Sobre el Mavi Marmara

septiembre 14, 2011

Con todo el debate surgido a consecuencia del incidente del Mavi Marmara entre Israel y Turquía, y luego de ya 4 informes diferentes que llegan a conclusiones completamente diferentes sobre los temas legales implicados, creo que es bastante seguro afirmar que todos estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo sobre la legalidad del bloqueo Israelí sobre Gaza.

Pero yo creo que más bien la comunidad internacional en lugar de concentrarse en debatir sobre si el bloqueo es legal o no, debería concentrar sus esfuerzos en ofrecer soluciones equitativas para las partes implicadas.

Después de todo, quienes se oponen al bloqueo, creen que el mismo es simplemente excesivo, que prohíbe la entrada a Gaza de productos que nada tienen que ver con el tráfico de armas y que por ende termina castigando (sea voluntaria o involuntariamente)  a la población civil de la Franja, que no tiene por qué verse afectada por un conflicto entre Israel y Hamás. Y bueno, eso, en realidad, es cierto.

Y para quienes están a favor del bloqueo, se trata de una respuesta legítima y justificada a un evidente problema de seguridad en Israel, que enfrenta continuos ataques con misiles desde Gaza hacia sus poblaciones civiles y no puede simplemente ignorar la realidad. Y esto también es enteramente cierto.

Simplemente no creo que estas dos premisas signifiquen que deberíamos o permitir que Hamas obtenga armas libremente en Gaza o apoyar enteramente la política israelí respecto a Gaza tal cual está hoy.

En lugar de estar peleando por sobre si el bloqueo es legal o no (que parece ser todo lo que la comunidad internacional parece poder hacer), ¿por qué no esforzarnos en buscar soluciones creativas que satisfagan tanto las necesidades vitales de la población palestina como los requerimientos de seguridad de Israel? ¿O es que estamos tan acostumbrados a que persista el conflicto que ya ni nos preocupamos en resolver sus problemas?

Sé que es difícil, pero, por lo menos por mi parte, es lo que pretendo hacer…

Alonso Gurmendi

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Estados Unidos, el 11 de septiembre y las lecciones de los últimos 10 años

septiembre 11, 2011

* Publicado simultáneamente en Enfoque Derecho

Hoy, hace diez años, terroristas de al-Qaeda llevaron a cabo el atentado más devastador en la historia de Estados Unidos, secuestrando simultáneamente cuatro aviones y causando la muerte de casi tres mil personas en un terrible ataque suicida a las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, en Washington DC.

Desde esa fecha en adelante, el 11 de septiembre no sólo ha quedado marcado en la historia colectiva de la humanidad, sino que sus consecuencias e implicancias han dejado tal huella en los diez años posteriores que es difícil leer las páginas de la historia mundial reciente sin poder unirlas de una u otra forma a aquél fatídico día. La realidad de la primera década del mundo del nuevo milenio es, en buena medida, una realidad “post-11/9”.

En efecto, pocos en el mundo “pre 11/9” podrían haber predicho el camino que recorrería el mundo del Nuevo Milenio. Colapsada la Unión Soviética, el mundo había pasado a ordenarse de forma unipolar, en donde Estados Unidos se posicionaría como el Sheriff del mundo.  

Y es que ya para finales del Siglo XX, la posición de Estados Unidos en la política mundial era tan sólida y estable que era difícil pensar que existieran situaciones que pudieran escapar a su control.

Pero el 11/9 cambió esa percepción de invencibilidad. A poco más de una década de coronarse como hegemón del mundo, Estados Unidos se mostró más vulnerable que nunca, herido duramente por un grupo de dementes que lograron causar en una mañana más daño al territorio continental estadounidense que lo que Hitler, Mussolini e Hiroito pudieron lograr en 5 años de Guerra Mundial.

Enfrentado a este ataque, Estados Unidos demandó la colaboración de Afganistán para entregar a los responsables del mismo. Ante su negativa, Estados Unidos ejercitó su derecho a la legítima defensa, reconocido por el Consejo de Seguridad en la Resolución 1373 (2001), e invadió Afganistán.

Sin embargo, y a pesar de la legalidad de la operación estadounidense en Afganistán, por algún motivo, Estados Unidos decidió iniciar en paralelo lo que denominó una “Guerra contra el Terrorismo”. Esta “guerra”, sin embargo, no sería una mera guerra retórica como podía ser la “Guerra contra las Drogas, sino que sería asumida por Washington como un conflicto armado, en el sentido legal de la palabra.  

La reacción inmediata a esta afirmación fue, sin lugar a dudas, incertidumbre. Después de todo, en Derecho Internacional, las “guerras”, o –en términos técnicos- los conflictos armados internacionales (CAI), son enfrentamientos armados que se desenvuelven exclusivamente entre Estados y tienen una serie de reglas (codificadas en las Convenciones de Ginebra) que no eran de fácil adaptación a la Guerra contra el Terrorismo. Más bien, el Derecho Internacional señala que cuando un Estado se enfrenta a un ente no estatal se configura un conflicto armado no internacional (CANI) que se rige por las disposiciones del artículo común 3 de las Convenciones de Ginebra (ver aquí para más detalles sobre las diferencias entre un CAI y un CANI).

Pero, para Estados Unidos, no sólo el conflicto con al Qaeda era una guerra, sino que, debido a que al-Qaeda no era un Estado, se trataba de una guerra que no estaba regulada por las convenciones de Ginebra (algo que, por supuesto, levantó más de una ceja, incluidas las de la Corte Suprema de EE.UU.)

Con este razonamiento, Estados Unidos buscaba acomodar las normas del Derecho Internacional Humanitario a sus necesidades inmediatas: La naturaleza global del conflicto le daría libertad en relación a dónde podía actuar militarmente (básicamente, en cualquier parte del mundo), al mismo tiempo que la no aplicación de las Convenciones de Ginebra a al-Qaeda le permitía obviar una serie de requisitos procedimentales en su política de detenciones.

Pero la búsqueda de flexibilidad de Estados Unidos fue incluso más allá. Al poco tiempo, Washington introdujo la ya famosa y controversial categoría de “unlawful enemy combatants” (combatientes enemigos ilegales). Bajo ella, EE.UU. amplió el estándar para determinar quién era y quién no era un combatiente en la Guerra contra el Terrorismo (ver aquí y aquí, p. 228, para más detalles), dejando de lado los conceptos tradicionales de “participación directa en las hostilidades” y “función continua de combate”, pasando a definir como “combatiente enemigo ilegal” a todos aquellos que se hubiesen vinculado con al-Qaeda o los talibanes. El ser designados como combatientes enemigos ilegales convertía por lo tanto en objetivos militares válidos o en sujetos pasibles de detención militar a un sinnúmero de individuos que poco o nada tenían que ver con el esfuerzo terrorista de al-Qaeda (por ejemplo calificaría técnicamente como combatiente una madre afgana que envía remesas a su hijo talibán o un comerciante que le vende comida a integrantes de al-Qaeda) y que podían ser detenidos indefinidamente hasta la culminación de las hostilidades (es decir, hasta que todos los terroristas del mundo hayan sido derrotados); algo sin duda excesivo.  

Pero, en paralelo a los problemas de la “Guerra contra el Terrorismo”, y gracias a una asesoría legal que, por decir lo menos, se alejaba de los estándares internacionales, Estados Unidos procedió a implementar una política de tortura que marcaba un corte con lo que tradicionalmente había sido la posición declarada por Washington (ver aquí, párrafo 100). Y, luego, en 2003, y con una argumentación igualmente poco convincente, Estados Unidos invadió y ocupó militarmente a Irak alegando (falsamente) que pretendía usar armas de destrucción masiva contra Estados Unidos.

La pregunta es, entonces, si este resultado fue inevitable, si este era el único camino posible para luchar contra una amenaza como la que representa al-Qaeda. Y la respuesta, creo yo, es que no. Después de todo, si bien es cierto que las circunstancias generadas por el 11 de septiembre fueron extraordinarias y ameritaban una fuerte y decidida reacción de parte de Estados Unidos y el mundo entero, creo que no era necesario articular una teoría legal tan expansiva como la “Guerra contra el Terrorismo” para poder sancionar ejemplarmente a los responsables de ese y otros actos barbáricos.

Y es que si bien Estados Unidos estuvo legalmente autorizado para invadir Afganistán en aplicación de su derecho a la legítima defensa, las interpretaciones que esbozó luego no se conformaban a los hechos en el terreno. Lo que existía no era un conflicto global contra el terrorismo, sino un conflicto armado no internacional entre Estados Unidos y los terroristas de al-Qaeda radicados en Afganistán (y luego, Irak y Pakistán).

Esto significa, por lo tanto, que EE.UU. no puede tratar al mundo entero como un gran campo de batalla y que habrán determinadas situaciones en donde no podrá sustentarse en el Derecho Internacional Humanitario para llevar a cabo políticas anti-terroristas, sino que deberá usar las normas del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Y ello no porque se busque aplicar normas menos drásticas a los terroristas ni ser restrictivo con las necesidades de los Estados, sino porque en ausencia de un conflicto armado, es decir, en ausencia de una situación en donde uno es o aliado o enemigo, es necesario ofrecer protecciones adicionales a los derechos de civiles como nosotros, que no tenemos por qué caminar por la calle en riesgo de que alguien jale un gatillo antes de hacer las preguntas correctas (ver aquí pp. 196-198, aquí, y aquí para las posiciones existentes sobre este argumento), sobre todo teniendo en cuenta el amplio concepto de combatiente que EE.UU. pretende aplicar. 

Entonces, en aquellos lugares y en relación a aquellas personas no vinculadas al conflicto armado en Afganistán (o Irak, o Pakistán), los estándares deben cambiar y ya no deben basarse en términos de objetivo válido y no válido. Más bien, debe aplicarse las disposiciones del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Esto no quiere decir, por supuesto, que sea imposible actuar en contra de una persona que implique un serio riesgo a la seguridad de un país. Simplemente significa que para usar fuerza letal, deberá realizarse un test de proporcionalidad y necesidad más exigente (ver aquí pp. 53-56), a fin de (i) evitar la privación arbitraria de la vida y (ii) procurar que, si es posible detener al objetivo, se le aprese en lugar de simplemente dispararle.

Estas normas no sólo son más adecuadas al contexto en el que se aplican, sino que creo que hubiesen colaborado a que EE.UU. desarrolle la “Guerra contra el Terrorismo” sin asumir tantos costos de reputación como los que tuvo que asumir. Es más, soy de la opinión de que si Estados Unidos no hubiese pretendido aplicar normas bélicas fuera del conflicto en Afganistán, si no hubiese invadido Irak y si no hubiese tolerado actos de tortura, tal vez hoy no estaría enfrentando la complicada situación internacional que enfrenta.

Después de todo, en el ámbito económico, no es difícil concluir que el excesivo gasto militar de tener que solventar dos guerras simultáneas contribuyó al déficit fiscal que hoy tanto aterra al sector conservador estadounidense (irónicamente el sector que más apoyó la Guerra en Irak).

En el ámbito moral, el régimen de tortura durante la era Bush, seguidos del plan de “borrón y cuenta nueva” de la administración Obama, dañaron seriamente el standing de Estados Unidos como líder del mundo libre y defensor de la libertad.

Y, finalmente, en el ámbito estratégico, la Guerra de Irak causó un desequilibrio de poder en la región, pues en la práctica removió el principal freno al expansionismo iraní en el Medio Oriente, poniendo en peligro a sus aliados israelíes y saudíes. Así, sin la influencia suní de Saddam Hussein, Irán pudo crear, junto con Siria, un frente chií en la región, lo que le dio un bloque político propio (algo que antes no tenía). Es también posible que la presencia estadounidense a ambos lados de su frontera haya impulsado el deseo iraní de conseguir capacidad nuclear. Todas estas ventajas favorecieron en última instancia a grupos terroristas como Hamás -aliados de Teherán- para detrimento de los intereses estadounidenses en la solución del conflicto Árabe-Israelí. Todo esto sin mencionar que el hecho de tener que comprometer grandes cantidades de tropas en Afganistán e Irak limitaron la capacidad de respuesta de Estados Unidos frente a otras amenazas, lo que le quitó credibilidad a la antes popular idea de que si uno incumplía las reglas de la “Pax Americana”, Washington sería raudo en castigar la trasgresión a través de su absoluta superioridad militar.

Hoy el mundo que habitamos está cada vez más tendiente hacia el multipolarismo: En 2008, Rusia invadió Georgia sin mayores consecuencias y hace no mucho, América Latina, el “patio trasero” de Washington, decidió reconocer al Estado Palestino en claro desafío a los deseos de Estados Unidos.

Tal vez, sólo tal vez, un curso de acción diferente, sustentado en la correcta aplicación de las normas internacionales, hubiese podido guiar a Estados Unidos a un mejor presente, con iguales o equiparables resultados en el necesario y justo combate contra la plaga del terrorismo internacional. 

Alonso Gurmendi


Obama y las Fronteras de 1967 – ¿Cambio de Política?

mayo 25, 2011

En su discurso ofrecido el jueves pasado, el Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, señaló que “las fronteras de Israel y Palestina deben basarse en las líneas de 1967 con intercambios de territorio mutuamente acordados”.

Esta frase ha ocasionado gran controversia en la política estadounidense (que está desde ya calentando para las elecciones de 2012) y una fría reacción de parte del Gobierno de Binyamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel.

Así, por ejemplo, el candidato presidencial republicano Mitt Romney, ha argumentado que con sus declaraciones Obama ha “empujado a Israel contra un autobús” faltándole el respeto y desestimando su habilidad de negociar la paz. Por su parte, el también aspirante a la Casa Blanca, Mike Huckabee, habló de una traición a Israel.

La opinión del Gobierno de Netanyahu fue igualmente dura, alegando que en su próxima visita a Washington “espera oír una reafirmación del Presidente Obama de los compromisos hechos por EE.UU. a Israel en2004”.

¿Qué son las fronteras de 1967? ¿Qué sucedió en 2004? ¿Realmente Estados Unidos ha abandonado a su principal aliado en la región? Vamos por partes:

El término “fronteras de 1967”hace referencia a la llamada “Línea de Armisticio de 1949” o “Línea Verde”. Se refiere a la línea que fuera acordada por Israel como marca para el cese de hostilidades luego dela Guerra de Independencia de 1948, en donde derrotó a los ejércitos combinados de Egipto, Jordania, Líbano y Siria y que sirve asimismo para distinguir el territorio israelí de los territorios que luego ocuparía en 1967, durantela Guerra de los 6 días, en la que enfrentara ala República Árabe Unida (que comprendía tanto a Egipto como a Siria) y Jordania.

Se les llama entonces “líneas de 1967”o “líneas pre-1967” porque a partir de ese año, Israel empezó a ocupar militarmente los territorios de la Rivera Occidental, Gaza, los Altos de Golán y el Sinaí. En 1979, Israel firmaría la paz con Egipto y se retiraría del Sinaí y en 2005, haría lo propio de Gaza, pero mantendría su presencia en la Rivera Occidental y en los Altos de Golán, alegando que se trata de lugares militarmente estratégicos. El argumento israelí es que si no controla porciones adicionales de territorio al oeste de Cisjordania, la cuenca del Río Jordán y los Altos de Golán, la costa central y norte del país quedaría expuesta a ataques terroristas con misiles y a incursiones militares sirias desde puntos que considera ventajosos.

Como parte de esta estrategia de seguridad, Israel comenzó a construir lo que denomina asentamientos en los territorios ocupados (es decir, al otro lado de la Línea Verde), a donde trasladó o permitió que se trasladaran grandes cantidades de ciudadanos israelíes, en zonas seguras protegidas por el Estado de Israel, algunas veces incluso amuralladas, y separadas de la población palestina de Cisjordania. Estos asentamientos violarían la IV Convención de Ginebra (y el derecho internacional consuetudinario) que prohíbe el traslado de población de un Estado ocupante a territorios ocupados por éste.

Es en base a estos asentamientos que surge todo el problema por las líneas de 1967. En efecto, Israel no pretende hacerse con el control de toda Palestina, ni mucho menos volver a ocupar el Sinaí. Su objetivo no es pues volver unas “líneas post-1967”. Lo que Israel busca es tener lo que denomina “fronteras defendibles”, o en otras palabras, ampliar la distancia que existiría entre la frontera por donde podría ser atacado y el corazón industrial y comercial de su país (que bajo las líneas de 1967 sería de menos de20 Km.). Para ello, estaría buscando poder incluir todos o un buen número de asentamientos en lo que sería su territorio internacional definitivo, luego de un hipotético acuerdo de paz y el establecimiento de un nuevo Estado Palestino.

Este esquema de seguridad “1967 más asentamientos” fue lo que Estados Unidos avaló en 2004, mediante una carta enviada por George W. Bush a su par israelí Ariel Sharon. En esta Carta, el Presidente Bush señaló lo siguiente:

“Como parte de un acuerdo de paz definitivo, Israel debe tener fronteras seguras y reconocidas, que deberán surgir de negociaciones entre las partes, de acuerdo con las Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU 242 y 338. En vista de las nuevas realidades en el terreno, que incluyen importantes centros poblados israelíes ya existentes, no es realista esperar que el resultado de las negociaciones por un status final  sea un completo y total retorno a las líneas del armisticio de 1949, y todos los esfuerzos previos para negociar una solución de dos Estados han alcanzado la misma conclusión. Es realista esperar que cualquier acuerdo por un status final sólo será alcanzado en la base de intercambios mutuamente acordados que reflejen estas realidades”.

Entonces, ya con toda esta información disponible, ¿es realmente tan terrible lo dicho por Obama?

Como mencionamos antes, Obama dijo que las fronteras de Israel y Palestina deben basarse en las líneas de 1967 con intercambios de territorio mutuamente acordados”. Si comparamos esa frase con lo dicho por Bush en 2004, las frases no son del todo distintas. Bush señaló que las negociaciones no pueden llevar a un retorno “completo y total” a las líneas de 1967, lo que no quiere decir que éstas no deban ser usadas para nada o que Estados Unidos no avale un “retorno parcial” a estas líneas. Dela Carta de 2004 se desprende pues que en aquellos puntos en donde las líneas de 1967 no reflejen la realidad, es realista esperar (pero no obligatorio) que ambas partes negocien y acuerden una nueva línea, mediante la cesión de un territorio por otro equivalente.

Ello es, en esencia, lo mismo que lo dicho por Obama y, es más, ha sido una política constante de la diplomacia estadounidense desde los tiempos de Bill Clinton, e incluyendo el Gobierno de George Bush.

En efecto, en un discurso de 25 de junio de 2002, Bush señaló que “en última instancia, los israelíes y los palestinos deben tratar los asuntos centrales que los dividen si va a haber una paz verdadera, resolviendo todos los reclamos y terminando el conflicto entre ellos. Esto significa que la ocupación israelí que empezó en 1967 terminará a través de un acuerdo negociado entre las partes, basado en las Resoluciones de la ONU 242 y 338, con la retirada de Israel hacia fronteras seguras y reconocidas”.

Este discurso, al hablar dela Resolución242 que solicita a Israel retirarse de los territorios ocupados enla Guerrade los 6 Días -es decir, retirarse de las zonas al otro lado dela LíneaVerde-dijo exactamente lo mismo que ha dicho Obama, si bien de forma más discreta.

Es difícil imaginar, además, una salida diferente al problema. La característica central de Israel siempre ha sido, desde los tiempos del Plan de Partición original de la ONU, el tener una franja costera angosta, pues es allí donde se concentraba originalmente su población. Ahora bien, a fin de poder finalizar el conflicto y satisfacer las expectativas de seguridad que ha planteado Israel (sobre todo frente a los ataques terroristas transfronterizos), probablemente será necesario añadir a esta franja costera aquellas porciones de territorio palestino que cuentan ya con grandes poblaciones israelíes, a cambio de concesiones en Israel que permitan crear un Estado Palestino contiguo. Pero el punto de partida para medir dónde empieza Israel y dónde empieza el territorio ocupado sobre el que se encuentra el asentamiento a ser incorporado por Israel sólo puede serla Línea Verde, ello es –después de todo- lo más lógico y sencillo. La otra alternativa sería o empezar desde cero, sin ninguna frontera previa, que no sería conveniente para Israel que precisamente busca seguridad para el territorio que ha consolidado hasta ahora; o empezar en las líneas post-1967, lo que sería imposible pues éstas incluían el Sinaí, hoy bajo control Egipcio vía tratado de paz; o el Plan de Partición dela ONU, que en nada favorecería a Israel dadas las condiciones actuales.

Por ende, los dichos de Obama no son ni una traición a Israel ni un cambio de política para Estados Unidos. Es tal vez una forma menos elaborada de decir lo que otros Presidentes ya han dicho. Un verdadero cambio de política habría sido declarar que las fronteras debían ser necesariamente las de 1967, sin posibilidad de intercambios de territorio, algo que indirectamente y hace no mucho, han hecho Estados como Ecuador y Brasil al reconocer formalmente al Estado Palestino.

Alonso Gurmendi


Copenhagen y el Multipolarismo: Algunos Comentarios

diciembre 29, 2009

Mi co-autor, Ronald Cross, plantea la hipótesis de que el COP-15 en Copenhagen fracasó porque el mundo se ha vuelto ya multipolar. Evidentemente estoy de acuerdo con que en el mundo de hoy ya no hay un solo foco de poder. Pero me dejó pensando la pregunta de si fue este aparente exceso de opiniones el que causó la debacle ambiental que presenciamos en Dinamarca. En otras palabras, ¿habría existido un Protocolo de Copenhagen este año si es que Brasil, India, China, Sudáfrica y Rusia no hubiesen estado allí con el poder suficiente para frenar las negociaciones con sus puntos de vista aparentemente insalvables?

Afirmar lo anterior implicaría que podamos ser capaces de demostrar que el Protocolo de Kyoto fue posible porque el unilateralismo así lo permitió. Sin embargo, si retrocedemos hasta las arduas negociaciones de Kyoto en 2004, no fue Estados Unidos, la potencia mundial, la que lideró el empuje pro Kyoto; todo lo contrario, fueron Japón y la Unión Europea quienes, luego de un largo tira y afloja con Rusia, lograron convencerla de firmar el pacto (sí, la “heroína” detrás de Kyoto fue la Madre Rusia). Pero incluso los propios rusos no eran nada entusiastas con respecto al protocolo: Andrei Illarinov, asesor del entonces Presidente Putin en el tema, describió a Kyoto nada más y nada menos que como un “Auschwitz Económico”. Sólo con la promesa europea de no vetar el ingreso de Rusia a la OMC y la opción de Rusia de poder utilizar sus ratings de 1990 para medir sus metas en reducciones de carbono fue que se logró aprobar Kyoto; un tratado negociado durante el auge de la hegemonía estadounidense, pero que no exigía nada a países emergentes como China e India, cuyas economías contribuyen enormemente al calentamiento global; que no contaba con la participación del principal contaminante del planeta -Estados Unidos- cuya economía era responsable por más del 36% de los gases de invernadero en el mundo, y que permitía, en esencia, que Rusia se aprovechara de tecnicismos para que sus metas de reducción de emisiones sean bastante generosas.

No. El unilateralismo no nos salvó del monóxido de carbono y el multipolarismo tampoco va a condenarnos. Otra es la explicación –al menos en mi opinión- para la catástrofe de Copenhagen.

Sucede pues que los Estados, como todo esfuerzo humano colectivo, son creados para un fin. El fin, por supuesto, es proteger a sus ciudadanos de las amenazas que enfrentan tanto en el ámbito interno como el internacional. Y así, en el ámbito internacional, la mejor forma de lograr este objetivo es evitar que las demás naciones tengan los medios necesarios para inducir al gobierno a perseguir conductas o favorecer escenarios contrarios a lo que en política internacional llamamos interés nacional. De esta forma, todos los Estados buscan siempre ser más ricos y más poderosos que sus vecinos y desean contar con los medios necesarios para proteger este poder y esta riqueza. En esencia, los Estados son competitivos y egoístas, favoreciendo casi siempre la alternativa que reporte mayores beneficios a cada uno.

Con algo de suerte los Estados reaccionarán a tiempo para evitar una crisis climática importante

Es precisamente este sistema internacional de egoísmo y competencia el que nos ha permitido alcanzar –de una u otra manera- todos los avances que han existido en el escenario internacional desde la antigüedad hasta nuestros días. Negarlo es querer tapar el sol con un dedo e ignorarlo no puede sino llevarnos errores de tamaña importancia.

En el tema del cambio climático, sin embargo, este sistema que por tanto tiempo nos ha ayudado, se vuelva patas arriba. Los Estados saben (o tienen los medios para saber) que el cambio climático es una amenaza seria a su supervivencia; a su poder y riqueza mismas; es decir, es una amenaza a su interés más básico. Sin embargo, mientras los beneficios de actuar hoy no se sentirán sino hasta tres o cuatro décadas (y serán en su mayoría beneficiosos en cuanto a que se tratará de cosas que “no pasarán” y que por lo tanto los votantes no se percatarán de ellas), los costos se sentirán hoy mismo y repercutirán al corto plazo precisamente en esta carrera internacional por ver quién alcanza mayor poder y mayor riqueza en la escena internacional.

En efecto, quien firme un protocolo en diciembre 2010 estará más seguro de aquí a cuarenta años, pero probablemente estará frenando (o sentirá que está frenando) su crecimiento económico de aquí a cinco o seis. De otro lado, quien no lo firme, tal vez corra el riesgo de ver sus ciudades inundadas de aquí a cuatro décadas, pero verá un comentario económico más favorable en el próximo reporte Standard & Poor’s. Es más, incluso quien firme un protocolo el 2010, verá empeñado su éxito futuro a la condición de que todos los demás Estados implicados firmen el pacto también, y ante la incertidumbre frente a las intenciones de sus vecinos, es probable que un grupo de los Estados que sí deseen un nuevo Kyoto, desistan de ratificarlo por miedo a ser los únicos que trabajan mientras los demás se aprovechan de su buena voluntad.

Así pues, nuestros Estados simplemente no están diseñados para enfrentar este tipo de problemas. Nuestros Estados –al menos la mayoría- funcionan en base a elecciones que ocurren cada cuatro o cinco años. Muchas veces los Estados requieren de beneficios al corto plazo y tienen tasas de descuento relativamente altas, en el sentido de que prefieren pocas ganancias hoy, a muchas ganancias mañana. Pedirle a nuestros Estados que abandonen este esquema es demasiado complicado, incluso para Al Gore.

Es verdad que el multipolarismo crea problemas (por ejemplo, el desagradable rol que cumplieron Venezuela y Sudán en el debate se debió en gran medida al apoyo Chino que pudo desestabilizar cualquier intento estadounidense por ponerlos en orden), pero como señala Moisés Naim, el multilateralismo tiene soluciones prácticas que incluso han sido ya empleadas en casos como el involucramiento del G20 en la crisis económica.

La respuesta, en mi opinión, no está en los múltiples polos de poder, sino que está, para nuestra mala suerte, incluso un paso más atrás, en el sistema mismo. Tristemente, el reto más grande de nuestros días, es al mismo tiempo un reto para el que no hemos evolucionado todavía. Es un fenómeno que con cada año que pasa está más cerca de la adaptación forzosa que de la prevención armónica. Tal vez, con un poco de suerte, podremos reaccionar al problema antes de que sea demasiado tarde. Pero, si alguna dura lección me deja Copenhagen, es que, en el ámbito internacional, algunas cosas pueden cambiar, pero otras no…


El futuro incierto de la Unión Europea

mayo 15, 2009

 ¿A quién llamo, cuando quiero hablar con los europeos?

La famosa pregunta que se planteó Henry Kissinger hace más de treinta años, sigue estando vigente hoy: más de cuarenta años después de la fundación de la Unión Europea, al continente más desarrollado del mundo le sigue costando horrores ser un bloque en lugar de simplemente actuar como uno. Y los latinoamericanos estamos particularmente interesados en ver cómo se desarrolla el proyecto paneuropeo, pues como detestamos ser innovadores, probablemente vamos a esperar a que ellos resuelvan sus problemas antes de dedicarnos a resolver los nuestros.

 Nadie disputa los éxitos del sistema de integración de la Unión Europea, sobre todo en términos de comercio exterior. Sin embargo, la realidad es que siguen existiendo hilos sueltos y muchos temas pendientes con miras a que Europa consolide ese sueño federal que todos sabemos alberga, por más que se niegue a confesarlo.

¿Quién manda en Europa? Si le han preguntado a mi estimado amigo y coautor Alonso Gurmendi, seguro les ha dicho que es Alemania. Pero no es verdad, al menos no en el sentido en que se piensa. 

Es verdad que Alemania siempre ha sido el motor de la integración europea. Es la economía más fuerte del bloque, y por su posición geopolítica es el llamado a expandir su influencia en Europa del Este y liderar el deterrence europeo contra el adversario de toda la vida: Rusia. Pero Alemania se ha visto muy desgastada por su fracaso en lidiar con el euroescepticismo del Reino Unido y por el usualmente impredecible comportamiento de sus aliados naturales, Francia e Italia. Tampoco ha tenido éxito en encontrar aliados en otros países grandes, como España, que ha preferido lidiar con sus propios problemas antes que con los de Europa.  Menos aún con sus demás pares occidentales, como Holanda o Bélgica, que insisten en demostrar su tradicional desconfianza por todo lo que viene del otro lado del Rin.

A causa de ello, Angela Merkel ha fracasado en lograr los dos grandes objetivos de su política exterior, fijados por su administración cuando asumió el gobierno en el 2005: impulsar a la OTAN  a la europeización y reducir la influencia norteamericana en las relaciones entre Europa y Moscú. Para colmo, el fracaso de la constitución europea y los continuos entrampamientos que engloba la ratificación del tratado de Lisboa, con el Partido Conservador en el Reino Unido insistiendo en la necesidad de un referéndum para ratificarlo, parecen señalar que los intentos alemanes por federalizar la unión han generado más fricción que consenso. Así que son malos días para ser un eurófilo alemán.

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Obama parece correr detrás de Brown, Merkel y Sarkozy – un muy alegórico ejemplo de los esfuezos emprendidos por la diplomacia americana para recuperar la confianza de sus aliados en Europa – y de paso, alejarlos de Rusia.
 

La crisis económica, por otro lado, ha develado los trapitos sucios del sistema comunitario. Islandia ha sido prácticamente abandonada tras sucumbir al colapso financiero, aún a pesar de haber seguido todas las reglas, incluyendo mantener un déficit fiscal inferior al 3%. Polonia, junto a ocho otros miembros de la UE, sostuvieron una mini cumbre por separado de la UE el pasado febrero, argumentando que no se estaba tomando en cuenta su posición en la estrategia económica de la UE hacia el futuro. Incluso empiezan a escucharse voces disidentes, como la de la República Checa, que hoy parece más preocupada por que el fenómeno de integración se haga más lento en lugar de más dinámico.

Por otro lado, viejos problemas que parecían haberse superado hoy están resurgiendo. La inmigración musulmana a Europa Occidental, para empezar, se ha vuelto un tema delicado cuando se considera la idea de admitir a Turquía en la Unión. Francia ha manifestado abiertamente sus objeciones, preocupada por el problema que hoy enfrenta para integrar a las minorías de inmigrantes musulmanas a la sociedad francesa, que solo se agravaría si Turquía fuese admitida. El gobierno de Merkel, por otro lado, se mantiene ambivalente, sopesando las contradicciones de una decisión que iría en línea con su ideal expansionista de la UE, pero que representaría un considerable riesgo de conmoción social interna en un país que hoy por hoy ya tiene graves problemas para controlar la inmigración turca. Tal es el dilemma  de los alemanes, que incluso han ensayado la idea de una “relación especial, pero sin admisión” con Turquía. Ah, y el Reino Unido, por supuesto, no duda en apoyar la candidatura. Faltaba más – lo que sea con tal de debilitar la influencia del eje franco-alemán. El juego no ha cambiado: el mismo ajedrez que jugaron Churchill y De Gaulle hace sesenta años, y Bismarck y la Reina Victoria hace cien, se juega hoy, con sistema de integración o sin él.

Pero lo más preocupante, es la apatía de los propios ciudadanos comunitarios. Un rápido vistazo al clima electoral en Europa demuestra que los ciudadanos siguen más interesados en la política local que en los asuntos comunitarios: son los asuntos nacionales, y nos los que tienen que ver con las normas comunitarias, los que dominan la campaña durante las elecciones al Parlamento Europeo. Y el porcentaje de personas que acuden a votar, en lugar de crecer, disminuye: del impresionante 65% en la primera elección en 1979, cayó a menos del 30% en las elecciones del 2004. Y las proyecciones dicen que este año descenderá aún más.  Como explica Timothy Garton Ash en su editorial del Guardian, “los europeos votan mediante su decisión de no votar”.

¿Hacia adonde va Europa entonces? Es una pregunta interesante. Mucho dependerá del resultado de las elecciones alemanas de setiembre, y de las elecciones parlamentarias que ya se vienen en el Reino Unido – esas de las que Gordon Brown desea tan desesperada como fútilmente escapar, pero que, después de la crisis política de gastos reportados por los MPs al Parlamento, es inevitable tendrán lugar antes de fin de año.

¿Por qué? Pues, porque ante la ambivalencia franco-italiana y el hermetismo del gobierno de Rodriguez Zapatero en España, los dos grandes rivales europeos de los últimos dos siglos son los únicos con posiciones claras sobre el futuro europeo. Por lo que, curiosamente, el futuro de la UE dependerá en gran medida de la capacidad de británicos y alemanes de llegar a un acuerdo – o de convencer a los demás que no le hagan caso al otro.

Eso si, no importa cuál sea el futuro de Europa, si de algo estamos seguros, es que muchos estarán expectantes: Medvedev y Putin urdirán oscuros planes, mientras miran con ambición como se desenvuelven los hechos. Obama se mantendrá atento, con una extraña mezcla de esperanza, cautela y temor… y nosotros, los latinoamericanos, como no nos queda de otra, trataremos de ser optimistas. Porque, al fin y al cabo, si los miembros de la UE, que durante décadas han dictado el modelo de integración que tanto y tan ciegamente nos hemos empeñado en seguir, no son capaces de resolver sus problemas, nosotros podemos ir olvidándonos de la integración.


El Ártico Hoy

mayo 11, 2009

El mundo del siglo XXI ofrece un sinnúmero de nuevos escenarios y posibilidades; tanto de conflicto como de cooperación; y uno de estos nuevos escenarios se está desenvolviendo día a día en las cada vez más cálidas aguas del Océano Ártico.

Producto del calentamiento global y el efecto invernadero, los casquetes polares han venido reduciendo su tamaño año tras año y han ido abierto nuevas posibilidades para un selecto grupo de países con costas estratégicamente colocadas en el Círculo Polar.

En efecto, según los últimos estudios, debajo de los cada vez más disminuidos bloques de hielo se encuentra casi un cuarto de las reservas de hidrocarburos del planeta y las posibilidades de extraer minerales de los suelos árticos son cada vez más plausibles. Sin duda el ártico aparece como un escenario más que atractivo para el mundo.

De acuerdo con la Convención del Mar, los Estados tienen derecho a una Zona Económica Exclusiva de 200 millas y, en caso sus plataformas continentales se extiendan más allá, pueden presentar a la Comisión de Límites de Plataforma Continental propuestas para extender su dominio hasta las 350 millas. Esta opción ha generado que Dinamarca, Noruega, Canadá y Rusia presenten o hayan anunciado que presentarán documentos técnicos ante la Comisión a fin de obtener el control de amplias zonas del suelo marino ártico. Estados Unidos, al no ser miembro de la Convemar, no puede presentar propuestas semejantes, pero tiene también grandes intereses en el ártico.

Pero eso no es todo. Además de la posibilidad de reclamos superpuestos en las presentaciones ante la Comisión de Límites, que podrían dar lugar a disputas legales entre grandes potencias, existen otras disputas más claras y más complejas como la delimitación marítima en el Mar de Beaufort (Canada c. EE.UU.), el status jurídico del Paso del Noroeste (Canadá c. EE.UU. y la UE) y la soberanía sobre la Isla de Hans (Canadá c. Dinamarca).

Esta nueva realidad ha producido un verdadero laboratorio de Relaciones Internacionales en el Polo Norte, en donde diversos autores buscan brindar diversas predicciones para lo que en principio se presenta como una rara oportunidad para ver a grandes potencias y grandes democracias enfrascadas en disputas políticas y jurídicas en donde los beneficios son altos y los costos peligrosos.

Algunos, como Eric Posner, proponen que ante la existencia de lo que llama normas internacionales ambiguas, todo dependerá exclusivamente del poder que cada parte pueda desplegar y plantean un atractivo escenario para las ambiciones rusas en la zona, ante la poca viabilidad de una alianza Estados Unidos-Canadá (atorados en las disputas del Mar de Beaufort y el Paso del Noroeste) para contrarrestar a Moscú.

Otros, como Scott Borgerson, proponen una salida más “democrática”: la creación de un Parque Ártico en la zona de mayor disputa (el mismo Polo) a fin de evitar controversias de difícil (aunque no imposible) solución que garantice la adecuada protección de la vida y los recursos naturales en el delicado ambiente polar.

Lo más probable es que el Ártico nos ofrezca un variado repertorio de opciones y que no sea ni ajeno a las fricciones ni un barril de pólvora a punto de estallar. Así, por ejemplo, mientras que los gobiernos interesados firmaron en 2008 la Declaración de Ilulissat comprometiéndose al Derecho Internacional en caso de surgir cualquier disputa, al mismo tiempo han cometido amplios recursos al patrullaje y a incrementar su presencia militar en la zona (sobretodo Rusia y Canadá).

Sin duda será una excelente oportunidad para ver la diplomacia, la política y el Derecho Internacional en acción y a grandes escalas. El Ártico sin duda promete ser todo un espectáculo y vale la pena estar pendiente de él.

Alonso Gurmendi


La fórmula del futuro, 1+1=¿?

marzo 31, 2009

Es menester de adivinos y brujos predecirlo, trabajo de historiadores y arqueólogos desenterrarlo, las guerras y eventos mundiales lo forman, el político lo idea, el diplomático lo escribe, el soldado lo concreta, y solo el hombre es capaz de sobrevivirle: es el orden mundial. La humanidad ha sido testiga de guerras, epidemias, masacres, golpes de estado, revoluciones, cambios de era y eras de cambio; se dice que el cambio hacia un nuevo orden mundial ya fue dado, no obstante, surge la incógnita, ¿estamos frente a un nuevo orden mundial?.

Hoy en día las crisis mundiales afectan a todos los Estados sin distinción, el desarrollo tecnológico hacen posible que un episodio en África repercuta de manera negativa en todo el continente Americano. En el presente ya no hay Estados individuales sino, tan solo Estados parte de una gran aldea global, los que en conjunto delinean y tallan el orden mundial.

Ya desde la década del 40 y su segunda guerra mundial, se nos planteo la idea que estábamos frente a un nuevo orden mundial. La bipolaridad reinaba, haciendo que el poder se concentrase en tan sólo dos grandes superpotencias con el control total de la hegemonía mundial, logrando el ansiado balance de poder, tanto tiempo ausente. No obstante, me atrevería decir que el nuevo orden mundial en el que nos vemos inmerso es el de una era donde la comunidad internacional empieza a absorber a la totalidad de los Estados y estos optan por ser interdependientes. Bajo el lema la unión hace la fuerza, se logra que Estados con poca influencia en la escena mundial se posicionen como actores influyentes en la comunidad internacional, todo bajo el concepto de la interrelación con otros Estados.

La guerra fría dejo un sabor amargo en la boca de todos, el mundo seguía siendo el mismo, el amago de paz de la segunda guerra mundial, solo fue eso: una mera ilusión. Con la Alemania nazi derrotada y a todas luces un nuevo comienzo, solo se dio inicio al comienzo del fin, la guerra fría. Con la caída del muro de Berlín y la ruptura del balance del poder, se presenta el cambio hacia un nuevo orden mundial, países que se mantenían al margen del balance en aislamiento entrarían a la escena mundial alternando el orden existente, entre ellos Latino América como un todo y China. Por un lado tenemos a un grupo de países que se han convertido en claves para el orden mundial, y que por mucho se mantuvieron aislados en un continente al margen de la política internacional. Y por el otro, surge una potencia económica que por 2,000 años mantuvo la supremacía de todo un continente y que su inserción en la escena mundial ha causado gran revuelo.¿ Cuál es la fórmula que nos depara el futuro?.

 A lo largo de la historia los estados han tenido dos opciones, el balance de poder o la universalidad. Durante la época medieval la universalidad estaba de moda, no interesaba el número de gobiernos existentes, solo la búsqueda de un imperio que gobernase a todos, generando inestabilidad, ya que, el predominio de un gobierno genera gobiernos bajo opresión y solo un soberano vencedor. Si bien se ha demostrado que el balance de poder, resulta la opción preferida para la sociedad, guerras y rebeliones han demostrado lo contrario. Son pocos los ejemplos de un balance de poder exitoso, entre ellos la Italia Renacentista y Europa luego de Westfalia.balanceofpower1 El balance de poder se torna difícil de mantener cuando se mantienen presente los afanes expansionistas de lo Estados, siendo la consecuencia inevitable su ruptura. Incluso en la actualidad, en una época donde los actores internacionales no estatales toman un rol protagónico y la opinión pública internacional regula el orden intencional, aún quedan rezagos de Estados “imperialistas”. Entonces, ¿hacia dónde nos dirigimos? A una nueva era de imperialismo o hacia un equilibrio, una paz mundial perpetúa.

La nueva escena mundial, cambiante, con nuevos actores y nuevos focos de poder demuestra que el orden mundial cambia mas rápido de lo que imaginamos. Nos encontramos frente a una Republica Popular China que le dice no a la guerra, pero si a la conquista económica, una Rusia que se levanta de un sueño profundo dejando en claro que su poderío militar no ha menguado y que ha regresado para quedarase, Estados Unidos, considerado como “la potencia mundial”, que pierde poco a poco su hegemonía, entablando guerras con resultados nefastos e intentando mantenerse aún como el paladín de la democracia, una Unión Europea que se presenta como una unión de Estados estables y maduros, pero dependientes del resto del mundo, una America Latina y su cambio hacia el socialismo dejando pocos enclaves democráticos, un África inmerso en sus problemas sociales, guerras tribales e inestabilidad política y un medio oriente cada vez mas volátil e impredecible. ¿El orden mundial ya fue establecido?, o ¿este se reestructura y se reinventa día a día?

Queda claro, que el orden mundial se ha vuelto un juego violento y de cambios repentinos, ya no existe superpotencia o imperio predominante. Nos encontramos en unaépoca donde se busca un equilibrio internacional, que se corrompe por el afán extensionistas de las potencias mundiales. Las guerras entre superpotencias llevaría a un punto de no retorno, por eso llegan las guerra económicas, las alianzas estratégicas y la conquista de recursos claves para el desarrollo antes que la guerra militar. Ya no hay un poder centralizado, sino diversos focos de poder que se extienden a  través de la sociedad internacional, donde los intereses de los Estados se entrelazan con los de los actores internacionales no estatales, en una pugna constate por tener el control sobre la sociedad internacional.

Entonces ¿hacia donde se dirige la sociedad internacional? ¿Cómo se configurará el orden mundial que nos depara el futuro?, las respuestas aún son inciertas. ¿Serán las alianzas económicas las que traerán el añorado balance de poder por el afán del expansionismo económico, o quedaran rezagos de Estados con afán imperialista y o con ideas fundamentalistas que amenazan a la sociedad mundial? Lo único queda claro es que en la fórmula del futuro, se requiere de un esfuerzo global para solucionar los problemas que afecten a todos los continentes, siendo los actores internacionales los encargados mantener el equilibrio en un nuevo orden mundial, teniendo en claro que el político lo ideará, el diplomático lo escribirá y el soldado luchará para formarlo.


Balance de Poder: Equilibrio de poder entre diverso estados, donde cada uno cuenta con poder suficiente para disuadir al otro, previniendo la preponderancia de cualquier de ellos y evitando la inferencia en los intereses del otro.


 Sebastian M. Elias Sardiña