La suerte está echada

junio 15, 2011

humala

El pueblo ha hablado, nos guste o no.

Bueno, al fin se acabo. Después de casi dos años de continua campaña política, de muchas acusaciones, pocas propuestas y aún menos debate, el Perú ha elegido a Ollanta Humala como Presidente de la República.

La suerte está echada, y está bien. Este proceso, y no solo me refiero al resultado, nos ha pintado muy bien como país. Ha sido un justo reflejo de la sociedad que como nación hemos construido: una sociedad partida, fragmentada. Un país compuesto por dos grandes grupos: los que prosperan y los que se empobrecen. Esa es la lección última que nos ha dejado, no solo el quinquenio de García, sino toda la trayectoria moderna del Perú democrático, desde la renuncia de Fujimori por fax en noviembre del 2000 hasta hoy.

Yo estoy decepcionado con el resultado. Hace unos meses, me animé a publicar en este mismo blog mi sueño de un gobierno progresista para el Perú. Un gobierno, si quieren llamarlo así, izquierdista – pero ante todo moderado, humanista, liberal y social demócrata. En lugar de eso, tendré – tendremos, mejor dicho – que conformarnos con Ollanta Humala. Que decepción.

No es que me haya causado ninguna simpatía la candidatura de Keiko Fujimori. No sentí la más mínima pena de ver a su movimiento perder y la verdad es que incluso me causaría satisfacción si esta derrota electoral marca el fin del Fujimorismo: un movimiento, para mí, retrógrada. Dinástico. Un movimiento de personas y no de ideas. Que Kenji Fujimori – por el sólo hecho de apellidarse Fujimori – haya sido el congresista más votado, es un triste monumento a nuestra adicción caudillista. Un símbolo de porque el Fujimorismo nunca debe renacer.

Pero si, voté por Keiko igual. O al menos lo hubiera hecho si es que me hubieran dejado votar aquí en mi nuevo hogar en Panamá. Casi con repugnancia, pero lo habría hecho.

Y es que votar por el señor Humala me resultó imposible. No habría sabido por qué diablos estoy votando. No se puede votar por alguien que cambia cuatro veces de plan de gobierno. He ahí mi mayor preocupación: hemos elegido Presidente a alguien cuya entera filosofía política se reduce a decir lo que sea con tal de ganar. Y ahora, lógicamente, no sabemos que esperar.

Porque con un Plan de Gobierno que de estatista, carente de todo análisis técnico y que hacía referencias a la lucha de clases evolucionó a convertirse casi en un ensayo de Milton Friedman, y con un equipo de trabajo que termino incluyendo a personalidades tan políticamente incompatibles como Kurt Burneo y Javier Diez Canseco, Ollanta Humala rompió todos los records del cinismo político. Sólo le faltó prometer clasificar al Mundial de Fútbol. Y si la campaña duraba dos semanas más, probablemente hubiera jurado sobre una Biblia que lejos de clasificar, lo ganaríamos.

Hemos elegido Presidente a un ex militar con modestos estudios académicos (lo escuche mencionar el otro día que tiene una maestría en ciencias políticas – sabe Dios de donde), sin ninguna experiencia en el sector público y sin ningún logro importante en el mundo privado. Eso es lo que más me duele. En una sociedad que se queja tanto de que su clase política no es más que una tira de corruptos dedicados a los faenones con los amigos, un club al que se entra por contactos y por “carnet partidario” en lugar de por desempeño, hemos demostrado ser unos hipócritas. A la hora de la hora, hemos sido los primeros en negar la meritocracia.

¿Por qué? ¿Por qué hemos elegido a Ollanta Humala a la Presidencia de la República?

No quiero desmerecer su carrera militar, por si acaso. Ollanta Humala peleó contra el terrorismo en la primera línea. Ha combatido por protegernos. Nadie cuestiona eso. Todo hombre que arriesga su vida por su país – por nosotros – como él lo hizo, merece nuestra gratitud y el reconocimiento de su valentía y entrega. Todos le agradecemos por eso. Pero discúlpenme, eso no basta para ser Presidente.

¿Por qué un militar inexperimentado en la administración del Estado, con antecedentes, por lo menos, de insurrecto (algunos lo consideran golpista), sin ninguna formación académica o profesional en gobierno y sin la más mínima experiencia en el servicio público acabo siendo Presidente?

¿Será por sus cualidades personales – su carisma, oratoria, talante y personalidad? Pues la verdad no. Ollanta Humala no sobresale como político. No es un buen orador (incluso un orador tan torpe como Toledo parecía ponerlo nervioso en el primer debate). No tiene mucho carisma. Ni siquiera refleja el talante o el autoritarismo arrogante del clásico presidente militar. Es más, wikileaks lo pinta como un saco largo. Me lo imagino haciéndose el loco, escondiéndose detrás del periódico cada vez que Nadine se molesta por alguna travesura de sus hijas.

A pesar de la tenaz insistencia en compararlos, Ollanta Humala no es Hugo Chávez. No tiene su presencia, ni su don de líder. Es inconcebible imaginarlo dando los largos discursos que da el Presidente venezolano, cuando no puede ni sostener su tono de voz en un debate por quince minutos. Es más, sus asesores confían tan poco en su dominio de escena, que en el primer debate lo obligaron a leer todo de un papel. ¿Se imaginan a Hugo Chávez leyendo de un papel? No hay manera.

No, Ollanta Humala no es ningún caudillo popular. Nuestro Presidente Electo es un invento de las masas. Es un personaje totalmente idealizado por un sector de la población que quiere ver una especie de Ramón Castilla que este no es. El 31.8% que voto por él en primera vuelta, voto no sólo por el desordenado enjambre de promesas populistas que planteó, sino también, digamos, por un amor quijotesco. Ven a una dulcinea de los pobres, cuando Ollanta Humala es más una Alondra de los ricos. Y mi impresión inicial es que muy pronto verán la realidad, y se verán amargamente decepcionados.

Aún así, la elección de Humala no es la única cosa que encuentro decepcionante de esta elección. Como a muchos, me pareció una patada en el hígado tener que decidir entre él y la candidata de un movimiento político que prostituyó y desmanteló al país hace apenas una década.

¿Cómo acabamos decidiendo entre los dos candidatos más resistidos por la población en general?

¿En qué lugar del mundo puede pasar una cosa así?

Y es que aún más frustrante es enfrentar la realidad de que Ollanta Humala ha sido elegido Presidente cuando más del 43% del país ¡voto en primera vuelta por una alternativa radicalmente diferente a la suya! ¡Votó por candidaturas que lo consideraban un candidato apocalíptico!

Habrá mucho tiempo para analizar las razones por las cuales el voto de centro en el Perú se fragmentó de esa manera, pero hay un primer punto que al menos a mí me queda claro debe dejarnos una lección importante: por la salud de nuestro sistema político, debemos dejar de celebrar las elecciones parlamentarias en forma paralela a las presidenciales.

Muchos culpan de egoísmo a los candidatos. La culpa es de “PPKeiko”, “del borracho de Toledo” de Lucho “en segunda vuelta gano yo” Castañeda. Pero el problema es más profundo y sistémico que ese.

Ninguno de los tres podía realistamente retirarse así nomás. Lanzarse a la Presidencia de la República es caro. Montar una campaña electoral requiere dinero, y ese dinero normalmente se consigue de los candidatos al Congreso. Cada uno de ellos aporta a la campaña presidencial a cambio de recibir su cuota particular de publicidad en la propaganda del Partido. En algunos partidos – en todos los partidos en realidad – se utilizan los espacios de la lista de postulantes al Congreso como meros mecanismos de financiamiento. Los números, efectivamente, se venden al mejor postor.

Eso genera, en primer lugar, una campaña electoral atrofiante. Simplemente, son demasiadas personas buscando publicidad al mismo tiempo. En esta última elección tuvimos a diez candidatos presidenciales y alrededor de 1,300 candidatos al Congreso peleándose cada esquina y cada intersección del país por poner su cártel publicitario. Los peruanos tendemos a ver la elección presidencial como más importante que la Parlamentaria, por lo que los candidatos al Congreso terminan opacados por ésta, y no tienen los espacios mediáticos ni el tiempo suficiente para explicar sus propuestas. Y aun cuando consiguen el espacio y el tiempo, simplemente, no consiguen captar suficientemente nuestra atención. Estamos volcados a la carrera presidencial, condicionados por nuestro republicanismo presidencialista a prestarle mayor atención. ¿Y los candidatos al Congreso? Pues le rezan a los santos que les ayuden a treparse a la ola del “voto de arrastre”: los votos de las personas que se simplifican la vida y votan para el Congreso por la lista de su candidato presidencial de preferencia.

Así es como terminamos eligiendo a los esperpentos que elegimos. Y después acabamos con Congresos que compiten con Manuel Burga en popularidad.

Esta es una cuestión crucial, pues nos genera un segundo problema que afecto muy directamente esta elección: tener una elección parlamentaria paralela a la presidencial le quita capacidad de maniobra a las campañas presidenciales. Endeudados moral y económicamente con sus candidatos al Congreso, los candidatos presidenciales no pueden formar alianzas libremente, ni renunciar a su candidatura, debido a la fuerte presión interna que reciben de sus candidatos al Congreso para continuar en carrera, pues la renuncia de un candidato presidencial implicaría la pérdida del “voto arrastrado” que describimos anteriormente.

Una reforma electoral que cause que las elecciones presidenciales sean intercaladas y no simultáneas – al menos parcialmente (la renovación por tercios es una alternativa que se ha aplicado con relativo éxito en nuestro país antes) – podría ser muy útil para evitar esta problemática en el futuro. Además, le otorgaría al Congreso un dinamismo mayor, y los pondría bajo una lupa propia. Los congresistas tendrían que montar campañas propias, desarrollar relaciones más cercanas con sus electores y priorizar los intereses de sus regiones (es decir, tendrían que hacer lo que se supone que deben hacer), en lugar de simplemente identificarse con el caudillo del partido e intentar aprovechar su arrastre de votos. Además, nos permitiría a los peruanos elegir más concienzudamente a los integrantes del Congreso, en lugar de tener que hacerlo casi “de taquito”, con nuestra atención puesta en la campaña presidencial.

Volvamos, sin embargo, al análisis de la realidad de hoy. ¿Hay algo peor que ver a los partidos de centro, a 40% de los votos del país, suicidarse de la manera en que lo hicieron en primera vuelta?

Sí, hay algo peor: continuar divididos. Eso sería el acabose: que ante un gobierno radical acabemos con una oposición dividida, que se diluya a sí misma en sus propias diferencias politiqueras. Que 40% de personas hayan terminado votando por nada. Mucho cuidado con eso: hay muchos elementos en el gobierno electo que están decididos a patear monumentalmente el tablero del desarrollo peruano. Y una oposición divida les daría la oportunidad perfecta para mandar todo al diablo.

La tercera gran decepción de esta campaña fue, sin duda, que nos sirvió de amargo recordatorio de que la discriminación y la intolerancia siguen arraigados en nuestra sociedad. La facilidad con la que, sobre todo en segundo vuelta, los seguidores de ambas candidaturas lanzaban insultos terribles contra el otro bando, resulta triste. Más triste aún es que lo percibamos como algo normal – que la agresión se haya vuelto una herramienta política más. Y ya es patético que sigamos sin superar la primitiva idea de que quien no vota como nosotros es automáticamente o un inmoral, o un vendepatria, o un imbécil.

Necesitamos dejar de pensar en términos del “voto digno” o del “voto inteligente”. Ninguno existe. Lo único que existe es el voto. Y el voto no debe adjetivarse, porque ningún derecho humano debería tener adjetivos. Tenemos derecho a votar como queremos y por las razones que queramos sin ser agredidos por ello. Que esta sea la última vez que la gente insulta el voto del otro en lugar de tratar de convencerlo del suyo.

Necesitamos, también, dejar de acusar de corrupción a todo el mundo sin pruebas. Nos hemos vuelto una sociedad paranoica, traumada. Hemos perdido la noción de que acusar a alguien de corrupto es algo muy serio. Lo hemos vuelto un calificativo al paso, un adjetivo que se suelta a la ligera. Leí por ahí que en esta campaña, la palabra “corrupción” fue pronunciada casi el doble de veces que la palabra “pobreza”. Necesitamos dejar eso atrás.

Pero sobretodo, necesitamos dejar de pensar que el origen o la raza de una persona hacen diferencia en ella. Que en pleno año 2011, haya una amplia reacción en internet de parte de un sector significativo de la población echándole la culpa “a los indios” y “los cholos ignorantes” es patético. Siempre habrá uno que otro tipejo idiota soltando un comentario desubicado aislado. Pero este no es nuestro caso. Mucha gente en Facebook dejo salir todo el racismo que, detrás de una mascará de political correctnes, aún conserva dentro. Por el bien del país, esto tiene que ser erradicado. La sociedad civil debería mostrarse más agresiva en contra de todo tipo de intolerancia y discriminación.

Y no es sólo de un lado. Burlarse de los “limeñitos” y echarnos a todos en el mismo saco, asumiendo que Lima es una especie de country club gigante, está tan mal como andar publicando en Facebook apurados planes de “exilio” en Miami. A todas esas personas que se llenan la boca diciendo que Lima vive de espaldas a provincias y que le importa poco el resto, les recuerdo que existen millones de limeños que trabajan duro en la capital solo para enviar remesas a sus familiares en provincias. Y más allá de eso, que fueron cientos de miles los limeños que salieron a las calles a protestar contra el Fujimorismo en los noventa y recuperar la democracia que les permite publicar en sus blogs con libertad de conciencia.

No empeoremos las cosas convirtiendo esta etapa postelectoral en una fiesta de acusaciones y culpas. En una carrera entre “nosotros” y “ellos”. No partamos más al país. Si marchamos hacia algo tan desconocido e impredecible como un gobierno nacionalista, hagámoslo, al menos, juntos.


Quiero votar por un progresista

noviembre 3, 2010

 

¿Será que algún día tendré la chance de votar por alguien así?

Hace unos días tuve ocasión de ver “The Special Relationship”, un filme de HBO que explora las idas y vueltas de la relación entre Tony Blair y Bill Clinton, en la segunda mitad de la década pasada. La película es interesante y ciertamente recomendable para aquellos interesados en comprender ese período particular de la historia, si bien maquilla muchos hechos con fines taquilleros. Pero hay una escena en particular que llamo mi atención.

Dennis Quaid (interpretando al Bill Clinton mas tejano que haya visto en mi vida) se aproxima a Michael Sheen (que interpreta a Tony Blair por tercera vez, y de manera brillante una vez más) y le dice que, con ambos en el poder, la centroizquieda progresista tiene la oportunidad más grande de su historia: pueden, de hacer las cosas bien, ganar la confianza del pueblo americano y británico, y perpetuar a sus partidos por casi dos décadas en el poder, creando una alianza transatlántica destinada a promover los intereses del pueblo y la defensa de los principios liberales de respeto a la dignidad del individuo que lleve a la humanidad a una verdadera era de progreso.

En esa escena se reflejó el momento cúspide del pensamiento progresista de centroizquierda (el fenómeno Obama es un caso aislado. Clinton fue mucho más revolucionario). Una filosofía de pensamiento que, con sus fallas, pudo y debió haber llevado al mundo a un lugar mejor. Pudo ser el turning point. Pudo ser el fin del neoliberalismo, de los magnates de wall street, de las petroleras todopoderosas, del redneckismo americano.

Luego vino Mónica Lewinski, la “elección” presidencial estadounidense del 2000, el apoyo de Blair a la Guerra de Bush… y en fin, el resto es historia. Pero ese no es el punto.

Cuando acabó la película, me puse a pensar lo increíble que hubiera sido ser adulto en esa época y tener la opción de votar por el partido de un Bill Clinton o de un Tony Blair.

Pero luego me puse a pensar que, aunque hubiera sido adulto en los noventas, no hubiese sido posible. Que yo, como peruano, nunca he tenido la opción de votar por un candidato progresista de verdad. Y me dio cólera.

Ahora, antes de que el lector caiga en la trampa ideológica latinoamericana, empecemos por definir qué es lo que yo (en realidad, yo y el resto del mundo civilizado) entiende por progresismo.

Para mí, el progresismo es social-democracia. Es una idea de gobierno donde el Estado, ante todo, se enfoca en el ser humano, en su progreso y su bienestar. Es creer en que el ser humano es, ante todo, libre. Y que esa libertad debe ser ejercida con la mínima regulación necesaria posible, sin perder la sensibilidad y el sentido del humanismo, e incluso respetando el derecho de los conservadores a ser conservadores, escuchando atentos sus opiniones, porque al fin y al cabo, de cuando en cuando le aciertan a algo.

 Para mí, el progresismo es una ideología que no defiende la economía de mercado, ni tampoco la condena. La acepta como algo inevitable, como una manifestación más de la naturaleza individualista del ser humano. Algo que no tiene polaridad moral, que no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Es una ideología que reconoce la necesidad de un sector privado fuerte, libre, innovador y creador de riqueza, pero al mismo tiempo está advertido de su inherente egoísmo, y de que, como todo fenómeno colectivo, requiere ser dirigido, manipulado incluso, para favorecer el bien común. Y que, cuando se infla demasiado, cuando adquiere demasiada influencia y empieza a privilegiar excesivamente a unos pocos en detrimento del resto, requiere ser regulado, amarrado, cohibido incluso. Como un caballo veloz, que gana carreras, pero de cuyas riendas hay que tirar cuando quiere llevarnos a donde no queremos ir.

Ser progresista es creer que todo el mundo tiene derecho a tener un techo sobre su cabeza. Uno que no se venga abajo en el primer temblor, y que, eventualmente- y realistamente- pueda tras una vida de trabajo duro, llegar a convertirse en propiedad de la persona que bajo este techo vive.

Ser progresista es creer que toda persona que se enferma debe tener la certeza de que tendrá la misma oportunidad de curarse que cualquier otra persona en la sociedad, y que es deber del Estado garantizar esa condición, por encima de cualquier posición ideológica.

Ser progresista es creer que todo el mundo, llegado a una edad, tiene derecho a retirarse a su hogar, a gozar de sus hijos y sus nietos con una pensión decente, sin tener que andar mendigando en el transporte público para conseguir dinero para comprar medicamentos.

Ser progresista es creer que toda persona tiene derecho a un empleo fijo, que le reporte un ingreso decente y que le permita vivir en tranquilidad. Que sea consciente, primero, de que no se puede inventar empleos por las puras, pero tampoco se puede dejar el tema a la entera satisfacción del mercado, que tenderá siempre a desfavorecer al que aporta trabajo y a inclinarse por quien aporta capital. Y segundo, que un empleo no es solo un medio de producción de la empresa, también es, desde una perspectiva nacional, un fin en sí mismo, y que mantener una economía con altos índices de empleo, o porque no incluso con pleno empleo, es mucho más importante que mantener una economía con altos índices de crecimiento que se evaporan en los bolsillos de dos o tres magnates.

Ser progresista es creer que los trabajadores tienen derecho a unirse en sindicatos para exigir la defensa de sus derechos, y que es un acto de verdadero terrorismo socioeconómico el impedirlo. Al mismo tiempo, es ser consciente de que todo cuerpo sindical, al igual que cualquier otro gremio – profesional o no – jamás será imparcial y no se le puede otorgar más poder del que puede manejar.

Ser progresista es creer que si por los vaivenes del ciclo económico, una persona pierde su empleo, debe mañana poder abrir el periódico y empezar a buscar otro con natural ansiedad, pero con la total certeza de que su Gobierno: (i) es el primer interesado en que consiga otro empleo y que es gran parte del propósito de su existencia establecer un sistema donde pueda encontrarlo pronto: y (ii) jamás permitirá que no se le contrate por su apariencia, su raza, su género, su religión, su orientación sexual o, peor incluso, su acento al hablar español. Y que éste es un principio que exige absoluta prioridad, y que debe ser atendido con la más absoluta urgencia, en medio de la sociedad cuasi colonial en la que vivimos y con la que no nos queremos enfrentar.

Todo esto, claro, puede considerarse universal a todas las ideologías liberales, de derecha a izquierda. Pero aquí viene el quid de la cuestión: ser progresista implica creer que muchas personas, a pesar de haber trabajado honestamente sin quebrar la ley y de haber cumplido con sus deberes ciudadanos, nunca podrán, por las desigualdades que son inherentes a una economía de mercado, generar la suficiente riqueza personal para asegurarse todos estos derechos, y que por ello, el Estado debe intervenir en su rol redistribuidor, y asegurarse a través de políticas fiscales y sociales claramente definidas y substancialmente razonables, de que las ganancias producidas por la economía nacional vayan, primero y ante todo, a garantizar estos derechos para todos.

La manera en que el Estado asume esos compromisos se refleja en una necesidad de mantener una fuerte presencia en el día a día de la nación, reteniendo un estricto control de los servicios públicos esenciales, pues esta es la única manera de garantizar esos servicios para todos genuinamente, y manteniendo un sistema educativo, de seguridad social y previsional gratuito, de calidad, universal e incondicional, fuera de otras alternativas que puedan existir – siempre y cuando no existan jamás en detrimento de los ciudadanos más desfavorecidos.

Todo esto requiere, casi siempre, de una carga tributaria personal alta (más alta sin duda de la que tenemos ahora, que sigue siendo bastante baja para estándares mundiales) y, sobretodo, escalonada. Una escala tributaria donde los ricos, les guste o no, pagan más que los pobres – y ese pago representa, de alguna manera, su derecho de piso: es el precio que el Estado le cobra al sistema capitalista, y a aquellos que lucran de él, por arrendarle la economía nacional, y que se destina a una redistribución sustentable.

Asimismo, requiere también de una política económica orientada al bienestar social, que observe responsablemente pero no se obsesione con los indicadores macroeconómicos, y que tampoco tenga como objetivo final, sino solo como medio, el mantener un superávit fiscal. Que sea consciente que al largo plazo, nada se gana con un saldo fiscal que termine guardado en las arcas y nos haga salir en los periódicos, mientras la gente muere de hambre.

Finalmente, debo también mencionar que ser progresista es creer que, solo después de todo lo anterior, se debe también velar por el derecho que tienen los empresarios y los generadores de riqueza a un retorno por una inversión diligente y exitosa, porque éste también es un derecho, y un buen progresista, siempre, siempre defiende los derechos de TODOS, sin acepción alguna.

Cuando pienso en esto me acuerdo de los líderes que, en mi tiempo, defienden – con sus defectos, si, pero los defienden – estos principios. Me acuerdo de Angela Merkel, de Rodrigues Zapatero, de Lula e incluso de Obama. Recuerdo también a aquellos que hace no mucho se retiraron y en el legado inmediato que dejaron, personas como los mencionados Bill Clinton y Tony Blair y también Corazón Aquino en Filipinas, o Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile. Me pongo a pensar, por último, en verdaderos héroes del progresismo, en líderes que cambiaron sus países para siempre, como Franklin Roosevelt o Clement Atlee.

Y esos son solo los jefes de gobierno y/o Estado. Hay muchos nombres más que podría mencionar, que me han conmovido por su determinación, su persistencia, por representar verdaderamente el ideal de un luchador progresista en tan diversas áreas del quehacer humano.

Estoy hablando, por ejemplo, de la pasión del canadiense Tommy Douglas (a quien he querido honrar como inspiración de esta diatriba poniendo su foto en el encabezado), precursor del mejor sistema de seguridad social en el mundo, y de la incomparable generosidad del Doctor Jonas Salk, cuyo desprendimiento, cuya negativa a enriquecerse a costa del bien común, llevó al mundo a erradicar la polio. Estoy hablando del gigante Martin Luther King, Jr., un hombre que me hace orgulloso de ser protestante.

Estoy hablando de Madiba, el gran Nelson Mandela, un hombre que derroto el racismo, nos enseño el valor del perdón y la reconciliación y cambió el mundo por ello.

Eso es ser progresista. Lo demás es demagogia (Cristina), egolatría (Hugo) y, en algunos casos, franca estupidez (Evo).

Miro a estos íconos del progresismo, y luego, volteo a mirar el escenario político local.

Qué deprimente.

El próximo año son las elecciones presidenciales en Perú. Y en época electoral, todo el mundo quiere pintarse como progresista. Eso empeora las cosas. Lo encuentro sumamente irritante. Primero, porque me parece un insulto a la inteligencia de quince millones de peruanos. Segundo, porque me parece un flagrante abuso de la ignorancia de por lo menos otros quince millones de peruanos. Y tercero, porque siento que me están sacando cachita, que se están burlando de mi sueño de votar por un verdadero progresismo.

¿Ustedes dicen ser progresistas?

¿Ustedes, políticos de antaño, Lucho, Alan, Lourdes, con sus aburridísimos balconazos, su ridículamente improvisadas páginas de facebook , sus discursos belaundísticos que parecen haber sido redactados en los años setenta y esa irritante paranoia que los lleva a echarle a Fujimori – al triste, preso, acabado y viejo Fujimori, más cerca de la senilidad que del poder – la culpa de todos sus errores?

 ¿Ustedes, movimientos regionales y nuevos partidos, con esa orfanidad ideológica, esa falta de contenido que ustedes tratan de pintar como algo bueno escondiéndola detrás de esa palabrita ridícula: “independiente”? ¿Y los menores entre ustedes, con su medio por ciento, su uno por ciento, arrastrándose a la siguiente elección, un poco más y aliándose con Hitler con tal de tener una chance de seguir vivo?

¿Tú, Ollanta, con el mismo discurso robótico y redundante, mientras insistes fútilmente en fingir que nada ha cambiado en cinco años, cuando sabes bien que no es así?

 ¿Tú, Alejandro, que llegaste a tener los márgenes más bajos de popularidad que cualquier otro presidente en la historia latinoamericana y te salvaste de la vacancia más por la vergüenza colectiva que representaba sacar a otro presidente (al fin y al cabo no estamos en Ecuador) que por tus propios méritos?

¿Tú, Susana, que decepcionaste a todos los que alguna vez creímos en ti, aliándote con quien sea con tal de salir electa, que primero te besuqueaste con la izquierda radical y ahora hablas de tomar whisky con Toledo? ¿No te das cuenta la obsesión por el poder que esta actitud demuestra, y que veo tratas de esconder detrás de esa pinta de tía buena gente, mitad Sarah Palin, mitad Ingrid Betancourt?

¿Tu, Keiko, que crees que tu familia tiene un derecho dinástico a liderar tu partido e incluso el país, al punto tal que ni siquiera te das cuenta lo egocéntrico que suena que denominen a tu ideología con tu apellido?

¿Y ustedes, sobretodo ustedes, los mas hipócritas de todos, ustedes los revoltosos sindicalistas, comunistas y extremistas, que malogran todo evento adonde asisten? ¿Ustedes y sus banderitas rojas, sus lobbys sindicales, y esa expresión de violencia, de venganza y de odio que marca todo lo que hacen?

¿Ustedes y esas ideas retrógradas, que nadie, nadie en el mundo entero – salvo por un par de parias internacionales – defiende, que siguen queriendo mentirle asquerosamente a un pueblo desesperado que los escucha, con tal de ganarse un cargo público y meterse unos cuantos miles de soles al bolsillo?

Sé que estoy siendo duro. Durísimo, en realidad. Sé que suena a que estoy borrando de un plumazo a toda la sociedad política peruana, de la extrema izquierda a la extrema derecha y del extremo conservador al extremo liberal. Sé que muy probablemente hay excelentes intenciones en muchas de estas personas. Tampoco pienso cuestionar su integridad a la ligera.

Pero tengo que decirlo: estoy harto de ustedes. Estoy harto de que vivan para el momentum político, de que vivan mudando de propósito con cada elección, de que sus discursos sean tan artificiales y tan poco sinceros, de que se rodeen de personas a quienes les importa un bledo el país, y, sobretodo, sobretodo y sobretodo, de su arrogancia, de su forma de hacer política y de su falta de desprendimiento.

Me enferma, por ejemplo, ver a Fuerza Social hablando como si fuera un gran partido político establecido por ganar una alcaldía provincial sin casi ningún distrito, cuando es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente que sus votantes votaron contra “la derecha” y no por Susana Villarán y muchos menos por un partido político. Esa actitud me hace acordar a los titulares del Bocón cada vez que la selección gana un partido sin significado: la exageración total de los logros menores es el reflejo más puro de la propia mediocridad.

Esas son las cosas que tanto me decepcionan de los candidatos que tenemos hoy. Que prefieren ser políticos a ser líderes y que están más interesados en construir su propio ego, en bautizar escaleras con su nombre, que en construir un país. Que encarnan la mediocridad, en todos su sentidos. Mediocridad ideológica, mediocridad partidaria, mediocridad democrática, mediocridad de propuestas, mediocridad de planificación. Mediocridad del alma, al final. Mediocridad de amor por el Perú.

No, yo no quiero votar por ninguno de estos políticos. No, yo quiero votar por un progresista el próximo año.

Quiero votar por un hombre o una mujer inteligente, respaldado por un partido de verdad, que trabaje con los sindicatos, mejore las condiciones laborales y se preocupe por moderar la agresión natural de las empresas.

Quiero un candidato que se niegue a entrar a otro inútil debate dogmático sobre si debemos aplicar una economía de mercado o no. Que nos diga, convincentemente, que esa es una cuestión zanjada.

Quiero un candidato que sea firme y pragmático, que reconozca que los empresarios están allí para hacer dinero y que, por su naturaleza, atropellarán a quien sea con tal de enriquecerse. Quiero que les ponga un pare, que tenga el criterio y la razonabilidad para decirles que lucren, pero hasta cierto punto. Y que pasado ese punto, les diga simplemente que no es negocio para nosotros y que se pueden ir.

Y quiero que ese candidato sea lo suficientemente carismático e inteligente como para convencer, tanto a nuestra población de votar por él, como al sector productivo de nuestro país que su elección no quiere decir que habrán extremismos ni expropiaciones masivas, ni revoluciones sanguinarias. Un candidato que logre vencer al aparato de intimidación y terror que tanto la derecha como la falsa izquierda tan eficazmente utilizan para secuestrar nuestros votos.

En suma, un candidato que gobierne al Perú con un muy necesitado sentido del juego limpio y un criterio básico de bien colectivo. Por sobretodo, quiero votar por un líder de verdad. No un caudillo ególatra, ni un outsider improvisado, ni un “independiente” (¡Dios, como si no tener partido ni ideología fuera algo bueno!) sin contenido. Un líder de verdad, con ideas de verdad, un partido de verdad, una agenda a futuro de verdad, y ante todo, una visión de un gobierno que gira alrededor de una idea y no de sí mismo.

Quiero votar por el progresismo, asi pierda, así sea por votar una vez, tan sólo una vez, por quien yo quiero y no por quien las circunstancias dictan que debo. 

Pero no veo progresistas en el Perú.

¿Dónde estás, mi príncipe azul, mi mujer maravilla progresista? Ya no te tardes más en llegar.


Las duras lecciones de Copenhague

diciembre 27, 2009

Debo confesar que la moda verde que se apoderó de los medios de comunicación en los últimos dos años me convenció incluso a mi de que la XV Cumbre de las Naciones Unidas para el Cambio Climático de Copenhague sería un inusual éxito del compromise político, un sincero intento global por frenar uno de los problemas más complejos que enfrenta la sociedad moderna. En lugar de eso, todos (incluyéndome) recibimos nuestra amarga dosis de hard politics. El sistema de cooperación internacional volvió a fracasar, a mostrarnos lo incapaz que es de lograr compromisos sacrificiales de parte de las naciones del globo sin que existan beneficios tangibles a cambio.  Y nos dejó apenas de consuelo un papelucho débil, sin apellido ni significado, que no refleja más que la frívola realidad: la prioridad de todo estado, antes que nada, es asegurarse los mejores prospectos posibles de crecimiento económico, con calentamiento global o sin él.

Desde el punto de vista climático, Copenhague nos deja pocas lecciones de valor.

La principal, quizá, es que la comunidad internacional aún es en muchos puntos inmune a la retórica moralista: poco o nada se va a lograr con protestas y presión mediática. Los últimos dos años han visto una escalada monumental en los intentos de los medios de comunicación y la sociedad civil para presionar por mayores compromisos políticos para combatir el cambio climático. Al Gore incluso se convirtió en la primera persona en recibir un Oscar y un premio nobel de la paz por lo mismo – ¡y en el lapso de un año, faltaba más!

Aún así, la presión social ha fracasado. ¿Por qué? Porque en el mundo moderno, no sirve de nada protestar con la voz. Hay que protestar con la billetera. Y es ahí donde todos nos hemos quedado cortos. Mientras no dejemos de comprar autos con motores enormes, dejemos las luces encendidas en las casas y avalemos la deforestación comprando madera sin certificar, estaremos apoyando, sino con nuestra voz con nuestros billetes, a los lobbies industriales que detienen los esfuerzos contra el cambio climático. Si queremos lograr un cambio, lo que se requiere para hacer sentir nuestra protesta no es abrir la boca, sino cerrar la billetera. El problema, naturalmente, es que eso es harto difícil.

La otra lección que nos deja Copenhague es que el sistema de cap & trade parece destinado a perjudicarnos más que a ayudarnos. El caso de Rusia, como hace unos días reportó el NY Times, es sumamente preocupante: ¿Qué pasa si toda esta encantadora idea de los bonos de carbono termina generando un jugoso mercado? ¿Qué hacemos si se vuelve económicamente viable comprar el derecho a contaminar?  Personalmente, creo que el sistema puede traer beneficios. Pero habrá que introducir cambios sino queremos capitalizar la contaminación.

¿Y en política exterior? Bueno, pues ahí también hay un par de lecciones duras que debemos apreciar en Copenhague.

Para empezar, se ha ido al garete nuestro optimismo por un mundo multipolar. ¿Recuerdan cuando, a finales del 2008, los politólogos hablaban sonrientes del fin de la unilateralidad estadounidense y el comienzo de un mundo de potencias en balance? Pues bueno, ahora todos hemos descubierto que eso tiene sus desventajas.

No se equivoquen: Copenhague fracasó porque el mundo de hoy es multipolar.

Copenhague fracasó porque Brasil, China, India y Sudáfrica le dieron al mundo una macabra dosis de realpolitik al más puro estilo Richard Nixon. La sinergia ocasionada por la cooperación de estas cuatro naciones, que forman parte del bloque de economías emergentes que ha empezado a ganar protagonismo en la esfera internacional, fue suficiente para resistir cualquier presión de Estados Unidos, y de paso, marginar totalmente a la Unión Europea. Su agenda saboteadora ha sido tan evidente que, apenas terminado el COP 15, el Ministro de Asuntos Ambientales de India, Jairam Ramesh, reportó a su Parlamento que “había tenido éxito en cumplir su mandato: defender los intereses de India y proteger el derecho a un rápido crecimiento económico de su país”. Y tampoco tuvo reparos en admitir que India, en forma conjunta con China, Sudáfrica y Brasil  “habían conformado un interesante cuarteto que solo crecerá en influencia en futuros años”. Kissinger debe sentirse orgulloso.

Si Obama hubiera sido presidente en los noventas, y hubiera tenido el respaldo político del que goza hoy en el Senado, estaríamos celebrando la base de un tratado vinculante que involucre reducciones  obligatorias, incluso para Estados Unidos y China. Lamentablemente, hoy por hoy semejante despliegue de voluntad política no es suficiente. Los países emergentes quieren terminar de emerger, y para ello necesitan contaminar la atmósfera – así son las cosas, y así van a quedarse, nos guste o no. Obama simplemente ha llegado demasiado tarde.

Irónicamente, ha sido la caída, y no el auge, del dominio de Estados Unidos, el que ha frustrado Copenhague. Y es el resurgimiento ruso el que puede terminar de colapsar el Protocolo de Kyoto, la única tenue (y moribunda) luz de nuestra lucha contra el calentamiento global.

Así están las cosas. Es casi como para sentir nostalgia por Bush.

Casi.


Luz y agua gratis para el pueblo: Los pueblos jovenes y la ilegalidad

junio 14, 2009

Como en muchas cuidades de latinoamerica, la ilegalidad esta a la vuelta de la esquina, Lima no es la excepción. El fenomeno de los pueblos jovenes “Shanty towns” afecta a la gran mayoria de paises subdesarrollados, yo se los  presento desde mi prespectiva.

En Lima, no hay mes que pase que no escuchemos en las noticias o veamos en los titulares, que se crean pueblos jóvenes y se realizan invasiones infringiendo los derechos de propiedad, y quedando los invasores impunes. El fenómeno de las invasiones se propaga a lo largo de todo nuestro territorio y no hay peruano que no lo haya vivido en carne propia o escuchado de un familiar o conocido cercano.  Por ello, no es ajeno a nosotros escuchar noticias como esta: ¨250 personas tomaron un cerro y permanecieron en él por cerca de un mes”. Los invasores que toman y forman posteriormente los pueblos jóvenes, carecen de títulos de propiedad. Sin embargo, gracias a la prescripción (adquisición de la propiedad bajo por el paso del tiempo) o a la benevolencia de algún alcalde se terminan haciendo dueños legítimos de la tierra ajena. Apostando al paso del tiempo, el control sobre la propiedad y la impunidad, se viene siguiendo el proceso de adquisición de tierra a la inversa.

Los invasores dejan por tanto de utilizar la manera ¨ formal ¨, por así llamarla, para obtener el título de propiedad de un terreno por medio de la invasión, práctica ilegal que dominan[1]. Con el fenómeno de migración del campo a la cuidad, Lima se ha ido atestando de pueblos jóvenes y de gente que busca un lugar dónde vivir sin importar el medio. Desde 1930 con el primer pueblo joven, Leticia, la práctica de utilizar la prescripción para luego de una apropiación ilícita volverse dueño legítimo no ha sido ajena a nuestro país. De esta manera, en vez de recurrir a la manera ¨ formal ¨ se ha vuelto costumbre la invasión de terrenos, su apropiación y posteriormente la obtención da la titularidad sobre la tierra. Así, se vuelve titular del terreno, no el dueño de la tierra, sino el que primero construye en él y espera el tiempo necesario para volverse propietario legítimo. Ha llegado a crecer a tal punto esta sociedad informal que muchas veces la sociedad  formal se ve inmersa en ella y siguen sus prácticas. Probablemente porque es más rápido, más simple, pero erróneo, tal como ocurrió en varias playas del sur, que son productos de invasiones, al igual que los pueblos jóvenes.

¿Es correcto que el derecho regule esta práctica común que se ha vuelto costumbre? Se ha creado ya un antecedente tan fuerte, que incluso luego del incumplimiento de la ley, ésta se use a disposición del invasor y le sirve para regularizar su situación.  Este uso inadecuado de la ley, generador de actos ilícitos, que es aprovechado de la mejor manera por los invasores debe ser solucionado. No es posible que aquellos que en un primer momento se encuentran fuera de la ley y van en contra de ella, luego la utilicen, (prescripción), para tornarse los propietarios legítimos de una tierra donde lo único que poseen es una construcción precaria edificada en ella. Asimismo, se llega a un mundo de ilegalidad donde el dueño del terreno termina siendo despojado de sus derechos legítimamente obtenidos, que pasan a manos del invasor, el que queda sin sanción alguna. Estas irregularidades han hecho que el desalojo, sea la excepción y la invasión exitosa, la regla. De la misma manera,  la inexistencia de pagos en retribución por la invasión generada es escasa.

De un acto ilícito, la toma de la propiedad ajena, una especie de usurpación, se terminan formado pueblos enteros que hoy en día cuentan con comité vecinal, asociaciones internas y losas deportivas, todo sobre terreno invadido como ocurrió con la actual Pamplona (considerado entre los pueblo jóvenes mas grandes de Lima). Este acto de informalidad, de ilegalidad, no debe quedar impune. Se ve día a día que pasado cierto tiempo, el gobierno concede prerrogativas y otorga titularidades en un afán por ganar popularidad en los sectores más pobres socavando la ley y otorgando más razones para que se sigan realizando estas invasiones ilícitas. De este modo, el derecho que busca dar a cada uno lo suyo y regular la vida en sociedad, se utiliza de manera inadecuada y se vuelve un medio para volver lo que en un principio fue ilegítimo en algo totalmente formal.

La informalidad generada en parte por el fenómeno de la migración, deja de lado a gran parte de la población y crea una sociedad que vive prácticamente en paralelo a la sociedad ¨ formal ¨. Poseen sus propias reglas, sus propia ¨ leyes ¨ basada en su mayoría en la costumbre, ¨ Si él lo hizo, porque yo no , si nadie dice nada; porque no tener conexiones clandestinas, porque no comprar piratería, porque no ¨ bambear ¨ productos, porque no invadir terrenos ajenos”. Por más que no se respeta la sociedad, y no hay problema alguno en invadir terrenos ajenos, las propias reglas de la sociedad alterna si son respetadas, su propia ¨ ley ¨ se respeta. En los pueblos jóvenes nadie invade a nadie, la propiedad se respeta, pero al tercero, al externo a esta realidad, si se le puede perjudicar. ¿Cómo hacer para que esta sociedad informal, que por mas de estar inserta en la cuidad y que se rige bajo sus propias reglas, interioricen el derecho y decidan acatarlo?

Es difícil convencer a las personas que ya están acostumbrados a realizar este tipo de actos, que decidan seguir las normas impuestas por la sociedad de la que están marginadas. Pero, la solución no es bajo ningún motivo facilitarles la posesión ilegal y otorgarles título de propiedad para regularizar su situación. Se necesita un acercamiento a todas aquellas personas que se encuentren marginadas, que incluso viven en la ilegalidad total; no tiene documentación, no tiene propiedades y muchas veces son ciudadanos de una nación a la cual no pertenecen.  Por más que la informalidad se está convirtiendo en la mayoría [2] y ya no es una minoría reducida como era en un inicio, las invasiones deben parar. No podemos dejar que esta práctica de la ilegalidad siga aconteciendo.

Igualmente, seria recomendable buscar la inserción de estas personas marginadas a la legalidad, generar  programas de desarrollo urbano donde la persona tenga la posibilidad de regularizar su situación y obtener acceso a una vivienda a bajo precio; programas tales como techo propio o las residenciales. La solución es , luchar contra la ilegalidad, demostrar que los precedentes que se vienen siguiendo no son los adecuados y que existen maneras de adquirir propiedad sin tener que recurrir a medios ilícitos. No se puede menoscabar la ley que constituyen un pilar fundamental para nuestra sociedad y por lo tanto se debe erradicar la mala concepción que el que invade tiene la posibilidad de volverse dueño de algo que no le pertenece.

Sebastian M. Elias Sardiña


[1] Existen bandas de hampones especialistas en invasiones, con grupos de invasores predeterminados, fuerzas policiales de se lado, e incluso abogados que aseguran el proceso de adquisición de los terrenos invadidos.

[2] ¨a través de invasiones o adquisiciones ilegales de terrenos se han formado barrios que constituyen el 42.6% de las viviendas de Lima¨- SOTO, Hernando. El otro sendero. Instituto Libertad y Democracia. Lima, 2001.