Presidencia y Doble Nacionalidad – Más Respuestas

marzo 24, 2011

El contra-argumento principal de Ronald es que la exclusión de los dobles nacionales de la Presidencia no se justifica en el hecho de que sean personas dignas de desconfianza sino en que la segunda nacionalidad les permite evadir la justicia peruana en caso de delito.

Me avocaré principalmente a esta argumentación y haré uno o dos comentarios adicionales.

Sobre el argumento de la impunidad que esboza Ronald, me parece que injustamente discrimina a los doble nacionales por una situación en donde su segunda nacionalidad no es un factor determinante. En efecto, un peruano de nacimiento sin doble nacionalidad puede tranquilamente irse del país a otro Estado que no tenga un tratado de extradición o que tenga políticas afines a su ex gobierno y también sería bien fácil escudarse de la política peruana. ¿O acaso creemos que Chávez extraditaría a Humala en caso que haya algún problema después? A este respecto, el caso de Hisene Habré es paradigmático y haría bien que todos lo revisemos.

Así pues, pensar que únicamente la nacionalidad es una herramienta de impunidad es ilusorio, sin mencionar que el único caso que hemos tenido en la historia reciente de un Presidente que pretendió usar su doble nacionalidad como una excusa para evitar ser juzgado terminó con ese presidente preso por 25 años.

Ni Pinochet, ni Habré, ni Karadzic, ni Eichman necesitaron de doble nacionalidad para eludir a la justicia por muchos años. Incluso, no se necesita ser Presidente para obtener eludir a la justicia (siquiera temporalmente), el caso del Ministro de Relaciones Exteriores del Congo Abdoulaye Yerodia ante la CIJ, lo demuestra.

Pero tengo algunos otros comentarios a Ronald.

En primer lugar, con respecto al argumento de que el Presidente es muy poderoso para tener doble nacionalidad, me parece muy injusta la línea de argumentación que hace según la cual “hay que darles representación congresal a los peruanos en el extranjero y escojamos congresistas con doble nacionalidad, pero sólo porque en realidad es un derecho pintado que no tiene ninguna efectividad porque su poder se diluye entre 130”. ¿Es esa realmente la clase de democracia que queremos ser? En teoría, podría haber un Congreso en donde una minoría significativa tenga una segunda nacionalidad. Si somos consecuentes con lo que pregonamos y somos democráticos, no deberíamos tener problemas con ese Congreso. Y eso implica no pensar que porque hay (por ejemplo) 30% de congresistas con doble nacionalidad, hay un “lobby extranjero” en el Congreso.

En cuanto a los Ministros, el problema no es tanto el nivel de independencia de su cargo, que creo es el punto de Ronald, sino que son los responsables de fijar la política del país con respecto a un tema en particular. Pareciese como si estuviésemos hablando del Presidente en términos de un super-humano todopoderoso que todo lo sabe y todo lo hace solo encerrado en su oficina con un puro en la mano y un mapa del Perú en su mesa. Siento decepcionar a mi semi-británico co-autor, pero el único que encaja en ese perfil es Churchill.

La política de un país no se redacta en el block de notas del Presidente. Se hace en gabinete con el consejo y asesoría de sus Ministros, asesores, y otros funcionarios. Es evidente que un Presidente está (o bueno, debería estar) en condiciones de aclarar a un Ministro de Relaciones Exteriores que le propone regalar una parte del territorio nacional. Pero hay asuntos mucho más técnicos en donde el Presidente confía en gran medida en el juicio de su ministro (¡es, después de todo, un cargo de confianza!). Si tener doble nacionalidad lo hace a uno “poco confiable”, pues el consejo de ese Ministro será también poco confiable, por lo que no debería estar en el cargo. Y ojo que un Ministro que daña al país o incluso roba sus bienes y tiene doble nacionalidad también puede irse después a refugiarse a Japón o Estados Unidos si así lo desea, ¿por qué entonces la diferenciación?.

Finalmente, con respecto al argumento de que no existe una violación al Pacto de Derechos Civiles y Políticos, creo que no logré transmitir la idea correctamente. La discriminación que planteo podría ocurrir no es hacia la nacionalidad extranjera, sino hacia la nacionalidad peruana. Me explico: Restringir la presidencia a los peruanos de nacimiento no es una discriminación en contra de los extranjeros, eso, como dice Ronald, calza perfectamente como una restricción razonable en el marco del pacto (al igual que el hecho de reservar la presidencia a los peruanos “de nacimiento”, aunque incluso esto es relativo: ¿es más “confiable” como presidente alguien que nació en Perú y se fue a los 2 años a vivir a Europa por 35 años o un europeo que llegó al Perú a los 2 años y se hizo luego peruano y vivió acá 35 años?).

El problema es otro: el problema es prohibir a un peruano ser elegido porque tiene una doble nacionalidad. Es decir, el problema es distinguir entre peruanos por el hecho de que uno es “peruano-peruano” y otro es “peruano más o menos”. Tal como lo señala el artículo 2 del Pacto, eso es indebido porque es como distinguir entre un “peruano-blanco” y un “peruano-negro”.

Hay en efecto distinciones razonables que pueden hacerse. Mi punto es simplemente que esta en particular no me parece razonable y más bien me parece que discrimina a los peruanos en sus derechos por un motivo de identidad personal.

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La Presidencia y la doble nacionalidad

marzo 23, 2011

Mi co-autor en este blog, Alonso Gurmendi, publicó ayer un artículo sobre la doble nacionalidad en los candidatos a la Presidencia de la República. En dicho artículo, señalo que hoy por hoy es totalmente legal que nuestro Presidente tenga doble nacionalidad y que un peruano no pierde su nacionalidad por el sólo hecho de adquirir la de otro país. En ambos puntos, Alonso tiene toda la razón y me suscribo a todas sus conclusiones.

Es en el tercer punto, sin embargo, donde tengo que discrepar con él. Alonso es de la opinión de que no solamente no resulta razonable impedir que las personas que mantienen una nacionalidad adicional a la Peruana postulen a la Presidencia de la República, sino que además, imponer esa prohibición implicaría una violación de los derechos políticos de dichas personas y un incumplimiento del Pacto de Derechos Civiles y Políticos adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1966.

Primero, debo aclarar que, desde mi punto de vista, aprobar una enmienda constitucional indicando que cualquier ciudadano peruano que ostente otra nacionalidad adicional a la peruana al momento de resultar elegido Presidente de la República deberá hacer efectiva su renuncia a esta antes de prestar juramento, no implicaría ninguna violación de los derechos de dicho ciudadano, ni un incumplimiento del Pacto de Derechos Civiles y Políticos, como Alonso menciona.

Los derechos civiles y políticos son universales a todo ciudadano, sin duda. Sin embargo, esta universalidad no implica que los mismos no estén sujetos a ciertas regulaciones. El punto está en que dichas regulaciones no impidan totalmente la capacidad del sujeto de ejercer las mismas y que sea razonablemente posible para el voluntariamente cumplir con las mismas.

Es perfectamente posible para cualquier persona completar los trámites de la renuncia a su segunda nacionalidad antes de acceder al despacho presidencial. Nótese que renunciar a una nacionalidad en este supuesto sería un acto voluntario. No existiría coerción de ningún tipo. El requisito ni siquiera se estaría aplicando para todos los candidatos, únicamente para aquel que resulte electo.

Tampoco implicaría una violación del Pacto de Derechos Civiles y Políticos. Recordemos que nuestra constitución ya establece que sólo los peruanos de nacimiento pueden postular a la Presidencia de la República. También señala que sólo pueden postular a la Presidencia de la República aquellas personas que ya hayan cumplido 35 años. Lo mismo sucede, por ejemplo, en la Constitución de Estados Unidos. Bajo la lógica de Alonso, ¿Eso constituiría una violación del Pacto de Derechos Civiles y Políticos, pues resultaría en discriminación por origen nacional o por nacimiento? ¿Convierte a los ciudadanos naturalizados o menores de 35 años en ciudadanos de segunda categoría? Por supuesto que no. Como el mismo artículo 25 del Pacto implícitamente señala, existen ciertas restricciones regulatorias naturales a estos derechos. Tanto el Perú como Estados Unidos han ratificado el Pacto y sin embargo nunca nadie ha señalado que la disposición que prohíbe a los ciudadanos naturalizados o menores de 35 años postular a la Presidencia viole dicho Pacto.

Ahora, para culminar con los aspectos legales de esta medida, tengo que aclarar que, en mi opinión, dicha restricción debería ser necesariamente incorporada a la Constitución por enmienda constitucional y, de preferencia, referéndum. Fuimos los peruanos con nuestros votos los que, directamente, fijamos cuáles eran los requisitos para que alguien pudiera asumir la jefatura de nuestro Estado. Si queremos variar esos requisitos, los mismos peruanos somos quienes debemos hacerlo.

Dejando clara mi posición sobre la legalidad de una reforma de ese tipo, queda discutir las objeciones prácticas presentadas por Alonso a la misma.

En primer lugar, hay que indicar que en un país presidencialista como el Perú, la jefatura de estado involucra ciertas atribuciones de importancia estratégica y tiene una influencia tan grande, que no es poco razonable exigir que su ocupante cumpla con requisitos más exigentes que los fijados para otros funcionarios del gobierno. Para empezar, decide, legalmente por sí sólo, la política económica y social de la nación. Además, es la cabeza de las fuerzas armadas y responsable máximo por la defensa nacional: toda la seguridad de la nación está bajo su exclusiva responsabilidad. Ningún otro funcionario electo puede dar órdenes a las Fuerzas Armadas. Más allá de eso, constitucionalmente, encarna y representa al Estado y a todos los peruanos. Ninguna otra función pública tiene estas atribuciones.

Alonso trata de hacer una comparación con los cargos de congresista y de ministro, pero dicha comparación no es realista. Un congresista, para empezar, no puede, por sí solo, orientar la política de un país ni tomar ninguna decisión que influya en el accionar del Estado. El poder de un solo congresista, aislado del resto del cuerpo legislativo es, en realidad, bastante limitado. Quien tiene poder es el Congreso como cuerpo legislativo, y ese poder se diluye muchísimo si queremos expresarlo individualmente entre sus – a partir de julio – 130 miembros. Los ministros, por otro lado, ni siquiera son funcionarios electos y no ejercen ninguna atribución por sí mismos. Como bien apuntó el ex Presidente Toledo el fin de semana, nosotros tenemos un sistema presidencialista, donde los Ministros legalmente son más que nada grandes coordinadores, cuyo poder emana de la Presidencia y cuya responsabilidad es ante la Presidencia y nada más. Un Ministro es simplemente un secretario muy importante. En realidad, instituciones políticas como la interpelación a cargo del Congreso no son compatibles con nuestro sistema y existen más por una cuestión de desconfianza pública que por coherencia sistémica. La responsabilidad ante el pueblo (y por ende ante el Congreso) debería ser exclusiva del Presidente.

Es en ese mismo contexto de desconfianza pública en que resulta completamente razonable solicitar a cualquier ciudadano que haya sido elegido Presidente de la República que renuncie a sus otras nacionalidades antes de asumir el cargo. La experiencia nos enseña en este país que tener doble nacionalidad puede otorgarle al presidente una conveniente cláusula de escape cuando llegue el control posterior que es natural en todo cambio de gobierno. Existe un claro riesgo de que dicha persona pueda refugiarse en una protección política de su otro Estado para evitar responder a los cuestionamientos que el gobierno quiera hacerle.

No solamente eso, implica que este podría potencialmente ser elegido a un puesto en el gobierno de otro país en el futuro, obteniendo ya no sólo una protección política, sino legal, a través de la inmunidad, a cualquier intento de procesarlo o siquiera investigarlo apropiadamente por lo acontecido en su gobierno.

La solución que Alonso propone a este problema es, para ser franco, algo cachosa. Ya pues Alonso, tu sabes tan bien como cualquier persona que es sencillamente imposible para cualquier votante común tener la plena certeza de que su candidato nunca va a romper la ley. Pretender que es el pueblo mismo el que debe asumir toda la culpa y toda la responsabilidad por elegir a una persona que luego viole las leyes mientras este en el cargo no solamente es injusto, es irracional. El que elijamos a las personas que consideremos más adeptas no significa estirarles un cheque en blanco de confianza para que hagan lo que quieran sin tener que responder por ello. Todo gobernante debe estar sujeto a leyes y al control de las mismas – de eso se trata el Estado de Derecho. Con ese argumento, mejor cerramos la contraloría general de la república o anulamos el rol fiscalizador del Congreso. Eso es reducir la democracia a la mera elección de un Dictador.

El poder corrompe. Es una realidad política en cualquier país. Y es palpablemente más grave en el nuestro: recordemos que en la única área del desarrollo que Perú no ha crecido en esta década es en la lucha contra la corrupción. Seguimos teniendo un alto índice de corrupción, como lo señala Transparencia Internacional. Chile tiene un promedio más de dos veces mayor que el nuestro.

El argumento de Alonso sobre la potencial preferencia que una persona pueda mostrar hacia elementos de su propia religión, el país de sus ascendientes o su cónyuge no se entiende bien. El punto es justamente que esos escenarios son posibles. Por eso hay leyes de fiscalización y control que lo impiden. El pedir que alguien renuncie a sus otras nacionalidades antes de asumir la Presidencia tiene justamente el propósito de impedir que una persona pueda escapar de la ley en caso cometa ilegalidades relacionadas con todos estos puntos.

Respecto de que todos tenemos doble nacionalidad en potencia, eso también es sumamente cuestionable en la práctica. Es verdad que el Preámbulo del Convenio con España suena muy bonito. Pero es justamente eso: un preámbulo. Nuestro himno nacional dice que “excitemos los celos de España” y que sus playas “sentirán terror ante nuestros cañones”. ¿Eso nos hace “enemigos en potencia” de España? La realidad es muy diferente a lo que dice ese preámbulo: siguen existiendo una larga y compleja serie de requisitos para que un peruano se nacionalice español. Alonso haría bien en preguntarle a la larga lista de inmigrantes ilegales peruanos en España que tan cierto es eso de que en España “no somos extranjeros”. Demás está decir que dicho Convenio no pone en riesgo alguno la legalidad de la reforma mencionada.

Luego está el argumento de que la experiencia comparada sobre estas prohibiciones prueba que las mismas traen muchos problemas. Este es un argumento algo falaz: justamente, donde una ley de este tipo se aplique sin problemas, no va haber mayor feedback sobre la misma. Nadie se queja por algo que si funciona.

Alonso cita el ejemplo de Ghana, pero no hace mención de Australia, China, Japón, India y una considerable lista de otros países, donde esa prohibición si existe y donde, curiosamente, ningún ex presidente ha ido a refugiarse a otro país para postular al Parlamento. Y en ninguno de esos países la gente se está quejando tampoco. Y si, John Turner fue británico y canadiense a la vez, dos países que comparten el mismo jefe de estado, que mantenían una política exterior común hasta hace menos de un siglo y en los que hasta el día de hoy las leyes de uno tienen vigencia en el otro. Alonso mejor que nadie sabe que el mundo westminsteriano es un planeta diferente al Perú. No es una comparación razonable en forma alguna.

Además, no podemos dejar de ignorar que la cuestión es de una naturaleza muy contextual. La ley, por naturaleza, es reactiva. Mas que prever el futuro, aprende del pasado. Nosotros somos uno de los poquísimos países que han elegido como gobernante a alguien con doble nacionalidad. Y de los pocos países que como nosotros han optado por alguien con doble nacionalidad como gobernante, ninguno de ellos ha visto a su gobernante refugiarse en su otra nacionalidad para huir de la justicia. Es razonable que en la gran mayoría de países, entonces, no exista norma con respecto a este supuesto.

Ahora, yo entiendo perfectamente – y comparto – que Alonso defienda el derecho de cualquier peruano a sentir vínculos de identidad con otro país sin que se le acuse de antipatriota. Mi familia paterna es más británica que peruana y le tengo mucho aprecio al Reino Unido. Me el himno británico de memoria, leo el Guardian todos los días, prefiero la BBC a la CNN y tomo mi té con leche. Además, hincho por Inglaterra en los mundiales (sólo porque no va Perú, ojo) y en la Eurocopa y soy un orgulloso hincha del Liverpool que canta Youll Never Walk Alone, mientras que al futbol local peruano no le presta la menor atención. ¿Eso me hace menos peruano? Por supuesto que no. El Perú es MI país. Yo SOY peruano. Ningún país nunca significará para mí lo que el Perú significa.

También funciona a la inversa: hoy en día en el exterior hay millones de hijos de peruanos que en algunos casos ni siquiera hablan español y sin embargo sienten un enorme orgullo por sus orígenes. Muchos de ellos honran a nuestro país día a día, enarbolando nuestros colores cuando logran hazañas y profesando que, aunque son legalmente extranjeros y ante todo ciudadanos de su país, el nuestro significa mucho para ellos. Allí están el astronauta Carlos Noriega y nuestro héroe de la aviación, Jorge Chavez, por poner un par de ejemplos.

Pero ninguno de ellos tiene un pasaporte peruano. No hay necesidad de ello. Al final del día, son extranjeros. Y no necesitan un pasaporte peruano para sentir cariño e identificación con nuestro país.

Entonces, ¿por qué no puede funcionar a la inversa? Yo no tengo ningún problema en que PPK tenga aprecio y se sienta agradecido con Estados Unidos. ¿Pero acaso necesita un pasaporte para ello?

Por supuesto que no. El, al igual que los otros miles de peruanos con nacionalidad alternativa, tiene un pasaporte extra por pura y simple conveniencia. Porque le otorga un refugio más estable que el Perú en caso de algún problema serio y porque les evita el engorro de tener que tramitar visas para estudiar o hacer turismo. Es así de simple. Y no está mal, en absoluto. Pero para el caso en mención, seamos francos, después de salir elegido presidente de un país, ¿realmente cree alguien que una persona va a tener problemas para sacar visa?

Estamos pidiendo poco para ganar mucho. Negarse a ello, con justicia, solo generaría suspicacia, como dice Alejandro Toledo. En ese sentido, es un alivio que mi candidato, PPK, esté de acuerdo con ello.


Doble Nacionalidad y Presidencia: Preguntas y Respuestas

marzo 20, 2011

La postulación de Pedro Pablo Kuczynski a la Presidencia de la República ha generado gran debate sobre si una persona con doble nacionalidad puede postular a la Presidencia. A continuación me permito ofrecer algunas preguntas y respuestas para esclarecer la situación, al menos según mi parecer.

(En toda transparencia, advierto previamente que yo también soy un peruano con dos nacionalidades).

1. ¿Es legal que una persona con doble nacionalidad sea Presidente del Perú?

La respuesta es a esta pregunta es, en realidad, bastante simple: El artículo 110 de la Constitución es sumamente claro en señalar que para ser Presidente se requiere “ser peruano por nacimiento, tener más de treinta y cinco años de edad al momento de la postulación y gozar del derecho de sufragio”.

La redacción es similar a la que existe para el cargo de Congresista, en donde nunca hemos hecho problemas para elegir personas con doble nacionalidad, siendo el caso más conocido el ex Senador peruano-italiano Rafael Canevaro, protagonista del famoso Asunto Canevaro ante la Corte Permanente de Arbitraje Internacional.

En resumen, sí, es legal que una persona con doble nacionalidad sea Presidente del Perú.

2. ¿Pierde un peruano su nacionalidad cuando asume la nacionalidad de otro Estado?

La Ley de Nacionalidad, Ley 26574, establece en su artículo 7 que “la nacionalidad peruana no se pierde, salvo por renuncia expresa ante autoridad peruana”. Asimismo, de acuerdo con el artículo 31 del Reglamento de dicha Ley, Decreto Supremo 004-97-IN, “los peruanos de nacimiento que adopten la nacionalidad de otro país no pierden su nacionalidad, salvo que hagan renuncia expresa de ella ante autoridad competente” (es decir, la Dirección de Naturalización de la Dirección General de Migraciones y Naturalización – DIGEMIN). Asimismo, el Reglamento dispone que “las personas que gozan de doble nacionalidad, ejercen los derechos y obligaciones de la nacionalidad del país donde domicilian” y que “los peruanos por nacimiento que gozan de doble nacionalidad no pierden los derechos privativos que le concede la Constitución” (entre ellos, obviamente, el de ser elegido Presidente).

Existe, sin embargo, preocupación de algunos sectores por los juramentos que a veces debe realizar un peruano con doble nacionalidad para obtener la nacionalidad extranjera, como es el caso de la estadounidense, en donde la persona debe renunciar a todo vínculo con previos Estados. Sin embargo, una norma extranjera (que en el caso de Estados Unidos ni siquiera tiene rango de ley, sino que es un reglamento administrativo) no puede tener prevalencia por sobre la ley peruana. Hacerlo, sería someter los designios del pueblo peruano a la voluntad de una potencia extranjera. Hay muchas disposiciones de la ley extranjera que pretenden avocarse competencias en nuestro territorio que simplemente no reconocemos. De acuerdo con el artículo 2058 del Código Civil, nadie más que un Juez peruano puede decidir sobre derechos reales sobre predios ubicados en la República. Por ende, un juez extranjero aplicando ley extranjera puede haber querido decidir que tal o cual inmueble es de propiedad de tal o cual persona cuantas veces quiera, pero dicha determinación legal no podrá ni tendrá efectos legales en nuestro país, por el simple hecho de que no lo reconocemos como válido.

Pero en el caso particular de Estados Unidos, una cosa que salta a la vista es que el Juramento de Lealtad es básicamente un anacronismo que nunca ha sido ejecutado; es decir, Estados Unidos nunca ha requerido que un ciudadano estadounidense con doble nacionalidad lleve a cabo un procedimiento en su país de origen para renunciar a su nacionalidad por nacimiento. Es más, la Embajada de Estados Unidos en Lima no ha requerido a Pedro Pablo Kuzcynski que cese su campaña política en el Perú en virtud a su juramento y tampoco lo hizo cuando “PPK” fue Primer Ministro peruano.

3. ¿Sería correcto prohibir la participación de los candidatos con doble nacionalidad en las elecciones?

Como ya hemos visto, es perfectamente legal que un peruano de nacimiento con doble nacionalidad participe (y gane) en las elecciones presidenciales. Es más, a nivel comparado, existen casos como el canadiense, que ya ha tenido un Primer Ministro con doble nacionalidad, el canadiense-británico John Turner.

Sin embargo, hay quienes señalan –entre ellos las autoridades electorales– que ello debe cambiar y que los presidentes del Perú no deberían poder tener una segunda nacionalidad.

Uno de los argumentos es que una persona con doble nacionalidad puede tener un conflicto de lealtades hacia el Perú, favoreciendo los intereses de su “segunda patria”. Pero eso contrasta marcadamente con la reciente iniciativa de darle representación en el Congreso a los peruanos residentes en el extranjero. Si un peruano con doble nacionalidad es alguien en quien no se puede confiar porque será favorable a los extranjeros, ¿por qué dejamos votar a muchas de estas personas para elegir miembros del Congreso? Si el argumento fuese correcto, seguro elegirían candidatos y promoverían políticas que favorezcan a otros países, no al Perú.

Pero tal vez más importante, restringir derechos a los peruanos con doble nacionalidad podría ser una violación de sus derechos, pues serían ciudadanos “de segundo nivel”. En efecto, el Pacto de Derechos Civiles y Políticos señala en sus artículos 2 y 25 que todos los ciudadanos gozarán sin ninguna distinción basada en “raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, orígen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social” del derecho a “participar en la dirección de los asuntos públicos” y del derecho a “votar y ser elegidos en elecciones periódicas, auténticas, realizadas por sufragio universal e igual y por voto secreto que garantice la libre expresión de la voluntad de los electores”. Ello quiere decir que si los peruanos desean elegir a un conciudadano que además tiene la nacionalidad de otro Estado, este candidato no debería ser discriminado en su derecho a ser elegido sólo por tener esta otra nacionalidad. De esto puede inferirse que el criterio a tener en cuenta es la de la libre expresión de la voluntad de los electores, no el de hacer renunciar a la persona a su segunda nacionalidad.

Como alguien que tiene actualmente una segunda nacionalidad, puedo afirmar que considerar que un peruano con doble nacionalidad es menos patriota o menos comprometido con su país que un peruano con una sola nacionalidad es infundado y no creo que genere un conflicto de intereses. Desde el momento en que una persona con doble nacionalidad se lanza a la presidencia del Perú y no a la presidencia de su segunda nacionalidad, está demostrando que es el Perú el país por el cual quiere trabajar y ayudar.

Esto claro, no significa que un doble nacional no tenga afecto por su segunda nacionalidad (y ojo que ni siquiera se tiene que ser nacional de un Estado para encariñarse con él: ¡lo vemos cada cuatro años en los mundiales!). Sea por motivos familiares (como es mi caso) o motivos de residencia prolongada, uno se encariña por la otra tierra y siente orgullo por su historia y alegría por sus logros: La segunda nacionalidad es parte de la personalidad del “nacional doble” y en buena parte hace que sea quien es. Pero eso no quiere decir que una vez electo el doble nacional vaya a privilegiar los intereses de otro país por sobre el país que lo ha elegido. Es simplemente un tema de honradez, seriedad y profesionalismo. Si una persona se lanza a la presidencia de un país, es porque sabe que debe hacerlo con fidelidad y lealtad, sin importar qué otras afiliaciones pueda tener en su vida (¡no sólo la afiliación nacional!). Y si el electorado no cree que las cosas vayan a ser así, simplemente no debería votar por ese candidato, pero la doble nacionalidad no es motivo para vetarlo de las elecciones. Es nada más y nada menos que una cuestión de voluntad popular.

Lo anterior se ve reflejado en la práctica: los Estados que tienen bajo su jurisdicción a personas con más de una nacionalidad, no los consideran “enemigos” ni “dignos de poca confianza”. Simplemente se estima que existe una nacionalidad efectiva y una no efectiva. En el Perú, por ejemplo, el Reglamento de la Ley de Nacionalidad señala que “las personas que gozan de doble nacionalidad, ejercen los derechos y obligaciones de la nacionalidad del país donde domicilian”.

De lo contrario, prohibamos a los de fe católica ser presidente porque darán favoritismos a la Iglesia Católica y/o al Estado Vaticano, a los de fe judía porque darán preferencia a Israel, a los que tengan ascendencia japonesa porque darán preferencia a los japoneses o a los que estén casados con belgas porque privilegiarán a ese Estado, o tal vez deberíamos prohibir también que los Congresistas y Ministros tengan doble nacionalidad (¡Canciller y Defensa por lo menos!), y los alcaldes y presidentes regionales (¡que ya hay algunos!), embajadores y cónsules, asesores presidenciales, jueces de la Corte Suprema, etc.

Es más, la cosa se pone incluso más complicada si tenemos en cuenta que todo peruano es un español en potencia gracias a la existencia de un Convenio de doble nacionalidad con ese país. A tal punto que el preámbulo del tratado señala que “los españoles y los peruanos forman parte de una comunidad caracterizada por la identidad de tradiciones cultura y lengua” que hace que “de hecho, los españoles en el Perú y los peruanos en España no se sientan extranjeros” señalando finalmente que “no hay ninguna objeción para que una persona pueda tener dos nacionalidades, a condición de que sólo una de ellas tenga plena eficacia, origine la dependencia política e indique la legislación a la que está sujeta” ¡Los propios peruanos no deberíamos ser presidentes del Perú porque no nos sentimos extranjeros con los españoles!

En la experiencia comparada, el camino de prohibir a los de doble nacionalidad servir en el Estado es uno complicado y lleno de críticas, que puede incluso degenerar en leyes como la increíblemente confusa nueva reforma constitucional egipcia post-Mubarak: El Presidente debe ser egipcio, no debe estar casado con una persona extranjera y sus padres deben ser egipcios que no tengan doble nacionalidad.

Francamente, si el miedo es que los Presidentes con doble nacionalidad puedan usar su nacionalidad para escudarse de la justicia peruana luego de sus mandatos, la solución no está en discriminar a la gente con doble nacionalidad, ¡sino está en votar por candidatos que no cometan delitos que procesar durante su gestión!

Alonso Gurmendi

 


VOTEN POR PPK, PERO ES UN VOTO PERDIDO

marzo 16, 2011

Les guste o no

PPK
Para otra será, gringo

No creo que vaya a hacerme popular con esta contribución, pero la realidad es que, lejos de entusiasmarnos, las últimas encuestas publicadas por la PUCP e IPSOS APOYO básicamente deberían terminar de convencernos que Pedro Pablo Kuczynski no tiene chances de salir elegido Presidente de la República en las siguientes elecciones.

No me malinterpreten. Personalmente, pienso votar por PPK. Si ustedes me pidieran por quien les aconsejaría votar, les diría que voten por PPK.

No quisiera caer en la hipocresía de decir que voy a votar por PPK porque tiene las mejores propuestas y el mejor plan de gobierno (en un ejercicio de sinceridad, reconocería que de los que he leído, el de Luis Castañeda es el mejor, aunque no he leído – ni pienso leer – el de Fuerza 2011). Creo que su plan de gobierno, si bien está llamativamente presentado, es simplón y resume muchas ideas sin mayor trasfondo técnico. No es que lo culpe por eso. Una elección presidencial no se trata realmente de quien tiene las mejores propuestas e ideas. Seamos sinceros: solo un puñado de personas en el Perú tienen la formación y el conocimiento técnico suficiente para poder entender y evaluar bien algo tan complejo y comprehensivo como un plan de gobierno presidencial de cinco años.

Yo tengo una formación universitaria completa y me considero una persona bastante instruida, y tengo que confesar que no tengo la menor idea de cómo evaluar si una propuesta sobre, digamos, electrificación rural o control de la inflación, es buena o no. Simplemente, no tengo el conocimiento técnico. Y sea honesto: usted tampoco.

Sin duda, todos tenemos una obligación cívica de leer el plan de gobierno de nuestro candidato y, dentro de nuestras posibilidades, ver si nos parece coherente y si guarda sentido. Pero en gran medida, una elección presidencial se trata de confiar en la persona y en el partido o partidos que la apoyan.

Cuando PPK empezó a conformar su alianza, vi muchos elementos positivos. Me gustó la idea de tener a Alianza por el Progreso ahí: un partido con orígenes regionales, que se ha consolidado en el norte y que tiene autoridad moral para hablar de descentralización. Me gustó que Restauración Nacional se plegara, ofreciendo solvencia moral a través de Humberto Lay, y una genuina preocupación por los más necesitados, que deviene de su trasfondo evangélico. Me gusto la presencia de Yehude Simon, que a pesar de haber manejado muy mal la crisis de Bagua, hizo un gran trabajo en Lambayeque y es alguien a quien nadie puede acusar de solo trabajar por los ricos. Tener a PPK de cabeza era sumarle sensatez económica y excelencia técnica a una alianza ideológicamente bien orientada. Que bacán.

Luego PPK metió al PPC y, para mi gusto, malogró un poco el cuadro. ¿Qué tiene que ver el PPC con movimientos claramente de izquierda, como Restauración Nacional o el Partido Humanista? Sigo sin entender bien que es lo que el PPC puede aportar ahí institucionalmente. Seguro, hay gente honesta y bien intencionada en el PPC. Pero es un partido de perfil bastante derechista, con un liderazgo que se niega a conectar con la juventud (los discursos de Lourdes Flores son sacados de los sesentas) y que tiene mucha resistencia en provincias.

Tampoco me gustó el nombre: Alianza por el Gran Cambio. ¿Cuál gran cambio? Ese es un error de enfoque. El gran cambió en el Perú se logro en las dos décadas pasadas: primero derrotando al terrorismo (mérito de TODOS los peruanos y no de Fujimori simplemente) y consolidando un sistema económico que, aunque sigue siendo injusto, al menos ya tiene sentido, y luego consolidando una democracia – desnutrida aún y con instituciones en pañales, pero democracia al fin. Los peruanos deberíamos estar orgullosos de esos logros y verlos como la base de lo que sea que construyamos para el futuro. Son logros de todos los peruanos y deberían servir como un factor de unidad para todos. Me disgusta que todos los partidos quieran pintar un pasado totalmente repelente, casi vergonzoso, y con eso negarnos a todos los peruanos la posibilidad de sentirnos unidos a través de él.

Aún así, pienso votar por PPK. Pues, como dije, una elección presidencial es una cuestión de confianza. Y yo confío en el gringo: es un tipo brillante, con una educación que cualquiera envidiaría, con mucha experiencia en el sector público, con contactos en el exterior y que no tiene problemas en trabajar con otros partidos o aceptar buenas ideas de otras personas si es por el bien del país.

En un país de paranoicos, donde las personas están predispuestas a ver corrupción adonde sea que miren, su candidatura es una bocanada de aire fresco: PPK ya es rico. Si quisiera hacer plata, tiene a su alcance muchas maneras de hacerlo mucho más sencillas y rentables. Su círculo político goza también de una reputación bastante aceptable, salvo por algunas denuncias contra Cesar Acuña y el escándalo Cataño contra Lourdes Flores (que en el fondo era mucho más una llamarada de campaña que otra cosa).

Varios de los que lo acompañan me generan buena espina también. Confío en Humberto Lay, a quien admiro mucho personalmente. Y aunque no diría que confío en ellos, creo que Yehude Simón y Gaby Pérez del Solar, entre otros, merecen una oportunidad de demostrar lo que pueden hacer por el Perú en un eventual gobierno.

Así que sí, PPK cuenta con mi voto.

Pero no va a ganar las elecciones. No tiene la más mínima chance.

La encuestas que algunos quieren pintar como una prueba del gran fenómeno PPK, no solo señalan que gringo acumula solo entre 4% y 7% en los sectores D y E, también reflejan que actualmente es el candidato más resistido: Apoyo señala que 68% de la población dice que probablemente no votaría por él, mientras que el 56% enfatiza que definitivamente no lo haría. Ni Ollanta Humala o Keiko Fujimori causan tantos anticuerpos como el gringo. Eso, en mi opinión, se trae abajo el argumento de que PPK no sube más porque la gente “no lo conoce”.

Por otro lado, en la encuesta de Apoyo, la única que discrimina entre los cinco niveles socioeconómicos (NSE) – la de la PUCP agrupa niveles en tres estamentos – PPK registra una espectacular subida en el NSE A, saltando de 26% al 51%. En el NSE B, sube de 11% a 17%. En el C, del 7% al 11%. En el D, se mantiene en 4%, y como ya mencionamos, en el E subió de 1% a 4%. No hay punto de comparación entre el tamaño de las escaladas, así que una cosa es cierta: PPK sí es el candidato de los ricos.

El otro factor aquí es la trepada del cuco electoral: así es, Ollanta Humala está camino a pelear con Keiko Fujimori el pase a la segunda vuelta. Eso, en mi opinión, causará un inminente descenso de Castañeda Lossio (como dijimos antes, nunca tuvo realmente chances de ganar la elección) al cuarto lugar, y una migración de votos “pro-sistema” hacia Alejandro Toledo y Keiko Fujimori.

Si Humala sigue subiendo y amenaza con pasar a la segunda vuelta, todos esos votantes de los NSE A y B que hoy respaldan a PPK pasarán, recuerden esto, a votar tácticamente, para asegurar una segunda vuelta entre candidatos razonables para ellos. En realidad, las últimas encuestas debieron hacer sonreír a Alejandro Toledo, que se beneficiará más que Keiko Fujimori de ello. PPK, lo más probable es que ya haya tocado techo.

Mi voto, eso sí, no estará entre esos. Basta ya de votar por el menos peor, de votar a ganador. Que importa si mi voto es un voto perdido. Se irá para PPK.


¿Quiénes se benefician con el fin de las encuestas?

marzo 3, 2011

La controversial decisión del Jurado Nacional de Elecciones, anunciada el viernes pasado, de exigir a las encuestadoras que presenten el nombre, DNI y dirección de las personas encuestadas supone el último capítulo de la telenovela electoral.

Aunque una tener discusión sobre los méritos de dicha decisión resulta atractivo, creo que sería también un ejercicio totalmente ideológico.

Los hechos son que, no importa cuán a favor de la medida estén algunos votantes de los sectores  B y A que leen y comentan en El Comercio, es bastante evidente, para toda persona informada, que si las encuestadoras exigieran el nombre, DNI y dirección a los encuestados, los resultados de las encuestas se verían seriamente perjudicados en los sectores D, E y entre los votantes de mayor edad, sea por temor o incluso en algunos casos por desconocer su número de DNI (no es tan común en estos sectores, sobre todo en zonas rurales, que las personas lleven su DNI consigo todo el tiempo o incluso que se sepan su número de memoria).

La reacción de las encuestadoras tampoco sorprende a nadie, mucho menos al JNE y los partidos políticos. Todos sabían que la única conclusión que esta medida iba a tener era detener la publicación de encuestas por un tiempo.

Es simple: más allá del impacto estadístico que la medida tendría en los resultados de las encuestas, es un riesgo demasiado grande para las encuestadoras arriesgarse a ser sancionadas por el JNE por presentar encuestas con errores. No tienen forma de verificar que los encuestados les estén diciendo la verdad, salvo que pidan ver los DNI, y como ya dijimos, no todo el mundo lleva el suyo consigo. Haciendo números, simplemente no sale a cuenta tomar el riesgo. Así que prefieren callarse hasta que cambie la norma y dejar que la población, en su ansiedad, presione al JNE a hacer lo único que tiene sentido.

Sobre ese punto, los próximos días van a ser muy interesantes. ¿Podemos los peruanos vivir sin encuestas? ¿Podemos los peruanos, en la era del twitter, de wikipedia y de google, vivir realmente sin saber que está pasando cuando está a nuestro alcance saberlo?

Lo dudo. Los peruanos, como todos los seres humanos, somos demasiado curiosos. Queremos saber lo que está pasando, y queremos saberlo ya. Por esa razón, dudo mucho que pasen muchos días sin que empiecen a circular encuestas “no oficiales” que crezcan cada vez más en popularidad. Al final, no creo que el JNE tenga más opción que levantar la restricción.

Por mientras, resulta interesante preguntarse ¿A quién le conviene que no se publiquen las encuestas?

Muchos señalan que a quien le conviene es al Gobierno. Puede ser. Las encuestas muestran que el Apra tendrá que luchar muy duro para pasar la valla electoral. Eso genera una impresión general de debilidad, y los peruanos nos enamoramos sólo de los fuertes, un trauma remanente de los múltiples regímenes autoritarios que hemos tenido que vivir. Encuestas que muestran al Apra languideciendo pueden volverlo una opción menos atractiva, y distraer la atención de los indecisos hacia los partidos más fuertes.

Por otro lado, el Apra tiene un voto muy sólido, que tiende a consolidarse siempre hacia el final de la campaña. El Apra siempre empieza de atrás en las encuestas, y va subiendo poco a poco, en la medida que los votantes que son apristas de corazón van tomando conciencia de la inminencia de las elecciones.

Además, la valla electoral es solo del 5 por ciento. Para un partido organizado a nivel nacional, 5 por ciento es realmente muy poco. No hay que olvidarse que los apristas sacaron 20 por ciento en el Congreso en las elecciones de 1990, después del desastroso primer gobierno de García. Y esta vez lo han hecho bastante mejor que entonces.

En ese sentido, no creo que ningún experto apostaría en contra de que el Apra pase la valla electoral. Tampoco creo que la dirigencia aprista vea necesaria una medida como esta para lograrlo. Además, saben que existe un riesgo de que esto juegue en su contra, pues la tendencia obvia va a ser que las personas vean en esta medida la mano del gobierno. El peruano es paranoico. Es el trauma de los vladivideos. El siempre piensa que el gobierno es todopoderoso, y que está detrás de todo, conspirando y manipulando perversamente nuestra realidad. El Apra sabe eso.

Los que realmente se benefician de esto son las candidatos medianos que no guardan relación con el gobierno: PPK, Ollanta  Humala y Lucho Castañeda. Ellos son los únicos que se pueden beneficiar: tienen una base de votantes y de campaña decente, que los hace atractivos como alternativas a los candidatos establecidos (Alejandro Toledo y Keiko Fujimori). Además, la población no los percibe como capaces de influenciar al JNE, así que quedan libres del efecto “son unos corruptos que están manipulando la elección”.

Lucho Castañeda…. Bueno, todos sabemos que Lucho Castañeda no va a ganar la elección. Simplemente, no tiene lo que se necesita. Tiene demasiados obstáculos. Ha sido alcalde de Lima (cuando entenderán los políticos que no se puede llegar a Palacio desde la Municipalidad, por más que estén a 50 metros de distancia), es percibido como un burgués débil, no tiene carisma, no tiene discurso, no tiene un partido de verdad detrás y, a pesar de su astuta decisión de incorporar a Cambio 90, tampoco tiene como crecer en provincias. Viene bajando en las encuestas hace un tiempo y seguirá bajando. Y personalmente, creo que ni aunque mañana Keiko Fujimori y Alejandro Toledo muriesen por un aneurisma o algo así, conseguiría salir electo. Así que dudo que sea él el que termine ganando con la ausencia de encuestas.

Eso nos deja a quizá los dos polos más opuestos de esta elección: Ollanta Humala y PPK.

A primera vista, uno pensaría que Ollanta esta mejor posicionado para beneficiarse. El disfruta del llamado voto oculto (aunque ahora se lo reparte con Keiko Fujimori) y muchas más personas se identifican con él, un hombre de rasgos mestizos con un pasado familiar muy arraigado en el Perú y una hoja de servicios al país factible de ser percibida por la población, que con PPK, un hombre de rasgos anglos, que si bien tiene un pasado político fuerte en el país, es percibido como un pituco extranjero con un apellido que menos del cinco por ciento de la población puede escribir.

Aún así, PPK también tiene como aprovecharse de las circunstancias. Su voto es mucho más flexible que el de Ollanta y no genera tantos anticuerpos como el ex teniente coronel.  Además, la ausencia de encuestas va a impactar mucho más en zonas urbanas, entre gente acostumbrada a seguir las noticias, que por su perfil estaría más inclinada a votar por un empresario con criterio económico como PPK, por más que no lo vean como uno de los suyos, que por un militar gritón como Humala, que es como el “Comandante” aún es percibido le guste o no.

Humala, además, tiene su base en el voto rural, que es el sector donde mayor capacidad de penetración tiene, y donde tiene que pelearle los votos a Keiko. Y en las zonas rurales, la gente probablemente ni se haya enterado de que ya no se van a publicar encuestas. No están acostumbrados a verse afectados por ellas de cualquier manera. La brecha informativa campo-ciudad hace que este segmento de la población permanezca convenientemente aislado, más sensible a ser cautivado por los discursos autoritarios de fujimoristas y humalistas. La ausencia de encuestas no va a tener aquí el más mínimo impacto.

Por su parte, PPK no tiene esperanza de sacar muchos votos en zonas rurales. Por ende, no está invirtiendo mucho en sacar allí grandes resultados. Creo que ha tratado de compensar eso aliándose con Humberto Lay, a fin de atraer un porcentaje de los votos de evangélicos, que en los sectores C, D y E llegan al 20% de la población, una maniobra inteligente. El, por mientras, se ha concentrado en captar el voto urbano de provincias, que es donde al fin y al cabo se gana la elección y donde creo, coincidentemente, mayor impacto va a tener la ausencia de encuestas.

El tiempo dirá quién sale ganando.

UPDATE (03/03/2011): El Jurado Nacional de Elecciones, tal como era de esperarse, decidió dar marcha atrás en su decisión, permitiendo el retorno de las encuestas públicas. Habiendo durado la suspensión tan poco tiempo, es imposible medir los efectos que esta hubiera tenido en el electorado.

Aún así, creo relevante comentar brevemente dos  ocurrencias interesantes relacionadas al tema.

La primera es la reacción de Alejandro Toledo a la decisión inicial del JNE, la cual me pareció bastante imprudente. Una de las grandes lecciones que nos va a dejar esta elección, es que a pesar de los diferentes progresos que nuestra democracia ha tenido en estos años, seguimos sufriendo de una terrible crisis de confianza en nuestras instituciones. Es preocupante que tantas personas reaccionen con tanta paranoia cada vez que algo sucede en el escenario político, buscando al corrupto detrás de cada idea y la cortina de humo detrás de cada imprevisto. Ese temor no nos deja crecer como sociedad, no nos deja crecer como democracia. Convierte la relación del pueblo con el Estado en un incómodo divorcio entre dos esposos que no confían el uno en el otro pero se ven forzados a vivir bajo el mismo techo por el bien de la familia.

En ese sentido, los actores políticos importantes, como Alejandro Toledo, deberían ser más responsables a la hora de acusar a la ligera a funcionarios públicos de cometer un fraude electoral y de denunciar una manipulación política de instituciones tan importantes para la democracia como el Jurado Naciones de Elecciones. Incluso en la calentura natural de un proceso electoral, hay líneas que no deben cruzarse, por el bien del país. Minar la democracia lanzando torpedos a sus pilares institucionales por el solo hecho de hacer ruido es una de esas líneas. El hecho de que acuse una conspiración del gobierno para enturbiar las elecciones sin ninguna prueba es, por lo menos para mí, una demostración de la poca importancia que el ex presidente le otorga a construir una confianza mayor en las instituciones del país. De todos los candidatos, el Doctor Toledo es el que más ha atacado y denunciado, sin prueba alguna, al actual Gobierno de todo cuanto se le ha ocurrido. Su insistencia en apuntar a Palacio de Gobierno y gritar que ahí vive el cuco sin mas pruebas que su propia suspicacia me resulta irritante. Solo por eso, no contará con mi voto este 10 de abril. Eso a pesar de lo que considero fue una bastante buena gestión en su primer mandato

Lo segundo es el crecimiento de PPK y Ollanta Humala en las encuestas. Un fenómeno extraño, considerando que estamos a poco más de un mes de las elecciones, una etapa en la que normalmente los tres primeros consolidan sus porcentajes y los candidatos de media tabla empiezan a derrumbarse. Sin entrar a considerar a los candidatos en sí, me parece positivo que ambos hayan crecido, pues es, al menos en parte, testimonio de que la población no se está dejando influenciar por las encuestas en decidir su voto y no está viendo la elección como una especie de carrera en la que hay que apostar al mejor caballo (sé que Alan García no es candidato, así que no estoy siendo sarcástico, por si acaso. El hecho de que los peruanos, cada vez en mayor número, estemos mostrándonos decididos a votar por quien nosotros consideramos mejor, sin importar su ubicación en las encuestas, es en sí, un paso adelante en la lucha por la consolidación de una democracia real.


Quiero votar por un progresista

noviembre 3, 2010

 

¿Será que algún día tendré la chance de votar por alguien así?

Hace unos días tuve ocasión de ver “The Special Relationship”, un filme de HBO que explora las idas y vueltas de la relación entre Tony Blair y Bill Clinton, en la segunda mitad de la década pasada. La película es interesante y ciertamente recomendable para aquellos interesados en comprender ese período particular de la historia, si bien maquilla muchos hechos con fines taquilleros. Pero hay una escena en particular que llamo mi atención.

Dennis Quaid (interpretando al Bill Clinton mas tejano que haya visto en mi vida) se aproxima a Michael Sheen (que interpreta a Tony Blair por tercera vez, y de manera brillante una vez más) y le dice que, con ambos en el poder, la centroizquieda progresista tiene la oportunidad más grande de su historia: pueden, de hacer las cosas bien, ganar la confianza del pueblo americano y británico, y perpetuar a sus partidos por casi dos décadas en el poder, creando una alianza transatlántica destinada a promover los intereses del pueblo y la defensa de los principios liberales de respeto a la dignidad del individuo que lleve a la humanidad a una verdadera era de progreso.

En esa escena se reflejó el momento cúspide del pensamiento progresista de centroizquierda (el fenómeno Obama es un caso aislado. Clinton fue mucho más revolucionario). Una filosofía de pensamiento que, con sus fallas, pudo y debió haber llevado al mundo a un lugar mejor. Pudo ser el turning point. Pudo ser el fin del neoliberalismo, de los magnates de wall street, de las petroleras todopoderosas, del redneckismo americano.

Luego vino Mónica Lewinski, la “elección” presidencial estadounidense del 2000, el apoyo de Blair a la Guerra de Bush… y en fin, el resto es historia. Pero ese no es el punto.

Cuando acabó la película, me puse a pensar lo increíble que hubiera sido ser adulto en esa época y tener la opción de votar por el partido de un Bill Clinton o de un Tony Blair.

Pero luego me puse a pensar que, aunque hubiera sido adulto en los noventas, no hubiese sido posible. Que yo, como peruano, nunca he tenido la opción de votar por un candidato progresista de verdad. Y me dio cólera.

Ahora, antes de que el lector caiga en la trampa ideológica latinoamericana, empecemos por definir qué es lo que yo (en realidad, yo y el resto del mundo civilizado) entiende por progresismo.

Para mí, el progresismo es social-democracia. Es una idea de gobierno donde el Estado, ante todo, se enfoca en el ser humano, en su progreso y su bienestar. Es creer en que el ser humano es, ante todo, libre. Y que esa libertad debe ser ejercida con la mínima regulación necesaria posible, sin perder la sensibilidad y el sentido del humanismo, e incluso respetando el derecho de los conservadores a ser conservadores, escuchando atentos sus opiniones, porque al fin y al cabo, de cuando en cuando le aciertan a algo.

 Para mí, el progresismo es una ideología que no defiende la economía de mercado, ni tampoco la condena. La acepta como algo inevitable, como una manifestación más de la naturaleza individualista del ser humano. Algo que no tiene polaridad moral, que no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Es una ideología que reconoce la necesidad de un sector privado fuerte, libre, innovador y creador de riqueza, pero al mismo tiempo está advertido de su inherente egoísmo, y de que, como todo fenómeno colectivo, requiere ser dirigido, manipulado incluso, para favorecer el bien común. Y que, cuando se infla demasiado, cuando adquiere demasiada influencia y empieza a privilegiar excesivamente a unos pocos en detrimento del resto, requiere ser regulado, amarrado, cohibido incluso. Como un caballo veloz, que gana carreras, pero de cuyas riendas hay que tirar cuando quiere llevarnos a donde no queremos ir.

Ser progresista es creer que todo el mundo tiene derecho a tener un techo sobre su cabeza. Uno que no se venga abajo en el primer temblor, y que, eventualmente- y realistamente- pueda tras una vida de trabajo duro, llegar a convertirse en propiedad de la persona que bajo este techo vive.

Ser progresista es creer que toda persona que se enferma debe tener la certeza de que tendrá la misma oportunidad de curarse que cualquier otra persona en la sociedad, y que es deber del Estado garantizar esa condición, por encima de cualquier posición ideológica.

Ser progresista es creer que todo el mundo, llegado a una edad, tiene derecho a retirarse a su hogar, a gozar de sus hijos y sus nietos con una pensión decente, sin tener que andar mendigando en el transporte público para conseguir dinero para comprar medicamentos.

Ser progresista es creer que toda persona tiene derecho a un empleo fijo, que le reporte un ingreso decente y que le permita vivir en tranquilidad. Que sea consciente, primero, de que no se puede inventar empleos por las puras, pero tampoco se puede dejar el tema a la entera satisfacción del mercado, que tenderá siempre a desfavorecer al que aporta trabajo y a inclinarse por quien aporta capital. Y segundo, que un empleo no es solo un medio de producción de la empresa, también es, desde una perspectiva nacional, un fin en sí mismo, y que mantener una economía con altos índices de empleo, o porque no incluso con pleno empleo, es mucho más importante que mantener una economía con altos índices de crecimiento que se evaporan en los bolsillos de dos o tres magnates.

Ser progresista es creer que los trabajadores tienen derecho a unirse en sindicatos para exigir la defensa de sus derechos, y que es un acto de verdadero terrorismo socioeconómico el impedirlo. Al mismo tiempo, es ser consciente de que todo cuerpo sindical, al igual que cualquier otro gremio – profesional o no – jamás será imparcial y no se le puede otorgar más poder del que puede manejar.

Ser progresista es creer que si por los vaivenes del ciclo económico, una persona pierde su empleo, debe mañana poder abrir el periódico y empezar a buscar otro con natural ansiedad, pero con la total certeza de que su Gobierno: (i) es el primer interesado en que consiga otro empleo y que es gran parte del propósito de su existencia establecer un sistema donde pueda encontrarlo pronto: y (ii) jamás permitirá que no se le contrate por su apariencia, su raza, su género, su religión, su orientación sexual o, peor incluso, su acento al hablar español. Y que éste es un principio que exige absoluta prioridad, y que debe ser atendido con la más absoluta urgencia, en medio de la sociedad cuasi colonial en la que vivimos y con la que no nos queremos enfrentar.

Todo esto, claro, puede considerarse universal a todas las ideologías liberales, de derecha a izquierda. Pero aquí viene el quid de la cuestión: ser progresista implica creer que muchas personas, a pesar de haber trabajado honestamente sin quebrar la ley y de haber cumplido con sus deberes ciudadanos, nunca podrán, por las desigualdades que son inherentes a una economía de mercado, generar la suficiente riqueza personal para asegurarse todos estos derechos, y que por ello, el Estado debe intervenir en su rol redistribuidor, y asegurarse a través de políticas fiscales y sociales claramente definidas y substancialmente razonables, de que las ganancias producidas por la economía nacional vayan, primero y ante todo, a garantizar estos derechos para todos.

La manera en que el Estado asume esos compromisos se refleja en una necesidad de mantener una fuerte presencia en el día a día de la nación, reteniendo un estricto control de los servicios públicos esenciales, pues esta es la única manera de garantizar esos servicios para todos genuinamente, y manteniendo un sistema educativo, de seguridad social y previsional gratuito, de calidad, universal e incondicional, fuera de otras alternativas que puedan existir – siempre y cuando no existan jamás en detrimento de los ciudadanos más desfavorecidos.

Todo esto requiere, casi siempre, de una carga tributaria personal alta (más alta sin duda de la que tenemos ahora, que sigue siendo bastante baja para estándares mundiales) y, sobretodo, escalonada. Una escala tributaria donde los ricos, les guste o no, pagan más que los pobres – y ese pago representa, de alguna manera, su derecho de piso: es el precio que el Estado le cobra al sistema capitalista, y a aquellos que lucran de él, por arrendarle la economía nacional, y que se destina a una redistribución sustentable.

Asimismo, requiere también de una política económica orientada al bienestar social, que observe responsablemente pero no se obsesione con los indicadores macroeconómicos, y que tampoco tenga como objetivo final, sino solo como medio, el mantener un superávit fiscal. Que sea consciente que al largo plazo, nada se gana con un saldo fiscal que termine guardado en las arcas y nos haga salir en los periódicos, mientras la gente muere de hambre.

Finalmente, debo también mencionar que ser progresista es creer que, solo después de todo lo anterior, se debe también velar por el derecho que tienen los empresarios y los generadores de riqueza a un retorno por una inversión diligente y exitosa, porque éste también es un derecho, y un buen progresista, siempre, siempre defiende los derechos de TODOS, sin acepción alguna.

Cuando pienso en esto me acuerdo de los líderes que, en mi tiempo, defienden – con sus defectos, si, pero los defienden – estos principios. Me acuerdo de Angela Merkel, de Rodrigues Zapatero, de Lula e incluso de Obama. Recuerdo también a aquellos que hace no mucho se retiraron y en el legado inmediato que dejaron, personas como los mencionados Bill Clinton y Tony Blair y también Corazón Aquino en Filipinas, o Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile. Me pongo a pensar, por último, en verdaderos héroes del progresismo, en líderes que cambiaron sus países para siempre, como Franklin Roosevelt o Clement Atlee.

Y esos son solo los jefes de gobierno y/o Estado. Hay muchos nombres más que podría mencionar, que me han conmovido por su determinación, su persistencia, por representar verdaderamente el ideal de un luchador progresista en tan diversas áreas del quehacer humano.

Estoy hablando, por ejemplo, de la pasión del canadiense Tommy Douglas (a quien he querido honrar como inspiración de esta diatriba poniendo su foto en el encabezado), precursor del mejor sistema de seguridad social en el mundo, y de la incomparable generosidad del Doctor Jonas Salk, cuyo desprendimiento, cuya negativa a enriquecerse a costa del bien común, llevó al mundo a erradicar la polio. Estoy hablando del gigante Martin Luther King, Jr., un hombre que me hace orgulloso de ser protestante.

Estoy hablando de Madiba, el gran Nelson Mandela, un hombre que derroto el racismo, nos enseño el valor del perdón y la reconciliación y cambió el mundo por ello.

Eso es ser progresista. Lo demás es demagogia (Cristina), egolatría (Hugo) y, en algunos casos, franca estupidez (Evo).

Miro a estos íconos del progresismo, y luego, volteo a mirar el escenario político local.

Qué deprimente.

El próximo año son las elecciones presidenciales en Perú. Y en época electoral, todo el mundo quiere pintarse como progresista. Eso empeora las cosas. Lo encuentro sumamente irritante. Primero, porque me parece un insulto a la inteligencia de quince millones de peruanos. Segundo, porque me parece un flagrante abuso de la ignorancia de por lo menos otros quince millones de peruanos. Y tercero, porque siento que me están sacando cachita, que se están burlando de mi sueño de votar por un verdadero progresismo.

¿Ustedes dicen ser progresistas?

¿Ustedes, políticos de antaño, Lucho, Alan, Lourdes, con sus aburridísimos balconazos, su ridículamente improvisadas páginas de facebook , sus discursos belaundísticos que parecen haber sido redactados en los años setenta y esa irritante paranoia que los lleva a echarle a Fujimori – al triste, preso, acabado y viejo Fujimori, más cerca de la senilidad que del poder – la culpa de todos sus errores?

 ¿Ustedes, movimientos regionales y nuevos partidos, con esa orfanidad ideológica, esa falta de contenido que ustedes tratan de pintar como algo bueno escondiéndola detrás de esa palabrita ridícula: “independiente”? ¿Y los menores entre ustedes, con su medio por ciento, su uno por ciento, arrastrándose a la siguiente elección, un poco más y aliándose con Hitler con tal de tener una chance de seguir vivo?

¿Tú, Ollanta, con el mismo discurso robótico y redundante, mientras insistes fútilmente en fingir que nada ha cambiado en cinco años, cuando sabes bien que no es así?

 ¿Tú, Alejandro, que llegaste a tener los márgenes más bajos de popularidad que cualquier otro presidente en la historia latinoamericana y te salvaste de la vacancia más por la vergüenza colectiva que representaba sacar a otro presidente (al fin y al cabo no estamos en Ecuador) que por tus propios méritos?

¿Tú, Susana, que decepcionaste a todos los que alguna vez creímos en ti, aliándote con quien sea con tal de salir electa, que primero te besuqueaste con la izquierda radical y ahora hablas de tomar whisky con Toledo? ¿No te das cuenta la obsesión por el poder que esta actitud demuestra, y que veo tratas de esconder detrás de esa pinta de tía buena gente, mitad Sarah Palin, mitad Ingrid Betancourt?

¿Tu, Keiko, que crees que tu familia tiene un derecho dinástico a liderar tu partido e incluso el país, al punto tal que ni siquiera te das cuenta lo egocéntrico que suena que denominen a tu ideología con tu apellido?

¿Y ustedes, sobretodo ustedes, los mas hipócritas de todos, ustedes los revoltosos sindicalistas, comunistas y extremistas, que malogran todo evento adonde asisten? ¿Ustedes y sus banderitas rojas, sus lobbys sindicales, y esa expresión de violencia, de venganza y de odio que marca todo lo que hacen?

¿Ustedes y esas ideas retrógradas, que nadie, nadie en el mundo entero – salvo por un par de parias internacionales – defiende, que siguen queriendo mentirle asquerosamente a un pueblo desesperado que los escucha, con tal de ganarse un cargo público y meterse unos cuantos miles de soles al bolsillo?

Sé que estoy siendo duro. Durísimo, en realidad. Sé que suena a que estoy borrando de un plumazo a toda la sociedad política peruana, de la extrema izquierda a la extrema derecha y del extremo conservador al extremo liberal. Sé que muy probablemente hay excelentes intenciones en muchas de estas personas. Tampoco pienso cuestionar su integridad a la ligera.

Pero tengo que decirlo: estoy harto de ustedes. Estoy harto de que vivan para el momentum político, de que vivan mudando de propósito con cada elección, de que sus discursos sean tan artificiales y tan poco sinceros, de que se rodeen de personas a quienes les importa un bledo el país, y, sobretodo, sobretodo y sobretodo, de su arrogancia, de su forma de hacer política y de su falta de desprendimiento.

Me enferma, por ejemplo, ver a Fuerza Social hablando como si fuera un gran partido político establecido por ganar una alcaldía provincial sin casi ningún distrito, cuando es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente que sus votantes votaron contra “la derecha” y no por Susana Villarán y muchos menos por un partido político. Esa actitud me hace acordar a los titulares del Bocón cada vez que la selección gana un partido sin significado: la exageración total de los logros menores es el reflejo más puro de la propia mediocridad.

Esas son las cosas que tanto me decepcionan de los candidatos que tenemos hoy. Que prefieren ser políticos a ser líderes y que están más interesados en construir su propio ego, en bautizar escaleras con su nombre, que en construir un país. Que encarnan la mediocridad, en todos su sentidos. Mediocridad ideológica, mediocridad partidaria, mediocridad democrática, mediocridad de propuestas, mediocridad de planificación. Mediocridad del alma, al final. Mediocridad de amor por el Perú.

No, yo no quiero votar por ninguno de estos políticos. No, yo quiero votar por un progresista el próximo año.

Quiero votar por un hombre o una mujer inteligente, respaldado por un partido de verdad, que trabaje con los sindicatos, mejore las condiciones laborales y se preocupe por moderar la agresión natural de las empresas.

Quiero un candidato que se niegue a entrar a otro inútil debate dogmático sobre si debemos aplicar una economía de mercado o no. Que nos diga, convincentemente, que esa es una cuestión zanjada.

Quiero un candidato que sea firme y pragmático, que reconozca que los empresarios están allí para hacer dinero y que, por su naturaleza, atropellarán a quien sea con tal de enriquecerse. Quiero que les ponga un pare, que tenga el criterio y la razonabilidad para decirles que lucren, pero hasta cierto punto. Y que pasado ese punto, les diga simplemente que no es negocio para nosotros y que se pueden ir.

Y quiero que ese candidato sea lo suficientemente carismático e inteligente como para convencer, tanto a nuestra población de votar por él, como al sector productivo de nuestro país que su elección no quiere decir que habrán extremismos ni expropiaciones masivas, ni revoluciones sanguinarias. Un candidato que logre vencer al aparato de intimidación y terror que tanto la derecha como la falsa izquierda tan eficazmente utilizan para secuestrar nuestros votos.

En suma, un candidato que gobierne al Perú con un muy necesitado sentido del juego limpio y un criterio básico de bien colectivo. Por sobretodo, quiero votar por un líder de verdad. No un caudillo ególatra, ni un outsider improvisado, ni un “independiente” (¡Dios, como si no tener partido ni ideología fuera algo bueno!) sin contenido. Un líder de verdad, con ideas de verdad, un partido de verdad, una agenda a futuro de verdad, y ante todo, una visión de un gobierno que gira alrededor de una idea y no de sí mismo.

Quiero votar por el progresismo, asi pierda, así sea por votar una vez, tan sólo una vez, por quien yo quiero y no por quien las circunstancias dictan que debo. 

Pero no veo progresistas en el Perú.

¿Dónde estás, mi príncipe azul, mi mujer maravilla progresista? Ya no te tardes más en llegar.


Copenhagen y el Multipolarismo: Algunos Comentarios

diciembre 29, 2009

Mi co-autor, Ronald Cross, plantea la hipótesis de que el COP-15 en Copenhagen fracasó porque el mundo se ha vuelto ya multipolar. Evidentemente estoy de acuerdo con que en el mundo de hoy ya no hay un solo foco de poder. Pero me dejó pensando la pregunta de si fue este aparente exceso de opiniones el que causó la debacle ambiental que presenciamos en Dinamarca. En otras palabras, ¿habría existido un Protocolo de Copenhagen este año si es que Brasil, India, China, Sudáfrica y Rusia no hubiesen estado allí con el poder suficiente para frenar las negociaciones con sus puntos de vista aparentemente insalvables?

Afirmar lo anterior implicaría que podamos ser capaces de demostrar que el Protocolo de Kyoto fue posible porque el unilateralismo así lo permitió. Sin embargo, si retrocedemos hasta las arduas negociaciones de Kyoto en 2004, no fue Estados Unidos, la potencia mundial, la que lideró el empuje pro Kyoto; todo lo contrario, fueron Japón y la Unión Europea quienes, luego de un largo tira y afloja con Rusia, lograron convencerla de firmar el pacto (sí, la “heroína” detrás de Kyoto fue la Madre Rusia). Pero incluso los propios rusos no eran nada entusiastas con respecto al protocolo: Andrei Illarinov, asesor del entonces Presidente Putin en el tema, describió a Kyoto nada más y nada menos que como un “Auschwitz Económico”. Sólo con la promesa europea de no vetar el ingreso de Rusia a la OMC y la opción de Rusia de poder utilizar sus ratings de 1990 para medir sus metas en reducciones de carbono fue que se logró aprobar Kyoto; un tratado negociado durante el auge de la hegemonía estadounidense, pero que no exigía nada a países emergentes como China e India, cuyas economías contribuyen enormemente al calentamiento global; que no contaba con la participación del principal contaminante del planeta -Estados Unidos- cuya economía era responsable por más del 36% de los gases de invernadero en el mundo, y que permitía, en esencia, que Rusia se aprovechara de tecnicismos para que sus metas de reducción de emisiones sean bastante generosas.

No. El unilateralismo no nos salvó del monóxido de carbono y el multipolarismo tampoco va a condenarnos. Otra es la explicación –al menos en mi opinión- para la catástrofe de Copenhagen.

Sucede pues que los Estados, como todo esfuerzo humano colectivo, son creados para un fin. El fin, por supuesto, es proteger a sus ciudadanos de las amenazas que enfrentan tanto en el ámbito interno como el internacional. Y así, en el ámbito internacional, la mejor forma de lograr este objetivo es evitar que las demás naciones tengan los medios necesarios para inducir al gobierno a perseguir conductas o favorecer escenarios contrarios a lo que en política internacional llamamos interés nacional. De esta forma, todos los Estados buscan siempre ser más ricos y más poderosos que sus vecinos y desean contar con los medios necesarios para proteger este poder y esta riqueza. En esencia, los Estados son competitivos y egoístas, favoreciendo casi siempre la alternativa que reporte mayores beneficios a cada uno.

Con algo de suerte los Estados reaccionarán a tiempo para evitar una crisis climática importante

Es precisamente este sistema internacional de egoísmo y competencia el que nos ha permitido alcanzar –de una u otra manera- todos los avances que han existido en el escenario internacional desde la antigüedad hasta nuestros días. Negarlo es querer tapar el sol con un dedo e ignorarlo no puede sino llevarnos errores de tamaña importancia.

En el tema del cambio climático, sin embargo, este sistema que por tanto tiempo nos ha ayudado, se vuelva patas arriba. Los Estados saben (o tienen los medios para saber) que el cambio climático es una amenaza seria a su supervivencia; a su poder y riqueza mismas; es decir, es una amenaza a su interés más básico. Sin embargo, mientras los beneficios de actuar hoy no se sentirán sino hasta tres o cuatro décadas (y serán en su mayoría beneficiosos en cuanto a que se tratará de cosas que “no pasarán” y que por lo tanto los votantes no se percatarán de ellas), los costos se sentirán hoy mismo y repercutirán al corto plazo precisamente en esta carrera internacional por ver quién alcanza mayor poder y mayor riqueza en la escena internacional.

En efecto, quien firme un protocolo en diciembre 2010 estará más seguro de aquí a cuarenta años, pero probablemente estará frenando (o sentirá que está frenando) su crecimiento económico de aquí a cinco o seis. De otro lado, quien no lo firme, tal vez corra el riesgo de ver sus ciudades inundadas de aquí a cuatro décadas, pero verá un comentario económico más favorable en el próximo reporte Standard & Poor’s. Es más, incluso quien firme un protocolo el 2010, verá empeñado su éxito futuro a la condición de que todos los demás Estados implicados firmen el pacto también, y ante la incertidumbre frente a las intenciones de sus vecinos, es probable que un grupo de los Estados que sí deseen un nuevo Kyoto, desistan de ratificarlo por miedo a ser los únicos que trabajan mientras los demás se aprovechan de su buena voluntad.

Así pues, nuestros Estados simplemente no están diseñados para enfrentar este tipo de problemas. Nuestros Estados –al menos la mayoría- funcionan en base a elecciones que ocurren cada cuatro o cinco años. Muchas veces los Estados requieren de beneficios al corto plazo y tienen tasas de descuento relativamente altas, en el sentido de que prefieren pocas ganancias hoy, a muchas ganancias mañana. Pedirle a nuestros Estados que abandonen este esquema es demasiado complicado, incluso para Al Gore.

Es verdad que el multipolarismo crea problemas (por ejemplo, el desagradable rol que cumplieron Venezuela y Sudán en el debate se debió en gran medida al apoyo Chino que pudo desestabilizar cualquier intento estadounidense por ponerlos en orden), pero como señala Moisés Naim, el multilateralismo tiene soluciones prácticas que incluso han sido ya empleadas en casos como el involucramiento del G20 en la crisis económica.

La respuesta, en mi opinión, no está en los múltiples polos de poder, sino que está, para nuestra mala suerte, incluso un paso más atrás, en el sistema mismo. Tristemente, el reto más grande de nuestros días, es al mismo tiempo un reto para el que no hemos evolucionado todavía. Es un fenómeno que con cada año que pasa está más cerca de la adaptación forzosa que de la prevención armónica. Tal vez, con un poco de suerte, podremos reaccionar al problema antes de que sea demasiado tarde. Pero, si alguna dura lección me deja Copenhagen, es que, en el ámbito internacional, algunas cosas pueden cambiar, pero otras no…