empezamos con los errores, porque el concepto de “cristiano-evangélico” es bastante ambiguo – ¿o realmente cree el INEI que es lo mismo un bautista conservador que un neopentecostal? Además, normalmente se hermana las confesiones evangélicas con movimientos completamente diferentes, como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o los Testigos de Jehová. Ni los medios, ni la clase política, ni siquiera considerables sectores de influencia académica son capaces de distinguir entre ellos.  Y eso sin mencionar que diarios de alta reputación como El Comercio y personajes tan distinguidos como el Obispo Cipriani siguen usando erradamente el término “evangelistas” para distinguirnos – por el amor de Dios (literalmente), es “evangélicos”.

 Si no aprendemos aún a reconocer con propiedad a la primera minoría religiosa del país, que incuestionablemente son los evangélicos, ¿Cómo podemos pretender que vamos a entender a las demás? ¿Cómo podemos pretender que estamos en capacidad de rescatar, promover y proteger el valor cultural de las creencias religiosas de comunidades en el interior del país?

Más allá de eso, la prueba más grande de que no existe una auténtica aspiración de lograr la igualdad religiosa en el Perú es que, cuando se promueven iniciativas como el Proyecto de Ley mencionado al inicio de este artículo, todo el mundo parece preocuparse más por sus implicancias sociales que por discutir concienzudamente sobre su contenido.

¿Sería este proyecto una buena ley?

 Sin duda tiene cosas positivas. Si, los bienes de las comunidades religiosas deben ser inembargables – claro está, siempre y cuando no se hayan dado en garantía, pues si prohibimos constituir gravámenes sobre inmuebles como los templos, nos estaríamos disparando en el pie si buscamos ampliarlos para albergar  a más devotos en el futuro.

 También estoy de acuerdo con que hay ciertas afectaciones tributarias que no guardan sentido con el fervor religioso. Una exoneración del impuesto predial y del impuesto a la renta, en ese sentido, me parece que está en orden – ahora bien, un efectivo control y un principio de razonabilidad son necesarios, o la religión terminará siendo otra excusa para lavar dinero.  Las afectaciones a las donaciones son groseramente inconstitucionales y tienen que desaparecer. El perfeccionamiento del actual registro de confesiones religiosas y la creación de un nuevo régimen de personería jurídica que sea propio al carácter extraordinario de las mismas son medidas necesarias  para ayudar al Estado a entender un poco mejor el panorama institucional de la realidad religiosa de las confesiones no católicas – y ayudará a las iglesias a crear mejores y más idóneos mecanismos de toma de decisiones, más acorde con su naturaleza eclesiástica.

 Pero  hay ciertos elementos en la ley que, con franqueza, dan la impresión de que se busca más obtener los mismos privilegios que los Católicos que establecer un régimen de igualdad partiendo de un principio secular:  la exoneración al impuesto a la propiedad vehicular, para ser sinceros, me parece que es ir muy lejos. Dicho impuesto se paga solo para vehículos nuevos, durante los primeros dos años. También se puede servir a Dios en carros de segunda mano.

 Además de ello, yo, particularmente, no estoy de acuerdo con complicar aún más las mentes de nuestros niños en el colegio con más clases de religión. La educación debe avanzar hacia una secularización, que implicará la abolición de las clases de religión y no una extensión de la enseñanza de sus principios dogmáticos. Para enseñar la Fe, están los padres, la escuela dominical y esas bonitas biblias con ilustraciones que sirven para leer a los niños por la noche. El colegio está para adquirir conocimientos humanos. En todo caso, quizá pueda satisfacerse dichas necesidades a través de planes extracurriculares en los colegios. Pero como parte de la currícula general, no.

Por último,  ¿exoneración del impuesto a la renta para los trabajadores religiosos? Permítanme discrepar: amados Pastores, yo también soy cristiano. Yo también sirvo a Dios en mi trabajo. Doctrinalmente, mis ingresos, al final del día, también provienen de la provisión de Nuestro Señor. Y yo pago impuestos. ¿Por qué ustedes no? Es un trabajo. “Al Cesar lo que es del Cesar…”. Ah, y no lo olviden, a pagarlos con gozo,  “porque Dios ama al dador alegre”.

Otros dispositivos simplemente flotan sin mayor base, como la multa de hasta tres UIT para quienes “impidan el libre ejercicio de la libertad religiosa” (¿?), o el listado de las actividades que con algo de arrogancia nos tomamos la libertad de decir que “no son religión”, como “los ritos maléficos y satánicos, o la adivinación”. La Ley no es el lugar para ese tipo de juicios – ese tipo de opiniones (que a un nivel espiritual, particularmente yo comparto) pertenecen al templo y el seminario, y no en los atrios del Congreso.

Más allá de este proyecto de ley , creo que la igualdad religiosa para las confesiones no católicas no se va a lograr aspirando, erróneamente, a tener los mismos privilegios que la Iglesia Católica. Seamos razonables: el 81,3% del país se confiesa católico. Es natural que ocupen un lugar primigenio en la esfera socio-religiosa. Mi impresión es que el Estado debe buscar redefinir en las próximas décadas su relación con la Iglesia Católica, avanzando hacia una mayor secularización y horizontalidad, de manera inteligente y gradual. No olvidemos, además, que ello pasaría por renegociar o incluso denunciar el Concordato de 1980 entre el Perú y el Estado del Vaticano, herencia de un gobierno militar que estaba ciego al progresismo cívico de la era. Nos guste o no, un Concordato es un tratado internacional y redefinir sus límites, por fuerza, va a ser harto complicado para el Estado.  

No se trata de que las demás confesiones se suban al carro. Se trata, en mi opinión al menos, de buscar  una manera elegante y socialmente aceptable de conseguir que la Iglesia Católica se baje del mismo. Muchos de nosotros (los no católicos, quiero decir) hemos denunciado los privilegios de la Iglesia Católica en repetidas ocasiones como algo inconsistente con una separación auténtica entre Iglesia y Estado ¿Cómo podríamos, entonces, sumarnos a ellos sin traicionar esos  principios?

Así que mi duda persiste – ¿realmente estamos aspirando, todos como sociedad, a una igualdad religiosa? ¿o es que seguimos inmersos en las pugnas y rivalidades clásicas que caracterizan la divergencia católico-protestante en Latinoamérica? Dios nos exige una respuesta sincera. El Estado no tendría por qué no hacer lo mismo.

Ronald Cross


Cuando el Gato no caza ratones: Política y Desarrollo en Sudamérica

junio 25, 2009

“Neoliberalismo”, “Socialismo del Siglo XXI”, “dictadura ultraizquierdista populista”, Sudamérica está repleta de nombres, de “-ismos”; de todos y cada uno de los –ismos imaginables, salvo, como diría Oscar Arias, del único que importa: pragmatismo. 

Tenemos doscientos años de repúblicas empecinadas en perder oportunidades y en seguir libros santos al pie de la letra y directo al fracaso. Sean los Siete Ensayos o El Misterio del Capital, la verdad es que hace doscientos años que todo se mantiene; nada cambia, seguimos siendo pobres, luchando entre nosotros por ver si el “neoliberalismo salvaje” es o no mejor que “el sindicalismo-populismo”, cuando lo que importa, al final, ya no importa: el gato no caza ratones, ¡pero sí araña y vaya que come! 

Derecha e Izquierda; Liberal y Conservador. Estos debates interminables que acaparan los titulares todos los días al final terminan siendo intrascendentes, incluso profundamente contradictorios ¿o acaso podríamos comparar a nuestra derechista Lourdes Flores con el derechista Rush Limbaugh?, ¿o quizás a nuestro izquierdista Ollanta Humala con el izquierdista Barack Obama? Como dijera alguna vez Mark Twain, “los principios en realidad sólo tienen fuerza cuando uno tiene el estómago lleno” ¿Realmente qué importa si es que podemos ubicar una propuesta en uno u otro lado del espectro si es que, al fin y al cabo, funciona, si es que, al fin y al cabo, le alivia un poco la vida a los pobres del país? 

Dejémonos pues de falsos profetas y caballeros quiméricos. El mundo real no puede ser salvado con recetas paporreteadas de hace 100 ó 50 años. El Perú en este momento no necesita ni neoliberales ni socialistas del siglo XXI; necesita líderes, y de los buenos. Lastimosamente, empero, crear líderes, es algo que nuestros pueblos no han sabido hacer muy bien en los últimos siglos. Uno no puede sino asombrarse pensando en los increíbles “y sis” de nuestra Historia. “¿Y si en lugar de un Bolívar, hubiésemos tenido un Lincoln?”; “¿y si en lugar de un La Mar, hubiésemos tenido un Washington?”; “¿si en lugar de un Prado, un Churchill?”; “¿si en lugar de un Velasco, un Pedro el Grande?” No los tuvimos y pagamos el costo. 

Pero ahora, en este confundido nuevo milenio, en donde las crisis vienen del norte y el progreso es Made in Vietnam, hay nuevos vientos en el aire, nuevas oportunidades ajenas a las reglas de antaño. ¿Por qué es que entonces seguimos hablando como si en Varsovia aún hubiese un Lech Walesa y no un Lech Kaczynski, como si en Estados Unidos hubiese un Roosevelt y no un Obama? 

En este nuevo mundo, ya no hay derechas ni izquierdas, no hay “neoliberales” ni “socialistas”. Hay simplemente quienes proponen ideas serias y quienes no. Hay personas en quienes podemos confiar y personas en las que no. Hay, en términos simples, política populista y política responsable; política que sirve y política que no. 

Cerrar las fronteras al comercio, perderle el respeto a la propiedad privada y pretender que el Estado supla al privado en la actividad económica es política que no sirve. Creer a ciegas en el mercado sin regulación, le cueste a quien le cueste, pierda quien pierda, es también política que no sirve. Y no es que no sirva porque sea mala, en Suecia el Estado es un gran proveedor de servicios y de alta calidad y en Estados Unidos los mercados han llevado al país a ser la primera potencia mundial. Es política que no sirve porque aquí, en Perú, en Bolivia, en Ecuador, en Paraguay, lejos de las páginas de libros escritos en Washington y Moscú, esos enfoques no tienen ningún sentido. 

Como todo en el Perú, nuestro camino al desarrollo necesita un poco de Inga y de Mandinga, un poco de sazón peruana y bastante ajicito. No más de estas doctrinas de rajatabla empolvadas y mecánicas. Necesitamos desarrollo “Made in Peru”. Pero para eso, necesitamos también a las personas indicadas, personas que no sólo sepan, sino que entiendan; porque ¿de qué sirve una librería de dos pisos y un diploma Ivy League si al fin y al cabo el regulado es un campesino pobre de Tayacaja o un indígena ashwar de San Martín?

Necesitamos una buena mezcla en el gobierno, tanto de los que saben como de los que entienden y encargarnos de diseñar verdaderas políticas de Estado, diseñadas a prueba de soroche, pero dignas de Capitol Hill. Y para esto, se necesita a los mejores. No más políticas de austeridad, esa es política que no sirve (¿o realmente esperamos que un funcionario que gane S/.5,000.00 regule a un gerente que gane US$50,000.00?). No más debates muertos en el Congreso, esa es también política inservible (¿o realmente esperamos que el desarrollo surja por generación espontánea del cadáver de las buenas intenciones de uno y otro bando?). No más divisiones ni distanciamientos. Todos somos peruanos y todos buscamos lo mismo. No más autosabotaje. Esa es política que sí sirve.

Ya es tiempo de darnos cuenta de que hoy, este día, no puede ser más otra oportunidad desperdiciada. El país (derecha e izquierda reunidas) necesita darse cuenta de que la decisión que tomemos este día, aquí y ahora, puede de una vez por todas responder la eterna pregunta de Zavalita, cerrar el libro y sacarnos del hoyo, o puede simplemente ser una página más de nuestra enorme catedral, llena de gatos que no cazan y de leyes que no sirven.

Alonso Gurmendi Dunkelberg


Dime de donde vienes y te diré cuanto te cobro: Las categorías universitarias

junio 23, 2009

Hace mucho tiempo era un sueño para una persona de una clase no privilegiada poder acceder a la educación que solo los “ricos” podían acceder. Las universidades, comprometidas con la labor social de brindar educación a toda la población sin discriminación alguna, han cambiado el anticuado y defectuoso sistema de la “Categoría Única” por un sistema de categorización que hoy en día permite a todo limeño acceder a una educación universitaria y obtener un título profesional.

El Sistema de Categorías ha revolucionado el acceso a la educación universitaria, pero a pesar de todas sus ventajas, sigue teniendo varios defectos que deberían mejorarse:

En principio, este sistema es una adaptación del Sistema de Tributación Nacional que podemos definir como un “dime cuanto ganas y te diré cuanto te cobro”, lo cual es absolutamente lógico.

El Sistema de Categorías esta basado en un concepto similar, pero su punto de partida no es el sueldo del padre de familia, sino el colegio del cual proviene el estudiante, y ahí esta el principal problema. Es así, que según la lógica común, se sobreentiende que si un padre pudo pagar un colegio categoría B, este estará en la misma posibilidad de pagar una pensión universitaria categoría B. El Sistema funciona bien, pero ocurren varios supuestos que escapan del control de algunas universidades en este “Dime de donde vienes y te diré cuanto te cobro”.

Uno de los principales supuestos es el de los alumnos becados. Muchos alumnos que están en un colegio categoría B o C están becados, lo cual implica que no se aplica el supuesto de “tu padre puede pagar el colegio” sino que estudian en esa institución en base a merito o ayuda económica.

El mismo supuesto es aplicable en el caso de hermanos. Algunos colegios B o C otorgan a los padres una ayuda económica cuando tienen a dos o más hijos estudiando en la misma institución. Una vez que ambos llegan a la universidad esta ayuda desaparece.

Es también común el supuesto del padre que hace un esfuerzo excesivo por poner a sus hijos en un colegio de buena categoría a través de préstamos o adelantos. La capacidad de pago del padre no es equitativa a la categoría del colegio, pero esto tampoco es tomado en cuenta.

Pero también ocurre el supuesto inverso, muchos alumnos deben dejar el colegio categoría B o C por problemas académicos o de conducta y terminan en un colegio de menor categoría los últimos años. Esto no significa que el padre no pueda pagar una categoría alta pero igual se les aplica una categoría menor a la que en verdad tiene la posibilidad de pagar.

También ocurre lo mismo con el caso de las personas adineradas de provincia. Los mejores colegios de provincia no están en la misma categoría que los de Lima, aunque la educación que ambos ofrecen puede ser bastante similar. Pero igual, en base a ese supuesto, las personas que vienen de provincia, a pesar que puedan tener una capacidad económica superior, pagan el equivalente a una categoría baja. Esto tampoco esta contemplando el supuesto de “qué es lo que tu papá puede pagar”.

Así como estos casos hay muchos otros casos individuales o comunes que día a día se ven en las universidades y escapan del sistema. La buena noticia, es que muchas de estas universidades ofrecen alternativas para solucionar estos problemas, como la recategorización o la solicitud de becas crédito o facilidades económicas. Pero la posibilidad de que se aplique un sistema similar que acarrearía menos defectos sigue latente.

¿Sería posible que al momento de matricularse en una institución universitaria uno deba presentar una declaración jurada con los ingresos anuales del padre de familia o persona encargada del pago, o una copia de su declaración de impuesto a la renta? Es posible. También es posible que la pensión universitaria este basada en una deducción porcentual igual (X %) para todos. Es decir, que se le aplique al sueldo de cada padre un X % y el resultado del mismo sería la pensión. Algunos pagarían mucho más, otros, mucho menos, pero el sistema sería más equivalente y mucho más similar al Sistema de Tributación Nacional.

Pero creo que antes de crear nuevos sistemas y de cambiar las cosas, la principal solución es reforzar estos mecanismos como la recategorización, las facilidades o las becas, eliminando el exceso de barreras burocráticas y otorgando a más personas este derecho a estudiar pagando una pensión justa. Si actualmente existen universidades, especialmente las de mayor prestigio, que ofrecen estas facilidades, ¿por qué no todas las demás siguen este ejemplo?

Gustavo A. Taboada Dusek


Carta Abierta al Estudiantazgo Limeño

junio 22, 2009

Recuerdo que aproximadamente hace un año, los autores de este blog asistimos a una reunión con alumnos universitarios extranjeros de ciencia política y dentro de los diversos temas que conversamos estuvo el del involucramiento político de los jóvenes en la sociedad peruana. Nosotros estuvimos de acuerdo en afirmar que por lo general el sector estudiantil del sector A y B peruano, el sector “hijo de los líderes”, no es de hacer propuestas ni protestas ni demostraciones pacíficas. No hay una marcha de los cuatro suyos organizada por la Universidad de Lima o la UPC. Las pocas marchas estudiantiles que tenemos son monopolio de San Marcos (que tiene en muchos casos una agenda particular) y el resto, no son para nada estudiantiles, sino sindicales. La CGTP y la CTP se han convertido en pequeños proxys políticos para lograr ejercer presión en un país en donde la vida política es sinónimo de bajeza.

¿Realmente está representada la opinión de la juventud peruana en las marchas de estos rivales sindicales? ¿Realmente la mitad del Perú pide la vacancia de la Presidencia y la otra mitad aplaude su desempeño a toda costa? En un país que en promedio tiene 29 años, ¿dónde están los jóvenes? O, mejor dicho, ¿dónde estamos los jóvenes?, ¿qué queremos?, ¿qué pedimos?, ¿dónde está nuestra “Butter Rebellion”, nuestra “marcha del 68”, nuestras “protestas de Tiananmen”? No tenemos, pero deberíamos tenerlas.

Vivimos en un país que crece a un ritmo exuberante. El único país económicamente exitoso en Sudamérica en este momento. Podemos decir con confianza que si la economía sudamericana crecerá algo este año, será por méritos peruanos. Tenemos un tesoro entre manos y hay muchos piratas en el vecindario. Estamos al borde de perderlo todo, de arruinarlo una vez más y de permitir que nos lo arruinen desde adentro y desde afuera, pero seguimos pensando que nuestro papel como jóvenes recién empieza estando frente a una balota el 2011 votando una vez más por el mal menor. Bromeamos con ello, lo sabemos, en el fondo nos aterra, pero no nos movemos.

Tenemos un sistema universitario decadente. La Comisión Sota hace 8 años que concluyó que “la Universidad ha pasado a ser en lo fundamental, una institución productora de profesionales, o más exactamente de títulos devaluados”. No tenemos investigación, no tenemos excelencia académica ni un profesorado dedicado a tiempo completo. Tenemos un sistema que atenta contra nuestros intereses más directos y sin embargo todo continúa en paz; no hay reclamos, no hay marchas. La única manifestación política en los pabellones universitarios de alto vuelo es “¿y con este profesor lees mucho o es al toque nomás?” ¡¿Por qué?!

Estamos rodeados de problemas, de malas salidas, de malas leyes y peores propuestas. Tenemos un sistema de transporte público absolutamente decadente, una capital abarrotada de tráfico, un sistema de regionalización mal planteado, un sector salud empecinado en el reciclaje, un sistema carcelario que viola las nociones más fundamentales de derechos humanos, una policía extrañada de su rol y un Congreso que no representa ni al 1% de la juventud de nuestro país; y sin embargo, todo sigue igual. No hay protestas, no hay propuestas, no hay nada. No nos interesa. No es nuestro problema (¡pero sí lo es!).

¿Quién es nuestro Yon Goicochea? ¿Quién nos lidera? ¿Quién nos agrupa y nos dirige? ¿Acaso nadie? Y si es así, ¿cómo sabemos qué queremos? ¿O es que acaso es más sencillo sentarnos en nuestros sillones los domingos a las 8 y rogar por que el Cuarto Poder del Estado nos supla en nuestro rol de Zoon Politikón? “Deja que las cosas pasen” nos dice la tele y nosotros, fieles zombies, acatamos. Dan “Gossip Girl” al rato. No hay tiempo para reclamar.

Sucede, sin embargo, que cuando nos lo proponemos, logramos grandes cosas. El 15 de agosto de 2008 era increíble ver cómo surgían pequeños focos de ayuda para los damnificados; todos planificados, organizados y llevados a cabo gracias a pequeños grupos de estudiantes, jóvenes que simplemente tenían un carro y una maletera grande; líderes, del tipo que hoy tanto necesitamos.

¿Por qué entonces no podemos marchar, proponer, protestar, sin tener que ser víctimas del sindicalismo y el radicalismo? ¿Por qué no podemos ofrecer salidas, ejercer presión, liderar la opinión pública? Tenemos un tesoro entre las manos. Tenemos tanto qué decir. Tenemos tantos privilegios para hacerlo ¿Dónde estamos hoy que tanto nos necesita el (nuestro!) Perú?

Si piensan como yo, si no están de acuerdo con el trabajo de nuestros políticos, si piensan que nuestros futuros candidatos se equivocan y que el camino de los ladrillos de oro se está poniendo cada vez más parco, y que cada vez más nos tientan a un desvío, tal vez sea el momento de decir “aquí estamos, queremos esto, necesitamos aquello”. Somos un grupo relativamente homogéneo, podemos ponernos de acuerdo, podemos alzar nuestra voz. No tenemos que salir marchando con bombos y matracas a la Plaza de Armas cantando “si no hay solución…”, pero enviar una que otra cadena a nuestros amigos una vez al mes no puede ser la única acción política que tomemos en nuestra vida. Nuestro país nos necesita, probablemente mucho más de lo que muchos de nosotros necesitemos a nuestro país. “Si sale Humala, me voy del Perú”. Ese no puede seguir siendo más nuestro credo. ¿Dónde está nuestro coraje?, ¿nuestras ganas de ver al Perú en alto, campeón mundial, hub central, potencia regional? Las tenemos. Están ahí. No nos olvidemos que aún están ahí.

Pero si piensan que estas líneas son hipócritas, que yo no hago más que ustedes por mi país y que, como ustedes, me siento los domingos a las 8 a ver Cuarto Poder y mando de vez en cuando una que otra cadena esperando calmar con eso mi angustia y mi sentido de peruanidad, pues tal vez tengan razón. Pero si el primer paso para curar la adicción es reconocer que tengo un problema, pues admito que lo tengo. Soy un joven peruano y nunca en mi vida le he mandado una carta a un congresista. Nunca en mi vida he marchado por las calles. Nunca he participado en una junta vecinal. Nunca he visitado Puno. Nunca he volcado mis esfuerzos más allá de este blog. Siempre me he quedado en el casi lo hago.

Pero donde uno falla, dos pueden triunfar. Y donde dos fallan, tres pueden ganar. Así, poco a poco, hasta que erradiquemos nuestra adicción apolítica y nos demos cuenta de que hoy, más que nunca, el Perú, nuestro Perú, nos necesita. Si me ven tan hipócrita y adicto como el resto, consideren este el primero de mis doce pasos.

Alonso Gurmendi


Una Propuesta de Reforma para el Congreso Peruano

junio 2, 2009

El artículo 93 de la Constitución Peruana señala que los congresistas “representan a la Nación” y “no están sujetos a mandato imperativo”. En otras palabras, un Congresista nos representa a todos a la vez y no está obligado a votar de la forma en que le indiquen sus electores directos.

Una primera lectura del artículo nos podría llevar a pensar que no tiene nada de malo. A fin de cuentas, los congresistas nos representan y hacen leyes para todos, pensando en todos. Ellos son, después de todo, los “Padres de la Patria”. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que hay algo que no funciona bien con este sistema. Yo quiero plantear una alternativa distinta.

En época de elecciones, los peruanos estamos acostumbrados a votar por una lista regional y a marcar en un cuadradito los números de nuestros dos candidatos favoritos dentro de esa lista. Con eso, nos quedamos tranquilos con que hemos cumplido con nuestra “obligación” cívica, y finalmente, nos dedicamos los siguientes 5 años a lamentarnos de por qué nuestra elección resultó en última instancia tan mala (pero obvio, sin jamás echarnos la culpa a nosotros mismos!).

El problema es que en este sistema, como dije, los congresistas que resultan electos representan “a la Nación”. Cada uno de ellos nos representa a todos y, por extensión, a nadie. Tomemos, por ejemplo, mi caso. En las elecciones anteriores yo voté para el Congreso por un partido que no alcanzó un solo escaño. En el sistema actual ¿quién me representa? ¿Estoy realmente en condiciones de sentir que mis intereses son representados? La ley me dice que no. El Congreso y los congresistas, incluso en el supuesto de que mi candidato hubiese salido elegido, no me representan a mí; sino a todos los peruanos. ¿Será tal vez por eso que me siento tan poco representado en mi propio Congreso?

Hace poco, por ejemplo, vi un comercial en la televisión que pregonaba cómo el Congreso estaba “con el pueblo” porque había pasado un par de leyes “para paliar el efecto de la crisis”. Estas leyes eran la liberalización de la CTS y la exoneración del pago de AFP de las gratificaciones. Ambas son leyes a las que me opongo abiertamente y sin embargo son comercializadas como logros. De igual forma, estoy completamente a favor de la bicameralidad, la renovación por tercios del Congreso, el fin de las políticas de austeridad y la flexibilización del régimen laboral. Sin embargo, sinceramente dudo que este Congreso, logre los consensos suficientes o tenga la voluntad política para pasar estas leyes, que en el fondo son las que me harían sentir que mi opinión y mí forma de ver la realidad del Perú tienen un lugar y son importantes en el Congreso.

Mi intención es proponer un sistema que cambie eso y que nos haga directamente partícipes de nuestro propio sistema democrático. Después de todo, ¿cuántos de nosotros hemos agarrado el teléfono para llamar a un congresista a pedirle que ponga determinado tema en la agenda del pleno?, ¿o enviado un mail a alguna bancada exigiendo más acción en alguna promesa incumplida?, ¿o, en todo caso, tenido la oportunidad de reunirnos con aquella persona a quien nosotros pusimos en el poder y a quien mantenemos día a día con nuestros impuestos?

Congreso Peruano

Congreso Peruano

Yo creo, que para que nuestro Congreso sea realmente representativo y sea realmente responsable por sus actos, deberíamos cambiar el sistema mediante el que escogemos a nuestros representantes.

En mi opinión, en lugar de elegir de una lista fija a un grupo de 5 ó 6 personas que nos representen “a todos los limeños” o “a todos los cuzqueños” o incluso “a todos los peruanos”, deberíamos dividir el país en diversos distritos electorales (algo similar a las constituencies de los países anglosajones) y que cada distrito tenga una elección para escoger un único representante.

Por ejemplo, si tomamos la Región de Ica como ejemplo, podríamos fácilmente dividirla en sus 5 provincias (Chincha, Ica, Pisco, Palpa y Nazca) y que cada una tenga 1 Congresista que las represente.

Claro que no todas las fronteras políticas constituirían fronteras electorales y los distritos electorales no necesariamente tendrían que coincidir con las provincias. Lima (entendida como Lima Provincias, Lima Metropolitana y el Callao) tendría, obviamente, más distritos electorales que provincias y/o distritos, teniendo en cuenta su población. Loreto, en cambio, tendría menos distritos electorales que provincias.

Con un sistema inteligente, incluso, no habría que variar la actual distribución de cupos congresales. Ica podría seguir teniendo 4 (digamos que unimos Palpa con Nazca para efectos electorales) y que Lima pueda seguir teniendo 35 representantes, cada uno representando a alguna zona electoral determinada (por ejemplo, un representante para cada provincia y el resto repartidos entre los distritos de Lima y Callao). Bajo este sistema, por lo tanto, los habitantes de un distrito electoral imaginario en “Miraflores-Barranco-San Isidro” podrían tener un representante que vele por sus intereses al igual que podría existir un representante que vele por los intereses de Paucartambo, en Cuzco. Ambos representantes tendrían visiones muy distintas de los mismos temas y deberían representar a sus distritos electorales según su real saber y entender.

Aquí sin embargo empieza el tema más espinoso: ¿Cómo manejar el tema del mandato imperativo? ¿Deberíamos permitirlo? ¿O es mejor alguna variante? Yo creo que la idea no es que el Congresista no tenga voz propia y que no pueda tener una posición personal de los temas, pero debe haber un balance entre las promesas que hizo en la campaña y el respeto a la decisión de la mayoría que lo eligió por un lado y el feedback que pueda recibir de sus votantes del otro.

En mi opinión, por lo tanto, los congresistas de cada distrito electoral deberían mantener las líneas de comunicación con sus distritos respectivos totalmente abiertas, sea por correo, teléfono o incluso viajando a reunirse con ellos y poder consensuar una “política común” de su distrito. Elector y Elegido podrían conversar y llegar a un punto medio que sería el que el congresista defendería. Así, por ejemplo, supongamos que en un hipotético distrito “Surco-San Borja-Surquillo-La Molina-Ate” que me represente en el Congreso, gana una mayoría de izquierda que favorece leyes como las de la CTS y las Gratificaciones que mencioné antes. En ese caso, él debería hacer conocida su opinión durante la campaña y luego cumplir su promesa luego de ganar, pero yo debería estar en todo mi derecho de pedir una reunión con este congresista y ofrecerle mi punto de vista, sentarme con él un momento y tratar de llegar a un punto consensuado en donde de repente no toda la CTS sea liberada, por ejemplo.

Este feedback haría que nuestra democracia crezca, madure y se vuelva mucho más inclusiva y participativa; algo que, así como están las cosas, sólo puede ser bueno.

Alonso Gurmendi
Foto: Centro de Prensa del Congreso de la República