La suerte está echada

junio 15, 2011

humala

El pueblo ha hablado, nos guste o no.

Bueno, al fin se acabo. Después de casi dos años de continua campaña política, de muchas acusaciones, pocas propuestas y aún menos debate, el Perú ha elegido a Ollanta Humala como Presidente de la República.

La suerte está echada, y está bien. Este proceso, y no solo me refiero al resultado, nos ha pintado muy bien como país. Ha sido un justo reflejo de la sociedad que como nación hemos construido: una sociedad partida, fragmentada. Un país compuesto por dos grandes grupos: los que prosperan y los que se empobrecen. Esa es la lección última que nos ha dejado, no solo el quinquenio de García, sino toda la trayectoria moderna del Perú democrático, desde la renuncia de Fujimori por fax en noviembre del 2000 hasta hoy.

Yo estoy decepcionado con el resultado. Hace unos meses, me animé a publicar en este mismo blog mi sueño de un gobierno progresista para el Perú. Un gobierno, si quieren llamarlo así, izquierdista – pero ante todo moderado, humanista, liberal y social demócrata. En lugar de eso, tendré – tendremos, mejor dicho – que conformarnos con Ollanta Humala. Que decepción.

No es que me haya causado ninguna simpatía la candidatura de Keiko Fujimori. No sentí la más mínima pena de ver a su movimiento perder y la verdad es que incluso me causaría satisfacción si esta derrota electoral marca el fin del Fujimorismo: un movimiento, para mí, retrógrada. Dinástico. Un movimiento de personas y no de ideas. Que Kenji Fujimori – por el sólo hecho de apellidarse Fujimori – haya sido el congresista más votado, es un triste monumento a nuestra adicción caudillista. Un símbolo de porque el Fujimorismo nunca debe renacer.

Pero si, voté por Keiko igual. O al menos lo hubiera hecho si es que me hubieran dejado votar aquí en mi nuevo hogar en Panamá. Casi con repugnancia, pero lo habría hecho.

Y es que votar por el señor Humala me resultó imposible. No habría sabido por qué diablos estoy votando. No se puede votar por alguien que cambia cuatro veces de plan de gobierno. He ahí mi mayor preocupación: hemos elegido Presidente a alguien cuya entera filosofía política se reduce a decir lo que sea con tal de ganar. Y ahora, lógicamente, no sabemos que esperar.

Porque con un Plan de Gobierno que de estatista, carente de todo análisis técnico y que hacía referencias a la lucha de clases evolucionó a convertirse casi en un ensayo de Milton Friedman, y con un equipo de trabajo que termino incluyendo a personalidades tan políticamente incompatibles como Kurt Burneo y Javier Diez Canseco, Ollanta Humala rompió todos los records del cinismo político. Sólo le faltó prometer clasificar al Mundial de Fútbol. Y si la campaña duraba dos semanas más, probablemente hubiera jurado sobre una Biblia que lejos de clasificar, lo ganaríamos.

Hemos elegido Presidente a un ex militar con modestos estudios académicos (lo escuche mencionar el otro día que tiene una maestría en ciencias políticas – sabe Dios de donde), sin ninguna experiencia en el sector público y sin ningún logro importante en el mundo privado. Eso es lo que más me duele. En una sociedad que se queja tanto de que su clase política no es más que una tira de corruptos dedicados a los faenones con los amigos, un club al que se entra por contactos y por “carnet partidario” en lugar de por desempeño, hemos demostrado ser unos hipócritas. A la hora de la hora, hemos sido los primeros en negar la meritocracia.

¿Por qué? ¿Por qué hemos elegido a Ollanta Humala a la Presidencia de la República?

No quiero desmerecer su carrera militar, por si acaso. Ollanta Humala peleó contra el terrorismo en la primera línea. Ha combatido por protegernos. Nadie cuestiona eso. Todo hombre que arriesga su vida por su país – por nosotros – como él lo hizo, merece nuestra gratitud y el reconocimiento de su valentía y entrega. Todos le agradecemos por eso. Pero discúlpenme, eso no basta para ser Presidente.

¿Por qué un militar inexperimentado en la administración del Estado, con antecedentes, por lo menos, de insurrecto (algunos lo consideran golpista), sin ninguna formación académica o profesional en gobierno y sin la más mínima experiencia en el servicio público acabo siendo Presidente?

¿Será por sus cualidades personales – su carisma, oratoria, talante y personalidad? Pues la verdad no. Ollanta Humala no sobresale como político. No es un buen orador (incluso un orador tan torpe como Toledo parecía ponerlo nervioso en el primer debate). No tiene mucho carisma. Ni siquiera refleja el talante o el autoritarismo arrogante del clásico presidente militar. Es más, wikileaks lo pinta como un saco largo. Me lo imagino haciéndose el loco, escondiéndose detrás del periódico cada vez que Nadine se molesta por alguna travesura de sus hijas.

A pesar de la tenaz insistencia en compararlos, Ollanta Humala no es Hugo Chávez. No tiene su presencia, ni su don de líder. Es inconcebible imaginarlo dando los largos discursos que da el Presidente venezolano, cuando no puede ni sostener su tono de voz en un debate por quince minutos. Es más, sus asesores confían tan poco en su dominio de escena, que en el primer debate lo obligaron a leer todo de un papel. ¿Se imaginan a Hugo Chávez leyendo de un papel? No hay manera.

No, Ollanta Humala no es ningún caudillo popular. Nuestro Presidente Electo es un invento de las masas. Es un personaje totalmente idealizado por un sector de la población que quiere ver una especie de Ramón Castilla que este no es. El 31.8% que voto por él en primera vuelta, voto no sólo por el desordenado enjambre de promesas populistas que planteó, sino también, digamos, por un amor quijotesco. Ven a una dulcinea de los pobres, cuando Ollanta Humala es más una Alondra de los ricos. Y mi impresión inicial es que muy pronto verán la realidad, y se verán amargamente decepcionados.

Aún así, la elección de Humala no es la única cosa que encuentro decepcionante de esta elección. Como a muchos, me pareció una patada en el hígado tener que decidir entre él y la candidata de un movimiento político que prostituyó y desmanteló al país hace apenas una década.

¿Cómo acabamos decidiendo entre los dos candidatos más resistidos por la población en general?

¿En qué lugar del mundo puede pasar una cosa así?

Y es que aún más frustrante es enfrentar la realidad de que Ollanta Humala ha sido elegido Presidente cuando más del 43% del país ¡voto en primera vuelta por una alternativa radicalmente diferente a la suya! ¡Votó por candidaturas que lo consideraban un candidato apocalíptico!

Habrá mucho tiempo para analizar las razones por las cuales el voto de centro en el Perú se fragmentó de esa manera, pero hay un primer punto que al menos a mí me queda claro debe dejarnos una lección importante: por la salud de nuestro sistema político, debemos dejar de celebrar las elecciones parlamentarias en forma paralela a las presidenciales.

Muchos culpan de egoísmo a los candidatos. La culpa es de “PPKeiko”, “del borracho de Toledo” de Lucho “en segunda vuelta gano yo” Castañeda. Pero el problema es más profundo y sistémico que ese.

Ninguno de los tres podía realistamente retirarse así nomás. Lanzarse a la Presidencia de la República es caro. Montar una campaña electoral requiere dinero, y ese dinero normalmente se consigue de los candidatos al Congreso. Cada uno de ellos aporta a la campaña presidencial a cambio de recibir su cuota particular de publicidad en la propaganda del Partido. En algunos partidos – en todos los partidos en realidad – se utilizan los espacios de la lista de postulantes al Congreso como meros mecanismos de financiamiento. Los números, efectivamente, se venden al mejor postor.

Eso genera, en primer lugar, una campaña electoral atrofiante. Simplemente, son demasiadas personas buscando publicidad al mismo tiempo. En esta última elección tuvimos a diez candidatos presidenciales y alrededor de 1,300 candidatos al Congreso peleándose cada esquina y cada intersección del país por poner su cártel publicitario. Los peruanos tendemos a ver la elección presidencial como más importante que la Parlamentaria, por lo que los candidatos al Congreso terminan opacados por ésta, y no tienen los espacios mediáticos ni el tiempo suficiente para explicar sus propuestas. Y aun cuando consiguen el espacio y el tiempo, simplemente, no consiguen captar suficientemente nuestra atención. Estamos volcados a la carrera presidencial, condicionados por nuestro republicanismo presidencialista a prestarle mayor atención. ¿Y los candidatos al Congreso? Pues le rezan a los santos que les ayuden a treparse a la ola del “voto de arrastre”: los votos de las personas que se simplifican la vida y votan para el Congreso por la lista de su candidato presidencial de preferencia.

Así es como terminamos eligiendo a los esperpentos que elegimos. Y después acabamos con Congresos que compiten con Manuel Burga en popularidad.

Esta es una cuestión crucial, pues nos genera un segundo problema que afecto muy directamente esta elección: tener una elección parlamentaria paralela a la presidencial le quita capacidad de maniobra a las campañas presidenciales. Endeudados moral y económicamente con sus candidatos al Congreso, los candidatos presidenciales no pueden formar alianzas libremente, ni renunciar a su candidatura, debido a la fuerte presión interna que reciben de sus candidatos al Congreso para continuar en carrera, pues la renuncia de un candidato presidencial implicaría la pérdida del “voto arrastrado” que describimos anteriormente.

Una reforma electoral que cause que las elecciones presidenciales sean intercaladas y no simultáneas – al menos parcialmente (la renovación por tercios es una alternativa que se ha aplicado con relativo éxito en nuestro país antes) – podría ser muy útil para evitar esta problemática en el futuro. Además, le otorgaría al Congreso un dinamismo mayor, y los pondría bajo una lupa propia. Los congresistas tendrían que montar campañas propias, desarrollar relaciones más cercanas con sus electores y priorizar los intereses de sus regiones (es decir, tendrían que hacer lo que se supone que deben hacer), en lugar de simplemente identificarse con el caudillo del partido e intentar aprovechar su arrastre de votos. Además, nos permitiría a los peruanos elegir más concienzudamente a los integrantes del Congreso, en lugar de tener que hacerlo casi “de taquito”, con nuestra atención puesta en la campaña presidencial.

Volvamos, sin embargo, al análisis de la realidad de hoy. ¿Hay algo peor que ver a los partidos de centro, a 40% de los votos del país, suicidarse de la manera en que lo hicieron en primera vuelta?

Sí, hay algo peor: continuar divididos. Eso sería el acabose: que ante un gobierno radical acabemos con una oposición dividida, que se diluya a sí misma en sus propias diferencias politiqueras. Que 40% de personas hayan terminado votando por nada. Mucho cuidado con eso: hay muchos elementos en el gobierno electo que están decididos a patear monumentalmente el tablero del desarrollo peruano. Y una oposición divida les daría la oportunidad perfecta para mandar todo al diablo.

La tercera gran decepción de esta campaña fue, sin duda, que nos sirvió de amargo recordatorio de que la discriminación y la intolerancia siguen arraigados en nuestra sociedad. La facilidad con la que, sobre todo en segundo vuelta, los seguidores de ambas candidaturas lanzaban insultos terribles contra el otro bando, resulta triste. Más triste aún es que lo percibamos como algo normal – que la agresión se haya vuelto una herramienta política más. Y ya es patético que sigamos sin superar la primitiva idea de que quien no vota como nosotros es automáticamente o un inmoral, o un vendepatria, o un imbécil.

Necesitamos dejar de pensar en términos del “voto digno” o del “voto inteligente”. Ninguno existe. Lo único que existe es el voto. Y el voto no debe adjetivarse, porque ningún derecho humano debería tener adjetivos. Tenemos derecho a votar como queremos y por las razones que queramos sin ser agredidos por ello. Que esta sea la última vez que la gente insulta el voto del otro en lugar de tratar de convencerlo del suyo.

Necesitamos, también, dejar de acusar de corrupción a todo el mundo sin pruebas. Nos hemos vuelto una sociedad paranoica, traumada. Hemos perdido la noción de que acusar a alguien de corrupto es algo muy serio. Lo hemos vuelto un calificativo al paso, un adjetivo que se suelta a la ligera. Leí por ahí que en esta campaña, la palabra “corrupción” fue pronunciada casi el doble de veces que la palabra “pobreza”. Necesitamos dejar eso atrás.

Pero sobretodo, necesitamos dejar de pensar que el origen o la raza de una persona hacen diferencia en ella. Que en pleno año 2011, haya una amplia reacción en internet de parte de un sector significativo de la población echándole la culpa “a los indios” y “los cholos ignorantes” es patético. Siempre habrá uno que otro tipejo idiota soltando un comentario desubicado aislado. Pero este no es nuestro caso. Mucha gente en Facebook dejo salir todo el racismo que, detrás de una mascará de political correctnes, aún conserva dentro. Por el bien del país, esto tiene que ser erradicado. La sociedad civil debería mostrarse más agresiva en contra de todo tipo de intolerancia y discriminación.

Y no es sólo de un lado. Burlarse de los “limeñitos” y echarnos a todos en el mismo saco, asumiendo que Lima es una especie de country club gigante, está tan mal como andar publicando en Facebook apurados planes de “exilio” en Miami. A todas esas personas que se llenan la boca diciendo que Lima vive de espaldas a provincias y que le importa poco el resto, les recuerdo que existen millones de limeños que trabajan duro en la capital solo para enviar remesas a sus familiares en provincias. Y más allá de eso, que fueron cientos de miles los limeños que salieron a las calles a protestar contra el Fujimorismo en los noventa y recuperar la democracia que les permite publicar en sus blogs con libertad de conciencia.

No empeoremos las cosas convirtiendo esta etapa postelectoral en una fiesta de acusaciones y culpas. En una carrera entre “nosotros” y “ellos”. No partamos más al país. Si marchamos hacia algo tan desconocido e impredecible como un gobierno nacionalista, hagámoslo, al menos, juntos.

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Presidencia y Doble Nacionalidad – Más Respuestas

marzo 24, 2011

El contra-argumento principal de Ronald es que la exclusión de los dobles nacionales de la Presidencia no se justifica en el hecho de que sean personas dignas de desconfianza sino en que la segunda nacionalidad les permite evadir la justicia peruana en caso de delito.

Me avocaré principalmente a esta argumentación y haré uno o dos comentarios adicionales.

Sobre el argumento de la impunidad que esboza Ronald, me parece que injustamente discrimina a los doble nacionales por una situación en donde su segunda nacionalidad no es un factor determinante. En efecto, un peruano de nacimiento sin doble nacionalidad puede tranquilamente irse del país a otro Estado que no tenga un tratado de extradición o que tenga políticas afines a su ex gobierno y también sería bien fácil escudarse de la política peruana. ¿O acaso creemos que Chávez extraditaría a Humala en caso que haya algún problema después? A este respecto, el caso de Hisene Habré es paradigmático y haría bien que todos lo revisemos.

Así pues, pensar que únicamente la nacionalidad es una herramienta de impunidad es ilusorio, sin mencionar que el único caso que hemos tenido en la historia reciente de un Presidente que pretendió usar su doble nacionalidad como una excusa para evitar ser juzgado terminó con ese presidente preso por 25 años.

Ni Pinochet, ni Habré, ni Karadzic, ni Eichman necesitaron de doble nacionalidad para eludir a la justicia por muchos años. Incluso, no se necesita ser Presidente para obtener eludir a la justicia (siquiera temporalmente), el caso del Ministro de Relaciones Exteriores del Congo Abdoulaye Yerodia ante la CIJ, lo demuestra.

Pero tengo algunos otros comentarios a Ronald.

En primer lugar, con respecto al argumento de que el Presidente es muy poderoso para tener doble nacionalidad, me parece muy injusta la línea de argumentación que hace según la cual “hay que darles representación congresal a los peruanos en el extranjero y escojamos congresistas con doble nacionalidad, pero sólo porque en realidad es un derecho pintado que no tiene ninguna efectividad porque su poder se diluye entre 130”. ¿Es esa realmente la clase de democracia que queremos ser? En teoría, podría haber un Congreso en donde una minoría significativa tenga una segunda nacionalidad. Si somos consecuentes con lo que pregonamos y somos democráticos, no deberíamos tener problemas con ese Congreso. Y eso implica no pensar que porque hay (por ejemplo) 30% de congresistas con doble nacionalidad, hay un “lobby extranjero” en el Congreso.

En cuanto a los Ministros, el problema no es tanto el nivel de independencia de su cargo, que creo es el punto de Ronald, sino que son los responsables de fijar la política del país con respecto a un tema en particular. Pareciese como si estuviésemos hablando del Presidente en términos de un super-humano todopoderoso que todo lo sabe y todo lo hace solo encerrado en su oficina con un puro en la mano y un mapa del Perú en su mesa. Siento decepcionar a mi semi-británico co-autor, pero el único que encaja en ese perfil es Churchill.

La política de un país no se redacta en el block de notas del Presidente. Se hace en gabinete con el consejo y asesoría de sus Ministros, asesores, y otros funcionarios. Es evidente que un Presidente está (o bueno, debería estar) en condiciones de aclarar a un Ministro de Relaciones Exteriores que le propone regalar una parte del territorio nacional. Pero hay asuntos mucho más técnicos en donde el Presidente confía en gran medida en el juicio de su ministro (¡es, después de todo, un cargo de confianza!). Si tener doble nacionalidad lo hace a uno “poco confiable”, pues el consejo de ese Ministro será también poco confiable, por lo que no debería estar en el cargo. Y ojo que un Ministro que daña al país o incluso roba sus bienes y tiene doble nacionalidad también puede irse después a refugiarse a Japón o Estados Unidos si así lo desea, ¿por qué entonces la diferenciación?.

Finalmente, con respecto al argumento de que no existe una violación al Pacto de Derechos Civiles y Políticos, creo que no logré transmitir la idea correctamente. La discriminación que planteo podría ocurrir no es hacia la nacionalidad extranjera, sino hacia la nacionalidad peruana. Me explico: Restringir la presidencia a los peruanos de nacimiento no es una discriminación en contra de los extranjeros, eso, como dice Ronald, calza perfectamente como una restricción razonable en el marco del pacto (al igual que el hecho de reservar la presidencia a los peruanos “de nacimiento”, aunque incluso esto es relativo: ¿es más “confiable” como presidente alguien que nació en Perú y se fue a los 2 años a vivir a Europa por 35 años o un europeo que llegó al Perú a los 2 años y se hizo luego peruano y vivió acá 35 años?).

El problema es otro: el problema es prohibir a un peruano ser elegido porque tiene una doble nacionalidad. Es decir, el problema es distinguir entre peruanos por el hecho de que uno es “peruano-peruano” y otro es “peruano más o menos”. Tal como lo señala el artículo 2 del Pacto, eso es indebido porque es como distinguir entre un “peruano-blanco” y un “peruano-negro”.

Hay en efecto distinciones razonables que pueden hacerse. Mi punto es simplemente que esta en particular no me parece razonable y más bien me parece que discrimina a los peruanos en sus derechos por un motivo de identidad personal.


Doble Nacionalidad y Presidencia: Preguntas y Respuestas

marzo 20, 2011

La postulación de Pedro Pablo Kuczynski a la Presidencia de la República ha generado gran debate sobre si una persona con doble nacionalidad puede postular a la Presidencia. A continuación me permito ofrecer algunas preguntas y respuestas para esclarecer la situación, al menos según mi parecer.

(En toda transparencia, advierto previamente que yo también soy un peruano con dos nacionalidades).

1. ¿Es legal que una persona con doble nacionalidad sea Presidente del Perú?

La respuesta es a esta pregunta es, en realidad, bastante simple: El artículo 110 de la Constitución es sumamente claro en señalar que para ser Presidente se requiere “ser peruano por nacimiento, tener más de treinta y cinco años de edad al momento de la postulación y gozar del derecho de sufragio”.

La redacción es similar a la que existe para el cargo de Congresista, en donde nunca hemos hecho problemas para elegir personas con doble nacionalidad, siendo el caso más conocido el ex Senador peruano-italiano Rafael Canevaro, protagonista del famoso Asunto Canevaro ante la Corte Permanente de Arbitraje Internacional.

En resumen, sí, es legal que una persona con doble nacionalidad sea Presidente del Perú.

2. ¿Pierde un peruano su nacionalidad cuando asume la nacionalidad de otro Estado?

La Ley de Nacionalidad, Ley 26574, establece en su artículo 7 que “la nacionalidad peruana no se pierde, salvo por renuncia expresa ante autoridad peruana”. Asimismo, de acuerdo con el artículo 31 del Reglamento de dicha Ley, Decreto Supremo 004-97-IN, “los peruanos de nacimiento que adopten la nacionalidad de otro país no pierden su nacionalidad, salvo que hagan renuncia expresa de ella ante autoridad competente” (es decir, la Dirección de Naturalización de la Dirección General de Migraciones y Naturalización – DIGEMIN). Asimismo, el Reglamento dispone que “las personas que gozan de doble nacionalidad, ejercen los derechos y obligaciones de la nacionalidad del país donde domicilian” y que “los peruanos por nacimiento que gozan de doble nacionalidad no pierden los derechos privativos que le concede la Constitución” (entre ellos, obviamente, el de ser elegido Presidente).

Existe, sin embargo, preocupación de algunos sectores por los juramentos que a veces debe realizar un peruano con doble nacionalidad para obtener la nacionalidad extranjera, como es el caso de la estadounidense, en donde la persona debe renunciar a todo vínculo con previos Estados. Sin embargo, una norma extranjera (que en el caso de Estados Unidos ni siquiera tiene rango de ley, sino que es un reglamento administrativo) no puede tener prevalencia por sobre la ley peruana. Hacerlo, sería someter los designios del pueblo peruano a la voluntad de una potencia extranjera. Hay muchas disposiciones de la ley extranjera que pretenden avocarse competencias en nuestro territorio que simplemente no reconocemos. De acuerdo con el artículo 2058 del Código Civil, nadie más que un Juez peruano puede decidir sobre derechos reales sobre predios ubicados en la República. Por ende, un juez extranjero aplicando ley extranjera puede haber querido decidir que tal o cual inmueble es de propiedad de tal o cual persona cuantas veces quiera, pero dicha determinación legal no podrá ni tendrá efectos legales en nuestro país, por el simple hecho de que no lo reconocemos como válido.

Pero en el caso particular de Estados Unidos, una cosa que salta a la vista es que el Juramento de Lealtad es básicamente un anacronismo que nunca ha sido ejecutado; es decir, Estados Unidos nunca ha requerido que un ciudadano estadounidense con doble nacionalidad lleve a cabo un procedimiento en su país de origen para renunciar a su nacionalidad por nacimiento. Es más, la Embajada de Estados Unidos en Lima no ha requerido a Pedro Pablo Kuzcynski que cese su campaña política en el Perú en virtud a su juramento y tampoco lo hizo cuando “PPK” fue Primer Ministro peruano.

3. ¿Sería correcto prohibir la participación de los candidatos con doble nacionalidad en las elecciones?

Como ya hemos visto, es perfectamente legal que un peruano de nacimiento con doble nacionalidad participe (y gane) en las elecciones presidenciales. Es más, a nivel comparado, existen casos como el canadiense, que ya ha tenido un Primer Ministro con doble nacionalidad, el canadiense-británico John Turner.

Sin embargo, hay quienes señalan –entre ellos las autoridades electorales– que ello debe cambiar y que los presidentes del Perú no deberían poder tener una segunda nacionalidad.

Uno de los argumentos es que una persona con doble nacionalidad puede tener un conflicto de lealtades hacia el Perú, favoreciendo los intereses de su “segunda patria”. Pero eso contrasta marcadamente con la reciente iniciativa de darle representación en el Congreso a los peruanos residentes en el extranjero. Si un peruano con doble nacionalidad es alguien en quien no se puede confiar porque será favorable a los extranjeros, ¿por qué dejamos votar a muchas de estas personas para elegir miembros del Congreso? Si el argumento fuese correcto, seguro elegirían candidatos y promoverían políticas que favorezcan a otros países, no al Perú.

Pero tal vez más importante, restringir derechos a los peruanos con doble nacionalidad podría ser una violación de sus derechos, pues serían ciudadanos “de segundo nivel”. En efecto, el Pacto de Derechos Civiles y Políticos señala en sus artículos 2 y 25 que todos los ciudadanos gozarán sin ninguna distinción basada en “raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, orígen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social” del derecho a “participar en la dirección de los asuntos públicos” y del derecho a “votar y ser elegidos en elecciones periódicas, auténticas, realizadas por sufragio universal e igual y por voto secreto que garantice la libre expresión de la voluntad de los electores”. Ello quiere decir que si los peruanos desean elegir a un conciudadano que además tiene la nacionalidad de otro Estado, este candidato no debería ser discriminado en su derecho a ser elegido sólo por tener esta otra nacionalidad. De esto puede inferirse que el criterio a tener en cuenta es la de la libre expresión de la voluntad de los electores, no el de hacer renunciar a la persona a su segunda nacionalidad.

Como alguien que tiene actualmente una segunda nacionalidad, puedo afirmar que considerar que un peruano con doble nacionalidad es menos patriota o menos comprometido con su país que un peruano con una sola nacionalidad es infundado y no creo que genere un conflicto de intereses. Desde el momento en que una persona con doble nacionalidad se lanza a la presidencia del Perú y no a la presidencia de su segunda nacionalidad, está demostrando que es el Perú el país por el cual quiere trabajar y ayudar.

Esto claro, no significa que un doble nacional no tenga afecto por su segunda nacionalidad (y ojo que ni siquiera se tiene que ser nacional de un Estado para encariñarse con él: ¡lo vemos cada cuatro años en los mundiales!). Sea por motivos familiares (como es mi caso) o motivos de residencia prolongada, uno se encariña por la otra tierra y siente orgullo por su historia y alegría por sus logros: La segunda nacionalidad es parte de la personalidad del “nacional doble” y en buena parte hace que sea quien es. Pero eso no quiere decir que una vez electo el doble nacional vaya a privilegiar los intereses de otro país por sobre el país que lo ha elegido. Es simplemente un tema de honradez, seriedad y profesionalismo. Si una persona se lanza a la presidencia de un país, es porque sabe que debe hacerlo con fidelidad y lealtad, sin importar qué otras afiliaciones pueda tener en su vida (¡no sólo la afiliación nacional!). Y si el electorado no cree que las cosas vayan a ser así, simplemente no debería votar por ese candidato, pero la doble nacionalidad no es motivo para vetarlo de las elecciones. Es nada más y nada menos que una cuestión de voluntad popular.

Lo anterior se ve reflejado en la práctica: los Estados que tienen bajo su jurisdicción a personas con más de una nacionalidad, no los consideran “enemigos” ni “dignos de poca confianza”. Simplemente se estima que existe una nacionalidad efectiva y una no efectiva. En el Perú, por ejemplo, el Reglamento de la Ley de Nacionalidad señala que “las personas que gozan de doble nacionalidad, ejercen los derechos y obligaciones de la nacionalidad del país donde domicilian”.

De lo contrario, prohibamos a los de fe católica ser presidente porque darán favoritismos a la Iglesia Católica y/o al Estado Vaticano, a los de fe judía porque darán preferencia a Israel, a los que tengan ascendencia japonesa porque darán preferencia a los japoneses o a los que estén casados con belgas porque privilegiarán a ese Estado, o tal vez deberíamos prohibir también que los Congresistas y Ministros tengan doble nacionalidad (¡Canciller y Defensa por lo menos!), y los alcaldes y presidentes regionales (¡que ya hay algunos!), embajadores y cónsules, asesores presidenciales, jueces de la Corte Suprema, etc.

Es más, la cosa se pone incluso más complicada si tenemos en cuenta que todo peruano es un español en potencia gracias a la existencia de un Convenio de doble nacionalidad con ese país. A tal punto que el preámbulo del tratado señala que “los españoles y los peruanos forman parte de una comunidad caracterizada por la identidad de tradiciones cultura y lengua” que hace que “de hecho, los españoles en el Perú y los peruanos en España no se sientan extranjeros” señalando finalmente que “no hay ninguna objeción para que una persona pueda tener dos nacionalidades, a condición de que sólo una de ellas tenga plena eficacia, origine la dependencia política e indique la legislación a la que está sujeta” ¡Los propios peruanos no deberíamos ser presidentes del Perú porque no nos sentimos extranjeros con los españoles!

En la experiencia comparada, el camino de prohibir a los de doble nacionalidad servir en el Estado es uno complicado y lleno de críticas, que puede incluso degenerar en leyes como la increíblemente confusa nueva reforma constitucional egipcia post-Mubarak: El Presidente debe ser egipcio, no debe estar casado con una persona extranjera y sus padres deben ser egipcios que no tengan doble nacionalidad.

Francamente, si el miedo es que los Presidentes con doble nacionalidad puedan usar su nacionalidad para escudarse de la justicia peruana luego de sus mandatos, la solución no está en discriminar a la gente con doble nacionalidad, ¡sino está en votar por candidatos que no cometan delitos que procesar durante su gestión!

Alonso Gurmendi

 


Quiero votar por un progresista

noviembre 3, 2010

 

¿Será que algún día tendré la chance de votar por alguien así?

Hace unos días tuve ocasión de ver “The Special Relationship”, un filme de HBO que explora las idas y vueltas de la relación entre Tony Blair y Bill Clinton, en la segunda mitad de la década pasada. La película es interesante y ciertamente recomendable para aquellos interesados en comprender ese período particular de la historia, si bien maquilla muchos hechos con fines taquilleros. Pero hay una escena en particular que llamo mi atención.

Dennis Quaid (interpretando al Bill Clinton mas tejano que haya visto en mi vida) se aproxima a Michael Sheen (que interpreta a Tony Blair por tercera vez, y de manera brillante una vez más) y le dice que, con ambos en el poder, la centroizquieda progresista tiene la oportunidad más grande de su historia: pueden, de hacer las cosas bien, ganar la confianza del pueblo americano y británico, y perpetuar a sus partidos por casi dos décadas en el poder, creando una alianza transatlántica destinada a promover los intereses del pueblo y la defensa de los principios liberales de respeto a la dignidad del individuo que lleve a la humanidad a una verdadera era de progreso.

En esa escena se reflejó el momento cúspide del pensamiento progresista de centroizquierda (el fenómeno Obama es un caso aislado. Clinton fue mucho más revolucionario). Una filosofía de pensamiento que, con sus fallas, pudo y debió haber llevado al mundo a un lugar mejor. Pudo ser el turning point. Pudo ser el fin del neoliberalismo, de los magnates de wall street, de las petroleras todopoderosas, del redneckismo americano.

Luego vino Mónica Lewinski, la “elección” presidencial estadounidense del 2000, el apoyo de Blair a la Guerra de Bush… y en fin, el resto es historia. Pero ese no es el punto.

Cuando acabó la película, me puse a pensar lo increíble que hubiera sido ser adulto en esa época y tener la opción de votar por el partido de un Bill Clinton o de un Tony Blair.

Pero luego me puse a pensar que, aunque hubiera sido adulto en los noventas, no hubiese sido posible. Que yo, como peruano, nunca he tenido la opción de votar por un candidato progresista de verdad. Y me dio cólera.

Ahora, antes de que el lector caiga en la trampa ideológica latinoamericana, empecemos por definir qué es lo que yo (en realidad, yo y el resto del mundo civilizado) entiende por progresismo.

Para mí, el progresismo es social-democracia. Es una idea de gobierno donde el Estado, ante todo, se enfoca en el ser humano, en su progreso y su bienestar. Es creer en que el ser humano es, ante todo, libre. Y que esa libertad debe ser ejercida con la mínima regulación necesaria posible, sin perder la sensibilidad y el sentido del humanismo, e incluso respetando el derecho de los conservadores a ser conservadores, escuchando atentos sus opiniones, porque al fin y al cabo, de cuando en cuando le aciertan a algo.

 Para mí, el progresismo es una ideología que no defiende la economía de mercado, ni tampoco la condena. La acepta como algo inevitable, como una manifestación más de la naturaleza individualista del ser humano. Algo que no tiene polaridad moral, que no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Es una ideología que reconoce la necesidad de un sector privado fuerte, libre, innovador y creador de riqueza, pero al mismo tiempo está advertido de su inherente egoísmo, y de que, como todo fenómeno colectivo, requiere ser dirigido, manipulado incluso, para favorecer el bien común. Y que, cuando se infla demasiado, cuando adquiere demasiada influencia y empieza a privilegiar excesivamente a unos pocos en detrimento del resto, requiere ser regulado, amarrado, cohibido incluso. Como un caballo veloz, que gana carreras, pero de cuyas riendas hay que tirar cuando quiere llevarnos a donde no queremos ir.

Ser progresista es creer que todo el mundo tiene derecho a tener un techo sobre su cabeza. Uno que no se venga abajo en el primer temblor, y que, eventualmente- y realistamente- pueda tras una vida de trabajo duro, llegar a convertirse en propiedad de la persona que bajo este techo vive.

Ser progresista es creer que toda persona que se enferma debe tener la certeza de que tendrá la misma oportunidad de curarse que cualquier otra persona en la sociedad, y que es deber del Estado garantizar esa condición, por encima de cualquier posición ideológica.

Ser progresista es creer que todo el mundo, llegado a una edad, tiene derecho a retirarse a su hogar, a gozar de sus hijos y sus nietos con una pensión decente, sin tener que andar mendigando en el transporte público para conseguir dinero para comprar medicamentos.

Ser progresista es creer que toda persona tiene derecho a un empleo fijo, que le reporte un ingreso decente y que le permita vivir en tranquilidad. Que sea consciente, primero, de que no se puede inventar empleos por las puras, pero tampoco se puede dejar el tema a la entera satisfacción del mercado, que tenderá siempre a desfavorecer al que aporta trabajo y a inclinarse por quien aporta capital. Y segundo, que un empleo no es solo un medio de producción de la empresa, también es, desde una perspectiva nacional, un fin en sí mismo, y que mantener una economía con altos índices de empleo, o porque no incluso con pleno empleo, es mucho más importante que mantener una economía con altos índices de crecimiento que se evaporan en los bolsillos de dos o tres magnates.

Ser progresista es creer que los trabajadores tienen derecho a unirse en sindicatos para exigir la defensa de sus derechos, y que es un acto de verdadero terrorismo socioeconómico el impedirlo. Al mismo tiempo, es ser consciente de que todo cuerpo sindical, al igual que cualquier otro gremio – profesional o no – jamás será imparcial y no se le puede otorgar más poder del que puede manejar.

Ser progresista es creer que si por los vaivenes del ciclo económico, una persona pierde su empleo, debe mañana poder abrir el periódico y empezar a buscar otro con natural ansiedad, pero con la total certeza de que su Gobierno: (i) es el primer interesado en que consiga otro empleo y que es gran parte del propósito de su existencia establecer un sistema donde pueda encontrarlo pronto: y (ii) jamás permitirá que no se le contrate por su apariencia, su raza, su género, su religión, su orientación sexual o, peor incluso, su acento al hablar español. Y que éste es un principio que exige absoluta prioridad, y que debe ser atendido con la más absoluta urgencia, en medio de la sociedad cuasi colonial en la que vivimos y con la que no nos queremos enfrentar.

Todo esto, claro, puede considerarse universal a todas las ideologías liberales, de derecha a izquierda. Pero aquí viene el quid de la cuestión: ser progresista implica creer que muchas personas, a pesar de haber trabajado honestamente sin quebrar la ley y de haber cumplido con sus deberes ciudadanos, nunca podrán, por las desigualdades que son inherentes a una economía de mercado, generar la suficiente riqueza personal para asegurarse todos estos derechos, y que por ello, el Estado debe intervenir en su rol redistribuidor, y asegurarse a través de políticas fiscales y sociales claramente definidas y substancialmente razonables, de que las ganancias producidas por la economía nacional vayan, primero y ante todo, a garantizar estos derechos para todos.

La manera en que el Estado asume esos compromisos se refleja en una necesidad de mantener una fuerte presencia en el día a día de la nación, reteniendo un estricto control de los servicios públicos esenciales, pues esta es la única manera de garantizar esos servicios para todos genuinamente, y manteniendo un sistema educativo, de seguridad social y previsional gratuito, de calidad, universal e incondicional, fuera de otras alternativas que puedan existir – siempre y cuando no existan jamás en detrimento de los ciudadanos más desfavorecidos.

Todo esto requiere, casi siempre, de una carga tributaria personal alta (más alta sin duda de la que tenemos ahora, que sigue siendo bastante baja para estándares mundiales) y, sobretodo, escalonada. Una escala tributaria donde los ricos, les guste o no, pagan más que los pobres – y ese pago representa, de alguna manera, su derecho de piso: es el precio que el Estado le cobra al sistema capitalista, y a aquellos que lucran de él, por arrendarle la economía nacional, y que se destina a una redistribución sustentable.

Asimismo, requiere también de una política económica orientada al bienestar social, que observe responsablemente pero no se obsesione con los indicadores macroeconómicos, y que tampoco tenga como objetivo final, sino solo como medio, el mantener un superávit fiscal. Que sea consciente que al largo plazo, nada se gana con un saldo fiscal que termine guardado en las arcas y nos haga salir en los periódicos, mientras la gente muere de hambre.

Finalmente, debo también mencionar que ser progresista es creer que, solo después de todo lo anterior, se debe también velar por el derecho que tienen los empresarios y los generadores de riqueza a un retorno por una inversión diligente y exitosa, porque éste también es un derecho, y un buen progresista, siempre, siempre defiende los derechos de TODOS, sin acepción alguna.

Cuando pienso en esto me acuerdo de los líderes que, en mi tiempo, defienden – con sus defectos, si, pero los defienden – estos principios. Me acuerdo de Angela Merkel, de Rodrigues Zapatero, de Lula e incluso de Obama. Recuerdo también a aquellos que hace no mucho se retiraron y en el legado inmediato que dejaron, personas como los mencionados Bill Clinton y Tony Blair y también Corazón Aquino en Filipinas, o Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile. Me pongo a pensar, por último, en verdaderos héroes del progresismo, en líderes que cambiaron sus países para siempre, como Franklin Roosevelt o Clement Atlee.

Y esos son solo los jefes de gobierno y/o Estado. Hay muchos nombres más que podría mencionar, que me han conmovido por su determinación, su persistencia, por representar verdaderamente el ideal de un luchador progresista en tan diversas áreas del quehacer humano.

Estoy hablando, por ejemplo, de la pasión del canadiense Tommy Douglas (a quien he querido honrar como inspiración de esta diatriba poniendo su foto en el encabezado), precursor del mejor sistema de seguridad social en el mundo, y de la incomparable generosidad del Doctor Jonas Salk, cuyo desprendimiento, cuya negativa a enriquecerse a costa del bien común, llevó al mundo a erradicar la polio. Estoy hablando del gigante Martin Luther King, Jr., un hombre que me hace orgulloso de ser protestante.

Estoy hablando de Madiba, el gran Nelson Mandela, un hombre que derroto el racismo, nos enseño el valor del perdón y la reconciliación y cambió el mundo por ello.

Eso es ser progresista. Lo demás es demagogia (Cristina), egolatría (Hugo) y, en algunos casos, franca estupidez (Evo).

Miro a estos íconos del progresismo, y luego, volteo a mirar el escenario político local.

Qué deprimente.

El próximo año son las elecciones presidenciales en Perú. Y en época electoral, todo el mundo quiere pintarse como progresista. Eso empeora las cosas. Lo encuentro sumamente irritante. Primero, porque me parece un insulto a la inteligencia de quince millones de peruanos. Segundo, porque me parece un flagrante abuso de la ignorancia de por lo menos otros quince millones de peruanos. Y tercero, porque siento que me están sacando cachita, que se están burlando de mi sueño de votar por un verdadero progresismo.

¿Ustedes dicen ser progresistas?

¿Ustedes, políticos de antaño, Lucho, Alan, Lourdes, con sus aburridísimos balconazos, su ridículamente improvisadas páginas de facebook , sus discursos belaundísticos que parecen haber sido redactados en los años setenta y esa irritante paranoia que los lleva a echarle a Fujimori – al triste, preso, acabado y viejo Fujimori, más cerca de la senilidad que del poder – la culpa de todos sus errores?

 ¿Ustedes, movimientos regionales y nuevos partidos, con esa orfanidad ideológica, esa falta de contenido que ustedes tratan de pintar como algo bueno escondiéndola detrás de esa palabrita ridícula: “independiente”? ¿Y los menores entre ustedes, con su medio por ciento, su uno por ciento, arrastrándose a la siguiente elección, un poco más y aliándose con Hitler con tal de tener una chance de seguir vivo?

¿Tú, Ollanta, con el mismo discurso robótico y redundante, mientras insistes fútilmente en fingir que nada ha cambiado en cinco años, cuando sabes bien que no es así?

 ¿Tú, Alejandro, que llegaste a tener los márgenes más bajos de popularidad que cualquier otro presidente en la historia latinoamericana y te salvaste de la vacancia más por la vergüenza colectiva que representaba sacar a otro presidente (al fin y al cabo no estamos en Ecuador) que por tus propios méritos?

¿Tú, Susana, que decepcionaste a todos los que alguna vez creímos en ti, aliándote con quien sea con tal de salir electa, que primero te besuqueaste con la izquierda radical y ahora hablas de tomar whisky con Toledo? ¿No te das cuenta la obsesión por el poder que esta actitud demuestra, y que veo tratas de esconder detrás de esa pinta de tía buena gente, mitad Sarah Palin, mitad Ingrid Betancourt?

¿Tu, Keiko, que crees que tu familia tiene un derecho dinástico a liderar tu partido e incluso el país, al punto tal que ni siquiera te das cuenta lo egocéntrico que suena que denominen a tu ideología con tu apellido?

¿Y ustedes, sobretodo ustedes, los mas hipócritas de todos, ustedes los revoltosos sindicalistas, comunistas y extremistas, que malogran todo evento adonde asisten? ¿Ustedes y sus banderitas rojas, sus lobbys sindicales, y esa expresión de violencia, de venganza y de odio que marca todo lo que hacen?

¿Ustedes y esas ideas retrógradas, que nadie, nadie en el mundo entero – salvo por un par de parias internacionales – defiende, que siguen queriendo mentirle asquerosamente a un pueblo desesperado que los escucha, con tal de ganarse un cargo público y meterse unos cuantos miles de soles al bolsillo?

Sé que estoy siendo duro. Durísimo, en realidad. Sé que suena a que estoy borrando de un plumazo a toda la sociedad política peruana, de la extrema izquierda a la extrema derecha y del extremo conservador al extremo liberal. Sé que muy probablemente hay excelentes intenciones en muchas de estas personas. Tampoco pienso cuestionar su integridad a la ligera.

Pero tengo que decirlo: estoy harto de ustedes. Estoy harto de que vivan para el momentum político, de que vivan mudando de propósito con cada elección, de que sus discursos sean tan artificiales y tan poco sinceros, de que se rodeen de personas a quienes les importa un bledo el país, y, sobretodo, sobretodo y sobretodo, de su arrogancia, de su forma de hacer política y de su falta de desprendimiento.

Me enferma, por ejemplo, ver a Fuerza Social hablando como si fuera un gran partido político establecido por ganar una alcaldía provincial sin casi ningún distrito, cuando es evidente para cualquier persona con dos dedos de frente que sus votantes votaron contra “la derecha” y no por Susana Villarán y muchos menos por un partido político. Esa actitud me hace acordar a los titulares del Bocón cada vez que la selección gana un partido sin significado: la exageración total de los logros menores es el reflejo más puro de la propia mediocridad.

Esas son las cosas que tanto me decepcionan de los candidatos que tenemos hoy. Que prefieren ser políticos a ser líderes y que están más interesados en construir su propio ego, en bautizar escaleras con su nombre, que en construir un país. Que encarnan la mediocridad, en todos su sentidos. Mediocridad ideológica, mediocridad partidaria, mediocridad democrática, mediocridad de propuestas, mediocridad de planificación. Mediocridad del alma, al final. Mediocridad de amor por el Perú.

No, yo no quiero votar por ninguno de estos políticos. No, yo quiero votar por un progresista el próximo año.

Quiero votar por un hombre o una mujer inteligente, respaldado por un partido de verdad, que trabaje con los sindicatos, mejore las condiciones laborales y se preocupe por moderar la agresión natural de las empresas.

Quiero un candidato que se niegue a entrar a otro inútil debate dogmático sobre si debemos aplicar una economía de mercado o no. Que nos diga, convincentemente, que esa es una cuestión zanjada.

Quiero un candidato que sea firme y pragmático, que reconozca que los empresarios están allí para hacer dinero y que, por su naturaleza, atropellarán a quien sea con tal de enriquecerse. Quiero que les ponga un pare, que tenga el criterio y la razonabilidad para decirles que lucren, pero hasta cierto punto. Y que pasado ese punto, les diga simplemente que no es negocio para nosotros y que se pueden ir.

Y quiero que ese candidato sea lo suficientemente carismático e inteligente como para convencer, tanto a nuestra población de votar por él, como al sector productivo de nuestro país que su elección no quiere decir que habrán extremismos ni expropiaciones masivas, ni revoluciones sanguinarias. Un candidato que logre vencer al aparato de intimidación y terror que tanto la derecha como la falsa izquierda tan eficazmente utilizan para secuestrar nuestros votos.

En suma, un candidato que gobierne al Perú con un muy necesitado sentido del juego limpio y un criterio básico de bien colectivo. Por sobretodo, quiero votar por un líder de verdad. No un caudillo ególatra, ni un outsider improvisado, ni un “independiente” (¡Dios, como si no tener partido ni ideología fuera algo bueno!) sin contenido. Un líder de verdad, con ideas de verdad, un partido de verdad, una agenda a futuro de verdad, y ante todo, una visión de un gobierno que gira alrededor de una idea y no de sí mismo.

Quiero votar por el progresismo, asi pierda, así sea por votar una vez, tan sólo una vez, por quien yo quiero y no por quien las circunstancias dictan que debo. 

Pero no veo progresistas en el Perú.

¿Dónde estás, mi príncipe azul, mi mujer maravilla progresista? Ya no te tardes más en llegar.