La suerte está echada

junio 15, 2011

humala

El pueblo ha hablado, nos guste o no.

Bueno, al fin se acabo. Después de casi dos años de continua campaña política, de muchas acusaciones, pocas propuestas y aún menos debate, el Perú ha elegido a Ollanta Humala como Presidente de la República.

La suerte está echada, y está bien. Este proceso, y no solo me refiero al resultado, nos ha pintado muy bien como país. Ha sido un justo reflejo de la sociedad que como nación hemos construido: una sociedad partida, fragmentada. Un país compuesto por dos grandes grupos: los que prosperan y los que se empobrecen. Esa es la lección última que nos ha dejado, no solo el quinquenio de García, sino toda la trayectoria moderna del Perú democrático, desde la renuncia de Fujimori por fax en noviembre del 2000 hasta hoy.

Yo estoy decepcionado con el resultado. Hace unos meses, me animé a publicar en este mismo blog mi sueño de un gobierno progresista para el Perú. Un gobierno, si quieren llamarlo así, izquierdista – pero ante todo moderado, humanista, liberal y social demócrata. En lugar de eso, tendré – tendremos, mejor dicho – que conformarnos con Ollanta Humala. Que decepción.

No es que me haya causado ninguna simpatía la candidatura de Keiko Fujimori. No sentí la más mínima pena de ver a su movimiento perder y la verdad es que incluso me causaría satisfacción si esta derrota electoral marca el fin del Fujimorismo: un movimiento, para mí, retrógrada. Dinástico. Un movimiento de personas y no de ideas. Que Kenji Fujimori – por el sólo hecho de apellidarse Fujimori – haya sido el congresista más votado, es un triste monumento a nuestra adicción caudillista. Un símbolo de porque el Fujimorismo nunca debe renacer.

Pero si, voté por Keiko igual. O al menos lo hubiera hecho si es que me hubieran dejado votar aquí en mi nuevo hogar en Panamá. Casi con repugnancia, pero lo habría hecho.

Y es que votar por el señor Humala me resultó imposible. No habría sabido por qué diablos estoy votando. No se puede votar por alguien que cambia cuatro veces de plan de gobierno. He ahí mi mayor preocupación: hemos elegido Presidente a alguien cuya entera filosofía política se reduce a decir lo que sea con tal de ganar. Y ahora, lógicamente, no sabemos que esperar.

Porque con un Plan de Gobierno que de estatista, carente de todo análisis técnico y que hacía referencias a la lucha de clases evolucionó a convertirse casi en un ensayo de Milton Friedman, y con un equipo de trabajo que termino incluyendo a personalidades tan políticamente incompatibles como Kurt Burneo y Javier Diez Canseco, Ollanta Humala rompió todos los records del cinismo político. Sólo le faltó prometer clasificar al Mundial de Fútbol. Y si la campaña duraba dos semanas más, probablemente hubiera jurado sobre una Biblia que lejos de clasificar, lo ganaríamos.

Hemos elegido Presidente a un ex militar con modestos estudios académicos (lo escuche mencionar el otro día que tiene una maestría en ciencias políticas – sabe Dios de donde), sin ninguna experiencia en el sector público y sin ningún logro importante en el mundo privado. Eso es lo que más me duele. En una sociedad que se queja tanto de que su clase política no es más que una tira de corruptos dedicados a los faenones con los amigos, un club al que se entra por contactos y por “carnet partidario” en lugar de por desempeño, hemos demostrado ser unos hipócritas. A la hora de la hora, hemos sido los primeros en negar la meritocracia.

¿Por qué? ¿Por qué hemos elegido a Ollanta Humala a la Presidencia de la República?

No quiero desmerecer su carrera militar, por si acaso. Ollanta Humala peleó contra el terrorismo en la primera línea. Ha combatido por protegernos. Nadie cuestiona eso. Todo hombre que arriesga su vida por su país – por nosotros – como él lo hizo, merece nuestra gratitud y el reconocimiento de su valentía y entrega. Todos le agradecemos por eso. Pero discúlpenme, eso no basta para ser Presidente.

¿Por qué un militar inexperimentado en la administración del Estado, con antecedentes, por lo menos, de insurrecto (algunos lo consideran golpista), sin ninguna formación académica o profesional en gobierno y sin la más mínima experiencia en el servicio público acabo siendo Presidente?

¿Será por sus cualidades personales – su carisma, oratoria, talante y personalidad? Pues la verdad no. Ollanta Humala no sobresale como político. No es un buen orador (incluso un orador tan torpe como Toledo parecía ponerlo nervioso en el primer debate). No tiene mucho carisma. Ni siquiera refleja el talante o el autoritarismo arrogante del clásico presidente militar. Es más, wikileaks lo pinta como un saco largo. Me lo imagino haciéndose el loco, escondiéndose detrás del periódico cada vez que Nadine se molesta por alguna travesura de sus hijas.

A pesar de la tenaz insistencia en compararlos, Ollanta Humala no es Hugo Chávez. No tiene su presencia, ni su don de líder. Es inconcebible imaginarlo dando los largos discursos que da el Presidente venezolano, cuando no puede ni sostener su tono de voz en un debate por quince minutos. Es más, sus asesores confían tan poco en su dominio de escena, que en el primer debate lo obligaron a leer todo de un papel. ¿Se imaginan a Hugo Chávez leyendo de un papel? No hay manera.

No, Ollanta Humala no es ningún caudillo popular. Nuestro Presidente Electo es un invento de las masas. Es un personaje totalmente idealizado por un sector de la población que quiere ver una especie de Ramón Castilla que este no es. El 31.8% que voto por él en primera vuelta, voto no sólo por el desordenado enjambre de promesas populistas que planteó, sino también, digamos, por un amor quijotesco. Ven a una dulcinea de los pobres, cuando Ollanta Humala es más una Alondra de los ricos. Y mi impresión inicial es que muy pronto verán la realidad, y se verán amargamente decepcionados.

Aún así, la elección de Humala no es la única cosa que encuentro decepcionante de esta elección. Como a muchos, me pareció una patada en el hígado tener que decidir entre él y la candidata de un movimiento político que prostituyó y desmanteló al país hace apenas una década.

¿Cómo acabamos decidiendo entre los dos candidatos más resistidos por la población en general?

¿En qué lugar del mundo puede pasar una cosa así?

Y es que aún más frustrante es enfrentar la realidad de que Ollanta Humala ha sido elegido Presidente cuando más del 43% del país ¡voto en primera vuelta por una alternativa radicalmente diferente a la suya! ¡Votó por candidaturas que lo consideraban un candidato apocalíptico!

Habrá mucho tiempo para analizar las razones por las cuales el voto de centro en el Perú se fragmentó de esa manera, pero hay un primer punto que al menos a mí me queda claro debe dejarnos una lección importante: por la salud de nuestro sistema político, debemos dejar de celebrar las elecciones parlamentarias en forma paralela a las presidenciales.

Muchos culpan de egoísmo a los candidatos. La culpa es de “PPKeiko”, “del borracho de Toledo” de Lucho “en segunda vuelta gano yo” Castañeda. Pero el problema es más profundo y sistémico que ese.

Ninguno de los tres podía realistamente retirarse así nomás. Lanzarse a la Presidencia de la República es caro. Montar una campaña electoral requiere dinero, y ese dinero normalmente se consigue de los candidatos al Congreso. Cada uno de ellos aporta a la campaña presidencial a cambio de recibir su cuota particular de publicidad en la propaganda del Partido. En algunos partidos – en todos los partidos en realidad – se utilizan los espacios de la lista de postulantes al Congreso como meros mecanismos de financiamiento. Los números, efectivamente, se venden al mejor postor.

Eso genera, en primer lugar, una campaña electoral atrofiante. Simplemente, son demasiadas personas buscando publicidad al mismo tiempo. En esta última elección tuvimos a diez candidatos presidenciales y alrededor de 1,300 candidatos al Congreso peleándose cada esquina y cada intersección del país por poner su cártel publicitario. Los peruanos tendemos a ver la elección presidencial como más importante que la Parlamentaria, por lo que los candidatos al Congreso terminan opacados por ésta, y no tienen los espacios mediáticos ni el tiempo suficiente para explicar sus propuestas. Y aun cuando consiguen el espacio y el tiempo, simplemente, no consiguen captar suficientemente nuestra atención. Estamos volcados a la carrera presidencial, condicionados por nuestro republicanismo presidencialista a prestarle mayor atención. ¿Y los candidatos al Congreso? Pues le rezan a los santos que les ayuden a treparse a la ola del “voto de arrastre”: los votos de las personas que se simplifican la vida y votan para el Congreso por la lista de su candidato presidencial de preferencia.

Así es como terminamos eligiendo a los esperpentos que elegimos. Y después acabamos con Congresos que compiten con Manuel Burga en popularidad.

Esta es una cuestión crucial, pues nos genera un segundo problema que afecto muy directamente esta elección: tener una elección parlamentaria paralela a la presidencial le quita capacidad de maniobra a las campañas presidenciales. Endeudados moral y económicamente con sus candidatos al Congreso, los candidatos presidenciales no pueden formar alianzas libremente, ni renunciar a su candidatura, debido a la fuerte presión interna que reciben de sus candidatos al Congreso para continuar en carrera, pues la renuncia de un candidato presidencial implicaría la pérdida del “voto arrastrado” que describimos anteriormente.

Una reforma electoral que cause que las elecciones presidenciales sean intercaladas y no simultáneas – al menos parcialmente (la renovación por tercios es una alternativa que se ha aplicado con relativo éxito en nuestro país antes) – podría ser muy útil para evitar esta problemática en el futuro. Además, le otorgaría al Congreso un dinamismo mayor, y los pondría bajo una lupa propia. Los congresistas tendrían que montar campañas propias, desarrollar relaciones más cercanas con sus electores y priorizar los intereses de sus regiones (es decir, tendrían que hacer lo que se supone que deben hacer), en lugar de simplemente identificarse con el caudillo del partido e intentar aprovechar su arrastre de votos. Además, nos permitiría a los peruanos elegir más concienzudamente a los integrantes del Congreso, en lugar de tener que hacerlo casi “de taquito”, con nuestra atención puesta en la campaña presidencial.

Volvamos, sin embargo, al análisis de la realidad de hoy. ¿Hay algo peor que ver a los partidos de centro, a 40% de los votos del país, suicidarse de la manera en que lo hicieron en primera vuelta?

Sí, hay algo peor: continuar divididos. Eso sería el acabose: que ante un gobierno radical acabemos con una oposición dividida, que se diluya a sí misma en sus propias diferencias politiqueras. Que 40% de personas hayan terminado votando por nada. Mucho cuidado con eso: hay muchos elementos en el gobierno electo que están decididos a patear monumentalmente el tablero del desarrollo peruano. Y una oposición divida les daría la oportunidad perfecta para mandar todo al diablo.

La tercera gran decepción de esta campaña fue, sin duda, que nos sirvió de amargo recordatorio de que la discriminación y la intolerancia siguen arraigados en nuestra sociedad. La facilidad con la que, sobre todo en segundo vuelta, los seguidores de ambas candidaturas lanzaban insultos terribles contra el otro bando, resulta triste. Más triste aún es que lo percibamos como algo normal – que la agresión se haya vuelto una herramienta política más. Y ya es patético que sigamos sin superar la primitiva idea de que quien no vota como nosotros es automáticamente o un inmoral, o un vendepatria, o un imbécil.

Necesitamos dejar de pensar en términos del “voto digno” o del “voto inteligente”. Ninguno existe. Lo único que existe es el voto. Y el voto no debe adjetivarse, porque ningún derecho humano debería tener adjetivos. Tenemos derecho a votar como queremos y por las razones que queramos sin ser agredidos por ello. Que esta sea la última vez que la gente insulta el voto del otro en lugar de tratar de convencerlo del suyo.

Necesitamos, también, dejar de acusar de corrupción a todo el mundo sin pruebas. Nos hemos vuelto una sociedad paranoica, traumada. Hemos perdido la noción de que acusar a alguien de corrupto es algo muy serio. Lo hemos vuelto un calificativo al paso, un adjetivo que se suelta a la ligera. Leí por ahí que en esta campaña, la palabra “corrupción” fue pronunciada casi el doble de veces que la palabra “pobreza”. Necesitamos dejar eso atrás.

Pero sobretodo, necesitamos dejar de pensar que el origen o la raza de una persona hacen diferencia en ella. Que en pleno año 2011, haya una amplia reacción en internet de parte de un sector significativo de la población echándole la culpa “a los indios” y “los cholos ignorantes” es patético. Siempre habrá uno que otro tipejo idiota soltando un comentario desubicado aislado. Pero este no es nuestro caso. Mucha gente en Facebook dejo salir todo el racismo que, detrás de una mascará de political correctnes, aún conserva dentro. Por el bien del país, esto tiene que ser erradicado. La sociedad civil debería mostrarse más agresiva en contra de todo tipo de intolerancia y discriminación.

Y no es sólo de un lado. Burlarse de los “limeñitos” y echarnos a todos en el mismo saco, asumiendo que Lima es una especie de country club gigante, está tan mal como andar publicando en Facebook apurados planes de “exilio” en Miami. A todas esas personas que se llenan la boca diciendo que Lima vive de espaldas a provincias y que le importa poco el resto, les recuerdo que existen millones de limeños que trabajan duro en la capital solo para enviar remesas a sus familiares en provincias. Y más allá de eso, que fueron cientos de miles los limeños que salieron a las calles a protestar contra el Fujimorismo en los noventa y recuperar la democracia que les permite publicar en sus blogs con libertad de conciencia.

No empeoremos las cosas convirtiendo esta etapa postelectoral en una fiesta de acusaciones y culpas. En una carrera entre “nosotros” y “ellos”. No partamos más al país. Si marchamos hacia algo tan desconocido e impredecible como un gobierno nacionalista, hagámoslo, al menos, juntos.


¿Qué es realmente el liberalismo?

julio 10, 2009

Hace ya una década que en América Latina convivimos con la retórica incendiaria de ciertos gobiernos populistas. Desde ese entonces, liberalismo –o más bien, neoliberalismo, como ha sido apodado- ha pasado a ser casi una mala palabra en la jerga hemisférica. El liberalismo ha sido acusado de ser una doctrina “vendepatria”, saqueadora de recursos naturales y herramienta del “imperio”; se ha dicho que engendra el belicismo, que causa genocidios y explota al pueblo; que destruye valores, hogares y trabajos; que es, en buena cuenta, casi casi, creación del mismo diablo. 

Y, sin embargo, pocas han sido las ocasiones en donde estos, sus más encarnizados enemigos, se han tomado el tiempo de explicar exactamente qué es este concepto que tanto odio les genera. ¿Qué es exactamente el liberalismo? Y, tal vez más importante, ¿es realmente tan terrible? 

Ya he dejado en claro que no creo en derechas ni izquierdas (y parece que no estoy solo en eso), sino que, en cambio, creo en buenas y malas ideas, por lo que espero no tomen estas líneas como una defensa ideológica ni nada por el estilo; este es un honesto intento por plasmar en papel (o bits) un conjunto de buenas ideas a las que creo no se les ha hecho justicia en la opinión popular. Estando a dos años de las siguientes elecciones, consideren esto un bienintencionado granito de arena, destinado a proveer a los peruanos con toda la información posible antes de que tomen la decisión más importante del lustro. 

¿Qué es liberalismo? La premisa básica detrás del concepto del pensamiento liberal no es –para sorpresa de muchos, estoy seguro- el lucro desenfrenado, sino más bien la idea de que todos tenemos derecho a las mismas oportunidades; que los hombres nacen todos iguales y dotados de ciertos derechos básicos, como la vida, la libertad y la propiedad, que en última instancia se resumen en el derecho a perseguir la felicidad y, como diría Jeremy Bentham, esta premisa implica, por definición, que si hemos de buscar la mejor forma de lograr que la mayor cantidad de personas pueda lograr la felicidad, es mejor un sistema que nos permita a cada uno decidir nuestro propio camino, frente a otro que nos diga qué camino hemos de seguir. 

Trasladando esta lógica al pensamiento económico, el liberalismo plantea que todos somos buenos para hacer algo y malos para hacer otras cosas y que, asimismo, tenemos derecho a acceder a los mejores productos al menor precio posible. Esta es pues precisamente la lógica detrás de un Tratado de Libre Comercio: Si los peruanos somos buenos cultivando espárragos, no tiene sentido que sembremos arroz y si en otro país son mejores cultivando arroz, no tiene sentido que siembren espárrago. Así, produciendo nuestros espárragos y comprando su arroz (y viceversa) tanto aquí como allá; todos, comeremos más rico y más barato. 

La lógica opuesta es la del proteccionismo, que busca proteger al productor de arroz caro y poco competitivo en desmedro del espárrago; elevar los aranceles al arroz y cuidar al productor peruano, con la esperanza de levantar así a la industria nacional. Aquí comeremos arroz caro y allá comerán espárrago amargo. 

Se critica al liberalismo con la lógica de que dañará al productor de arroz, que tendrá que aprender a sembrar espárrago (¡nadie nunca se preocupa de dañar al consumidor, que a fin de cuentas, somos todos!). Sin embargo para eso hay dos respuestas. En primer lugar, no todo lo bueno es barato y no todo lo barato es más demandado. Imaginemos, por ejemplo, que entra al Perú maíz barato de Estados Unidos a un precio mucho menor que el choclo local. En teoría, la gente debería inclinarse a comprar maíz sobre choclo, ¿no? Pero, ¿qué sucede si el productor local vende su choclo caro, pero lo vende de mayor calidad, con granos más grandes, mejor sabor y, a fin de cuentas, bien peruano? ¿No podría acaso competir con el maíz chiquito del norte?, me gustaría creer que sí. 

La segunda respuesta es ya económica. Si somos mejores produciendo espárrago que sembrando arroz, dedicarnos a aquello que mejor hacemos implica, por lo general, obtener mayores ingresos globales (el mercado mundial siempre va a demandar más espárragos que lo que el mercado local va a demandar en arroz). Si este excedente es suficiente para poder compensar a aquellos que van a salir perjudicados con el sistema, eso quiere decir que, en su conjunto, la sociedad sale mejor parada cambiando arroz por espárrago que con el status quo. Me explico: comprar arroz peruano es caro y le cuesta mucho al ciudadano común, en el agregado, ese es un costo significativo. Si imaginamos que hay 50 productores de arroz en el país y que el cambio y la capacitación de arroz a espárrago (o la actividad alternativa que sea) va a costarles un promedio de 500 soles a cada uno (para efectos didácticos estoy, obviamente, siendo simplista), pues entonces con una ganancia global de 25,000 soles producto de la exportación de espárragos, el Estado podría asumir los costos de estas personas (que son, después de todo, una minoría) y ayudarlos en el proceso de transición. Algunos pierden, muchos ganan y, con lo que ganan, ayudan al que pierde; eso, sino justo, es por lo menos eficiente. 

Pero incluso si concedemos que habrán perjudicados que no podrían ser ayudados porque simplemente serán despedidos o algo por el estilo, el liberalismo es compatible con mecanismos de prevención como la CTS (hoy mal aplicada) y otros que permiten proteger a las personas en el proceso de transición entre un empleo y otro, de tal forma que se mantenga el dinamismo económico, en lugar de, como plantea el populismo, proteger los puestos de trabajo, por más que conservarlos ya no tenga sentido. 

Ahora, no pretendo con esto justificar a ningún político ni a ninguna administración en particular. Lo que muchas veces presenciamos día a día en el Perú es una especie de remedo tercermundista de un liberalismo mal entendido, tan falible como el socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que un remedo tercermundista (y bastante populista) de un socialismo mal entendido. Sucede, sin embargo, que cuando los principios liberales funcionan, se generan Inglaterras, Francias y Singapures, mientras que, cuando el Socialismo del Siglo XXI funciona, se generan Coreas del Norte, Iranes y Zimbabues. 

No planteo tampoco una propuesta absoluta. El socialismo funciona muy bien en ciertas partes de Europa mientras que el liberalismo lo hace también en Estados Unidos. A fin de cuentas, nadie impide que, como en Chile, Brasil y tantos otros lugares, los principios liberales puedan ser sazonados y, por qué no, perfeccionados con políticas distributivas “de izquierda” siempre que, obviamente, sean serias.

Yo creo, como ya he dicho, en el gato que caza ratones. Y para cazar ratones, en mi opinión, necesitamos partir de estos principios liberales que nadie explica y pocos aplican bien. Perfeccionados, los mismos pueden ser precisamente el eslabón perdido en la cadena del desarrollo que todos los peruanos comprometidos –tanto de derecha como de izquierda- buscamos hace casi 190 años.

Así que espero que, en dos años, frente a las urnas, no votemos por nombres ni retórica, sino por estos principios e ideas, sea donde fuere que los encontremos.

Alonso Gurmendi


Cuando el Gato no caza ratones: Política y Desarrollo en Sudamérica

junio 25, 2009

“Neoliberalismo”, “Socialismo del Siglo XXI”, “dictadura ultraizquierdista populista”, Sudamérica está repleta de nombres, de “-ismos”; de todos y cada uno de los –ismos imaginables, salvo, como diría Oscar Arias, del único que importa: pragmatismo. 

Tenemos doscientos años de repúblicas empecinadas en perder oportunidades y en seguir libros santos al pie de la letra y directo al fracaso. Sean los Siete Ensayos o El Misterio del Capital, la verdad es que hace doscientos años que todo se mantiene; nada cambia, seguimos siendo pobres, luchando entre nosotros por ver si el “neoliberalismo salvaje” es o no mejor que “el sindicalismo-populismo”, cuando lo que importa, al final, ya no importa: el gato no caza ratones, ¡pero sí araña y vaya que come! 

Derecha e Izquierda; Liberal y Conservador. Estos debates interminables que acaparan los titulares todos los días al final terminan siendo intrascendentes, incluso profundamente contradictorios ¿o acaso podríamos comparar a nuestra derechista Lourdes Flores con el derechista Rush Limbaugh?, ¿o quizás a nuestro izquierdista Ollanta Humala con el izquierdista Barack Obama? Como dijera alguna vez Mark Twain, “los principios en realidad sólo tienen fuerza cuando uno tiene el estómago lleno” ¿Realmente qué importa si es que podemos ubicar una propuesta en uno u otro lado del espectro si es que, al fin y al cabo, funciona, si es que, al fin y al cabo, le alivia un poco la vida a los pobres del país? 

Dejémonos pues de falsos profetas y caballeros quiméricos. El mundo real no puede ser salvado con recetas paporreteadas de hace 100 ó 50 años. El Perú en este momento no necesita ni neoliberales ni socialistas del siglo XXI; necesita líderes, y de los buenos. Lastimosamente, empero, crear líderes, es algo que nuestros pueblos no han sabido hacer muy bien en los últimos siglos. Uno no puede sino asombrarse pensando en los increíbles “y sis” de nuestra Historia. “¿Y si en lugar de un Bolívar, hubiésemos tenido un Lincoln?”; “¿y si en lugar de un La Mar, hubiésemos tenido un Washington?”; “¿si en lugar de un Prado, un Churchill?”; “¿si en lugar de un Velasco, un Pedro el Grande?” No los tuvimos y pagamos el costo. 

Pero ahora, en este confundido nuevo milenio, en donde las crisis vienen del norte y el progreso es Made in Vietnam, hay nuevos vientos en el aire, nuevas oportunidades ajenas a las reglas de antaño. ¿Por qué es que entonces seguimos hablando como si en Varsovia aún hubiese un Lech Walesa y no un Lech Kaczynski, como si en Estados Unidos hubiese un Roosevelt y no un Obama? 

En este nuevo mundo, ya no hay derechas ni izquierdas, no hay “neoliberales” ni “socialistas”. Hay simplemente quienes proponen ideas serias y quienes no. Hay personas en quienes podemos confiar y personas en las que no. Hay, en términos simples, política populista y política responsable; política que sirve y política que no. 

Cerrar las fronteras al comercio, perderle el respeto a la propiedad privada y pretender que el Estado supla al privado en la actividad económica es política que no sirve. Creer a ciegas en el mercado sin regulación, le cueste a quien le cueste, pierda quien pierda, es también política que no sirve. Y no es que no sirva porque sea mala, en Suecia el Estado es un gran proveedor de servicios y de alta calidad y en Estados Unidos los mercados han llevado al país a ser la primera potencia mundial. Es política que no sirve porque aquí, en Perú, en Bolivia, en Ecuador, en Paraguay, lejos de las páginas de libros escritos en Washington y Moscú, esos enfoques no tienen ningún sentido. 

Como todo en el Perú, nuestro camino al desarrollo necesita un poco de Inga y de Mandinga, un poco de sazón peruana y bastante ajicito. No más de estas doctrinas de rajatabla empolvadas y mecánicas. Necesitamos desarrollo “Made in Peru”. Pero para eso, necesitamos también a las personas indicadas, personas que no sólo sepan, sino que entiendan; porque ¿de qué sirve una librería de dos pisos y un diploma Ivy League si al fin y al cabo el regulado es un campesino pobre de Tayacaja o un indígena ashwar de San Martín?

Necesitamos una buena mezcla en el gobierno, tanto de los que saben como de los que entienden y encargarnos de diseñar verdaderas políticas de Estado, diseñadas a prueba de soroche, pero dignas de Capitol Hill. Y para esto, se necesita a los mejores. No más políticas de austeridad, esa es política que no sirve (¿o realmente esperamos que un funcionario que gane S/.5,000.00 regule a un gerente que gane US$50,000.00?). No más debates muertos en el Congreso, esa es también política inservible (¿o realmente esperamos que el desarrollo surja por generación espontánea del cadáver de las buenas intenciones de uno y otro bando?). No más divisiones ni distanciamientos. Todos somos peruanos y todos buscamos lo mismo. No más autosabotaje. Esa es política que sí sirve.

Ya es tiempo de darnos cuenta de que hoy, este día, no puede ser más otra oportunidad desperdiciada. El país (derecha e izquierda reunidas) necesita darse cuenta de que la decisión que tomemos este día, aquí y ahora, puede de una vez por todas responder la eterna pregunta de Zavalita, cerrar el libro y sacarnos del hoyo, o puede simplemente ser una página más de nuestra enorme catedral, llena de gatos que no cazan y de leyes que no sirven.

Alonso Gurmendi Dunkelberg


Carta Abierta al Estudiantazgo Limeño

junio 22, 2009

Recuerdo que aproximadamente hace un año, los autores de este blog asistimos a una reunión con alumnos universitarios extranjeros de ciencia política y dentro de los diversos temas que conversamos estuvo el del involucramiento político de los jóvenes en la sociedad peruana. Nosotros estuvimos de acuerdo en afirmar que por lo general el sector estudiantil del sector A y B peruano, el sector “hijo de los líderes”, no es de hacer propuestas ni protestas ni demostraciones pacíficas. No hay una marcha de los cuatro suyos organizada por la Universidad de Lima o la UPC. Las pocas marchas estudiantiles que tenemos son monopolio de San Marcos (que tiene en muchos casos una agenda particular) y el resto, no son para nada estudiantiles, sino sindicales. La CGTP y la CTP se han convertido en pequeños proxys políticos para lograr ejercer presión en un país en donde la vida política es sinónimo de bajeza.

¿Realmente está representada la opinión de la juventud peruana en las marchas de estos rivales sindicales? ¿Realmente la mitad del Perú pide la vacancia de la Presidencia y la otra mitad aplaude su desempeño a toda costa? En un país que en promedio tiene 29 años, ¿dónde están los jóvenes? O, mejor dicho, ¿dónde estamos los jóvenes?, ¿qué queremos?, ¿qué pedimos?, ¿dónde está nuestra “Butter Rebellion”, nuestra “marcha del 68”, nuestras “protestas de Tiananmen”? No tenemos, pero deberíamos tenerlas.

Vivimos en un país que crece a un ritmo exuberante. El único país económicamente exitoso en Sudamérica en este momento. Podemos decir con confianza que si la economía sudamericana crecerá algo este año, será por méritos peruanos. Tenemos un tesoro entre manos y hay muchos piratas en el vecindario. Estamos al borde de perderlo todo, de arruinarlo una vez más y de permitir que nos lo arruinen desde adentro y desde afuera, pero seguimos pensando que nuestro papel como jóvenes recién empieza estando frente a una balota el 2011 votando una vez más por el mal menor. Bromeamos con ello, lo sabemos, en el fondo nos aterra, pero no nos movemos.

Tenemos un sistema universitario decadente. La Comisión Sota hace 8 años que concluyó que “la Universidad ha pasado a ser en lo fundamental, una institución productora de profesionales, o más exactamente de títulos devaluados”. No tenemos investigación, no tenemos excelencia académica ni un profesorado dedicado a tiempo completo. Tenemos un sistema que atenta contra nuestros intereses más directos y sin embargo todo continúa en paz; no hay reclamos, no hay marchas. La única manifestación política en los pabellones universitarios de alto vuelo es “¿y con este profesor lees mucho o es al toque nomás?” ¡¿Por qué?!

Estamos rodeados de problemas, de malas salidas, de malas leyes y peores propuestas. Tenemos un sistema de transporte público absolutamente decadente, una capital abarrotada de tráfico, un sistema de regionalización mal planteado, un sector salud empecinado en el reciclaje, un sistema carcelario que viola las nociones más fundamentales de derechos humanos, una policía extrañada de su rol y un Congreso que no representa ni al 1% de la juventud de nuestro país; y sin embargo, todo sigue igual. No hay protestas, no hay propuestas, no hay nada. No nos interesa. No es nuestro problema (¡pero sí lo es!).

¿Quién es nuestro Yon Goicochea? ¿Quién nos lidera? ¿Quién nos agrupa y nos dirige? ¿Acaso nadie? Y si es así, ¿cómo sabemos qué queremos? ¿O es que acaso es más sencillo sentarnos en nuestros sillones los domingos a las 8 y rogar por que el Cuarto Poder del Estado nos supla en nuestro rol de Zoon Politikón? “Deja que las cosas pasen” nos dice la tele y nosotros, fieles zombies, acatamos. Dan “Gossip Girl” al rato. No hay tiempo para reclamar.

Sucede, sin embargo, que cuando nos lo proponemos, logramos grandes cosas. El 15 de agosto de 2008 era increíble ver cómo surgían pequeños focos de ayuda para los damnificados; todos planificados, organizados y llevados a cabo gracias a pequeños grupos de estudiantes, jóvenes que simplemente tenían un carro y una maletera grande; líderes, del tipo que hoy tanto necesitamos.

¿Por qué entonces no podemos marchar, proponer, protestar, sin tener que ser víctimas del sindicalismo y el radicalismo? ¿Por qué no podemos ofrecer salidas, ejercer presión, liderar la opinión pública? Tenemos un tesoro entre las manos. Tenemos tanto qué decir. Tenemos tantos privilegios para hacerlo ¿Dónde estamos hoy que tanto nos necesita el (nuestro!) Perú?

Si piensan como yo, si no están de acuerdo con el trabajo de nuestros políticos, si piensan que nuestros futuros candidatos se equivocan y que el camino de los ladrillos de oro se está poniendo cada vez más parco, y que cada vez más nos tientan a un desvío, tal vez sea el momento de decir “aquí estamos, queremos esto, necesitamos aquello”. Somos un grupo relativamente homogéneo, podemos ponernos de acuerdo, podemos alzar nuestra voz. No tenemos que salir marchando con bombos y matracas a la Plaza de Armas cantando “si no hay solución…”, pero enviar una que otra cadena a nuestros amigos una vez al mes no puede ser la única acción política que tomemos en nuestra vida. Nuestro país nos necesita, probablemente mucho más de lo que muchos de nosotros necesitemos a nuestro país. “Si sale Humala, me voy del Perú”. Ese no puede seguir siendo más nuestro credo. ¿Dónde está nuestro coraje?, ¿nuestras ganas de ver al Perú en alto, campeón mundial, hub central, potencia regional? Las tenemos. Están ahí. No nos olvidemos que aún están ahí.

Pero si piensan que estas líneas son hipócritas, que yo no hago más que ustedes por mi país y que, como ustedes, me siento los domingos a las 8 a ver Cuarto Poder y mando de vez en cuando una que otra cadena esperando calmar con eso mi angustia y mi sentido de peruanidad, pues tal vez tengan razón. Pero si el primer paso para curar la adicción es reconocer que tengo un problema, pues admito que lo tengo. Soy un joven peruano y nunca en mi vida le he mandado una carta a un congresista. Nunca en mi vida he marchado por las calles. Nunca he participado en una junta vecinal. Nunca he visitado Puno. Nunca he volcado mis esfuerzos más allá de este blog. Siempre me he quedado en el casi lo hago.

Pero donde uno falla, dos pueden triunfar. Y donde dos fallan, tres pueden ganar. Así, poco a poco, hasta que erradiquemos nuestra adicción apolítica y nos demos cuenta de que hoy, más que nunca, el Perú, nuestro Perú, nos necesita. Si me ven tan hipócrita y adicto como el resto, consideren este el primero de mis doce pasos.

Alonso Gurmendi


Luz y agua gratis para el pueblo: Los pueblos jovenes y la ilegalidad

junio 14, 2009

Como en muchas cuidades de latinoamerica, la ilegalidad esta a la vuelta de la esquina, Lima no es la excepción. El fenomeno de los pueblos jovenes “Shanty towns” afecta a la gran mayoria de paises subdesarrollados, yo se los  presento desde mi prespectiva.

En Lima, no hay mes que pase que no escuchemos en las noticias o veamos en los titulares, que se crean pueblos jóvenes y se realizan invasiones infringiendo los derechos de propiedad, y quedando los invasores impunes. El fenómeno de las invasiones se propaga a lo largo de todo nuestro territorio y no hay peruano que no lo haya vivido en carne propia o escuchado de un familiar o conocido cercano.  Por ello, no es ajeno a nosotros escuchar noticias como esta: ¨250 personas tomaron un cerro y permanecieron en él por cerca de un mes”. Los invasores que toman y forman posteriormente los pueblos jóvenes, carecen de títulos de propiedad. Sin embargo, gracias a la prescripción (adquisición de la propiedad bajo por el paso del tiempo) o a la benevolencia de algún alcalde se terminan haciendo dueños legítimos de la tierra ajena. Apostando al paso del tiempo, el control sobre la propiedad y la impunidad, se viene siguiendo el proceso de adquisición de tierra a la inversa.

Los invasores dejan por tanto de utilizar la manera ¨ formal ¨, por así llamarla, para obtener el título de propiedad de un terreno por medio de la invasión, práctica ilegal que dominan[1]. Con el fenómeno de migración del campo a la cuidad, Lima se ha ido atestando de pueblos jóvenes y de gente que busca un lugar dónde vivir sin importar el medio. Desde 1930 con el primer pueblo joven, Leticia, la práctica de utilizar la prescripción para luego de una apropiación ilícita volverse dueño legítimo no ha sido ajena a nuestro país. De esta manera, en vez de recurrir a la manera ¨ formal ¨ se ha vuelto costumbre la invasión de terrenos, su apropiación y posteriormente la obtención da la titularidad sobre la tierra. Así, se vuelve titular del terreno, no el dueño de la tierra, sino el que primero construye en él y espera el tiempo necesario para volverse propietario legítimo. Ha llegado a crecer a tal punto esta sociedad informal que muchas veces la sociedad  formal se ve inmersa en ella y siguen sus prácticas. Probablemente porque es más rápido, más simple, pero erróneo, tal como ocurrió en varias playas del sur, que son productos de invasiones, al igual que los pueblos jóvenes.

¿Es correcto que el derecho regule esta práctica común que se ha vuelto costumbre? Se ha creado ya un antecedente tan fuerte, que incluso luego del incumplimiento de la ley, ésta se use a disposición del invasor y le sirve para regularizar su situación.  Este uso inadecuado de la ley, generador de actos ilícitos, que es aprovechado de la mejor manera por los invasores debe ser solucionado. No es posible que aquellos que en un primer momento se encuentran fuera de la ley y van en contra de ella, luego la utilicen, (prescripción), para tornarse los propietarios legítimos de una tierra donde lo único que poseen es una construcción precaria edificada en ella. Asimismo, se llega a un mundo de ilegalidad donde el dueño del terreno termina siendo despojado de sus derechos legítimamente obtenidos, que pasan a manos del invasor, el que queda sin sanción alguna. Estas irregularidades han hecho que el desalojo, sea la excepción y la invasión exitosa, la regla. De la misma manera,  la inexistencia de pagos en retribución por la invasión generada es escasa.

De un acto ilícito, la toma de la propiedad ajena, una especie de usurpación, se terminan formado pueblos enteros que hoy en día cuentan con comité vecinal, asociaciones internas y losas deportivas, todo sobre terreno invadido como ocurrió con la actual Pamplona (considerado entre los pueblo jóvenes mas grandes de Lima). Este acto de informalidad, de ilegalidad, no debe quedar impune. Se ve día a día que pasado cierto tiempo, el gobierno concede prerrogativas y otorga titularidades en un afán por ganar popularidad en los sectores más pobres socavando la ley y otorgando más razones para que se sigan realizando estas invasiones ilícitas. De este modo, el derecho que busca dar a cada uno lo suyo y regular la vida en sociedad, se utiliza de manera inadecuada y se vuelve un medio para volver lo que en un principio fue ilegítimo en algo totalmente formal.

La informalidad generada en parte por el fenómeno de la migración, deja de lado a gran parte de la población y crea una sociedad que vive prácticamente en paralelo a la sociedad ¨ formal ¨. Poseen sus propias reglas, sus propia ¨ leyes ¨ basada en su mayoría en la costumbre, ¨ Si él lo hizo, porque yo no , si nadie dice nada; porque no tener conexiones clandestinas, porque no comprar piratería, porque no ¨ bambear ¨ productos, porque no invadir terrenos ajenos”. Por más que no se respeta la sociedad, y no hay problema alguno en invadir terrenos ajenos, las propias reglas de la sociedad alterna si son respetadas, su propia ¨ ley ¨ se respeta. En los pueblos jóvenes nadie invade a nadie, la propiedad se respeta, pero al tercero, al externo a esta realidad, si se le puede perjudicar. ¿Cómo hacer para que esta sociedad informal, que por mas de estar inserta en la cuidad y que se rige bajo sus propias reglas, interioricen el derecho y decidan acatarlo?

Es difícil convencer a las personas que ya están acostumbrados a realizar este tipo de actos, que decidan seguir las normas impuestas por la sociedad de la que están marginadas. Pero, la solución no es bajo ningún motivo facilitarles la posesión ilegal y otorgarles título de propiedad para regularizar su situación. Se necesita un acercamiento a todas aquellas personas que se encuentren marginadas, que incluso viven en la ilegalidad total; no tiene documentación, no tiene propiedades y muchas veces son ciudadanos de una nación a la cual no pertenecen.  Por más que la informalidad se está convirtiendo en la mayoría [2] y ya no es una minoría reducida como era en un inicio, las invasiones deben parar. No podemos dejar que esta práctica de la ilegalidad siga aconteciendo.

Igualmente, seria recomendable buscar la inserción de estas personas marginadas a la legalidad, generar  programas de desarrollo urbano donde la persona tenga la posibilidad de regularizar su situación y obtener acceso a una vivienda a bajo precio; programas tales como techo propio o las residenciales. La solución es , luchar contra la ilegalidad, demostrar que los precedentes que se vienen siguiendo no son los adecuados y que existen maneras de adquirir propiedad sin tener que recurrir a medios ilícitos. No se puede menoscabar la ley que constituyen un pilar fundamental para nuestra sociedad y por lo tanto se debe erradicar la mala concepción que el que invade tiene la posibilidad de volverse dueño de algo que no le pertenece.

Sebastian M. Elias Sardiña


[1] Existen bandas de hampones especialistas en invasiones, con grupos de invasores predeterminados, fuerzas policiales de se lado, e incluso abogados que aseguran el proceso de adquisición de los terrenos invadidos.

[2] ¨a través de invasiones o adquisiciones ilegales de terrenos se han formado barrios que constituyen el 42.6% de las viviendas de Lima¨- SOTO, Hernando. El otro sendero. Instituto Libertad y Democracia. Lima, 2001.


Una Propuesta de Reforma para el Congreso Peruano

junio 2, 2009

El artículo 93 de la Constitución Peruana señala que los congresistas “representan a la Nación” y “no están sujetos a mandato imperativo”. En otras palabras, un Congresista nos representa a todos a la vez y no está obligado a votar de la forma en que le indiquen sus electores directos.

Una primera lectura del artículo nos podría llevar a pensar que no tiene nada de malo. A fin de cuentas, los congresistas nos representan y hacen leyes para todos, pensando en todos. Ellos son, después de todo, los “Padres de la Patria”. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que hay algo que no funciona bien con este sistema. Yo quiero plantear una alternativa distinta.

En época de elecciones, los peruanos estamos acostumbrados a votar por una lista regional y a marcar en un cuadradito los números de nuestros dos candidatos favoritos dentro de esa lista. Con eso, nos quedamos tranquilos con que hemos cumplido con nuestra “obligación” cívica, y finalmente, nos dedicamos los siguientes 5 años a lamentarnos de por qué nuestra elección resultó en última instancia tan mala (pero obvio, sin jamás echarnos la culpa a nosotros mismos!).

El problema es que en este sistema, como dije, los congresistas que resultan electos representan “a la Nación”. Cada uno de ellos nos representa a todos y, por extensión, a nadie. Tomemos, por ejemplo, mi caso. En las elecciones anteriores yo voté para el Congreso por un partido que no alcanzó un solo escaño. En el sistema actual ¿quién me representa? ¿Estoy realmente en condiciones de sentir que mis intereses son representados? La ley me dice que no. El Congreso y los congresistas, incluso en el supuesto de que mi candidato hubiese salido elegido, no me representan a mí; sino a todos los peruanos. ¿Será tal vez por eso que me siento tan poco representado en mi propio Congreso?

Hace poco, por ejemplo, vi un comercial en la televisión que pregonaba cómo el Congreso estaba “con el pueblo” porque había pasado un par de leyes “para paliar el efecto de la crisis”. Estas leyes eran la liberalización de la CTS y la exoneración del pago de AFP de las gratificaciones. Ambas son leyes a las que me opongo abiertamente y sin embargo son comercializadas como logros. De igual forma, estoy completamente a favor de la bicameralidad, la renovación por tercios del Congreso, el fin de las políticas de austeridad y la flexibilización del régimen laboral. Sin embargo, sinceramente dudo que este Congreso, logre los consensos suficientes o tenga la voluntad política para pasar estas leyes, que en el fondo son las que me harían sentir que mi opinión y mí forma de ver la realidad del Perú tienen un lugar y son importantes en el Congreso.

Mi intención es proponer un sistema que cambie eso y que nos haga directamente partícipes de nuestro propio sistema democrático. Después de todo, ¿cuántos de nosotros hemos agarrado el teléfono para llamar a un congresista a pedirle que ponga determinado tema en la agenda del pleno?, ¿o enviado un mail a alguna bancada exigiendo más acción en alguna promesa incumplida?, ¿o, en todo caso, tenido la oportunidad de reunirnos con aquella persona a quien nosotros pusimos en el poder y a quien mantenemos día a día con nuestros impuestos?

Congreso Peruano

Congreso Peruano

Yo creo, que para que nuestro Congreso sea realmente representativo y sea realmente responsable por sus actos, deberíamos cambiar el sistema mediante el que escogemos a nuestros representantes.

En mi opinión, en lugar de elegir de una lista fija a un grupo de 5 ó 6 personas que nos representen “a todos los limeños” o “a todos los cuzqueños” o incluso “a todos los peruanos”, deberíamos dividir el país en diversos distritos electorales (algo similar a las constituencies de los países anglosajones) y que cada distrito tenga una elección para escoger un único representante.

Por ejemplo, si tomamos la Región de Ica como ejemplo, podríamos fácilmente dividirla en sus 5 provincias (Chincha, Ica, Pisco, Palpa y Nazca) y que cada una tenga 1 Congresista que las represente.

Claro que no todas las fronteras políticas constituirían fronteras electorales y los distritos electorales no necesariamente tendrían que coincidir con las provincias. Lima (entendida como Lima Provincias, Lima Metropolitana y el Callao) tendría, obviamente, más distritos electorales que provincias y/o distritos, teniendo en cuenta su población. Loreto, en cambio, tendría menos distritos electorales que provincias.

Con un sistema inteligente, incluso, no habría que variar la actual distribución de cupos congresales. Ica podría seguir teniendo 4 (digamos que unimos Palpa con Nazca para efectos electorales) y que Lima pueda seguir teniendo 35 representantes, cada uno representando a alguna zona electoral determinada (por ejemplo, un representante para cada provincia y el resto repartidos entre los distritos de Lima y Callao). Bajo este sistema, por lo tanto, los habitantes de un distrito electoral imaginario en “Miraflores-Barranco-San Isidro” podrían tener un representante que vele por sus intereses al igual que podría existir un representante que vele por los intereses de Paucartambo, en Cuzco. Ambos representantes tendrían visiones muy distintas de los mismos temas y deberían representar a sus distritos electorales según su real saber y entender.

Aquí sin embargo empieza el tema más espinoso: ¿Cómo manejar el tema del mandato imperativo? ¿Deberíamos permitirlo? ¿O es mejor alguna variante? Yo creo que la idea no es que el Congresista no tenga voz propia y que no pueda tener una posición personal de los temas, pero debe haber un balance entre las promesas que hizo en la campaña y el respeto a la decisión de la mayoría que lo eligió por un lado y el feedback que pueda recibir de sus votantes del otro.

En mi opinión, por lo tanto, los congresistas de cada distrito electoral deberían mantener las líneas de comunicación con sus distritos respectivos totalmente abiertas, sea por correo, teléfono o incluso viajando a reunirse con ellos y poder consensuar una “política común” de su distrito. Elector y Elegido podrían conversar y llegar a un punto medio que sería el que el congresista defendería. Así, por ejemplo, supongamos que en un hipotético distrito “Surco-San Borja-Surquillo-La Molina-Ate” que me represente en el Congreso, gana una mayoría de izquierda que favorece leyes como las de la CTS y las Gratificaciones que mencioné antes. En ese caso, él debería hacer conocida su opinión durante la campaña y luego cumplir su promesa luego de ganar, pero yo debería estar en todo mi derecho de pedir una reunión con este congresista y ofrecerle mi punto de vista, sentarme con él un momento y tratar de llegar a un punto consensuado en donde de repente no toda la CTS sea liberada, por ejemplo.

Este feedback haría que nuestra democracia crezca, madure y se vuelva mucho más inclusiva y participativa; algo que, así como están las cosas, sólo puede ser bueno.

Alonso Gurmendi
Foto: Centro de Prensa del Congreso de la República


Quechua

abril 24, 2009

quechuahablanteEl diario Correo publicó hace poco un artículo mediante el cual pretende usar las limitaciones lingüisticas de la Congresista Supa para redactar en español como excusa para su diatriba sobre la poca preparación académica de nuestros congresistas y la necesidad de establecer requisitos más exigentes para votantes y candidatos.

Es evidente que un artículo de esta calaña, que ridiculiza a una persona y se aprovecha de su condición de quechuahablante (que equipara increíblemente a la de “persona inculta”) para enviar un mensaje social, no merece mayores comentarios; me parece simplemente deplorable y mezquino. Honestamente, no tengo más que decir que me gustaría ver al personal de Correo sentado en una audiencia de la Comisión de Seguridad Nacional del Senado de EE.UU. tomando notas en inglés a ver qué tal les queda la ortografía; o peor aún, ¡en quechua! 

Y es que al final ese es el problema de fondo: nuestro país no permite una verdadera participación del quechuahablante en la sociedad. ¿Qué tiene que ver la ortografía de una persona que usa el español como segunda lengua con la calidad del Congreso? ¡Por favor! ¡Para eso hay otros indicadores! ¡¿Realmente somos tan incapaces de ver el problema real?! La verdadera noticia aquí son las terribles condiciones a las que el legislador hispanohablante ha relegado al quechua. ¡¿Cómo puede ser posible que en un país con 188 años de historia republicana y 4.4 millones de quechuahablantes, el Congreso recién tenga traductores simultáneos español-quechua desde hace 3 años?! ¡¿Cómo puede ser posible que en 2006 dos congresistas se hayan molestado porque dos legisladoras decidieron jurar en su propio idioma?! ¿¡Cómo puede ser posible que el Estado sólo emita documentación en español?! No sólo las páginas web de los ministerios no tienen versión en quechua, sino que una de las pocas que sí tiene -la del Congreso- no permite ver proyectos de ley ni actas de comisiones en quechua (¿para qué me sirve la página del Congreso si no es para ver los proyectos de ley o los dictámenes de las Comisiones?).

Muchos dirán que la realidad del quechuahablante peruano no amerita traducir todos los documentos del Estado al quechua… Sin embargo ese es precísamente el problema. El Estado necesita iniciar una campaña agresiva de promoción del quechua. No podemos tolerar una situación en donde 4.4 millones de peruanos no tienen acceso a la información vital del gobierno porque no la pueden leer. No podemos tolerar una situación en donde el quechua se aprende únicamente en las casas y no en los colegios.

La participación activa del quechua en la sociedad peruana es vital. No sólo para integrar al quechuahablante a la realidad capitalina, ¡sino para integrar a la propia Lima y las demás ciudades a la realidad quechua! La situación actual, en donde el Estado deja fuera de la información al quechuahablante es deprimente… Sin ir muy lejos, en Paraguay el 88% de la población habla guaraní (sea como primera o segunda lengua). Es más, hay más gente que habla guaraní que español. ¡Esa es una política envidiable!

Las complicaciones logísticas no pueden ser una excusa para excluir a tantos peruanos de sus derechos. Personalmente creo que la Constitución comete un terrible error al relegar al quechua a la categoría de lengua oficial “a medias” (es decir, sólo en los lugares donde es predominante). El quechua debería ser de enseñanza obligatoria en todos los colegios estatales del país. Debería promoverse la enseñanza del quechua en institutos de idiomas. No es que exista un idioma más oficial que el otro. Todo peruano debería poder aprender el idioma y estar en condiciones, si así lo desea, de leer textos tanto en español como en quechua. El Perú es un país bilingüe ¡Esa es la verdadera realidad del país! 

En fin, espero perdonen la poca ortodoxia de esta entrada, que más que artículo es mi propia diatriba sobre el tema, pero sí creo que unos breves pero enérgicos comentarios eran necesarios.

Alonso Gurmendi